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De cómo
algunos intelectuales de Occidente
le hacen
el juego al imperialismo
La responsabilidad
de los intelectuales: Cuba, los EE UU y los derechos humanos
James
Petras
Traducido para
Rebelión por Manuel Talens
De nuevo,
los intelectuales han decidido intervenir en un debate, esta vez sobre
el
imperialismo estadounidense y los
derechos humanos en Cuba. “¿Qué importancia tiene el papel
de los intelectuales?”, me pregunté a mí mismo un soleado
sábado por la tarde (el 26 de abril de 2003), mientras paseábamos
por la madrileña Puerta del Sol y el eco de los gritos contra Castro
de varios centenares de manifestantes resonaba en la plaza casi vacía.
A pesar de una docena de artículos y columnas de opinión
de conocidos intelectuales en los principales periódicos de Madrid,
de las horas de propaganda en radio y televisión y del apoyo de
burócratas sindicales y jerifaltes de partidos, sólo acudieron
a la convocatoria unos ochocientos manifestantes, la mayor parte de ellos
exiliados cubanos. “Está claro”, me respondí, “que los intelectuales
contrarios a Cuba tienen poco o ningún poder de convocación,
al menos en España”.
Pero la impotencia política
de los escritores contrarios a Castro no significa que los intelectuales
en general no representen un papel importante; tampoco la falta de resonancia
popular significa que carezcan de recursos, sobre todo si cuentan con el
apoyo de la máquina guerrera y propagandística estadounidense,
que amplifica y disemina sus palabras en todo el planeta. Para poder adoptar
una decisión en el debate que bulle entre intelectuales sobre los
derechos humanos en Cuba y el imperialismo estadounidense, vale la pena
tomar distancias y considerar el papel de los intelectuales, el contexto
y las principales cuestiones que enmarcan el conflicto entre los Estados
Unidos y Cuba.
El papel de los intelectuales
El papel de los intelectuales consiste
en clarificar las cuestiones más importantes y definir las amenazas
a la paz, a la justicia social, a la independencia nacional y a la libertad
en cada período histórico, así como en identificar
y apoyar a los defensores de los mismos principios. Los intelectuales tienen
la responsabilidad de distinguir entre las medidas defensivas tomadas por
países y pueblos sometidos al ataque imperial y los métodos
ofensivos del poder imperial en su campaña de conquista. El establecimiento
de equivalencias morales entre la violencia y la represión de los
países imperiales conquistadores y los del Tercer Mundo sometidos
a ataques militares y terroristas es el colmo de la doblez y de la hipocresía.
Los intelectuales responsables examinan críticamente el contexto
político y analizan las relaciones entre el poder imperial y sus
funcionarios locales a sueldo –los denominados “disidentes”–, en vez de
otorgar un fíat moral basado en sus pocas luces y en sus imperativos
políticos.
Los intelectuales comprometidos que
pretenden hablar con autoridad moral, sobre todo los que presentan como
garantía su crítica del imperialismo, tienen la responsabilidad
política de desmitificar el poder y el estado y la manipulación
de los medios, sobre todo en lo relativo a la retórica imperial
de violaciones de derechos humanos por parte de estados independientes
del Tercer Mundo. En los últimos tiempos hemos visto cómo
demasiados intelectuales “progresistas” occidentales apoyaban o bien guardaban
silencio ante la destrucción estadounidense de Yugoslavia y la limpieza
étnica de más de 250.000 serbios, gitanos y otra etnias en
Kosovo, y se tragaban la propaganda estadounidense de una “guerra humanitaria”.
Todos los intelectuales de los Estados Unidos (Chomsky, Zinn, Wallerstein
etc...) apoyaron el levantamiento fundamentalista en Afganistán
–financiado por el Pentágono contra el gobierno civil prosoviético,
con el pretexto de que la Unión Soviética había “invadido”
el país y los fanáticos fundamentalistas eran “disidentes”
que defendían la “autodeterminación”–, estratagema propagandística
confesada y satisfactoriamente ejecutada por el jactancioso antiguo consejero
de seguridad nacional Zbig Bryzinski. Tanto entonces como ahora, intelectuales
prestigiosos blanden sus cartas credenciales pasadas como “críticos”
de la política exterior estadounidense para prestar credibilidad
a su denuncia poco informada de las presuntas transgresiones morales cubanas,
y comparan la detención en Cuba de funcionarios pagados por el Ministerio
de Asuntos Exteriores estadounidense y la ejecución de tres secuestradores
terroristas con los crímenes de guerra del imperialismo estadounidense.
Los practicantes de equivalencias morales aplican un microscopio a Cuba
y un telescopio a Estados Unidos, lo cual les presta una cierta aceptabilidad
entre los sectores liberales del imperio.
Imperativos morales y realidad
cubana: la moralidad como falta de honradez
Los intelectuales están divididos
en lo relativo al conflicto entre los Estados Unidos y Cuba: Benedetti,
Sastre, Petras, Sánchez-Vázquez, Pablo González Casanova
y muchos otros defienden a Cuba; los intelectuales de la derecha, entre
ellos Vargas Llosa, Savater y Carlos Fuentes, como era de esperar, han
publicado sus diatribas habituales contra Cuba, y un pequeño ejército
de intelectuales asimismo progresistas –Chomsky, Saramago, Galeano, Sontag,
Zinn y Wallerstein– se ha unido el coro de condenas, agitando sus posiciones
críticas anteriores en un esfuerzo por distinguirse tanto de los
opositores de la derecha como de los cubanos a sueldo. Es este último
grupo de “progresistas” el que le ha causado mayor daño al floreciente
movimiento antiimperialista y estas líneas críticas van dirigidas
a ellos.
La moralidad basada en la propaganda
es una mezcla mortal –en particular cuando los juicios morales provienen
de prestigiosos intelectuales izquierdistas y la propaganda emana de la
administración ultraderechista de Bush.
Muchos de los críticos “progresistas”
de Cuba reconocen, de pasada y en términos generales, que los Estados
Unidos han sido un agresor hostil contra la isla, por lo que “generosamente”
le conceden a este país el derecho a la autodeterminación,
pero luego se lanzan a una serie de acusaciones infundadas y de falsificaciones
desprovistas de cualquier contexto especial que hubiera podido servir para
clarificar las cuestiones y proporcionar una base razonada a... “los imperativos
morales”.
Lo mejor es empezar por los hechos
más fundamentales. Los críticos de la izquierda, sobre la
base del etiquetado del Ministerio de Asuntos Exteriores estadounidense,
denuncian la represión del gobierno cubano de individuos, disidentes,
periodistas, dueños de bibliotecas privadas y miembros de partidos
políticos implicados en actividades políticas no violentas
que intentan ejercer sus derechos democráticos. Lo que los “progresistas”
no pueden o no quieren reconocer es que los detenidos eran funcionarios
a sueldo del gobierno estadounidense. Según la Agencia de Desarrollo
Internacional (AID), que es la principal agencia federal de subvenciones
y préstamos para la implementación de la política
exterior estadounidense, el Programa USAID destinado a Cuba (resultante
de la ley Helms-Burton de 1996) ha canalizado desde 1997 más de
8,5 millones de dólares US a los opositores cubanos del régimen
de Castro, destinados a publicaciones, encuentros y propaganda favorable
al derrocamiento del gobierno cubano, en coordinación con ONG, universidades,
fundaciones y otros grupos (véase Profile of the USAID Cuba Program,
en el sitio web de AID). El programa U.S.AID, a diferencia de su estilo
habitual, no envía los pagos al gobierno de Cuba, sino a su clientela
cubana de “disidentes”. Los criterios para la financiación son meridianos:
todo aquel que desee recibir pagos y subvenciones debe haber manifestado
un claro compromiso favorable al “cambio de régimen”, propiciado
por los Estados Unidos, hacia el “mercado libre” y la “democracia”, sin
duda similar a la dictadura colonial estadounidense en Irak. La ley Helms-Burton,
el Programa U.S.AID, los funcionarios cubanos a sueldo y el manifiesto
progresista de los intelectuales “condenan la falta de libertad, el encarcelamiento
de disidentes inocentes, y piden un cambio democrático de régimen
en Cuba”. Se trata de extrañas coincidencias que requieren un análisis.
Los periodistas cubanos que han recibido 280.000 dólares de Cuba
Free Press no son disidentes, sino funcionarios a sueldo. Los grupos de
“derechos humanos” cubanos, que recibieron 775.000 dólares de la
tapadera de la CIA “Freedom House”, no son disidentes, dado que su misión
consiste en promover la “transición” (el derrocamiento) del régimen
cubano. La lista de subvenciones y pagos a “disidentes” (funcionarios)
cubanos por parte del gobierno estadounidense es larga y detallada y accesible
a todos los críticos progresistas morales. Lo que debe contar es
que los opositores encarcelados por el gobierno cubano eran funcionarios
a sueldo del gobierno estadounidense, pagados para poner en práctica
los objetivos de la ley Helms-Burton según los criterios del U.S.AID
y bajo la dirección de James Cason, el jefe de la Sección
de la US Interest Section en La Habana. Entre el 2 de septiembre de 2002
y marzo de 2003, Cason mantuvo docenas de reuniones con sus “disidentes”
cubanos, tanto en su casa como en su oficina, para darles instrucciones
y directrices sobre qué escribir y cómo reclutar, mientras
que pronunciaba arengas públicas contra el gobierno cubano, de manera
muy poco diplomática. USAID proporcionó a los funcionarios
cubanos a sueldo de Washington equipos de comunicación electrónica,
libros y otros materiales de propaganda, así como dinero para financiar
“sindicatos” favorables a los Estados Unidos a través de la tapadera
denominada “American Center for International Labor Solidarity”. No se
trata de bienintencionados “disidentes” que desconocen quién les
paga y cuál es su papel como agentes imperiales, puesto que el informe
de USAID (en la sección titulada “The US Institutional Context”)
señala que el Programa de Cuba está financiado a través
del Fondo de Apoyo Económico, cuyo objetivo consiste en apoyar los
intereses económicos y de política exterior de los Estados
Unidos mediante ayudas financieras a aliados [sic] y a países en
transición hacia la democracia”.
Ningún país del mundo
tolera o etiqueta de “disidentes” a aquellos entre sus ciudadanos que están
a sueldo y trabajan para promover los intereses imperiales de un poder
extranjero. Esto es sobre todo verdad en los Estados Unidos, donde el apartado
18 de la sección 951 del U.S. Code establece que “cualquiera que
dentro de los Estados Unidos acepte trabajar bajo la dirección o
el control de un gobierno o funcionario extranjero podrá ser sometido
a procesamiento penal y a una condena de diez años cárcel”.
Salvo que, desde luego, esté inscrito como agente extranjero a sueldo
o trabaje para el gobierno israelí.
Los intelectuales “progresistas”
estadounidenses han abdicado de sus responsabilidades como analistas y
críticos y aceptan sin poner en entredicho que el Ministerio de
Asuntos Exteriores de los Estados Unidos califique a sus funcionarios a
sueldo de disidentes que luchan por la “libertad”.
Algunos defensores de los agentes-disidentes
protestan porque estos funcionarios fueron condenados a “sentencias escandalosamente
largas”. De nuevo, la miopía empírica da lugar a moralizaciones
mendaces. Cuba se halla en pie de guerra. El gobierno de Bush ha declarado
que el país está en la lista de objetivos militares susceptibles
de invasión y de destrucción masiva. Y, por si acaso nuestros
intelectuales moralistas no están al corriente, Bush, Rumsfeld y
los halcones sionistas de la Administración cumplen lo que dicen.
La total falta de seriedad de Chomsky, Zinn, Sontag y los dictados morales
de Wallerstein se deben a que no logran reconocer la amenaza inminente
de una guerra estadounidense con armas de destrucción masiva, anunciada
por adelantado. Esto resulta particularmente oneroso si consideramos que
muchos de los detractores de Cuba viven en los Estados Unidos, leen la
prensa estadounidense y son conscientes de hasta qué punto a las
declaraciones militaristas suelen seguir acciones genocidas. Pero a nuestros
moralistas no les preocupa el contexto ni las amenazas inmediatas o futuras
contra Cuba, pues prefieren ignorar todo para demostrarle al Departamento
de Estado que no sólo se oponen a la política exterior estadounidense,
sino que también condenan a cada país, sistema o líder
independiente que se oponga a los Estados Unidos. En otras palabras, señor
Ashcroft, cuando castigue usted a los “apólogos” del “terror” cubano,
recuerde que nosotros somos diferentes, también condenamos a Cuba
y también exigimos un cambio de régimen.
Los críticos de Cuba no hacen
caso de que los Estados Unidos han puesto en marcha una estrategia politicomilitar
de dos vertientes, con el objetivo de controlar el país. Washington
proporciona asilo a piratas del aire, hace todo lo posible para desestabilizar
la economía turística de Cuba y trabaja estrechamente con
la terrorista Cuban American Foundation en sus intentos de asesinato de
líderes cubanos. Hay nuevas bases estadounidenses en la República
Dominicana, Colombia y El Salvador y un campo de concentración cada
vez mayor en Guantánamo, y todo ello con el objetivo de facilitar
una invasión. El embargo estadounidense es cada vez más intenso,
con el apoyo de los regímenes derechistas de Berlusconi en Italia
y de Aznar en España. La actividad agresiva y abiertamente política
de James Cason, de la Interest Section, similar a la de sus seguidores
cubanos entre los funcionarios-disidentes, forma parte de la estrategia
interior diseñada para minar la lealtad cubana hacia el régimen
y la revolución. Nuestros prestigiosos críticos intelectuales
han decidido ignorar la conexión existente entre ambas tácticas
y su convergencia estratégica, pues prefieren darse el lujo de emitir
prédicas morales sobre la libertad en todas partes y para todos,
incluso cuando un Washington psicópata coloca el cuchillo en la
garganta de Cuba. No, gracias, señores Chomsky, Sontag y Wallerstein,
Cuba actúa con toda la razón cuando les pega a sus atacantes
una patada en las pelotas y los envía a que se ganen honradamente
la vida cortando caña.
La pena de muerte para los tres terroristas
que secuestraron un bote es un duro tratamiento, pero igual de dura era
la amenaza que pesó sobre las vidas de cuarenta pasajeros cubanos
que afrontaron la muerte a manos de los secuestradores. De nuevo, nuestros
moralistas olvidan hablar de los actos temerarios de piratería aérea
y de otros complots descubiertos a tiempo. Los moralistas no logran entender
por qué estos terroristas desesperados buscan escapar de Cuba de
manera ilegal. La Administración de Bush ha eliminado prácticamente
el programa de visados para emigrantes cubanos que deseen marcharse. Los
visados han disminuido desde 9000 durante los cuatro primeros meses de
2002 a 700 en 2003. Se trata de una táctica sutil para alentar actos
terroristas en Cuba y luego denunciar las duras sentencias, que a su vez
hacen cantar el coro de los que dicen sí en el rincón del
amén de la progresía intelectual estadounidense y europea.
¿Es simplemente ignorancia lo que hay tras estas declaraciones morales
contra Cuba o es algo más, un chantaje moral destinado a obligar
a sus colegas cubanos a rebelarse contra su régimen, su gente, so
pena de afrontar el oprobio de intelectuales prestigiosos y de verse todavía
más aislados y estigmatizados como “apólogos de Castro”?
Por un lado están las amenazas explícitas de Saramago de
abandonar a sus amigos cubanos y de abrazar la causa de los funcionarios
a sueldo de los Estados Unidos. Por el otro, las amenazas implícitas
de no volver a Cuba y de boicotear sus conferencias. ¿Es una cobardía
moral el salir en defensa del imperio y meterse con Cuba justo cuando ésta
se enfrenta a una amenaza de destrucción masiva por haber encarcelado
agentes a sueldo, decisión que cualquier país del mundo hubiera
tomado? Lo que resulta francamente vergonzoso es que hagan caso omiso de
los enormes logros de la revolución cubana en el empleo, la educación,
la salud y la igualdad, de su heroica oposición, basada en los principios,
a las guerras imperiales –Cuba es el único país que lo dice
claramente– y de su capacidad de resistir casi cincuenta años de
invasiones. ¡¡Eso no cuenta nada para los intelectuales estadounidenses,
eso es escandaloso!! La actitud de los intelectuales es una desgracia,
una marcha atrás en busca de respetabilidad después de haberse
“atrevido” a oponerse a la guerra estadounidense junto con otros treinta
millones de personas en el mundo. Éste no es el momento de “equilibrar”
las cosas condenando Cuba, pidiendo un cambio de régimen o apoyando
la causa de los funcionarios-disidentes cubanos “adictos al “mercado”.
Vale la pena recordar que los mismos
intelectuales progresistas apoyaron a “disidentes” financiados por Soros
y por el Ministerio de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos en la Europa
del Este y en la Unión Soviética. Los “disidentes” entregaron
el país a la mafia rusa, tras lo cual la esperanza de la vida disminuyó
cinco años (más de 10 millones de rusos murieron de forma
prematura tras la ruina del sistema sanitario nacional), mientras que en
Europa Oriental los “disidentes” cerraron los astilleros de Gdansk, ingresaron
en la OTAN y proporcionaron mercenarios para la conquista estadounidense
de Irak. Brilla por su ausencia entre estos partidarios actuales de los
“disidentes” cubanos cualquier reflexión crítica sobre los
resultados catastróficos de sus diatribas anticomunistas y de sus
manifiestos a favor de los “disidentes” que hoy son soldados del imperio
estadounidense en Oriente Próximo y en la Europa central. Nuestros
moralistas estadounidenses no han reflexionado nunca –lo repito, nunca–
de manera crítica sobre sus fracasos morales pasados o presentes,
ya que, mire usted, están a favor de la “libertad en todas partes”,
incluso cuando la gente “equivocada” toma el poder y el “otro” imperio
lo asume y millones de seres mueren de enfermedades curables y florecen
las redes de esclavitud blanca. Su respuesta es siempre la misma: “Esto
no es que queríamos, deseábamos una sociedad libre, justa
e independiente, pero cuando exigíamos un cambio de régimen
y apoyábamos a los disidentes nunca sospechamos que el imperio se
quedaría con todo, se convertiría en la única superpotencia
y de dedicaría a colonizar el mundo”.
Los intelectuales moralistas deben
aceptar la responsabilidad política de las consecuencias sin esconderse
tras tópicos morales abstractos, ni en el caso de su complicidad
pasada con el auge de imperio ni en el de sus escandalosas declaraciones
actuales contra Cuba. No pueden alegar que desconocen las repercusiones
de lo que dicen y de lo que hacen. No pueden pretender inocencia después
de todo lo que han visto, han leído y han escuchado sobre los proyectos
estadounidenses de guerra contra Cuba.
La autora y promotora principal de
la declaración anticubana en los Estados Unidos (firmada por Chomsky,
Zinn y Wallerstein) es Joanne Landy, que se declara “socialista democrática”
y que desde hace cuarenta años aboga por el derrocamiento violento
del gobierno cubano. En la actualidad es miembro del Council on Foreign
Relations (CFR), una de las principales instituciones que desde hace medio
siglo han asesorado al gobierno estadounidense en política imperial.
Landy apoyó públicamente la invasión estadounidense
de Afganistán y de Yugoslavia, así como a la organización
terrorista albanesa KLA, responsable del asesinato de dos mil serbios y
de la limpieza étnica de cientos de miles de serbios y otros grupos
en Kosovo. No sorprende en absoluto que la declaración escrita por
esta camaleónica extremista de derecha no contenga mención
alguna a los logros sociales de Cuba y a su oposición frente al
imperialismo. Preciso es señalar, además, que a lo largo
de su ascensión a posiciones influyentes en el CFR, Landy fue una
opositora visceral de la revolución china, de la vietnamita y de
otras revoluciones sociales.
Por mucho que se jacten de su conciencia
crítica, los intelectuales “progresistas” han pasado por alto la
indeseable política de la autora que promovió la diatriba
contra Cuba.
El papel del intelectual en la
actualidad
Muchos críticos de Cuba hablan
de “principios” como si fuesen algo único y aplicable a todas las
situaciones, con independencia de quién esté implicado y
de las consecuencias. La aplicación de “principios” como el de la
“libertad” a los responsabilizados de la planificación del derrocamiento
del gobierno cubano en complicidad con el Ministerio de Asuntos Exteriores
de los Estados Unidos convertiría a Cuba en otro Chile –donde Allende
fue derrocado por Pinochet– y conduciría a una inversión
de las ventajas populares de la revolución. Hay principios más
básicos que la libertad para funcionarios cubanos a sueldo del imperio,
y son la seguridad nacional y la soberanía popular. Existe una cierta
atracción, sobre todo entre la izquierda progresista estadounidense,
por las víctimas del Tercer Mundo, por quienes sufren derrotas,
así como una aversión por los revolucionarios que tienen
éxito. Al parecer, los intelectuales estadounidenses progresistas
siempre encuentran una coartada para evitar comprometerse con la revolución.
Si el estado juega un papel importante en la economía o tienen lugar
movilizaciones de masas, sacan el viejo estribillo del “estalinismo” y
hablan de “dictaduras plebiscitarias”; y si las agencias de seguridad previenen
satisfactoriamente la actividad terrorista, hablan de “estado policiaco
represor”. El hecho de vivir en la nación menos politizada de la
tierra, con uno de los aparatos sindicales más serviles y corruptos
de Occidente y sin ninguna influencia política fuera de los campus
universitarios, hace que los intelectuales de los Estados Unidos no tengan
ningún conocimiento práctico o experiencia de las amenazas
cotidianas y de la violencia que pende sobre los gobiernos revolucionarios
y sobre los activistas en América Latina. Sus conceptos políticos,
los criterios que esgrimen para condenar o aprobar cualquier actividad
política, no existen en ninguna parte excepto en sus cabezas, en
su agradable y progresista entorno universitario, donde disfrutan de todos
los privilegios de la libertad capitalista y no corren ninguno de los riesgos
contra los que los revolucionarios del Tercer Mundo deben defenderse. Un
poco de modestia, queridos intelectuales prestigiosos, críticos
y predicadores de libertad. Hagan introspección y pregúntense
si les gustaría caer en manos de una organización terrorista
con sede en Miami. Pregúntense si les resultaría agradable
estar sentados en el café de uno de los principales hoteles turísticos
de La Habana y que de pronto estallara una bomba, un regalito de los terroristas
que toman cerveza con Jeb, el hermano del Presidente. Piensen en lo que
es la vida en un país que está en el número uno de
la lista negra del régimen imperial más violento que ha existido
desde la Alemania nazi. Si lo hacen, quizá sus sensibilidades morales
atenuarían sus condenas de la política de seguridad cubana
y podrían contextualizar sus escrúpulos morales.
Quiero concluir estas líneas
estableciendo mis propios “imperativos morales”, dedicados a los intelectuales
críticos.
1. El primer deber de los intelectuales
de Europa y de América consiste en oponerse a sus propios dirigentes
imperiales que pretenden conquistar el mundo.
2. El segundo deber consiste en clarificar
las cuestiones morales implicadas en la lucha entre militaristas imperiales
y la resistencia popular/nacional y en rechazar la postura hipócrita
que compara el terror de masas del uno con las restricciones justificadas
y a veces excesivas de seguridad del otro.
3. El intelectual crítico
debe establecer normas de integridad política y personal con respecto
a los hechos y cuestiones antes de emitir juicios morales.
4. El intelectual crítico
debe resistir a la tentación de convertirse en “héroe moral
del imperio” por el hecho de negarse a apoyar las luchas victoriosas populares
y los regímenes revolucionarios, que no son perfectos y que carecen
de todas las libertades puestas a la disposición de los intelectuales
impotentes e incapaces de amenazar al poder (que, por eso mismo, gozan
del derecho de reunión, de discusión y de crítica).
5. El intelectual crítico
debe negarse a ser el juez, el fiscal y el jurado que condena a los progresistas
que tienen el coraje de defender a los revolucionarios. El ejemplo más
ridículo de esto ha sido el burdo ataque de Susan Sontag contra
el novelista y premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez,
al que acusó de falta de integridad y de ser un apólogo del
terror cubano [sic]. Sontag profirió sus acusaciones difamatorias
en Bogotá (Colombia). Las brigadas de la muerte colombianas, que
trabajan con el régimen y con los militares, han matado a más
sindicalistas y periodistas que en cualquier lugar en el mundo, y lo hacen
por mucho menos que por ser “un apólogo” del régimen de Castro.
Se trata de la misma Sontag que fue partidaria entusiasta de la invasión
imperial estadounidense y del bombardeo de Yugoslavia, apóloga del
régimen fundamentalista bosnio y testigo silenciosa de la matanza
y de las limpiezas étnicas de serbios y otras etnias en Kosovo.
¡Menuda integridad moral! El inestimable sentido de superioridad
que poseen los intelectuales de Nueva York hace que Sontag pueda señalar
con el dedo a García Márquez y se quede convencida de que
ha hecho una gran declaración moral.
6. Los intelectuales de Europa y
de los Estados Unidos no deberían confundir su propia inutilidad
política y su posición inconsecuente con las de sus colegas
los intelectuales comprometidos latinoamericanos. Hay lugar para el diálogo
constructivo y el debate, pero nunca para los ataques personales ofensivos
contra individuos que viven amenazados a diario.
A los intelectuales críticos
les resulta fácil ser “amigos de Cuba” en los buenos tiempos de
celebraciones, cuando los invitan a dar conferencias. Es mucho más
difícil ser “amigo de Cuba” cuando un imperio totalitario amenaza
a la isla heroica y pone sus pesadas manos sobre los defensores.
Es en tiempos como los actuales –con
guerras permanentes, genocidios y agresiones militares–, cuando Cuba necesita
la solidaridad de los intelectuales críticos, solidaridad que está
recibiendo de todas partes de Europa y, en particular, de América
Latina. Ya va siendo hora de que nosotros, en los Estados Unidos, con nuestros
ilustres y prestigiosos intelectuales progresistas, de sensibilidades morales
majestuosas, reconozcamos que hay una revolución vital, heroica,
que lucha para defenderse contra el gigante del norte y, modestamente,
dejemos de lado nuestras importantes declaraciones, apoyemos esa revolución
y nos unamos al millón de cubanos que acaban de celebrar el 1 de
mayo con su líder, Fidel Castro. |