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20 de Noviembre de 2006
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Página12
de Argentina - 12 de Noviembre de 2006
Sophie Scholl
José Pablo Feinmann
Sophie
Scholl hizo algo que la casi totalidad del pueblo alemán
no hizo. Enfrentó al régimen de Hitler. Había miles –o más que miles– de razones
para no hacerlo, ella lo hizo. Esto desciende sobre todos como una sombra, como
una niebla que cubre las conciencias y señala dolorosamente. ¿Por qué no hice yo
lo que Sophie Scholl hizo? Aunque serán muy pocos los que se pregunten algo así.
La mayoría tiene su respuesta a la mano: era imposible. Era morir. Era
demencial. Yo tenía hijos, una mujer. Pocos se atreverán a más: tenía miedo. O a
más: fui un cobarde. O mentirán: no sabía nada. O dirán la verdad: estaba de
acuerdo con lo que pasaba. Hitler nos había sacado de la humillación del Tratado
de Versalles, frenaría a los soviéticos listos a arrojarse sobre Alemania y
castigaría a los judíos de las finanzas, que se devoraban a la patria y
hambreaban a nuestro pueblo. Pero Sophie sigue ahí, incómoda: ella pudo; los
otros alemanes, no. Incluso la secretaria de Hitler ofrece una confesión
sincera. Traudl Junge, que tiene aproximadamente la edad de Sophie cuando entra
a servir a Hitler, se exculpa a causa de su juventud. De pronto, dice: “Pero
Sophie Scholl tenía mi misma edad y se atrevió a enfrentar a Hitler”.
Estos apuntes tienen el disparador de una película alemana estrenada entre
nosotros durante los días que corren. Los alemanes empiezan –desde el cine,
ahora: lo han hecho desde otros ámbitos– a revisar la historia más trágica de su
país. Parte de esa revisión es este film sobre Sophie Scholl. Está bien hecho, y
tiene dos intérpretes poderosos: el interrogador de la Gestapo (Alexander Held,
actor que utiliza un minimalismo admirable) y la muy premiada (y merecidamente)
Julia Jentsch. Qué hermosa se va viendo Sophie a medida que transcurre el film.
Recoge su pelo hacia la izquierda y lo sujeta con una hebilla de modo que su
frente y sobre todo sus ojos quedan expuestos y exhiben su determinación, su
inteligencia y su fe. Sophie tiene algo poderoso de su lado: cree, aun en sus
momentos más terminales, en el Dios de su fe. Le reza y hasta llega a decirle
que Su voz no llega a ella, pero sabe que él habrá de tomarla en sus brazos si
pasa lo peor, es decir, lo que pasa. Tal vez ese Dios le da la serenidad que
muestra en el interrogatorio. Este film se basa en una obra de teatro que
–inteligentemente– imagina el interrogatorio a que Sophie Scholl es sometida por
un oficial de la Gestapo, de sombrero, sobretodo oscuro y mirada torva, áspera,
que habrá de ir tomando distintos, casi imperceptibles matices durante el
interrogatorio, dado que ese hombre tiene un hijo de la edad de Sophie al que
logró sofocar sus rebeldías, al que logró mandar al frente del Este, en
Stalingrado, y al que seguramente no volverá a ver. La porfiada Sophie, cuya
porfía se basa en convicciones irreductibles, niega punto por punto lo que
Robert Mohr, el sagaz, a veces descontrolado pero nunca violento, interrogador
nazi, le pregunta. Sophie fue descubierta, junto a su hermano, arrojando esa
mañana panfletos contra la guerra y contra el régimen de Hitler en la
Universidad. “No –dice Sophie–. Los panfletos estaban en el borde del pasillo
alto, el que da al patio, yo sólo los empujé para hacer una travesura”. Esta
“travesura” es la que Mohr tiene que desarmar y transformar en alta traición.
Sophie sigue negando. Todas las pruebas la condenan. Mohr trae la valija vacía
en que habían llevado los panfletos. La coloca sobre el escritorio. Coloca
encima los panfletos. Encajan perfectamente: es ahí donde tienen que haber
estado, donde Sophie tiene que haberlos tenido antes de arrojarlos al aire para
sacudir las conciencias de los otros estudiantes. “Una casualidad”, dice Sophie.
Sus facciones no se alteran. Miente con una serenidad admirable. ¿Miente? Se
establece aquí un juego paradójico. Mentirle a un régimen de terror es decir la
verdad. Sophie miente para salvar su vida. Si no miente, la matan. Como la
verdad es la vida, ella, aunque mienta, dice la verdadera verdad. No la que
busca Mohr. En esa tensión que crece a medida que el tiempo pasa, Mohr, que sabe
que Sophie es culpable y que sólo llevará algún tiempo más quebrarla, empieza a
admirar, íntimamente, a su interrogada. ¿Qué pasa con esa chica, por qué no se
entrega, por qué no dice la verdad que él, Mohr, necesita? En ningún momento
aparece la posibilidad de la tortura. (Otra suerte que le habría tocado a Sophie
en la ESMA: la habrían torturado antes de preguntarle algo. Era así como
trabajaban: con más crueldad que los nazis.) Mohr sabe ir acumulando sus
pruebas. Las pruebas, además, son demasiadas. Tantas, que al fin Sophie las
reconoce. “Fui yo –dice–, y estoy orgullosa de haberlo hecho.”
El costo es altísimo, pero son muy pocos los que atraviesan un régimen de
terror y pueden todavía sostener su orgullo. Sophie permanece entonces como un
agujero en nuestras conciencias.
Hay que acumular cemento para taparlo. Todo, es cierto, ayuda. Las sociedades
no pueden vivir en estado de culpa. Alemania se levantó sepultando el horror. O
atribuyéndoselo a la “camarilla de Hitler”. Al “Partido Nacionalsocialista”. Y,
con mayor frecuencia, sólo a Hitler: un único demonizado, millones de cadáveres
y una nación inocente. No ha sido otro el verdadero “milagro alemán”. Sería
indispensable que puntualizáramos esto: hubo un “milagro alemán” en el plano
económico por el otro “milagro alemán”, el que fundamentó al primero: el milagro
del olvido, de la pronta elaboración de la culpa, de la integración de los
jerarcas nazis a las grandes empresas, de la ausencia de juicios alemanes a sus
propios verdugos. El “milagro alemán” fue el milagro de poder olvidar, de
sepultar el horror, de silenciar las conciencias. Si hasta el más grande
filósofo de la nación, Heidegger, militante del partido, no se dignó a decir una
palabra. Silencio sobre el pasado y desarrollo económico: he aquí el “milagro
alemán”.
Karl Jaspers nunca tuvo, ni por asomo, la estatura filosófica de su amigo
Heidegger, y hasta aceptó (puede leerse en la Correspondencia Heidegger-Jaspers,
que va de 1920 a 1963) el Discurso del rectorado del primero, una pieza de
exquisito nacionalsocialismo, pero, luego de la guerra (amparado en algo cierto:
no colaboró en nada), escribió El problema de la culpa. Distinguió entre: 1) Una
culpa criminal: “Los crímenes consisten en acciones demostrables objetivamente
que infringen leyes inequívocas”; 2) Una culpa política: “Se debe a las acciones
de los estadistas y de la ciudadanía de un Estado”; 3) Una culpa moral: “Siempre
que realizo acciones como individuo tengo, sin embargo, responsabilidad moral
(...) Nunca vale, sin más, el principio de ‘obediencia debida’. Ya que, antes
bien, los crímenes son crímenes aunque hayan sido ordenados”; 4) Una culpa
metafísica: “Hay una solidaridad entre hombres como tales que hace a cada uno
responsable de todo el agravio y de toda la injusticia del mundo, especialmente
de los crímenes que suceden en su presencia o con su conocimiento” (Karl
Jaspers, El problema de la culpa, Paidós, Barcelona, 1998). Sophie Scholl no
tuvo ninguna de estas culpas. Se dirá que los muertos no tienen culpas. Pero
Sophie dejó de ser culpable y cómplice o lo que sea que se pueda ser bajo el
terror no bien dijo “no”. Ahí se convierte, por su decisión, en inocente de
todos los crímenes del nazismo. No por sumarse a las víctimas, sino por haber
decidido luchar por ellas.
Hay algo más: Dios, nada menos. Primo Levi habrá de decir: “Existió
Auschwitz, no existe Dios”. Marx, célebremente, había dicho eso del opio de los
pueblos. Les proponía a los hombres, siguiendo a Feuerbach, que olvidaran el
Cielo para luchar contra los sufrimiento de este mundo. Sophie no conoció
Auschwitz, aunque sabía de los campos, de los lager. Su Dios no le impidió
luchar contra la vejación de los hombres. Su fe cristiana no la apartó de este
mundo: le dio fuerzas para comprometerse contra el Mal. Las religiones saben más
consolar que abrir espacios para la rebelión terrenal. No ocurrió eso con
Sophie: la fe le dio coraje para el riesgo, para la idea del dolor, y hasta de
la muerte. Sophie tampoco dudó de su Dios. Fue sensible a su silencio, dado que
en una de sus plegarias le confiesa que no le llega Su voz, pero ella no
necesitaba una voz externa que le llegara de alguna lejanía celestial. Sophie
Scholl llevaba lo sagrado en su conciencia.
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