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11 de febrero de 2008
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Bitácora
de Uruguay - 7 de febrero de 2008
La nieta del escritor Rafael Barrett fue asesinada en 1973
Recordando a Soledad Barrett
El 8 de enero de 1973 moría asesinada en Recife (Brasil)
Soledad Barrett Viedma. Tenía 28 años, había nacido en
Paraguay y era nieta del escritor hispanoparaguayo Rafael
Barrett. Su brutal asesinato a manos de la policía política
brasileña causó una profunda impresión entre las personas que
la conocieron. Mario Benedetti escribió en su memoria el poema
"Muerte de Soledad Barrett". Daniel Viglietti compuso la
canción "Soledad".
Francisco Corral*
Cuando en 1977 llegué por
primera vez a Asunción, Soledad Barrett permanecía viva en la
retina de muchos. Su trágica muerte, ocurrida cuatro años
antes, aún despertaba el horror y las lágrimas de quienes la
habían conocido. Todos la recordaban como una joven adorable,
extraordinariamente bella y dotada de un especial encanto
personal.
Poseía, además, esa particular gracia para el canto y la
danza que brota como una armonía natural en muchas mujeres
paraguayas. Quienes la escuchaban, quedaban inevitablemente
deslumbrados por la magia suave de su sonrisa y de su
voz.
Pero si notable era su belleza física y su
atractivo externo, no era menor la integridad de su
personalidad y de su carácter: bondadosa, solidaria, sensible
a todos los dolores ajenos e indiferente a los propios,
rebelde frente a las injusticias, decidida, valiente. Soledad
poseía una sólida conciencia moral que la impedía permanecer
indiferente ante el despotismo y la empujaba a colocarse al
lado de los oprimidos.
Se diría que los ardientes
e incisivos escritos de su abuelo, la denuncia dolorida de la
explotación que Rafael Barrett había plasmado, por ejemplo, en
"El dolor paraguayo", se habían hecho carne viva en la
persona de la nieta.
¿Quién podría sospechar que
la vida injusta y cruel (o mejor dicho, la cruel condición de
los seres humanos) iba a deparar a esta joven extraordinaria
uno de los destinos más terribles que la mente humana pueda
imaginar?
Paraguay, Uruguay, Cuba y Brasil
Había nacido el 6 de enero de 1945 en
Paraguay. Y quienes gusten de cábalas o concedan algún valor
al ciego azar de las fechas del calendario, anoten la
curiosidad de que su abuelo Rafael había nacido un día
después, el 7 de enero; y un día más tarde, el 8 de enero, fue
la fecha fatídica de su propia muerte.
Soledad se
exilió en Uruguay con sus padres y vivió en Montevideo buena
parte de su juventud. Allí protagonizó en julio de 1962 un
incidente que tuvo amplia repercusión en la opinión pública
uruguaya: un grupo neo-nazi la raptó en su condición de
destacada dirigente estudiantil y con amenazas de muerte
quisieron obligarla a gritar sus consignas. Como Soledad se
resistió, le grabaron con una navaja cruces gamadas en la
carne.
hace diez años tu adolescencia fue noticia
te tajearon los muslos porque no quisiste gritar viva Hitler
ni abajo Fidel.
Era el comienzo de la violencia que en Uruguay llevaría a
la instauración del régimen militar. Y Soledad tuvo que
abandonar también ese país. Vivió varios años en Cuba y allí
conoció al brasileño José María Ferreira de Araujo; se casaron
y tuvieron una hija. Él volvió a Brasil en 1970 para
integrarse a los grupos que en aquellos años aspiraban a
realizar la revolución socialista inspirados en el ejemplo
cubano. Un año después, Soledad le siguió. Al poco tiempo de
llegar a Brasil supo que José María había sido apresado y
muerto. Soledad encontró en esa muerte un motivo más para
seguir en la lucha contra las dictaduras que por aquellos años
dominaban los países latinoamericanos.
Entra en escena el "Cabo Anselmo"
Se llamaba Anselmo dos Santos y
había tenido una actuación muy relevante en la política
brasileña de los años 60. Fue uno de los líderes del llamado
"movimiento de los marineros" que en 1963 se atrevió a
desafiar la rígida estructura militar de la Marina reclamando
condiciones dignas y el elemental respeto a la dignidad humana
de los soldados. Bien es verdad que la situación política era
favorable: el gobierno progresista de Joao Gulart no veía con
malos ojos esas reivindicaciones.
El 30 de marzo
de 1964, cuando sólo tenía 24 años, el Cabo Anselmo tuvo su
gran día de gloria. Como portavoz de los marineros que estaban
amotinados, Anselmo compartió la tribuna nada menos que con el
propio presidente de la República, João Gulart, en un momento
trascendental para la historia de Brasil, una de las ocasiones
que todos los libros de historia recogen. Fue en el local del
Automóvil Club de Río de Janeiro, en un acto público que se
recuerda como el último discurso de Gulart. A las pocas horas,
al amanecer del día siguiente, se produjo el golpe de Estado
que iniciaba 21 años de dictadura militar en Brasil.
Como el personaje destacado que era, Anselmo fue
expulsado del ejército en uno de los primeros decretos que
firmó el nuevo gobierno militar y empezó a ser buscado
intensamente. Consiguió asilarse en la embajada de México,
pero luego renunció al asilo y abandonó la embajada para
integrarse en los grupos que se mantenían en la
clandestinidad. Poco después fue preso y permaneció detenido
durante varios meses hasta que consiguió escapar de la prisión
y salir de Brasil.
Tras una corta estancia en
Montevideo, viajó a Cuba donde permaneció desde finales de
1965 hasta el 15 de septiembre de 1970, fecha en que regresó a
Brasil con identidad falsa para unirse a la lucha clandestina
que en esos momentos se estaba organizando contra la
dictadura.
En la vida de Soledad se
cruza el Cabo Anselmo
Anselmo era amigo y
camarada del compañero de Soledad, José María Ferreira, que
también había sido marinero y había participado en las
revueltas de Río de Janeiro. Es seguro, por tanto, que Soledad
y Anselmo coincidieron en Cuba, e incluso tal vez ya antes en
Uruguay.
Cuando José María regresa de Cuba a
Brasil entre junio y julio de 1970 junto con Edson Neves
Cuaresma, uno de sus cometidos consistía en preparar el
terreno a Anselmo y a otros que iban regresando desde el
exilio. Pero coincidiendo casi con la vuelta de Anselmo
(septiembre de 1970) José María es capturado y muerto.
Soledad, por su parte, como ya hemos dicho,
viaja a Brasil un poco después, en los primeros meses de 1971.
Y sólo en Brasil sabe de la muerte de José María.
Con el paso del tiempo, las vidas de Soledad y
del viejo camarada y amigo de José María se van acercando; y
Anselmo acaba convirtiéndose en el nuevo compañero de
Soledad.
Pero lo terrible de la historia, es que
el Cabo Anselmo... era en realidad un infiltrado, un agente al
servicio de la policía.
La otra vida de Anselmo
¿Cómo y en qué
momento pudo convertirse en un delator aquel joven que había
llegado a ser todo un mito de la izquierda y que a los 24 años
había alcanzado mayor protagonismo político que ningún otro
líder revolucionario a esa edad?
Algunos, como
Edgar Morel o Jarbas Marques, que le conocieron en los años
60, dicen que en aquellos momentos ya sospecharon que podía
ser un agente provocador encargado de radicalizar el
movimiento de los marinos para fomentar enfrentamientos que
justificaran el golpe militar. Y alegan como apoyo de esa
versión la extraña historia de su renuncia al asilo en la
embajada de México y su posterior huída de la
cárcel.
Otros, creen (y esto parece ser lo más
probable) que cambió de bando cuando fue preso en São Paulo el
30 de mayo de 1971, unos ocho meses después de haber regresado
de Cuba. La tortura y las amenazas de muerte habrían
conseguido que Anselmo se prestara a colaborar con la policía
política.
En cualquier caso, no hay ninguna duda
(y él mismo lo ha confesado) de que a partir de 1971 Anselmo
colabora como confidente con los más sanguinarios grupos de la
represión. Y lo hace con una eficacia terrible ¿se imaginan
tener como infiltrado al más emblemático joven líder
revolucionario? Nadie hubiera podido nunca desconfiar del
prestigioso líder de los marineros.
La razón se
resiste a aceptar que alguien pueda llegar a tal grado de
inhumanidad y de vileza como para denunciar sistemáticamente
durante casi dos años a decenas (tal ven centenares) de
compañeros, lo que significaba entregarles a la tortura y la
muerte. Pero Anselmo llegó aún más lejos y completó su
miserable traición entregando a los seis miembros del grupo
del que él mismo formaba parte como infiltrado. Entre ellos se
encontraba su propia compañera, Soledad, que además estaba
embarazada.
La "masacre de la Chácara de São Bento"
La versión oficial fue la de un
"enfrentamiento a tiros" ocurrido el 8 de enero de 1973 en
un lugar próximo a Recife conocido como la Chácara de São
Bento. En el tiroteo entre la policía y un grupo de siete
subversivos, seis de ellos habrían sido muertos y uno habría
conseguido escapar. El que supuestamente habría escapado sería
Anselmo y mediante esa estratagema, la policía esperaba poder
seguir utilizando sus servicios. No sirvió de mucho, pues la
traición quedó al descubierto y Anselmo se vio obligado a
desfigurar su rostro para no ser reconocido y a vivir oculto
desde entonces. Los seis fueron asesinados.
Sólo
a partir del año 1995, gracias a la ley nº 9.140, pudo crearse
en Brasil una "Comisión Especial de Reconocimiento de los
Muertos y Desaparecidos Políticos". En 1996 la Comisión se
ocupó de aquel asunto y enseguida confirmó lo que siempre se
había sospechado: que la versión oficial era totalmente falsa.
Se constató que uno de los seis integrantes del
grupo (José Manoel da Silva) fue apresado la noche del día
antes, 7 de enero, en una gasolinera. Otro de ellos (Jarbas
Pereira Marques) fue detenido en la librería en la que
trabajaba. Otros dos (Eudaldo Gomes da Silva y Evaldo Luiz
Ferreira) en sus domicilios. Y los otros dos (Pauline
Reichstul y Soledad Barrett) fueron detenidas en la boutique
donde trabajaban.
Una de las testigos
presenciales, Sonja María Cavalcanti, testificó ante la
Comisión que "Soledad y Pauline estaban en la boutique cuando
cinco hombres, diciéndose policías, invadieron el local,
golpearon salvajemente a Pauline mientras Soledad, que estaba
embarazada, sólo se preguntaba insistentemente ¿por qué?"..
"después las dos fueron llevadas en dos autos". Cuando le
fueron mostradas fotos, la testigo identificó al Cabo Anselmo
como uno de aquellos cinco hombres.
No hay
palabras que puedan reflejar lo que pasaría en aquellos
momentos por la cabeza de Soledad. Tan sólo la sequedad
tremenda de ese repetitivo "¿por qué?" nos indica algo de su
desconcierto ante la brutal densidad del drama. Ni la más
terrible tragedia griega ha llegado a dibujar una situación
semejante: descubrir de golpe que se ha incubado el huevo de
la serpiente y que su pareja y padre de su futuro hijo se ha
transfigurado en el verdugo que empujará a la muerte a sus
compañeros, a ella misma y a su propio hijo antes de
nacer.
Las declaraciones presentadas ante la
Comisión son estremecedoras. Para no abundar en el horror, nos
quedamos con una parte del testimonio de la abogada Mércia
Alburquerque que logró entrar al depósito de cadáveres del
cementerio de Santo Amaro y que describe así la escena que
contempló: "Pauline estaba desnuda, tenía una perforación en
el hombro y parecía haber sido muy torturada. Jarbas tenía
perforaciones en la cabeza y en el pecho y marcas de cuerdas
en el cuello. Soledad, también desnuda, tenía a su alrededor
mucha sangre y a sus pies un feto".
Así, con esa
imagen sangrienta de la crueldad, pusieron injusto fin a la
vida de aquella mujer extraordinaria que fue Soledad Barrett.
Su corta existencia fue un canto de rebeldía y libertad; su
final, una triste historia de lucha, amor, traición y muerte
en tiempos oscuros de dictadura. Una triste historia que no
debería ser olvidada.
* Periodista de
ABC. Paraguay
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