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24 de noviembre de 2007

Paul Lafargue

Brecha de Uruguay - 23 de mayo de 2007

El derecho a la pereza

Paul Lafargue,
marxista olvidado,
libertario de culto

Virginia Martínez
Fundador de tres partidos socialistas (el portugués, el español y el francés), dirigente de la primera y de la II Internacional y activo protagonista de la Comuna de París, Paul Lafargue es un marxista olvidado. Casi cien años después de su muerte ha vuelto, convertido en autor de culto, citado con reverencia en cuanto sitio libertario, ecologista, alternativo o altermundista hay en Internet.

TEMPERAMENTO CRIOLLO
Con seguridad, cuando corregía el manuscrito de El derecho a la pereza en una celda de la prisión de Sainte-Pélagie, Lafargue no imaginaba que el brulote iba a convertirse en un clásico de la literatura socialista. Lo que sí está claro es que la sentencia elegida para abrir el folleto no es inocente ni casual, sino un guiño burlón a su suegro Karl Marx.

“Una extraña locura domina a las clases obreras de las naciones donde reina la civilización capitalista; (…). Esa locura es el amor al trabajo”, comienza el texto de Lafargue. La asociación con el inicio del Manifiesto comunista –“Un fantasma recorre Europa”– se impone sin forzar demasiado el paralelismo.

Lafargue redactó la primera versión del polémico texto en Londres, a fines de 1870, pero recién lo publicó por entregas en el semanario L’Egalité la década siguiente: “En nuestro próximo número comenzaremos la publicación de una variedad que está llamada a desencadenar todas las cóleras de la clase que ama el trabajo (…) y que nunca recomendaremos bastante a nuestros lectores obreros” (16 de junio de 1880). Contra lo anunciado, los artículos pasaron inadvertidos. Tres años después –Lafargue estaba preso, condenado por agitador– se editó como folleto independiente. Causó gran impacto en los círculos obreros e intelectuales y casi inmediatamente se tradujo a cuatro idiomas.

El autor no era un desconocido ni un recién llegado al socialismo europeo. Hijo único de un matrimonio de latifundistas, de padre judío francés y madre haitiana y mulata, nació y vivió sus primeros seis años en Santiago de Cuba, donde asistió a la escuela primaria hasta que la familia se mudó a Burdeos. En 1861 comenzó los estudios de medicina en París; en esa época conoció a Proudhon y se hizo anarquista. Cuatro años después lo expulsaron de la Universidad por el discurso que pronunció en el Congreso Internacional de Estudiantes, realizado en Lieja.

En 1865 llegó a Londres para presentar un informe ante el Consejo de la Primera Internacional sobre la situación de la clase obrera francesa. Abandonó el anarquismo, se acercó a Marx, y se convirtió en su secretario y colaborador. En Recuerdos personales de Karl Marx, espléndido relato sobre la personalidad y vida cotidiana del pensador alemán, sumergido por ese entonces en la redacción de El capital, Lafargue evoca la relación: “Trabajé con Marx; no era el secretario a quien le dictaba, pero tuve ocasión de observar su manera de pensar y escribir. El trabajo le resultaba, a la vez, fácil y difícil: fácil porque de entrada los hechos e ideas concernientes al asunto que trataba acudían en masa a su espíritu; difícil precisamente en razón de esa abundancia que complicaba y tornaba más larga la completa exploración de sus ideas”.

En carta al “general” –como llamaba a Engels–, Marx dio cuenta de la amistad que los unía –“el muchacho se ha encariñado conmigo”– y del interés del cubano por su hija. Con el pretendiente fue más severo: “Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendrá que reconsiderar su modo de ‘hacer la corte’. (…) El amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia e incluso la timidez del amante ante su ídolo, y no en la libertad de la pasión y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razón entre ese temperamento y mi hija”. Al padre puritano no le alcanzaba con levantar una barrera ante el desborde latino del prometido; también, como un respetable señor burgués, le inquietaban los aspectos materiales: “Antes de establecer sus relaciones con Laura necesito serias explicaciones sobre su posición económica”. En abril de 1868, tras dos años de vigilado noviazgo, con el diploma de médico pero sin un peso para asegurar su futuro económico, Lafargue se casó con Laura Marx.

DESVENTURAS DE PÍO IX
Instalado en Francia, integró el Consejo General de la Primera Internacional y participó en la Comuna de París. El aplastamiento de la Comuna lo llevó a Madrid, a donde llegó con la misión de crear la sección marxista de la Internacional, opuesta a la hegemonía de Bakunin. Luego viajó a Portugal y a Londres, donde conoció a Jules Guesde, con quien fundó el Partido Obrero Francés. En 1881, tras la amnistía a los comuneros, pudo regresar a París. Colaboró en la prensa socialista con artículos polémicos y siempre originales; fue detenido y procesado más de una vez. Nunca ejerció la medicina, y sin el apoyo económico de Engels, que sostenía a toda la familia Marx, la pareja hubiera caído en la miseria.

Lafargue es un caso aparte en el elenco de los dirigentes socialistas de su tiempo. Marxista pero libertario e irreverente, sus escritos son rigurosos, tienen filo, y sobre todo un incisivo humor. Pío IX en el Paraíso (1871), panfleto anticlerical escrito como una obra de teatro, narra la peripecia del papa decidido a pedir ayuda para salvar a la Iglesia y curarse las hemorroides. Pío IX es un viejo lelo que se queja ante su fiel consejero, el cardenal Antonelli, de la estrechez económica y del confinamiento en el Vaticano. En realidad, Antonelli sólo ansía la muerte del “Infalible” y sucederlo en el trono, por lo que lo anima a subir al cielo para implorar auxilio al Todopoderoso. La incursión en el Paraíso es desoladora: Dios no es el robusto obrero que creó el mundo en seis días, ni aquel que con furia sembraba el terror para inspirar amor. Es un viejo desagradable, sucio y barbudo que no para de toser, escupir y maldecir el día que envió a su hijo a la Tierra.

Desesperado, el papa sigue su camino hasta toparse con Jesús. Tampoco él se parece en nada al predicador que atemorizaba a los ricos y esperanzaba a los pobres, ni al crucificado ni al magro Jesús de la Edad Media. Frívolo y voluptuoso, rodeado de un harén, es un tilingo preocupado sólo por las novedades de la moda de París. Ni al padre ni al hijo le interesan los ataques a la Iglesia, la profanación de los templos o el desamparo de los fieles. Finalmente, insultado por San Pedro, que lo llama ladrón y usurpador, regresa al Vaticano. Desplomado en su trono, oye un grito que rompe el aire. Es la voz de Pan, la voz de la naturaleza, diciéndole: “¡Los cielos están vacíos!”.

La religión del capital (1887) es igualmente ácida: simula las actas de un congreso convocado por la burguesía para fundar una nueva religión acorde con el “mundo civilizado”.

CONTRA LA RELIGIÓN DEL TRABAJO
El derecho a la pereza se presenta a la vez como crítica y manifiesto de la clase obrera. Aunque algunos pasajes puedan parecer ingenuos o sólo pintorescos, y por momentos lo sean, Lafargue hunde la pluma en el corazón de la sociedad capitalista.

“Los talleres modernos se han convertido en las casas ideales de corrección donde se encierra a las masas obreras, donde se les condena a los trabajos forzados durante doce y catorce horas (…). Los hijos de los héroes del Terror se han dejado vencer por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar en 1848, como conquista revolucionaria, la ley que limita a doce horas el trabajo en las fábricas. ¡Debe darle vergüenza al proletariado francés!” Lafargue alude a la consigna de los insurrectos en 1848 y título de la obra del socialista Louis Blanc El derecho al trabajo.

El pasaje de la economía feudal a la capitalista –con la supresión de domingos y feriados, días en que se prohibía la labor– supuso la liberación de los trabajadores del yugo de la Iglesia para someterlos a una esclavitud peor, la del asalariado. Responsable del crimen: la burguesía, clase odiada por el autor, quien se muestra más tolerante con la aristocracia, por su inveterada holgazanería. Lafargue se cobrará cuentas con aquélla asignándole una pesada condena en la nueva sociedad.

También la emprende contra los filósofos y literatos que entonan “cantos nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo mayor del Trabajo”. En la bolsa caen “el apenas confuso Auguste Comte” y “el charlatanamente romántico Victor Hugo”, a quienes llama “mozos de pluma de la burguesía”.

Lafargue no propone la liberación de los trabajadores sino la liberación del trabajo. Apela al Viejo Testamento –“Jehová dio el supremo ejemplo; después de seis días de labor descansa para toda la eternidad”–, al “Sermón de la montaña” de Jesús –“Contemplad los lirios del campo; no trabajan ni hilan”– y a la antigüedad: “Los filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esa degradación del hombre libre; los poetas entonaban himnos a la pereza, ese don de los dioses”.

Su crítica no se dirige tanto a la burguesía, clase condenada históricamente, sino a sus antagonistas, los proletarios, alienados por el trabajo, contagiados por la exaltación gloriosa de la producción: “Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envi-lece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los derechos del hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el derecho al trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hom-bres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo univer-so... ¿Pero cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril?”.

Apartándose del análisis marxista clásico –para él, el asunto no se centra en la propiedad de los medios de producción–, su crítica es filosófica, esencial: repudia la sociedad organizada en torno al trabajo, la comunidad que reglamenta o prohíbe todo lo que no sea productivo.

DICTADURA DE LA PEREZA
Nostálgico de las sociedades primitivas, que no conocen el envilecimiento de la fábrica, la compulsión al consumo ni las crisis de superproducción, exalta la comunidad pequeña, con tiempo para el ocio y el placer. La religión del trabajo sólo traerá miseria a los obreros, nos dice Lafargue. “Más valdría esparcir la peste, envenenar las fuentes, antes que erigir una fábrica en medio de una población rústica. Introducid el trabajo de fábrica y adiós juego, salud, libertad; adiós todo lo que hace la vida bella y digna de ser vivida.”

La sociedad posrevolucionaria habrá liberado a los asalariados de aquella servidumbre. Las máquinas, herramientas clave en esa liberación, permitirán que la gente se abandone a las actividades creativas. La nueva sociedad estará regada de bienes materiales y espirituales: la gente comerá carne en abundancia; dejará el agua para los animales y beberá sabrosos vinos, “más cristianos que el papa”.

Anuncia la instauración de un “régimen de pereza” en el que habrá espectáculos y representaciones teatrales: “Es éste un trabajo adecuado a nuestros legisladores, quienes, organizados en cuadrillas, irán por las ferias y los villorrios dando representaciones legislativas. Los generales, con botas de montar, el pecho cruzado de cordones y escarapelas y cubierto de órdenes de todos los animales imaginarios, irán por las calles y las plazas juntado la gente para el espectáculo”. En cuanto a los burgueses, les asigna la tarea de limpiar las letrinas públicas y enterrar a los muertos.

Los estudiosos de Lafargue inscriben su pensamiento en la tradición de los escritores que como Rabelais –a quien cita más de una vez– cantan a los placeres de la existencia. La vida como celebración y goce inunda Gargantúa y Pantagruel y es el cuerpo de la utopía que propone El derecho a la pereza. Tampoco es casual que el autor elija como epígrafe del folleto dos líneas de Lessing: “Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezosos”.

Cierto es que la obra tiene flaquezas. Las más evidentes: en la idealización de la antigüedad soslaya la naturaleza esclavista de aquellas sociedades; tampoco resuelve quién construirá y manejará las máquinas-liberadoras del trabajo humano ni advierte la condición objetiva de proletarios de los ex burgueses castigados en la nueva sociedad. Pero uno está tentado de decir que nada de eso importa y que alguien debía concebir libre, carnal y festiva a la sociedad ideal. Finalmente El derecho a la pereza no es un tratado ni un manual sino un formidable y provocativo acto de imaginación.

El folleto tuvo un curioso destino: a la indiferencia con que se recibieron los artículos de L’Egalité le sucedió la celebridad. Best-seller de la literatura obrera de la época, conoció tres o cuatro ediciones en vida de Lafargue. Expulsada del canon marxista, la obra se hundió en el olvido. Era impensable que se reivindicara en la Unión Soviética, cuya Constitución recoge una sentencia bíblica: “El trabajo en la URSS es una obligación y una causa de honor de cada ciudadano apto para el mismo, de acuerdo con el principio de ‘el que no trabaja no come’”. El Diccionario filosófico de M M Rosental, editado por la moscovita Editorial de Literatura Política, consigna el nombre de Lafargue como destacada figura del movimiento obrero internacional, pero omite El derecho a la pereza en la enumeración de sus obras. Sin embargo, el folleto no dejó de reeditarse en Europa desde la lejana fecha de su primera aparición hasta hoy. En Internet pueden encontrarse versiones completas o fragmentarias del trabajo, entre otros idiomas, en italiano, francés, inglés y español y su obra, citada en blogs y sitios alternativos, también es materia de estudios académicos.

DERECHO A MORIR
Lafargue anticipó, de alguna manera, cómo sería su muerte: “Los indios de las belicosas tribus de Brasil matan a sus enfermos y ancianos; así dan testimonio de amistad poniendo fin a una vida que no se regocija ya con los combates, las fiestas y las danzas”.

El 26 de noviembre de 1911 el jardinero entró a su casa en Draveil, cerca de París, y lo encontró muerto junto a Laura. Vestidos, recostados en un sillón de la sala, no había expresión de sufrimiento en sus rostros. Sobre la mesa, una carta: “Sano de cuerpo y espíritu, me doy la muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno tras otro los placeres y los goces de la existencia y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás (…). Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace 45 años. ¡Larga vida al comunismo, larga vida al socialismo internacional!”. La tarde anterior la pareja había ido al cine y por la noche se aplicaron una inyección de ácido cianhídrico.

Los enterraron en el Muro de los Federados del cementerio Père Lachaise, donde habían sido fusilados cientos de obreros de la Comuna de París. En el funeral hablaron Lenin, Franz Mehring y destacados dirigentes del socialismo francés.

Muchos años después, Georges Moustaki, un meteco errante como Lafargue, escribió un poema a la memoria de quien consideraba su primer y único maestro. Onetti también lo evocó: “Me acuerdo de un cubano marxista, Paul Lafargue, y de un libro suyo, El derecho a la pereza. Ignoro si Lafargue y su libro integran el índice moscovita. No importa, pero al tipo no le faltaba razón. Si escribir significara para mí un trabajo: ninguna línea, ningún día”.

 
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