| LA
JORNADA de México - 16 de Marzo de 2003
Genocidio
y vida cotidiana en EE UU
James
Petras
El Pentágono
anunció que fue probada la bomba no nuclear más grande de
la historia,
con un peso de nueve toneladas y
media, en preparación para su posible uso en Irak. Dos semanas antes
el general Richard Meyers, presidente del comando conjunto del estado mayor,
afirmó que la política estadunidense era crear un shock
a Irak para obligarlo a rendirse, soltando so-bre Bagdad 3 mil bombas guiadas
y misiles durante las primeras 48 horas de la campaña bélica.
Funcionarios militares estadunidenses calculan que 300 mil soldados y civiles
iraquíes morirán. Naciones Unidas estima que al menos 10
millones de iraquíes resultarán muertos, heridos, desplazados
y traumatizados.
A diferencia de las políticas
genocidas alemanas contra los eslavos, gitanos, ju-díos y homosexuales,
el genocidio estadunidense es del conocimiento público, se discute
abierta y concienzudamente en los medios masivos de comunicación
con las mismas voces sin inflexión e imágenes que uno espera
que acompañen el reporte del tiempo. Los más grandes entre
los diarios respetables, The New York Times, The Washington Post
y Los Angeles Times, publican en sus primeras planas extractos,
y a veces incluso transcriben íntegramente, los discursos de generales,
ministros y del presidente, en los que se describen tácticas y estrategias
de aniquilamiento masivo. Sus páginas editoriales no son espacio
para manifestar desacuerdo.
A medida en que estas armas de destrucción
masiva se acumulan en Medio Oriente, y las tropas estadunidenses se preparan
para lanzar una invasión de envergadura, los medios se congracian
con los lectores publicando reportajes "de interés humano" sobre
parejas llorosas que se abrazan en la despedida, madres patrióticas
que ondean sus banderas o patrones generosos que ofrecen conservar los
planes de salud de sus empleados mientras ellos están inmersos...
en una guerra genocida.
Los preparativos anunciados y premeditados
de esta guerra genocida son presentados por los medios junto con los marcadores
de los juegos de basquetbol, los re-cientes escándalos de Hollywood,
el reporte climatológico y, desde luego, los comerciales de desodorantes,
automóviles y los reportes de la bolsa de valores.
Los medios de comunicación
han intentado integrar al genocidio dentro de la vida cotidiana de los
ciudadanos comunes. Ma-tar, mutilar, desplazar a millones de personas se
ha convertido en una simple "medida de seguridad", como los consejos que
aparecen en los periódicos provinciales que advierten a los ciudadanos
cerrar con llave sus puertas por las noches. A nivel sicológico,
los medios tratan de inculcar la idea de que quienes perpetrarán
el genocidio son las víctimas de un complot mundial para destruir
a Estados Unidos, y que las víctimas iraquíes de tal genocidio
son los agresores. La paranoia política masiva inducida por los
medios de comunicación sirve para lanzar una guerra genocida.
A diario la prensa estadunidense
inventa terroristas, da publicidad a acusaciones infundadas, infla incidentes
menores, reporta las denuncias fabricadas que el secretario de Estado,
Colin Powell, presenta ante el Consejo de Seguridad, y después omite
la cuidadosa refutación que de ellas hacen los inspectores de armas
de la ONU. En todo el mundo se publican los escándalos mayúsculos
que se generan porque han sido intervenidos teléfonos, faxes y correos
electrónicos de los miembros de Naciones Unidas, pero estas noticias
están totalmente ausentes en el New York Times y el Washington
Post.
Funcionarios estadunidenses aislados
(como el congresista Moran) que se atreven a mencionar la influencia en
el gobierno de políticos judíos de derecha (Wolfowitz, Perle,
Cohen, Kagan, Abrams, etcétera) en relación a la cuestión
de Israel, son tachados de antisemitas y obligados retractarse y someterse
a una humillante autoacusación; sufren el mismo tratamiento que
los críticos de José Stalin en la década de los 30.
La negativa a retractarse ha destruido las carreras de muchos servidores
públicos experimentados.
La marcha de Washington hacia el
genocidio ha sido impulsada por el fanatismo en varios estratos ideológicos.
Bush es un fundamentalista cristiano quien, para ho-rror de la comunidad
científica, proclama la historia bíblica de la creación
en forma literal mientras fustiga las bases del conocimiento científico
sobre la evolución como se enseña en escuelas secundarias
y universidades. Como muchos alcohólicos reformados, se ha aferrado
al fundamentalismo cristiano con un fervor que llega al extremo de que
haya lecturas diarias de la Biblia en los salones del gobierno federal.
Afirma que Dios lo predestinó
para ser presidente (con la intervención divina de boletas electorales
defectuosas en Florida y una corte en manos de republicanos), y para guiar
a la nación en una cruzada contra el mal que justifica el genocidio
del pueblo iraquí (la Babilonia del Cinturón de la Biblia
estadunidense).
El segundo estrato ideológico
poderoso es el fanático compromiso y lealtad ciega hacia el Estado
de Israel y su expansión y dominio en Medio Oriente, que caracteriza
a los políticos de derecha judía y militarista, quienes son
los arquitectos ideológicos de una doctrina de guerra permanente.
El tercer estrato poderoso son los
ideólogos civiles ultrabelicistas, como Rumsfeld y Condoleezza Rice,
quienes codician un dominio mundial y alardean que con el poderío
militar de su país podrían pelearse dos, tres o más
guerras de exterminio.
Un cuarto estrato está formado
por oportunistas como Colin Powell, que promueven el genocidio como un
medio de fortalecer su propia posición política para un futuro
intento de llegar a la presidencia.
La confluencia de estas visiones
de ex-tremismo religioso, de contenido étnico y militarista que
imperan en la administración Bush es el motor que impulsa el genocidio
premeditado. La creencia de que existe "gente elegida por Dios" y "personas
especiales" limpia la conciencia ante cualquiera que piense en la suerte
que co-rrerán millones de víctimas iraquíes, y además
prepara el camino para futuros asesinatos en masa en Siria, Irán,
Corea del Norte, Libia y tal vez en la "Europa antisemita", como la llamó
Richard Perle, el principal asesor militar de Rumsfeld.
Los respetables medios de comunicación,
sus prestigiados periodistas y sus alegres editores proveen el tipo de
reportajes que amplifica las políticas extremistas de estos dirigentes,
idelógicamente fanáticos. Publican fotografías de
funcionarios clave anunciando asesinatos masivos con rostros joviales o
pensativos, como el de tu tío.
La mayor ofensa de los medios estadunidenses
es la forma en que "normalizan" los preparativos para una invasión
brutal, de la misma forma en que han normalizado el perpetuo asesinato
de Israel a sus oponentes palestinos. Al presentar los planes para un genocidio
como si se tratara de un "evento" rutinario, algo cuyos detalles técnicos
se discuten con los caudillos estadunidenses en entrevistas favorecedoras,
los medios despojan a este crimen de toda dimensión moral, humana
y política.
"Imagínense una bomba de nueve
toneladas y media, más grande que la Cortadora de Margaritas,
que pesaba sólo siete y media toneladas", anuncia alegremente el
vocero militar. "Entre más grande es mejor", dicen los militaristas.
"Una forma más rápida y barata de reordenar Medio Oriente
y purgarlo del mal", canta un coro de fundamentalistas cristianos y de
fanáticos del Likud. Ningún medio ha evocado la imagen de
misiles crucero incinerando a más de 400 civiles iraquíes
en el refugio antibombas de Amiriya en un solo ataque en una noche clara
de febrero de 1991.
Diversas voces solemnes, trabajando
en armonía para lograr un sistema imperialista más violento
y sin escrúpulos, o como sugieren los respetables medios cobardes,
para "tener la esperanza de un mundo más pacífico" para aquellos
iraquíes que sobrevivan y podrían disfrutar la pax americana.
Funcionarios del Pentágono anunciaron en titulares recientes sus
generosos planes de "emplear" a soldados iraquíes que se rindan
para labores de limpieza (o para cavar fosas comunes).
Pero a pesar de su irredenta propaganda,
que incluye burdos intentos de vincular a Irak con los atentados del 11
de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, y con la red fundamentalista
Al Qaeda, los medios no han tenido éxito en su intento de convencer
a millones de ciudadanos estadunidenses. Más de 40 por ciento rechaza
la guerra; un porcentaje menor se opone a la guerra independientemente
de cualquier resolución en la ONU. ¿Cómo fue que el
poder combinado de los medios y del Estado no han logrado convencer a decenas
de miles de estadunidenses?
Las razones incluyen una repugnancia
moral hacia una ofensiva bélica que tiene base en acusaciones falsas,
el miedo a represalias de terroristas, la preocupación de que la
crisis económica doméstica se profundice, una sensación
de aislamiento político o solidaridad con miles de millones de personas
en el extranjero que se oponen a la guerra. Quizá, a un nivel más
profundo, existe el temor de que los extremistas fanáticos que impulsan
una máquinaria bélica sin control con misticismos religiosos,
convicciones militaristas y enredos en el extranjero puedan provocar resultados
catastróficos e impredecibles para este país.
Muchos ciudadanos estadunidenses
prosiguen su vida diaria como siempre; ven televisión por demasiadas
horas, consumen montañas de comida chatarra, están aprehensivos
ante la inseguridad en sus empleos y se dedican a sus familias y sus comunidades.
A sus ojos, existe una diaria trivialización de una guerra inminente,
la preparación unilateral de una destrucción masiva sin ningún
apoyo exterior, sin ningún argumento creíble. Una descarada
agresión que ahora aterra a un número creciente de estadunidenses
de todas las edades y sectores.
En las calles de miles de ciudades,
pueblos y comunidades hay quienes protestan contra la guerra. Hay sitios
de Internet que los conectan con alternativas noticiosas y con la prensa
extranjera más crítica. Se escucha el grito de "No en nuestro
nombre" de una multitud de celebridades y escritores. Hay amigos y vecinos
que discuten sobre la guerra y deciden oponerse a ella. Una extensa nube
de incertidumbre cubre a todo Estados Unidos, y toca tanto a los inversionistas
de Wall Street como a los mecánicos. Los precios del petróleo
se disparan; ante los déficits insostenibles, se habla de una inflación
futura, y aumentan las protestas antibélicas. Los medios de co-municación
han fracasado al intentar mo-vilizar al público, pese a sus masivos
es-fuerzos por legitimar la guerra. Aún hay esperanza en el futuro.
Traducción:
Gabriela Fonseca
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