A 60 años de su asesinato, aún resuenan sus palabras:
“la verdad y la no violencia son tan viejas como las montañas”
José Steinsleger
En tiempos de Mohandas Gandhi (1869-1948), 400 millones de personas
habitaban en India, Pakistán y Bangladesh. Hoy, la región concentra 23 por
ciento de la población mundial. Sólo en la India viven más personas que en
Africa: mil 100 millones, cuya identidad nacional responde a 18 lenguas
oficialmente reconocidas y más de 840 dialectos. Pakistán y Bangladesh
cuentan con 150 millones, respectivamente.
A ese crisol de culturas, credos y pueblos milenarios que circulan en
el epicentro geográfico de una eventual guerra nuclear se dirigió Gandhi
en la primera mitad del siglo pasado, emplazando a la humanidad con su
acción, y con un discurso ético y moral de profunda resonancia
universal.
Gandhi jamás escribió un libro. Pero luego de su asesinato, los
investigadores empezaron a compilar sus ideas, así como los seguidores de
Jesucristo lo hicieron durante los primeros siglos de la era. A principios
de 1970, la publicación de 75 volúmenes, entre artículos breves,
reflexiones, entrevistas, manifiestos, sentencias y apuntes
circunstanciales del Mahatma Gandhi, presentaban ya dificultades
similares a las del medio centenar de evangelios compilados por los
primeros cristianos.
¿Cuál era el “verdadero”? A regañadientes, la Iglesia católica
“universal” consintió en hacer oficiales cuatro, apenas. Y miren lo
cosechado: un Papa que al oficiar misa le da la espalda al pueblo
devolviéndonos al siglo XII; una potencia depredadora dirigida por
“cristianos renacidos”; un estado neonazi inspirado en el reino de David,
y millones de seguidores de Alá que sueñan con quitarnos a las huríes que
por derecho nos tocan en el paraíso.
Los escritos de Gandhi resultan poco estimulantes para quienes busquen
ideas transparentes y redondas. No aparece, con la lectura, la cabeza de
teólogos como Santo Tomás, filósofos como Hegel, filólogos como Nietzche,
científicos como Einstein. La belleza expresiva de su pensamiento marcha
asociada con exasperantes incoherencias, superpuestas a un mensaje
redentor que oscila entre la ascesis individual y la lucha de liberación
nacional concreta de los pueblos.
Atacar o defender acríticamente la “doctrina antidoctrinaria” del
Mahatma Gandhi sería incurrir en contradicciones, a tal grado
desconcertantes, que, de antemano, rebeldes y conservadores podrían
descarrilar en vía muerta.
En marzo de 1940, el padre de la India moderna escribió: “Si el
gandhismo no es más que un nombre para indicar cierta forma de sectarismo,
merece ser destruido”. Algo similar al “yo no soy marxista” de Carlos
Marx, cansado de las disputas y polémicas de sus seguidores.
Felizmente, y a pesar de su profunda fe hinduista, Gandhi no fue un
mesías, ni los pueblos lo recuerdan como líder religioso. Junto con los
pensadores que le precedieron, Gandhi se enfrentó al terrible sistema de
castas impuesto durante tres milenios por los brahmanes (sacerdotes),
sustituyendo el estudio y la reflexión individual, la contemplación y la
ascesis propios de la tradición cultural de la India por un valor nuevo de
derivación occidental: la acción.
En el proceso de su formación en Londres, la lucha legal en Sudáfrica
junto a los “coolies” (siervos hindúes), y las distintas etapas que
llevaron a la independencia de India, Gandhi entendió que todos los
fundamentos religiosos y filosóficos prescindían, angelicalmente, que el
hombre individual o colectivo, antes que ente moral es básicamente
económico y político.
Valoró, como pocos, la belleza y el vuelo de los ideales enunciados en
esas religiones y filosofías, y mucho más el grado en que éstas eran
capaces de realizar la fraternidad entre los hombres. Que en el mundo de
ayer y de hoy, y particularmente en India, había sido nulo, o poco
menos.
El gran poder espiritual de Gandhi apuntó a convertir a héroes y
mártires en hombres comunes y corrientes. Porque en el fondo, la doctrina
del satyagraha (término que inventó fundiendo dos palabras de
origen sánscrito, satya, verdad, y agraha,
aferramiento), buscaba la moschka, la liberación integral de todo
lo que nos ata.
Así, su esfuerzo por conocer y su esfuerzo por amar fueron vencidos por
el karma yoga: obrar según las enseñanzas de Krishna en el
Baghavad-Gita: “Actúa, pero no le tengas apego a los frutos de la
acción”.
Decía: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no
violencia son tan viejas como las mon- tañas…he sido veraz pero no he sido
tan adorador de la no violencia como lo he sido de la verdad, y pongo a
és- ta en el primer lugar, y a aquella en el segundo…
“Estoy convencido de que la no violencia es infinitamente superior a la
violencia, pero creo que en el caso en que la única opción posible fuera
entre la cobardía y la violencia, yo aconsejaría la violencia… Preferiría
que la India recurriera a las armas para defender su honor, antes que, de
una manera cobarde, se convirtiera en testimonio del propio deshonor”.
El filósofo alemán Karl Jaspers apuntó que frente a un mundo dedicado a
la farsa de vivir según pretendidos principios de justicia y moralidad,
Gandhi le arrancó la máscara, exponiéndose a la violencia y sufriéndola
abiertamente.
Cuando sentimentalmente, con invencible afán reduccionista, evocamos la
inconfundible silueta de aquel hombrecito que cargaba sus pocos bienes en
un morral y recorría a pie los caminos de la India apoyado en un palo de
caña, desafiando con su palabra y su ejemplo a los brahmanes de todos los
credos, se olvidan de otras declaraciones.
A inicios de la Segunda Guerra Mundial, Gandhi llevó su posición a
extremos: citó el Sermón de la Montaña (no responder al mal con
el mal), y declaró que los judíos ganarían “el amor de Dios” al ir
voluntariamente hacia sus muertes. Y con el bombardeo de los nazis sobre
Londres, sugiriéndole a los ingleses dejar las armas:
“Deben invitar a Hitler y Mussolini a que tomen todo lo que
quieran…pero siempre rehúsen rendirles obediencia”. Y en cuanto al
conflicto indo-pakistaní (manipulado por Inglaterra), hizo públicas sus
ideas acerca de obviar las políticas de paz y no violencia contra
Pakistán, en caso de hostilidades.
En agosto de 1942, desde su tribuna en el Congreso Nacional Indio, dijo
a los ingleses: “¡Váyanse de la India y déjenla librada a la anarquía de
Dios!” Entonces, Winston Churchill, “paladín de la democracia occidental”
metió preso al “fakir desnudo” (así lo llamaba), junto con el Pandit
(Doctor) Jawarhalal Nehru (1889-1964, su brazo derecho y primer jefe de
gobierno), y el teólogo Maulana Abul Kalam Azada (1888-1958), quien
sostenía que “un buen musulmán puede ser un buen indio”.
De temperamentos diferentes y en ocasiones enfrentados, los líderes
históricos del CNI preanunciaron la agenda política mundial que los
movimientos sociales tratan en nuestros días: imperialismo y capitalismo;
libertades civiles, individuales y colectivas, límites del poder, derecho
a la educación, la ciencia y la cultura, emancipación de la mujer;
problemas sociales de la violencia, universalidad de las fuentes morales y
sus fines.
Gandhi abogó por la unidad en la diversidad: tendió puentes entre la
filosofía india y la occidental; creyó en la reconciliación de los seres
humanos con base en los elementos comunes de todos los credos; estimuló la
conciencia individual, la compasión por el prójimo y las verdades no
dogmáticas de los sentimientos religiosos, y la idea de que el
nacionalismo era un complejo engranaje del internacionalismo.
Su victoria final lo sumió en una gran decepción. En agosto de 1947, la
política de “divide y vencerás” de Inglaterra reconoció la independencia
del inmenso país asiático, a costa de la partición territorial: Unión
India (Bharat, hinduista), flanqueda por los estados islámicos de Pakistán
“occidental” y “oriental” (Bangladesh, a partir de 1971).
Rabindranath Tagore bautizó a Gandhi como “alma grande”
(Mahatma). Y al enterarse del crimen a manos de un fanático de su
propio credo, hace 60 años, Albert Einstein ensayó la síntesis perfecta:
“Quizá, a las generaciones venideras les cueste creer que un hombre así
anduvo por la Tierra”.