| LA
JORNADA de México - 21 de April de 2003
El genio
malvado del imperio:
¿podrá
Irak renacer?
James
Petras *
Millones
de ciudadanos estadunidenses protestaron antes de la guerra, pero tan
pronto la maquinaria bélica
de su país lanzó la agresión para conquistar Irak
el movimiento decayó, el número de participantes en las manifestaciones
disminuyó en miles y quedó integrado sólo por activistas
muy comprometidos. En cambio, cientos de miles de banderas estadunidenses
empezaron a verse en antenas de autos y en fachadas. Las encuestas indicaron
que casi tres cuartas partes de la población aprobaron la forma
en que George W. Bush manejó la guerra.
Está claro que la rápida
conquista militar y la destrucción en Irak produjeron una patriotera
e irracional ola de apoyo a Bush y la guerra. Una multitud de estadunidenses
está rindiendo culto a la diosa arpía del triunfo e incluso
al genocidio "triunfal". Esta situación trae consigo muchas preguntas
dolorosas y difíciles sobre la naturaleza del movimiento antibélico
estadunidense y los sentimientos populares.
Está claro que se equivocaron
los intelectuales que elogiaron a los opositores a la guerra y afirmaron
que éstos constituían una "nueva fuerza moral" en ascenso.
Muchos disidentes que rechazaban la guerra cambiaron de postura y la apoyaron
una vez que comenzó. Una multitud todavía mayor salió
a ondear banderas después de que Irak fue derrotado, su sociedad
destruida y su población humillada.
La guerra no dio mayor impulso a
la oposición, como esperaban muchos intelectuales progresistas;
los éxitos militares disminuyeron las protestas y estimularon los
sentimientos chovinistas. Más aún, Bush, Rumsfeld, Wolfowitz
y demás permitieron que saqueadores y pandillas organizadas perpetraran
pillaje contra toda una sociedad, acción que no recibió prácticamente
la menor condena popular. Sólo algunos arqueólogos y curadores
se quejaron por la pérdida que sufrió la humanidad.
¿De qué nos habla la
renuncia del movimiento pacifista estadunidense, e incluso la aceptación
entusiasta a la guerra en algunos sectores de oposición, particularmente
en momentos en que Bagdad era pulverizada y conquistada?
El factor individual más importante
fue la transformación de los mensajes oficiales, que dejaron de
hablar de un "ataque letal" iraquí y comenzaron a mencionar la "garantizada"
conquista estadunidense, que se hizo tangible con la invasión de
Bagdad. En otras palabras, muchos opositores a la guerra no estaban motivados
por principios morales o por la solidaridad, sino porque temían
que su sociedad y las tropas de su país sufrieran efectos negativos.
Una vez que quedó claro que
no había posibilidad alguna de que Irak respondiera los ataques
(Bush supo mucho antes de iniciar la invasión que el país
árabe, en efecto, estaba desarmado) y que el ejército estadunidense
tenía todo bajo control, cambiaron sus lealtades y decidieron cerrar
filas en torno de los caudillos.
Los medios de comunicación
presentaron los éxitos militares y la conquista de Bagdad como resultado
de la genialidad estratégica de los líderes militares y civiles
de Estados Unidos. Dijeron que cada rendición y cada humillación
sufrida por los iraquíes era un elemento más que reducía
"la amenaza" sobre soldados y civiles estadunidenses. Que no hubiera un
solo ataque iraquí con armas de destrucción masiva, así
como las imágenes de los estadunidenses que tomaron los principales
pozos petroleros y palacios del régimen, fueron notas que se presentaron
de manera reiterada. Los reportes fueron muy bien recibidos, para vergüenza
de la mayoría de ciudadanos estadunidenses. En la sique de muchos
de ellos la ausencia de peligro desató una orgía de patrioterismo
y admiración por los genios del mal.
Los ideólogos de la guerra
y sus admiradores promovieron nuevos conflictos bélicos de forma
más agresiva. Quienes dudaban, al igual que los ciudadanos más
críticos, se pusieron a la defensiva. Algunos incluso se sintieron
desmoralizados ante el pillaje masivo y la muerte de iraquíes. Protestaron
contra la ocupación y se alarmaron por la conducta extrema y egoísta
de sus vecinos y compañeros de trabajo, que no manifestaban la más
mínima preocupación porque Irak se convirtiera en un despoblado
en llamas.
De la misma forma, a nadie preocupó
que las imágenes de "masas" iraquíes que supuestamente daban
"la bienvenida" a los "libertadores" estadunidenses en realidad mostraban
a unos cuantos cientos en una ciudad de 5 millones de habitantes. Tampoco
causó alarma que el derribo de una estatua de Saddam fuera precedido
por el izamiento de una bandera estadunidense, ni que los soldados que
destruyeron el monumento estuvieran acompañados por sólo
un puñado de iraquíes.
En Mosul, Bagdad, Najaf, Nasiriya
y otras ciudades miles de iraquíes valientes desafiaron a la artillería,
los tanques y los helicópteros estadunidenses para exigir ser liberados
tanto de Estados Unidos y sus cómplices de la oposición iraquí
en el exilio como de Saddam Hussein. Pero la ciudadanía estadunidense
siguió exaltando con orgullo a sus "héroes conquistadores",
a "nuestros valientes soldados", quienes asesinaron a manifestantes pacíficos
que impugnaban a sus tiranos pasados y a sus amos militares actuales.
Al grueso de la población
estadunidense no le perturba que un general de su país gobierne
a más de 23 millones de iraquíes. Los periódicos parecen
absolutamente fascinados de ver al general Franks celebrando la ocupación
desde su nuevo puesto de gobernante militar. Casi 80 por ciento de los
estadunidenses creen que la guerra valió la pena, pese a la conquista,
la destrucción y el ultraje cultural de Irak. Los ciudadanos veneran
a los generales y a la administración que llevaron a cabo esta guerra
"honorable", pese a que se ha demostrado que todas las justificaciones
oficiales son mentiras. No se encontraron armas de destrucción masiva
ni vínculos del régimen iraquí con Al Qaeda; tampoco
se capturó a Hussein ni se protegió a la población
civil y los hospitales.
Muy por el contrario, las fuerzas
de ocupación estadunidenses permitieron que los hospitales fueran
atacados y los medicamentos y equipos robados, mientras miles de niños,
mujeres, ancianos y soldados, heridos y mutilados, aullaban de dolor. Los
más afortunados perecieron en los pisos de los hospitales, en charcos
de sangre, a causa de heridas tratables.
Contra lo que piensan los progresistas
más optimistas, la gran mayoría de los estadunidenses no
tiene interés alguno en el sufrimiento que provoca a los iraquíes
el saqueo perpetrado por vándalos y ladrones apoyados por Estados
Unidos. Algunos curadores indignados protestaron, pero en la mayor parte
de ciudades y poblados los ciudadanos preparan celebraciones de "bienvenida
a nuestros valientes hombres y mujeres de armas". Puedo escuchar esa recepción
en todos los salones de fiestas de la Legión Americana y de los
veteranos de guerras extranjeras. También escucho las voces bien
moduladas y amenazadoras de los líderes de las principales organizaciones
judías, haciendo eco a su verdadero presidente, Ariel Sharon.
Esta no fue una "guerra" contra un
dictador, ni siquiera una simple y horrible masacre de un pueblo: es la
destrucción deliberada de una civilización, perpetrada por
bárbaros modernos, quienes combinan armas de destrucción
masiva de alta tecnología que pueden dirigirse contra hogares, fábricas,
oficinas, plantas de tratamiento de agua e instalaciones públicas.
Bárbaros que cuentan con vándalos y fuerzas paramilitares
que destruyen el legado de 5 mil años de civilización y tres
décadas de la historia moderna de un Estado árabe laico.
Los vándalos fueron dejados
en libertad de incinerar los archivos de la nación, sus bibliotecas,
sus institutos de investigación, para robarse de su más famoso
museo arqueológico antigüedades invaluables y joyas del arte
islámico. Destruyeron universidades, archivos de escuelas, hospitales
y documentos que detallaban los más importantes aspectos tanto de
la vida iraquí moderna como de su historia. Se trata de la destrucción
sistemática de todo aquello que permite que un pueblo exista dentro
de una nación reconocida.
No cabe duda de que el pillaje a
cargo de vándalos fue una política estadunidense deliberada.
El Pentágono fue informado con anticipación del peligro que
corrían los preciados archivos históricos iraquíes.
Pese a ello, Washington decidió reunirse en enero con corredores
de antigüedades con el fin de "liberar" las normas de venta para explotar
el arte robado. Perlstein y otros representantes de los corredores estadunidenses
de arte exigieron a su país abolir la política "retencionista"
en cuanto a la conservación de antigüedades.
Durante la ocupación, los
militares estadunidenses obligaban a marcharse de los sitios saqueados
a los ciudadanos iraquíes que les suplicaban proteger museos, oficinas,
archivos y hospitales. Cuando dichos ciudadanos defendían sus hogares
y negocios de los vándalos, eran acusados por los marines
de ser simpatizantes de Hussein y se les disparaba.
El mayor criminal de guerra, Rumsfeld,
empleó su habitual tono, a la vez cínico y ridículo,
para absolver a los vándalos: "Siempre hay pillaje después
de la guerra". Agregó: "No había nada que pudiéramos
hacer (...) la libertad significa ser libre de hacer cosas malas".
Las fuerzas armadas estadunidenses
-con 200 mil efectivos- ocuparon las principales ciudades, protegieron
los pozos petroleros, tomaron los palacios presidenciales, patrullaron
las principales calles en centros urbanos; tenían helicópteros,
ametralladoras y tanques por doquier. ¿Y así el ejército
más poderoso del mundo no pudo detener a cientos de criminales e
incendiarios muy mal armados que se paseaban delante de sus narices?
Uno tendría que ser estúpido
sin remedio para atribuir esto a la simple torpeza. Cuando hay desmanes
y saqueos en los supermercados de Estados Unidos, a los reservistas se
les ordena "tirar a matar" y obedecen, disparando principalmente contra
negros y latinos, pero no sobre vándalos que se roban el patrimonio
de la humanidad.
El pillaje es fiel a la lógica
imperialista de Estados Unidos. Primero se imponen sanciones para empobrecer
al país y atacar así la salud de las nuevas generaciones;
luego se lanza una guerra que destruye el fundamento de la economía
y la infraestructura. A esto sigue el pillaje a cargo de grupos paramilitares
para borrar la memoria histórica, los símbolos y las huellas
de una civilización. Finalmente se procederá a repartir el
país entre una colección de jeques, mullahs, lacayos desprestigiados
y exiliados, tiranos tribales y gánsters locales, que estarán
todos bajo la dirección de un generalísimo** estadunidense
y de los marines, así como bajo la protección de una
policía y funcionarios locales sumisos que sólo servirán
al regente extranjero.
El uso que Estados Unidos hizo de
vándalos y golpeadores sigue el ejemplo sentado por la invasión
israelí a Líbano y el uso de milicias maronitas para robar
y asesinar a los refugiados palestinos en Sabra y Chatila. La destrucción
de hospitales, escuelas, centros de salud y educación, así
como de archivos sobre la propiedad de la tierra y sedes culturales, es
similar a lo que se ha hecho en Jenin, Ramallah y Nablus, pero a escala
nacional. Los bárbaros imperialistas emplean vándalos locales
para completar su "solución final": convertir a una nación
con un orgulloso pasado histórico en una serie de feudos fragmentados
y primitivos, gobernados por vasallos serviles y tiránicos.
Los bárbaros imperialistas,
ebrios de poder, eufóricos por el apoyo popular y azuzados por Ariel
Sharon y los miembros pro israelíes de la administración
Bush, se preparan ya para nuevas conquistas en Siria e Irán, que
emprenderán de inmediato, reciclando el método que usaron
para invadir y destruir Irak.
Un ex analista de alto nivel de la
CIA ya lo dijo muy claramente en la radio pública nacional: "Después
de Irak, los políticos estadunidenses tiene cifradas sus esperanzas
en que cambien los regímenes de Siria e Irán y que ello garantice
que Israel será la superpotencia incuestionada de la región".
El "genio malvado" del imperio estadunidense
ha infectado al país; un rasguño se convirtió en gangrena.
La convicción de que Estados Unidos puede lanzar guerras de conquista,
con éxito y sin perder soldados, ya se ha extendido entre las masas
de este país. Los bárbaros de alta tecnología del
imperio están sueltos.
A los consternados críticos
que preguntan: "¿Por qué la destrucción y el pillaje?",
Rumsfeld responde: "¿Por qué no? Nosotros ganamos y ellos
perdieron".
Rumsfeld, Sharon, los generales y
los emisarios de Israel en Washington no han derrotado de manera definitiva
al pueblo iraquí. Los vasallos, los falsos "primeros ministros",
los administradores designados por el imperio ya son vistos con recelo
o son abiertamente rechazados. Las fuerzas estadunidenses de ocupación
se asustan de cualquier "extraño" que ven en las calles, puesto
que son el primer ejército de conquista que jamás luchó
(las bombas lo hicieron todo).
Al encarar a decenas de miles de
iraquíes que los rechazan, sienten pánico y disparan a matar,
pero la presión de los civiles aumenta. Su consigna "Ni Saddam ni
Estados Unidos" puede no ser un programa completo para la democracia y
el desarrollo... pero es un principio. El pueblo iraquí está
resurgiendo de las cenizas una vez más, y continúa así
su historia de 5 mil años de civilización, conquista y liberación
nacional.
* Profesor de la Universidad Estatal
de Nueva York
** En español en el original
Traducción:
Gabriela Fonseca
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