| LA
JORNADA de México - 23 de Marzo de 2003
Guerra
genocida: lecciones para el futuro
James
Petras
Irak se
ha convertido en un infierno. Ante la mirada de miles de millones de personas
en el mundo, millones de iraquíes se aglomeran en refugios destruidos,
mercados, hospitales y escuelas, recibiendo las radiaciones de nuevas armas
de destrucción masiva, rostizados con napalm, vaporizados
por la MOAB -una bomba de 9.5 toneladas- y se escucha la voz de
muerte de Rumsfeld declarando a los reporteros: "Como quieran decirlo,
hemos destruido a Saddam Hussein".
Naciones Unidas, como organización
internacional dedicada a la solución pacífica de controversias,
fue destruida por Estados Unidos, no sólo por el genocidio en Irak.
Estados Unidos no estaba solo. Tuvo el apoyo de sus sátrapas en
Gran Bretaña, España, Australia y algunos concubinos centroamericanos,
y también de los respetables y hasta ahora civilizados regímenes
de Holanda y Dinamarca.
Las tropas y fuerzas navales y aéreas
que lanzaban armas de destrucción masiva estaban emplazadas principalmente
en países árabes y musulmanes: Bahrein, Jordania, Kuwait,
Qatar, Saudiarabia, Emiratos Arabes Unidos y Turquía. Regímenes
postrados, temerosos de su propio pueblo, que prefieren ser tributarios
del imperio. Los nuevos satélites estadunidenses de Europa oriental
-la República Checa, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia, Rumania-
fueron cómplices de buen grado: sus gobernantes corruptos trafican
sangre iraquí por los créditos prometidos.
Para analizar el fracaso de Naciones
Unidas en evitar el genocidio estadunidense -su fracaso final-, debemos
recordar que este genocidio fue el último golpe, no el primero.
Las primeras fracturas en Naciones Unidas ocurrieron cuando toleró
las intervenciones unilaterales estadunidenses en Panamá y Granada,
pequeños países marginales sin duda, pero en los cuales Estados
Unidos descubrió que podía invadir con impunidad. Desde la
primera guerra del Golfo, Washington se dio cuenta de que podía
emplear la máxima fuerza militar para someter a una nación
y prolongar su sufrimiento como ejemplo para el mundo. Los europeos, los
japoneses y casi todos los regímenes árabes accedieron y
colaboraron gustosamente... animando a los señores civiles de la
guerra estadunidenses y a los ideólogos de hoy a preparar documentos
para la dominación mundial ya desde 1992.
El asalto estadunidense a Yugoslavia,
la limpieza étnica de Kosovo por los gánsters albanos,
promovida por el presidente Clinton y apoyada por el socialista francés
Bernard Kouchner y el socialista español Javier Solana en la OTAN,
ahondaron la creencia de Washington en su destino de hacer y deshacer a
las naciones europeas en imagen de clientes. Y luego vino Afganistán,
un terrorífico bombardeo masivo, una intervención militar
unilateral al margen de cualquier debate en Estados Unidos o en la OTAN,
todo ello aprobado por potencias europeas y regímenes musulmanes,
una asamblea de jeques playboys, monarcas absolutistas, esclavistas
blancos ex comunistas y elegantes diplomáticos europeos occidentales.
A los ojos de Washington, la construcción del imperio requería
una división del trabajo. Estados Unidos interviene unilateralmente,
designa a un nuevo régimen títere basado en alianzas de criminales,
caudillos tribales y señores de la guerra étnicos; se apaña
los jugosos contratos de reconstrucción para sus trasnacionales
y el control de los recursos estratégicos o rutas de transporte,
y luego llama a las huestes europeas para que sirvan de policía
al nuevo régimen clientelar, limpien el tiradero y aporten fondos
de ayuda humanitaria.
Así pues, el fracaso en detener
la intervención militar unilateral de Estados Unidos en Irak tiene
como precedentes los pasados fracasos de la ONU y los reacomodos de los
países europeos ante la conquista imperial estadunidense. Creían
que cada conquista era un acontecimiento aislado que no afectaría
sus intereses. Es cierto que los señores civiles de la guerra de
Washington diseñaron y promovieron la doctrina de dominación
mundial. El entreguismo, indulgencia y complicidad de Europa que condujeron
a la invasión de Irak facilitaron la realización de ese sueño
imperial.
Hasta el día mismo de la invasión,
los europeos y los inspectores de Naciones Unidas siguieron facilitando
la conquista de Washington. Todos los miembros del Consejo de Seguridad
estuvieron de acuerdo en que las armas defensivas iraquíes eran
la principal amenaza a la paz mundial, y no la masiva y continua acumulación
de armas de destrucción masiva por Estados Unidos en Medio Oriente,
su intención públicamente declarada de destruir a Irak y
su apoyo a las matanzas israelíes de palestinos.
Naciones Unidas desarmó a
Irak e hizo caso omiso de los preparativos militares estadunidenses. El
inspector en jefe Blix forzó constantemente a Irak a destruir armas
claramente defensivas. (Una vez iniciado el ataque, Blix reconoció
que Estados Unidos jamás tuvo interés en las inspecciones
y que se mostró desilusionado cuando los iraquíes cooperaron
y privaron así a Washington de su pretexto inicial para invadir.)
Kofi Annan dirigió el embargo de bienes esenciales para el pueblo
iraquí y apremió a los inspectores a identificar todos los
centros militares estratégicos de Irak. Toda esta información
se entregó al Consejo de Seguridad, lo cual proporcionó valiosa
inteligencia a los estrategas militares del Pentágono empeñados
en conquistar Irak en cuestión de semanas.
Si bien Naciones Unidas y la mayoría
del Consejo de Seguridad pudieron haber llegado finalmente a tener la intención
de cuestionar las tácticas militares estadunidenses e impulsar soluciones
diplomáticas, su promoción del desarme unilateral iraquí
sólo sirvió para animar a los más agresivos de los
principales funcionarios estadunidenses, los que ven un blanco fácil
en un Irak debilitado militarmente, con menos bajas estadunidenses y más
oportunidades de fragmentar al país en miniterritorios bajo el dominio
de Washington.
El único camino verdadero
hacia la paz hubiera sido un plan de Naciones Unidas que incluyera el desmantelamiento
mutuo total de arsenales de destrucción masiva en Medio Oriente...
pero eso nunca se mencionó en sesión alguna, porque requería
que los miembros del Consejo de Seguridad opositores a la acción
militar en Irak revaluaran críticamente su apoyo a las conquistas
militares estadunidenses del pasado. Naciones Unidas finalmente se opuso
al genocidio estadunidense, pero sólo después de haber dejado
salir al genio imperial de la botella, de haber permitido a Israel asesinar
con impunidad, de haber pasado por alto la lógica del imperialismo:
guerra y dominación mundial.
¿Qué viene ahora? La
más profunda comprensión de la guerra estadunidense se encuentra
en las decenas de millones que marchan en las calles, no en los pérfidos
salones de una impotente Organización de Naciones Unidas. Las redes
internacionales emergentes están creando desde abajo unas nuevas
"naciones unidas", libres de entreguistas, de cómplices y de diplomáticos
que predican la paz de los sepulcros. Esos cientos de millones en todo
el mundo se están volviendo hacia sus propios líderes: activistas
sindicales, pacifistas, líderes religiosos progresistas, líderes
de barrios y comunidades... ciudadanos "comunes y corrientes".
Algunas naciones están aprendiendo
la lección de que la debilidad militar sólo estimula la agresión
estadunidense. Irán -según los representantes israelíes
en la Casa Blanca, Wolfowitz, Feith y Perle- es el nuevo objetivo de la
"guerra preventiva". Esperemos que Irán y el resto del mundo aprendan
la lección de Irak y del fracaso de Naciones Unidas: la solidaridad
internacional y la contención militar pueden elevar el costo de
la guerra más allá de los cálculos de los señores
estadunidenses de la guerra.
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