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17 de junio de 2007

Brecha de Uruguay - 25 de mayo de 2007

Reportero sin fronteras

Hergé,
creador de Tintín

El 22 de mayo Georges Remi hubiera cumplido 100 años. En 1926, invirtiendo sus iniciales, Remi se transforma en Hergé para firmar su primera historieta, “Totor, CP des Hannetons”. Pero será en 1929 cuando entrará en la historia con la creación de Tintín, uno de los íconos de la cultura popular del siglo XX.
María José Santacreu
Georges Remi alias Hergé

En 2003, cuando Francia se negó a apoyar a Estados Unidos en su invasión a Irak, dos congresistas estadounidenses creyeron que era una buena idea cambiarle el nombre a las papas fritas, que –en la cafetería del Congreso y en muchos restaurantes de Estados Unidos– pasaron a denominarse freedom fries. La embajada de Francia no hizo mayores comentarios, salvo señalar que las french fries son, en realidad, belgas. Como Hercule Poirot. Y como Tintín.
El detalle de las nacionalidades puede ser nada más que una anécdota que llevó a algunos estadounidenses a pedir que su patria cambiara su “guerra contra el terror” por una “guerra contra el error” (considerando además que su gobierno insistía en atacar Irak por un atentado perpetrado por ciudadanos árabes), si no fuera porque, en el caso de Tintín, es a la vez el secreto de su éxito y el origen de muchas controversias. Y es que el incidente de las papas fritas bien podría haber salido de un álbum de Tintín, si Hergé hubiera vivido para que su héroe siguiera recorriendo el mundo en el siglo XXI. De hecho, Tintín en Irak existe,* pero es una parodia, una de las tantas que componen el culto y contraculto a Tintín y que comenzaron en 1944 con la exposición del colaboracionista Hergé en Tintin au pays des nazis.
Es que el mundo quiere héroes sin tacha, ejemplos de una moralidad inmaculada, porque para algo son héroes. Pero con Tintín es más complicado y, por tanto, más interesante. En el fondo, no es que Tintín sea moralmente peor que el resto de los héroes de historieta sino que ha tenido la suerte (y la desgracia) de transformarse en un clásico cuyo canon ha quedado fijado en 23 álbumes que se reeditan constantemente desde 1929. Y vaya si el mundo ha dado vueltas desde entonces.


TINTÍN Y EL MISTERIO DE LA RAZA
Que el mundo ha cambiado es justamente la excusa usada por Hergé para disculparse de lo que denominó sus “pecados de juventud”. Seguramente a la mayoría de las personas hoy le moleste menos la propaganda antibolchevique de Tintín en el país de los soviets que la matanza de antílopes, el trofeo de dos colmillos de elefante o la voladura de un rinoceronte con dinamita que el intrépido reportero perpetra en Tintín en el Congo. Hergé modificó muchas viñetas de sus historias a lo largo del tiempo. En el caso de Tintín en el Congo, los defensores de los derechos de los animales tal vez no habían logrado aún la fuerza política necesaria para que tamaña matanza fuera modificada antes de la muerte de Hergé en 1983, pero ciertamente el paternalismo colonialista con tintes racistas se volvió insostenible tras la Segunda Guerra Mundial, y en consecuencia, la ya célebre viñeta de Tintín ante una clase de perplejos escolares congoleños diciendo: “Hoy voy a hablarles de vuestra patria: Bélgica” fue cambiada por una clase de matemáticas básica.
“Todas las opiniones son libres, incluso la de afirmar que yo soy racista. Bueno, ¡adelante! Ha habido Tintín en el Congo, lo reconozco. Era en 1930. Yo no conocía de ese país más que lo que la gente contaba en aquella época: ‘Los negros son unos niños grandes... Tienen suerte de que nosotros estemos allá’, etcétera. Y yo dibujé a estos africanos según estos criterios, con el más puro paternalismo, que era el de la época en Bélgica. (...) En el caso de Tintín en el Congo, al igual que en Tintín en el país de los soviets, ocurrió que yo estaba imbuido de los prejuicios del ambiente burgués en el cual vivía. De hecho, Los soviets y El Congo han sido unos pecados de juventud. No es que yo reniegue de ellos. Pero, en fin, si tuviese que volverlos a hacer, estoy seguro de que los haría completamente diferentes. Además, de todos modos, ¡misericordia para los pecados! Pero observe que ya en Tintín en América yo ponía en evidencia el poder blanco, la finanza blanca explotando a los indios. Para ser un ‘racista’ me parece que yo no ocultaba mis simpatías. ¿Y mis chinos de El loto azul? Recuerde las vilezas que los blancos les hacían sufrir...”**
Pero los cambios que se han operado en el mundo y que hacen de Hergé un singular cronista de su tiempo no son precisamente los que él usa para exculparse. Más bien digamos que, contra todas las predicciones Alemania, que parecía que iba a ganar la guerra, la perdió, la urss totalitaria y anticapitalista terminó peleando junto a los estadounidenses, los alemanes cometieron un atroz genocidio y los judíos consiguieron un lugar en el mundo, los japoneses fueron derrotados pero por los estadounidenses, los chinos, en cambio, se volvieron comunistas, y algunos años más tarde Bélgica y Francia perdieron sus colonias africanas. Puede que Hergé no fuera un racista en el sentido cabal del término, ni un supremacista blanco, ni siquiera un adalid del Occidente civilizador y mucho menos un nazi. Pero tampoco era ni el ingenuo historietista marioneta del ultraconservador padre Wallez, ni el artista obsesionado únicamente con su trabajo en la Bélgica ocupada cuya preocupación mayor era la escasez de papel, como insisten sus defensores. Cualquiera que lea con mínimo detenimiento los álbumes de Tintín se dará cuenta de que hay allí un agudísimo observador de la realidad política del siglo xx. Un siglo que Hergé atravesó casi por completo con los ojos bien abiertos.

MALES DEL SIGLO XX
Que haya sido necesario blanquear al hombre para rescatar a un personaje que se volvió más popular de lo imaginable y a una obra de gran valor artístico, narrativo e histórico, es producto de la mala conciencia de una generación que no resistiría un análisis exhaustivo de las culpas que le cupieron a cada actor en el drama de la Segunda Guerra Mundial. Incapaces de reconocer que no existieron santos en ese conflicto, pero no tan incapaces como para no darse cuenta de que resultaba imposible condenar al popularísimo héroe europeo, en lugar de reconocer sencillamente que Hergé a lo sumo se había comportado como lo hicieron, por ejemplo, millones de franceses, los vencedores decidieron rescatar a Tintín del copete. Por un lado, Raymond Leblanc, notorio miembro de la resistencia belga, convocó a Hergé para continuar las aventuras de su personaje y fundó el semanario Tintín, en setiembre de 1946. Y Charles de Gaulle, aunque mucho más tarde, se sumó al rescate: “En el fondo, como usted sabe, mi único rival internacional es Tintín. Nosotros los pequeños no nos dejamos vencer por los mayores. Nadie se da cuenta a causa de mi estatura”.
El mismo Hergé explicó a Numa Sadoul los motivos por los que no fue juzgado a pesar de haber trabajado en el diario colaboracionista Le Soir: “Me han detenido cuatro veces, cada vez por diferentes servicios, pero solamente he pasado una noche en la cárcel; al día siguiente me soltaron. Pero debo decir que no he figurado en el proceso de los colaboradores de Le Soir; yo fui como espectador... Uno de los abogados de la defensa, sin embargo, preguntó: ‘¿Por qué no han detenido también a Hergé?’, a lo cual el auditor militar respondió: ‘¡Porque habría hecho un ridículo espantoso!’”.
La acusación de racismo es, para Hergé, fácil de esquivar. En sus aventuras Tintín defiende a los chinos de los japoneses, a los indios de los norteamericanos, a los negros de los árabes, a los árabes de los blancos y así hasta el infinito. Es cierto: Hergé era blanco, europeo, católico, conservador y anticomunista, pero por sobre todas las cosas era ferozmente anticapitalista. De hecho, la mayoría de los villanos en Tintín son hombres de negocios estadounidenses: en Tintín en América –que comienza a publicar en 1931– son las compañías petroleras con la ayuda de la guardia montada las que expropian sus tierras a los indios a punta de bayoneta. En El loto azul es Gibbons, director de la American & Chinese Steel Company quien golpea a un chino en nombre de la supremacía de Occidente. Y es RW Chicklet, de la General American Oil, quien en La oreja cortada alienta la guerra entre dos países sudamericanos para apropiarse de las reservas petroleras del Chaco. Por no hablar de su principal enemigo, Rastapopoulos, un millonario estadounidense de origen griego, dueño de Cosmos Pictures y traficante de drogas.

CARICATURIZANDO A TODOS
El particular punto de vista de Hergé ha logrado, a la postre, que tanto la izquierda como la derecha lo reclamen para sus filas. El periodista y experto “tintinólogo” Michael Farr, por ejemplo, enarbola el antibelicismo de Tintín, su denuncia contra las corporaciones petroleras y los vendedores de armas, además de su antifascismo, para ubicarlo cómodamente en la tradición de centroizquierda. Y claro que puede probarlo. Sin ir más lejos, el villano de El cetro de Ottokar (1939) es Müsstler, apellido que apenas disfraza la mezcla de Mussolini y Hitler. Müsstler es dictador de Borduria y quiere anexar a Syldavia, su apacible reino fronterizo, pero Tintín luchará para evitarlo. En una carta del 12 de junio de 1939 enviada a Casterman, su editor, Hergé escribía: “Como verá (El cetro de Ottokar) está completamente basado en hechos del momento. Syldavia es Albania. Están planeando una anexión. Si quiere aprovechar esta situación, es ahora o nunca”.
También en 1939 Hergé comienza a publicar en Le Petit Vingtième otra aventura basada “en hechos del momento”. Se trata de En el país del oro negro. El periodista español Ignacio Fontes señala la evolución de dicha historia: “Así, en el Tintín en el país del oro negro original, anterior a la guerra, se retrata la angustiosa situación de una Palestina bajo la feroz dominación del imperio británico, que, de acuerdo con la Declaración Balfour, se propone instalar el ‘hogar nacional judío’ en su territorio. Lo que, para una mejor tramitación del expediente, se acompaña por un terrorismo no menos feroz de las organizaciones clandestinas del sionismo judío, las Irgún y Stern amparadas por la Hagannah. En 1947 se consuma el expolio de Palestina y da lugar a la primera guerra árabe-israelí. La primera versión, que se comienza a publicar en 1939 y se interrumpe el 10 de mayo de 1940 con la invasión de Bélgica por los alemanes, retrata fielmente la situación: los soldados británicos arrestan a Tintín, que luego es secuestrado por los terroristas judíos y finalmente por los resistentes árabes. La segunda versión, que Hergé reemprende en 1948, es aun más precisa –la precisión histórica y de ambientación fue una verdadera obsesión para el autor– y Haifa se llama Haifa, los buques de guerra son de la Navy y los terroristas judíos son identificados como miembros del Irgún. Pero en una segunda versión añade un detalle de suma importancia histórica para la comprensión del conflicto: Palestina no es más que el prólogo de otra guerra más oculta y más trascendente, que Hergé personifica en dos grandes compañías petrolíferas, la Arabex inglesa y la alemana Skoil. Por último, en la tercera y definitiva versión de Tintín en el país del oro negro –la más difundida, de 1971, cuando ya es un suceso camino de universal– elimina las referencias a la implicación de los británicos, al parecer a petición de sus editores en Gran Bretaña, que dicen que alusiones tan directas afectarán las ventas. Así, ya no existe conflicto árabe-israelí, Tintín llega directamente al Khemed, campo petrolífero donde libran su batalla las citadas compañías y a la que ejército y políticos británicos son ajenos y los terroristas israelíes no tienen arte ni parte”.

EL SECRETO DEL ÉXITO
Para Pierre Assouline, autor de la exhaustiva biografía Hergé, el secreto del éxito de Tintín fue la temprana desbelguización del personaje, que pronto comenzó a encarnar valores universales a escala humana. “Yo hubiera puesto su estampa en los euros. Mientras que Disney es la encarnación de los valores estadounidenses, del imperialismo cultural yanqui, Tintín es la encarnación de la resistencia europea”. Y es que, según Assouline, lo que diferencia a la historieta europea de la estadounidense es que cualquier niño puede identificarse con Tintín, un aventurero con valores de boy scout, que no tiene que ir a la escuela y sin padres a la vista, mientras que se puede ser fanático de Batman, Mickey Mouse o Superman sin poder siquiera imaginar ser igual a ellos. Sin embargo, tal vez la explicación correcta tenga menos que ver con la identificación eventual y más con los méritos propios de la historieta.
Léon Degrelle, el prominente nazi belga y periodista del diario del padre Wallez, como Hergé, puede haber hecho denodados intentos por demostrar, en Tintin, mon copain! que el héroe francófono había sido moldeado a su imagen y semejanza. Más allá de que Degrelle siembra por momentos una duda razonable, su papel en la historia y grandeza de Tintín no es menor. Degrelle, enviado a México a cubrir la guerra de los cristeros, fue quien puso en contacto a Hergé con el cómic estadounidense. Así, Hergé conoció el trabajo de Rudolph Dirks y George McManus. The Katzenjammer Kids, de Dirks, y Bringing up father, de McManus, son dos historietas clásicas y de las más exitosas y longevas del cómic estadounidense. Tal vez Hergé haya sido quien supo ver en ellas las virtudes de lo esencialmente europeo, siendo Dirks alemán y McManus de origen irlandés. La combinación de un vasto elenco de peculiares personajes y el preciosismo art nouveau del dibujo pronto se transformaron en los pilares sobre los que Hergé construyó su clásica historieta de línea clara. A la influencia de Dirk y McManus se le sumó el encuentro de Hergé con Tchang Tchong. Siempre será un misterio la ascendencia de Tchang sobre Hergé, el amor, el reconocimiento y la deuda que sentía había contraído con este estudiante chino que cambió su carrera. Tchang va a ser quien lo ayude a hacer de El loto azul, una historieta precisa en su recreación del paisaje, las costumbres y la cultura china, dándole una de las características más sobresalientes a la obra de Hergé: el preciosismo del detalle, la verosimilitud obsesiva en el diseño de cada viñeta, ventanas que el lector siente que atraviesa para estar dentro de la historieta. Tchang vuelve a China después de la guerra y Hergé lo buscará sin descanso casi hasta el final de su vida. Finalmente lo encontrará en 1981, y el reencuentro de ambos fue un verdadero acontecimiento en Francia y Bélgica. El documental de Anders Hogsbro Ostergaard Tintín y yo recoge ese momento y puede verse a un Hergé conmocionado y a Tchang del todo confundido, incapaz de comprender qué estaba sucediendo. Es que para los millones de lectores de Tintín el reencuentro de Hergé con Tchang fue casi como si Tintín en el Tíbet se hiciera realidad: “¡Estaba seguro de que terminaría por encontrarte! ¡Oh, qué feliz soy!”, dice Tintín a Tchang en las montañas tibetanas, con los ojos llenos de lágrimas.

LA DEFINICIÓN DEL ARTE
En una época donde casi cualquier cosa ha sido llamada arte, es casi un honor la falta de respuesta de Andy Warhol cuando Hergé le preguntó si le parecía que su cómic podía considerarse arte pop. ¿Pero qué hacer con la constatación de que Tintín se lee como si fuese literatura? En su libro Tintin and the Secret of Literature el crítico británico Tom McCarthy señala que la variedad y la calidad de los personajes retratados en Tintín, el bestiario de tipos humanos puesto en escena por Hergé, no tienen nada que envidiarle a la mejor novelística: “Los álbumes de Tintín son estupendamente ricos. Personajes como el Capitán Haddock y Bianca Castafiore rivalizan con cualquiera que haya soñado Dickens o Flaubert en cuanto a la fuerza y profundidad de sus personalidades. El Profesor Tornasol puede compararse a cualquier científico que haya dado a luz la literatura, desde el doctor Faustus de Marlowe al Galileo de Brecht. Los personajes secundarios, desde el feroz general subguevariano Alcázar al amargo y retorcido multimillonario Laszlo Carreidas, trascienden las páginas con toda su torpeza, puerilidad y capricho. Hasta el más pequeño de sus personajes exuda una presencia que va mucho más allá de lo que se puede esperar de un novelista, no digamos ya de un historietista”.
Pero el justificado entusiasmo de McCarthy, que no duda en comparar el efecto que producen las historias de Tintín con la literatura de Balzac, Jane Austen o Henry James, se detiene en el punto en que señala lo obvio: que Tintín no es literatura y que tampoco quiere ni necesita serlo. “Volvemos a la pregunta de si debemos considerar que Hergé era, en realidad, un gran escritor. Mi respuesta breve es que no. Mi respuesta larga es que es algo más interesante que eso y que gira en torno a dos paradojas. La primera es que, usando un medio muy simple, para niños, logró una gran maestría de guión, símbolos, temas y subtextos, tal vez incluso superior a la que muestran muchos novelistas. Cualquiera que desee ser escritor debe estudiar Las joyas de la Castafiore. Contiene todos los mecanismos formales de la literatura, todos los secretos de su arte y los desarrolla al punto de la desaparición de la trama, donde no sucede nada. Confundir a los cómics con literatura sería un error, y aun más respecto al trabajo de Hergé, en el cual, como señaló Numa Sadoul, ‘crea un campo autónomo y original a medio camino entre el dibujo y la escritura’. Lleno de significado, intensamente asociativo, tremendamente sugestivo, ocupa el espacio por debajo del radar de la literatura propiamente dicha. Lo que nos lleva a la segunda paradoja: esa altitud fuera del alcance del radar, ese punto ciego, ese espacio mudo es, como sabemos, la zona donde transcurre la verdadera acción.”
Y ese es el legado de Hergé, unas historietas donde la verdadera acción transcurría más allá de las aventuras, más allá de la Historia, en ese lugar donde un simple óvalo con un copete y con dos puntitos por ojos puede expresar cabalmente el avatar humano de un siglo sembrado de trágicos misterios.


* http://tintin-en-irak.chiangmai-news. com/index.htm
** Conversaciones con Hergé, de Numa Sadoul, Editorial Juventud, Barcelona, 1986.

 
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