| LA
JORNADA de México - 15 de Noviembre de 2003
Los derechos
humanos
en el
régimen de Lula
James
Petras
Los grupos
de derechos humanos en Brasil y en todo el mundo se entusiasmaron con la
elección de Luiz Inacio Lula
da Silva, candidato presidencial del centroizquierdista Partido de los
Trabajadores. Además de padecer las peores inadecuaciones sociales
del mundo, esta nación tiene uno de los historiales de derechos
humanos menos satisfactorios en los países de régimen electoral
no militar.
Un estudio detallado de la respetada
Comisión Pastoral de la Tierra, o CPT, grupo de derechos humanos
relacionado con la Iglesia católica, documentó mil 280 asesinatos
de campesinos, abogados, asesores técnicos y líderes sindicales
y religiosos vinculados a la lucha por la tierra entre 1985 y 2002. El
estudio encontró que la impunidad era la regla general. Sólo
10 por ciento de los 121 asesinos fueron llevados a la justicia, y sólo
siete recibieron condena. De los "intermediarios" involucrados en preparar
los asesinatos, sólo a dos se les instruyeron cargos formales y
fueron convictos. De los asesinos materiales 96 fueron sometidos a juicio
y 58 condenados. Es claro que los sistemas policiaco y judicial tienen
profundas fallas, sobre todo en el campo, donde los oficiales de policía
y los jueces están alineados con los terratenientes.
El otro extremo de la impunidad de
los terratenientes es la dura represión que se ejerce contra los
trabajadores del campo. Entre 1985 y 2002 han sido encarcelados 6 mil 300
trabajadores rurales, 715 padecieron torturas y 19 mil 349 fueron objeto
de maltrato físico. Sólo en 2002, último año
de la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, 43 activistas rurales fueron
asesinados, se produjeron 20 intentos de homicidio, 73 amenazas de muerte,
20 casos de tortura y 44 de maltrato físico a activistas rurales
presos.
Durante su campaña electoral,
Lula da Silva prometió implantar un extenso programa de reforma
agraria, aplicar las garantías constitucionales de derechos humanos
en las zonas rurales y acabar con las prácticas de impunidad para
los terratenientes que reprimen a campesinos.
Asesinatos
Conforme a un estudio detallado de
la CPT, realizado a fines de agosto de 2003, 44 activistas rurales fueron
asesinados entre enero y mediados de agosto de 2003, más de los
43 victimados durante 2002, último año de la presidencia
de Cardoso. Esto hace un promedio de 5.5 asesinatos por mes, el más
alto desde 1990. Los "asesinatos en el campo" en tiempos de Lula van muy
delante de la tasa de homicidios políticos del régimen de
Cardoso.
La política de impunidad persiste.
Durante el reinado de ocho años de Cardoso, 278 trabajadores sin
tierra y líderes de trabajadores rurales fueron asesinados, pero
sólo cinco homicidas fueron juzgados y convictos. En el caso más
notorio, la masacre de 19 campesinos inermes y pacíficos en el estado
de Para, los 163 militares juzgados fueron absueltos. El régimen
de Lula no ha hecho ningún esfuerzo por reabrir esos procesos judiciales
ni por hacer expeditos casos pendientes en los tribunales. Más aún:
el caso de los guerrilleros Ariagua, masacrados por la dictadura militar
en 1974, cuyos cadáveres "desaparecieron" después, ha sido
reabierto por la Corte Federal, la cual exigió un informe completo
al ejército. El régimen de Lula se ha negado a obedecer la
orden judicial.
Las formaciones paramilitares al
servicio de los finqueros se han expandido durante el primer año
del régimen de Lula. En Paraná, Para, Bahía y por
todo el noroeste, centronorte e incluso en el sureste del país,
operan con frecuencia en asociación o complicidad con la policía
militar y con la tolerancia del aparato de procuración de justicia.
Han asesinado a la gran mayoría de líderes campesinos al
amparo de la política de "manos libres" de Lula.
La campaña nacional de la
CPT por la proscripción de estas milicias armadas ha atraído
amplio apoyo de todos los grupos brasileños e internacionales de
derechos humanos. En cambio no ha tenido impacto en el régimen de
Lula, el cual alega que conforme a la separación de poderes se trata
de un "asunto judicial" que debe ser atendido por "los estados". La política
del presidente ha conducido a la proliferación de nuevos grupos
paramilitares y escuadrones de la muerte.
En el gobierno de Lula los desalojos
se han multiplicado, por decisión de autoridades locales, estatales
y federales. Entre enero y junio 8 mil 492 familias, unas 40 mil personas
en total, han sido desalojadas por la fuerza, ¡cuatro veces el número
de quienes han recibido tierras en el mismo periodo!
Varias docenas de activistas políticos
y sociales del movimiento de reforma agraria han sido arrestados. Algunos
han sido juzgados y sentenciados hasta a cuatro años en prisión
por participar en ocupaciones de tierras. En la actualidad están
en la cárcel 12 dirigentes de los Sin Tierra.
En septiembre de 2003, 150 policías
militares rodearon la sede del MST en Sao Paulo y prepararon un asalto
armado con el pretexto de buscar activistas acusados de violaciones a la
propiedad. Sólo la intervención masiva de grupos de derechos
humanos, obispos católicos y sindicatos evitó un asalto potencialmente
sangriento. El régimen de Lula cedió pero no se llevó
a cabo investigación alguna, ni se reprimió a ningún
oficial.
Lula, quien activamente procuró
y recibió el apoyo entusiasta del MST durante su campaña,
se ha lavado las manos de toda responsabilidad por la creciente persecución
judicial, las detenciones arbitrarias y la intervención de la policía
militar. Aduciendo "la división de poderes" entre el Ejecutivo,
el Legislativo y el Judicial, se ha negado a utilizar la autoridad e influencia
de su cargo para detener a las fuerzas de la represión y sostener
las garantías constitucionales en contra de los arrestos arbitrarios
y las ejecuciones extrajudiciales que cometen grupos paramilitares ligados
a los latifundistas.
La razón de la escasa voluntad
de acción de Lula se encuentra en su profundo compromiso con la
promoción del modelo agroexportador y con el sostenimiento de un
"clima favorable" a la inversión extranjera, así como su
percepción de que cualquier intervención contra el gran capital
y sus aliados judiciales, policiacos y paramilitares enviaría "señales
inadecuadas" al "mercado".
Naciones Unidas y derechos humanos
Al final de su visita de tres semanas,
en septiembre y octubre de 2003, el enviado de Naciones Unidas, Asma Jahangar,
investigó las ejecuciones sumarias cometidas por la policía
brasileña y comentó: "Brasil es una democracia, pero lo que
veo aquí es una situación lamentable, en la que no hay justicia"
(BBC News, 10/10/2003). Dos de quienes aportaron su testimonio al enviado
de la ONU respecto de la operación de escuadrones de la muerte en
zonas rurales y urbanas fueron asesinados poco después. El representante
del organismo mundial hizo notar que el problema no es sólo de unos
cuantos vigilantes locales, sino que se trata de un problema institucional
que permea el Estado brasileño.
El investigador de la ONU reunió
informes detallados y extensos de grupos de derechos humanos que vinculan
los escuadrones de la muerte con oficiales de policía y vigilantes.
Como expresó Jahangar, "la policía no puede combatir el crimen
cometiendo crímenes". Lula ha prestado atención retórica
al tema, pero no ha emprendido ningún intento serio por instituir
reformas en la policía, en el sistema de procuración de justicia
y en otras instituciones abocadas a la aplicación de la ley.
Brasil experimenta las desigualdades
más extremas del mundo en la propiedad de la tierra. Menos de uno
por ciento de los terratenientes poseen 50 por ciento de la tierra, mientras
25 millones de familias rurales carecen de ella. La reforma agraria ha
sido demanda central de las clases rurales más empobrecidas de la
sociedad, que cuenta con el respaldo de dos terceras partes de los ciudadanos
del país. Durante su campaña electoral, Lula prometió
una "reforma agraria profunda e integral conforme a la ley".
La principal organización
de los trabajadores rurales sin tierra, el MST, demandó tierras
para 120 mil familias en el primer año. Lula las prometió
para 60 mil. Durante sus primeros nueve meses en el cargo 2 mil 100 familias
recibieron tierra, la decimotercera parte de su promesa original. Se ha
quedado corto respecto del régimen neoliberal de Cardoso, que en
promedio entregó tierra a 40 mil familias por año. Con relación
a las demandas del MST, se estima que Lula llegará a satisfacer
alrededor de 4 por ciento.
Las razones fundamentales de que
el régimen no haya implantado la reforma agraria radican en la prioridad
que ha asignado a pagar la deuda externa y cumplir las metas de austeridad
dictadas por el FMI y promover el sector agroexportador.
En octubre de 2003, cuando ya era
claro que Lula no había cumplido sus promesas a los trabajadores
sin tierra y se había alineado abiertamente con los grandes agroexportadores,
se embarcó en un grosero e inescrupuloso ataque contra el MST y
su propuesta de reforma agraria. "No voy a llevar a cabo la reforma agraria
que propone el MST, cambiando la miseria urbana por la pobreza rural, simplemente
para aumentar el número de beneficiarios de la reforma agraria que
no producen nada (Veja, 29 de octubre 2003, p. 40)."
Antes del régimen de Lula,
la agricultura basada en semillas genéticamente modificadas estaba
limitada a las regiones aisladas del sureste de Brasil. Sin consultar al
Congreso, o a las organizaciones de los pequeños productores agrícolas
y los trabajadores sin tierra, o a los grupos ambientalistas, el gobierno
de Lula decretó la aprobación de las semillas genéticamente
modificadas, para satisfacer las demandas de Monsanto. El equipo económico
del régimen, encabezado por el ministro de Agricultura -asociado
desde hace mucho tiempo con esa trasnacional- impuso esa medida.
Conclusión
El historial de los primeros nueve
meses del régimen de Luiz Inacio Lula da Silva es desalentador.
Observadores de derechos humanos de la ONU, la Iglesia católica
brasileña (la CPT) y activistas de derechos humanos han registrado
creciente violencia y ejecuciones extrajudiciales de los terratenientes,
incriminación estatal de los movimientos sociales, detenciones arbitrarias
y continua impunidad de los torturadores y asesinos policiacos. La explicación
fundamental radica en la continuidad del aparato judicial, policiaco y
administrativo del pasado y en la negativa de Lula a reconocer la aplicación
desigual y selectiva de la ley.
La segunda razón del deplorable
historial de derechos humanos del nuevo régimen es el compromiso
de sus equipos económicos con la creación de un "clima favorable"
a los inversionistas extranjeros, y la determinación del presidente
de reprimir todo signo de protesta social como "amenaza a la paz social".
La tercera razón se encuentra
en la estrategia agroexportadora del régimen. Dada la alta prioridad
que asigna a satisfacer las demandas de los acreedores externos y a cumplir
las condiciones del FMI, el gobierno favorece a los sectores agrícolas
que generan divisas fuertes, a expensas de los sectores que producen alimentos
para el consumo interno. Precisamente la "triple alianza" entre el régimen
de Lula, las elites agroexportadoras y los acreedores financieros externos
es la que ha socavado el compromiso del régimen con los derechos
humanos.
Para sostener este "modelo", el régimen
se ha opuesto a demandas de reforma agraria y ha incriminado a los movimientos
sociales que promueven la reforma agraria mientras presiona a Estados Unidos
para que reduzca sus aranceles y elimine las cuotas de ingreso a soya,
cítricos, algodón, azúcar y otros productos de exportación.
El problema de violaciones a los
derechos humanos en Brasil no es resultado simplemente de la acción
de funcionarios o terratenientes locales, sino un profundo mal estructural
incrustado en la estrategia básica del régimen de Lula. Las
elites de América Latina han reconocido el valor de esa estrategia.
La Folha de Sao Paulo (29 de octubre, 2003) presentó en su
primera plana una encuesta entre la elite de seis países latinoamericanos,
que eligió a Lula como "el mejor presidente de América Latina",
excediendo por amplio margen a todos los demás mandatarios neoliberales.
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