| LA
JORNADA de México - 11
de julio de 2002
Paradojas
de la injusticia: guerra y crisis
James
Petras
El colapso
de grandes empresas trasnacionales de la energía y las comunicaciones
-Enron, WorldCom, Adelphi y otras- ha perjudicado a numerosos pensionistas
y pequeños inversionistas. Pero también ha producido pérdidas
enormes a muchos políticos corruptos, narcotraficantes e individuos
acaudalados de América Latina que transfirieron ilegalmente e invirtieron
miles de millones de dólares en el mercado estadunidense de valores.
Los latinoamericanos adinerados que confiaron con fervor en el consejo
de los bancos de inversión de Estados Unidos estaban seguros de
que el mercado de valores de este país, y en particular las mayores
y mejor conectadas de las trasnacionales, eran dignos de su confianza.
Esos mismos inversionistas tenían profunda desconfianza en la economía
y la gente de sus países. Los megaestafadores estadunidenses tomaron
sus fondos y los dejaron con papeles sin valor: WorldCom pasó de
96 dólares a 6 centavos por acción. Típico caso del
pez grande que se come al chico. Un ejemplo, quizá, de perversa
justicia, pero que para las víctimas finales en América Latina
apenas si representa cierta satisfacción emocional.
El vasto y trascendental esquema
de corrupción, encubrimientos y fraude en las más altas esferas
del mundo empresarial estadunidense tiene profundas raíces culturales
y políticas y consecuencias económicas de largo alcance.
En Estados Unidos es dogma aceptado la idea de que "lo que es bueno para
los negocios es bueno para el país": las figuras más prestigiadas
e influyentes en los ámbitos de la cultura, la política,
la academia y los medios de comunicación provienen del mundo empresarial.
Su posición dominante no se pone en duda, incluso si sectores del
público llegan a criticar sus excesos.
Políticos de los dos partidos
principales buscan el apoyo financiero de esas figuras en las campañas
electorales, y después de los comicios, banqueros, financieros y
abogados de empresa dominan el gabinete y el banco central. Muchos funcionarios
de alto nivel entran al mundo de los negocios cuando dejan sus cargos públicos.
El hecho de que los reguladores gubernamentales
no hayan detectado los fraudes que se fraguaban en los más altos
niveles empresariales obedece en parte a la creencia de que los hombres
de negocios son incapaces de actuar mal. Y si cometen delitos, es mejor
que los investigadores miren al otro lado, por miedo de poner en tela de
juicio la confianza esencial de la gente en el sistema empresarial. Sólo
cuando la corrupción de los grandes consorcios condujo a un descenso
considerable en la confianza de los inversionistas se decidió el
gobierno a intervenir, en un intento por restaurar el sistema. El temor
en Wall Street es que los estafadores capitalistas provoquen el retiro
de inversiones y el colapso del sistema. Otro caso de perversa moralidad:
la injusticia conduce a una justicia de naturaleza onerosa y limitada.
El tercer ejemplo de la paradoja
de la injusticia en Estados Unidos se refiere al refugio que proporciona
a notorios torturadores. El Centro de Justicia y Responsabilidad ante la
Ley, organización de abogados estadunidenses que defiende a víctimas
de tortura, señala que más de mil torturadores y ex dictadores
extranjeros viven en Estados Unidos, de los cuales más de 300 están
en Florida. En forma selectiva Washington brinda un santuario a terroristas
de ex estados clientes en todo el mundo. Entre ellos se cuentan el oficial
militar que organizó el asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero,
el oficial de la policía secreta chilena que asesinó al general
constitucionalista Carlos Pratts, el notorio torturador haitiano Emmanuel
Constant y muchos más.
Estos terroristas viven en libertad
en Estados Unidos porque colaboraron estrechamente con las agencias de
inteligencia de Washington hasta que se les amenazó con la persecución
judicial. Washington no puede permitir que sean extraditados porque eso
socavaría su relación con los regímenes represivos
y torturadores de hoy.
El gobierno de este país brinda
refugio a conocidos torturadores-terroristas por más que ese hecho
debilite considerablemente la actual campaña mundial contra el "terrorismo".
¿Qué autoridad moral tiene Estados Unidos para perseguir
terroristas más allá de sus fronteras si los resguarda en
su territorio? La paradoja de la injusticia (proteger a clientes terroristas)
conduce a la justicia (el desenmascaramiento de la campaña antiterrorista
de Washington como subterfugio para dominar el mundo).
Existe, sin embargo, una paradoja
aún mayor. La creciente crisis moral, política y económica
del país no propicia ningún movimiento de reforma o renovación
política ni ningún desafío serio a la estructura económica
del mundo empresarial estadunidense. En cambio el régimen de Bush
planea metódicamente otra guerra, una invasión militar de
Irak. Una guerra contra Irak se percibe como una forma de distraer la atención
de la profunda corrupción empresarial y los estrechos vínculos
entre los altos ejecutivos de los consorcios y el gobierno de Bush. La
guerra sirve para inducir al público a enfocar su atención
en la "moralidad de una guerra justa" y no en la inmoralidad de los altos
círculos. Puede utilizarse para provocar inestabilidad en Medio
Oriente y Europa y atemorizar a los inversionistas para que compren dólares
e inviertan sus capitales en el mercado estadunidense de valores.
La guerra contra Irak y otros países
llamados "terroristas" puede emplearse para silenciar las críticas
a la doble moral de Washington hacia el terrorismo. La guerra, en otras
palabras, se considera en Washington un medio necesario para resolver favorablemente
los efectos debilitadores de las perversas paradojas domésticas.
Con una agenda bélica, el
gobierno de Bush puede contar con que los medios masivos cambiarán
su enfoque de la inmoralidad de la elite empresarial a historias terribles
sobre Saddam Hussein, y del derrumbe del sistema económico a noticias
sobre victorias militares de las fuerzas armadas estadunidenses. Con una
guerra los medios dejarán de comentar la decadencia moral de los
negocios y elogiarán las virtudes de la "intervención humanitaria".
La idea de Washington es que la única forma de evitar la opción
de una reforma política como mal menor ante el descrédito
es mediante un mal mayor: la conquista de Irak. La guerra permite a Washington
continuar protegiendo a directivos empresariales corruptos, y a terroristas
clientes del pasado y el presente en nombre del antiterrorismo. La conquista
de Irak, que cuenta con la segunda reserva petrolera en importancia en
Medio Oriente, se ve en el Pentágono como un medio de recobrar inversiones
extranjeras y fortalecer el dólar.
Toda la historia del gobierno de
Bush está basada en la construcción fantasiosa, desde el
11 de septiembre hasta ahora. Ahora sabemos que Al Qaeda no era una organización
mundial: cuando mucho tenía 200 miembros. Pese a las declaraciones
diarias o semanales del gobierno sobre nuevas amenazas terroristas, ninguna
se ha materializado. Los dos "terroristas" detenidos eran ex convictos
analfabetos que apenas si saben amarrarse las agujetas. Los 150 mil millones
de dólares gastados en el antiterrorismo han llevado casi a la bancarrota
a la industria aérea, al derrumbe masivo del turismo y al asesinato
de cientos de afganos inocentes que celebraban bodas. El gasto gubernamental
en el ejército y la policía ha conducido a una disminución
de la inversión pública que podría estimular el crecimiento
y revivir la confianza en el mercado estadunidense. Todo esto conduce a
la última y mayor paradoja: el uso de la guerra por el gobierno
de Bush para resolver la crisis nacional puede ni más ni menos que
exacerbar todas las contradicciones internas: los bribones empresariales
seguirán actuando con impunidad; nuevas y mayores estafas ocurrirán,
y ello puede propiciar más fugas de inversionistas del mercado estadunidense
y nuevas caídas del dólar. La guerra puede elevar temporalmente
la menguante popularidad de Bush, pero la exaltación militar de
Rumsfeld y Cheney no evitará una caída profunda de la economía
y la inseguridad general que será consecuencia del desempleo masivo.
© James Petras
Traducción:
Jorge Anaya
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