| LA
JORNADA de México - 13 de Enero de 2003
2003,
año de guerras imperiales
James
Petras*
Las luchas
políticas y sociales de la década pasada prueban, una vez
más, que al
basarse en proyecciones económicas
los "profetas" de los ciclos largos no pueden entender los sucesos más
profundos de la historia contemporánea. Las fuerzas impulsoras de
la historia no son "las fuerzas productivas", sino "las relaciones sociales
de la producción", entendidas gruesamente como las relaciones de
clase, los sistemas productivos y el poder del Estado.
En esencia, el nombre del sistema
no es un amorfo "capitalismo mundial" o "imperio", sino un sistema imperialista.
Este sistema no está controlado por un "centro y periferia" sociológicamente
vacuos, sino por lo concreto de un Estado imperial estadunidense que recoloniza
al Tercer Mundo y a sus rivales imperiales subordinados, en Europa y Asia.
El Estado imperial no es mero producto de "las fuerzas del mercado", sino
resultado de un poder político y militar dictado por las clases
dominantes de las principales economías imperiales. La conducta
de tales clases dominantes es menos una derivación de los "ciclos
largos" y más el resultado de sus políticas estratégicas
y sus alianzas en lo político.
Para entender los sucesos puntuales
del pasado, el presente y el futuro necesitamos una teoría que se
derive de fuerzas políticas claramente identificadas, que actúan
en circunstancias concretas y no en proyecciones de largo plazo basadas
en formulaciones abstractas divorciadas de las principales luchas sociales
y políticas.
Existen cuatro luchas histórico-mundiales
en el sistema imperialista. La primera es el esfuerzo del imperialismo
estadunidense por conquistar el mundo mediante la guerra (Irak, Afganistán),
la presencia mi-litar (Colombia), los bloqueos económicos (Venezuela),
la amenaza con armas de destrucción masiva (Corea del Norte) y el
chantaje diplomático (Europa y Japón). El segundo esfuerzo
importante puede hallarse en los movimientos de liberación social
y nacional, en su resistencia al imperialismo y en su habilidad para conquistar
espacios políticos en las calles, el medio rural, la selva y los
parlamentos de todo el mundo. La tercera gran lucha se libra entre las
clases dominantes de Estados Unidos, Europa y Japón (que buscan
expandir sus inversiones y el comercio conquistando mercados por todo el
mundo) y los obreros asalariados, destajistas y desempleados que sufren
las consecuencias del rápido deterioro de las economías internas.
El cuarto conflicto importante se libra entre los regímenes imperialistas
de guerra y conquista, y los movimientos antimperialistas y contra la guerra
que ocurren en Europa, el Medio Oriente, América Latina, Asia, Africa
del Norte y América del Norte. En la década siguiente los
resultados de sus luchas tendrán un profundo impacto en el futuro
de la humanidad.
A corto plazo, el Estado imperialista
estadunidense se prepara para involucrarse en una serie de guerras de conquista,
empezando por Afganistán, Irak y Corea del Norte, para continuar
con Venezuela, Irán y otros países ricos en petróleo.
Parece probable que su resultado fortalecerá la posición
geopolítica, geopetrolera y militar de Estados Unidos en la economía
mundial.
No obstante, al mismo tiempo, la
economía interna está cayendo en una profunda recesión
que debilitará los fundamentos financieros y fiscales internos del
imperio y tendrá un impacto profundamente negativo en las economías
de los regímenes pro imperialistas del mundo, que dependen de los
mercados e inversiones estadunidenses.
El impacto combinado de las guerras
imperialistas de conquista y una recesión de carácter mundial
fortalecen la postura de los movimientos de liberación en el Tercer
Mundo: el colapso del neoliberalismo, la fragmentación del "libre
mercado" y el debilitamiento de los clientes pro estadunidenses, así
como de los regímenes de centroizquierda, favorecen los movimientos
de la izquierda extraparlamentaria. Es probable que ocurran levantamientos
importantes en el mundo árabe, y los poderosos movimientos en América
Latina podrían derrocar regímenes en Argentina, Bolivia,
Ecuador y otras partes. Aumentará la presión política
en pos de transformaciones sociales en Venezuela, Brasil, Uruguay y Perú.
Los efectos combinados de las guerras imperiales, las crisis económicas
y los poderosos movimientos de liberación serán un gran estimulante
para el crecimiento de los movimientos de masas en Europa y en menor medida
en Japón y América del Norte. Particularmente en Francia,
Italia y España emergerán luchas significativas que confrontarán
la complicidad de los regímenes con las guerras de conquista estadunidenses.
El desempleo creciente que resultará de la recesión y el
recorte de los salarios y beneficios sociales pueden radicalizar a los
movimientos europeos.
Los efectos políticos de las
guerras imperiales, la recesión mundial y el crecimiento de los
movimientos de liberación por todo el mundo pueden alterar la política
interna de Estados Unidos. Sin embargo, la propaganda antiterrorista vertida
en los medios masivos, la vigilancia policiaca en gran escala que el Estado
emprende, un liderazgo sindical corrupto e impotente y un sistema bipartidista
amarrado al Estado imperialista limitarán la influencia política
directa de los crecientes movimientos contra la guerra y de antiglobalización
en Estados Unidos.
Pese a sus conflictos comerciales
con Estados Unidos y a sus "reservas" simbólicas e intrascendentes
hacia las guerras estadunidenses de conquista, los estados europeos no
ofrecen una oposición decidida. Es ilustrativo el debate que ocupa
a Naciones Unidas en torno a la guerra en ciernes: Estados Unidos pudo
garantizar una resolución que le adosó un pretexto para emprenderla;
baste decir que el arbitrario secuestro que hizo Estados Unidos de la documentación
sometida al Consejo de Seguridad y la purga de 8 mil de las 11 mil páginas
de que constaba no tuvieron siquiera la mínima oposición.
Sin presentar evidencia alguna de que Irak estuviera "en falta material"
con respecto a la resolución de Naciones Unidas, Estados Unidos
programó la invasión a Irak para febrero de 2003. Europa
se quejó y luego se sometió al dictado estadunidense.
En el Lejano Oriente, Washington
rompió su acuerdo de suplir de energía a Corea del Norte,
acusó al país de ser una amenaza terrorista y ya prepara
una guerra de agresión. Corea del Sur y Japón se quejaron,
pero se sometieron. La oposición viene de millones de sudcoreanos
que temen más a Washington que a Pyongyang.
El año 2003 será decisivo
en la conformación del resto de la década: en el corto plazo
el imperialismo estadunidense conquistará Irak mediante el uso de
armas de destrucción masiva, basándose, al menos en parte,
en la información que proporcionaron los inspectores de armas de
Naciones Unidas. El hecho de que la mayor parte de las armas iraquíes
fueron destruidas por los anteriores equipos de inspección de Naciones
Unidas facilitará una conquista militar. El respaldo otorgado por
los estados clientes de Estados Unidos en Medio Oriente (Kuwait, Turquía,
Omán) y su aliado, Israel, asegurará su éxito. La
ofensiva militar imperial se basa en la monopolización que ejerce
Washington sobre las armas de destrucción masiva y los esfuerzos
por evitar que otros países las desarrollen. La campaña por
destruir la capacidad bélica de Irak se basa en la estrategia imperial
de debilitar a otros países considerados como objetivo y evitar
que cuenten con armas disuasivas. Cuando Donald Rumsfeld amenaza con emprender
una guerra contra Corea del Norte busca evitar que desarrolle los medios
para resistir una in-vasión estadunidense. La ideología "antiterrorista"
y la "guerra contra las armas de destrucción masiva" son instrumentos
de propaganda que permiten que la conquista imperial de Estados Unidos
ocurra con impunidad, pocas bajas estadunidenses, un mínimo de costos
políticos internos y un máximo de pérdidas físicas
para el país considerado objetivo militar.
Sin embargo, a corto plazo el éxito
militar del Estado imperial no evitará que se profundice la recesión:
la exacerbará. Los precios del crudo suben, el dólar cae
y los déficits inflacionarios serán una dura prueba para
la economía estadunidense. Los costos de las conquistas imperiales
serán transferidos a los trabajadores en Estados Unidos y, lo que
es más importante, al Tercer Mundo, en especial a América
Latina. Esto asumirá la forma de mayores transferencias de riqueza
y un incremento en la militarización. Los regímenes de América
Latina que son clientes de Estados Unidos se verán forzados a aceptar
las reglas del imperio a través del ALCA. Washington insistirá
en privatizar los recursos petroleros estatales de Ecuador, Venezuela y
Mé-xico, e impulsará pagos totales de la deuda más
un mayor desmantelamiento de las barreras comerciales.
La imposición de costos añadidos
en América Latina por la construcción del imperio ocurre
en un momento de fuertes confrontaciones sociopolíticas en Colombia,
Venezuela, Argentina y Bolivia, y cuando el modelo neoliberal existente
se colapsa o está a punto de hacerlo en Brasil, Paraguay y Perú.
Washington tendrá extremas
dificultades para exprimir más recursos de los combativos pero empobrecidos
pueblos de América Latina. A mediano plazo el choque entre los costos
militares del imperio y la caída de la economía interna,
los movimientos de liberación emergentes y el colapso de las economías
neoliberales latinoamericanas pondrá duras pruebas a los regímenes
de centroizquierda que intentan navegar "por en medio", combinando acuerdos
internacionales con el imperio y reformas sociales internas. La cadena
del imperio mundial de Washington tiene su eslabón más débil
en América Latina.
El desarrollo desigual de los movimientos
sociopolíticos en América Latina, su fragmentación
y falta de liderazgo nacional constituyen una muy seria debilidad estratégica
frente al poder económico y militar centralizado por el Estado imperial
estadunidense. Aunque el Foro Social Mundial es útil como espacio
de encuentro que junte diversos debates y propicie reuniones, no cuenta
con la cohesión estratégica y programática requerida
para derrotar el avance del imperio y el deterioro de los regímenes
clientes. Lo que puede ocurrir son cambios profundos al nivel de los estados-naciones,
que a su vez sirvan de polo político o "eje de virtud" que proporcione
respaldo político a los movimientos de liberación emergentes
en otros países.
Nadie puede predecir todas las consecuencias
de las guerras imperiales estadunidenses de 2003, porque mucho dependerá
de la respuesta subjetiva de los pueblos del mundo. Mucho dependerá
también de la respuesta a cantidad de cuestiones políticas:
¿precipitará la guerra un levantamiento en Arabia Saudita
que conduzca a una mayor intervención estadunidense y a un escalamiento
del conflicto? ¿Expulsará Israel a millones de palestinos
durante la invasión estadunidense a Irak, que a su vez precipite
otra ronda de conflictos árabe-israelíes? ¿Acaso los
acuerdos con el Fon-do Monetario Internacional precipitarán una
caída estrepitosa en Brasil, una crisis en el régimen y una
mayor radicalización? ¿Pueden los regímenes europeos
continuar siendo cómplices de Estados Unidos ante una crisis económica
que se agudiza, mo-vimientos de masas emergentes y la posibilidad de cortes
en los suministros petroleros? Las respuestas a estas cuestiones no pueden
deducirse de fórmulas económicas abstractas que aborden la
"crisis del capitalismo mundial". Las respuestas deben inducirse del nivel
de conciencia nacional y de clase expresado mediante una intervención
política directa
*Profesor de la Universidad
Estatal de Nueva York
Traducción:
Ramón Vera Herrera
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