| LA
JORNADA de México - 30 de Diciembre de 2003
2003:
fallaron los ideólogos y los profetas
James
Petras
Este 2003
no fue un año de victorias o derrotas históricas. Fue uno
de cambios constantes en las relaciones de poder entre el imperialismo
y los movimientos de resistencia popular. El imperio estadunidense y sus
socios coloniales israelíes fueron capaces de conquistar nuevos
países y territorios, pero no pudieron consolidar su dominio ante
la creciente oposición. La economía de Estados Unidos no
mermó ni se colapsó, como predecían algunos izquierdistas,
sino se expandió y ganó ímpetu conforme avanzó
el año. Inclusive se deterioraban los "fundamentos económicos",
en particular el déficit en la cuenta corriente y en el presupuesto.
Fallaron los oráculos de derecha e izquierda: Estados Unidos no
experimentó una crisis terminal ni triunfos irreversibles. Son problemáticos
los pronósticos de cada año y los de largo plazo son tan
precisos como la astrología.
Del bando de la derecha, quienes
profetizaron triunfantes guerras coloniales, empezando con Irak y Palestina
para luego avanzar con Irán, Siria y Líbano, quedaron desacreditados
muy pronto. Primero debido a los heroicos luchadores palestinos, cuyo sacrificio
y dedicación bloquearon la visión totalitaria de Sharon de
un Estado judío étnicamente puro. En Irak la masiva resistencia
popular, después de la conquista colonial, que ha causado miles
de heridos y cientos de muertos a los ocupantes, resalta la mentira de
Rumsfeld y los sionistas del Pentágono, y mina su autoridad por
doquier, incluso en segmentos del sistema estadunidense.
No hubo victorias militares decisivas
para Estados Unidos ni triunfos políticos notorios: 2003 fue un
año de transición. Los perdedores principales fueron
los sionistas, como Wolfowitz, Perle y Feith, quienes proyectaron una serie
de guerras para destruir y minar a todos los adversarios de Israel en Medio
Oriente y Europa. El alto costo, el aislamiento y la resistencia en Irak
imponen severas restricciones a las nuevas invasiones coloniales estadunidenses.
Los realistas del imperio, como James Baker (antiguo secretario
de Estado con Bush padre), vinculado con los intereses conservadores de
los petroleros árabes, rechazan a los ideólogos sionistas
ligados a Sharon, ésos que pugnan por guerras de Estados Unidos
para imponer "cambios de régimen" pro israelíes.
Los alegatos fraudulentos de Wolfowitz
y otros sharonistas, quienes justificaban la guerra contra Irak con la
supuesta existencia de armas de destrucción, fueron el clímax
de un poder sin precedente: la influencia sionista en la política
estadunidense. La desgracia y el desnudamiento parcial de esta camarilla
condujo a una caída temporal de ese sector del gobierno de Bush.
El imperio está dividido entre ideólogos con dobles lealtades
nacionales y realistas, vinculados con los intereses petroleros
árabes y estadunidenses y con los bancos europeos. Estas diferencias
tendrán su peso en 2004 e influirán en si la Casa Blanca
comparte los despojos imperiales con Europa, Rusia o la elite árabe,
o si decide proseguir con su política de ciego colonialismo militar.
Este 2003 fue un año en el
que la dinámica economía china se convirtió en el
centro de la política mundial.
China, la tercera economía
en tamaño del mundo, tiene una enorme plusvalía comercial
con Estados Unidos y crecientes y poderosos vínculos con todos los
países, grandes y pequeños, de Asia y Oceanía. El
imperialismo estadunidense no puede sobrevivir en Asia sin llegar a algunos
arreglos con China. Aquí también los diseñadores de
políticas imperiales están divididos. Los realistas
proponen una estrategia de acomodo de largo plazo, mediante una asimilación
gradual y complementaria, basada en cientos de miles de millones de inversiones,
exportaciones e importaciones estadunidenses, así como en compras
chinas a gran escala de bonos de Estados Unidos. Entre los confrontacionistas
se encuentran los sectores atrasados y poco competitivos de la industria
estadunidense, la burocracia de los sindicatos y los ideólogos militaristas,
quienes arropan sus agresivas políticas en una retórica de
"derechos humanos, comercio justo y empleos en las maquilas". Además
del discurso electoral seudopopulista, los realistas parecen dirigir
las relaciones imperiales con China y obligan a los ideólogos a
crear conflictos con Corea del Norte y Taiwán.
Respecto de América Latina,
los oráculos de izquierda y derecha fracasaron al no reconocer los
profundos factores estructurales que influyeron en los sucesos políticos.
A principios de año, fue la izquierda la que celebraba la ola hemisférica
de victorias políticas de manera triunfalista. La elección
de Lucio Gutiérrez en Ecuador, Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil,
Kirchner en Argentina o la presencia masiva en el Foro Social Mundial de
Porto Alegre fueron descritas como importantes "puntos de quiebre" político
que conducirían a la derrota del ALCA, el fin del neoliberalismo
y el rechazo al imperio estadunidense.
La extrema derecha en Estados Unidos,
particularmente los emigrados cubanos del gobierno de Bush (en especial
Otto Reich), predijo también días sombríos. Pocos
meses después Lucio Gutiérrez declaraba su total subordinación
al FMI, al ALCA, al Plan Colombia, y su apoyo a los incrementos de los
precios, a las reducciones salariales y a la privatización del petróleo
y la electricidad. Lula se conformó también: aplicó
las prescripciones del FMI al extremo, nombró a banqueros, ejecutivos
de empresa e ideólogos neoliberales y de extrema derecha en puestos
económicos claves, respaldó una versión modificada
del ALCA y estableció un "Comité de Amigos de Venezuela",
nada funcional, dominado por los presidentes latinoamericanos opuestos
al presidente Chávez. En Argentina, el recién electo mandatario,
Néstor Kirchner, bajo intensa presión de los movimientos
sociales, combinó cambios judiciales progresistas, que limitan la
inmunidad de los violadores de derechos humanos, con una reducción
de los pagos de la deuda y con tácticas políticas para dividir
y debilitar los movimientos de trabajadores desempleados.
Las profecías de la izquierda
no se cumplieron: las relaciones entre Estados Unidos y América
Latina, a nivel estatal, no cambiaron. La transformación
del ALCA derivó en cambios menores, las políticas económicas
neoliberales continuaron y la pobreza se profundizó.
Las derrotas más importantes
del imperio estadunidense, a nivel estatal, ocurrieron en Venezuela y Cuba.
La intervención y el respaldo de Estados Unidos a una "salida forzosa"
del ejecutivo fracasaron en Venezuela. En Cuba, terroristas y propagandistas
pagados por Washington quedaron neutralizados.
En América Latina el poder
imperial continuó su deterioro y la resistencia cobró fuerza,
pese a las limitaciones políticas. En Bolivia fue derrocado Sánchez
de Lozada, cliente de Estados Unidos. Las referendos pro privatización
en Uruguay y Colombia fueron derrotados, y en Ecuador se planea una marcha
popular que recuerda el levantamiento de 2000, en demanda de que salga
Gutiérrez. Mientras tanto, en Perú existe una oposición
a Toledo de 84 por ciento de la población, lo cual hace probable
que no termine el cargo.
Pese a las promesas incumplidas de
Lula, el MST brasileño se halla involucrado en más de 330
invasiones de predios, en las cuales participan más de 55 mil familias.
En Argentina, más de 50 mil piqueteros marcharon para conmemorar
el levantamiento del 19-20 de diciembre de 2001. Es claro que los movimientos
sociopolíticos no fueron paralizados por las traiciones pro imperialistas
de los presidentes seudopopulistas electos. Sin embargo, queda claro también
que estos movimientos tienen el poder para derrotar a los clientes imperiales,
pero no para remplazar a los reaccionarios entronizados por dirigentes
provenientes de los movimientos populares. Esto es evidente en el caso
de la insurrección boliviana de octubre de 2003. El nuevo presidente,
Carlos Meza, es un neoliberal de toda la vida que apoyó a Sánchez
de Lozada hasta los últimos días de su cargo. Desde que asumió
el puesto, Meza continúa atacando y arrestando a los cocaleros,
expresa su respaldo al ALCA y no emprende iniciativa alguna que altere
los acuerdos en torno del gas y el petróleo (excepto algunas ambiguas
promesas).
Este 2003 fue un año de movilizaciones
masivas, tal vez un ensayo final para las revoluciones sociales de 2004.
Sin embargo, para que esto ocurra requerimos materializar los instrumentos
políticos y los dirigentes capaces de asumir el poder, con una visión
crítica de los vericuetos de la política electoral.
No existe una reducción sistemática
del poder estadunidense: mientras pierde en Venezuela con Chávez,
gana con Lula en Brasil. Lo que gana al derrotar y capturar a Saddam Hussein,
lo extravía con la costosa y prolongada guerra de ocupación.
Las reuniones financieras internacionales se van al suelo, pero se firman
acuerdos bilaterales y regionales de libre comercio. Aumenta la resistencia
a la conquista, pero el imperio y sus mercenarios sátrapas se vuelven
más salvajes. En Navidad, Estados Unidos bombardeó Bagdad.
Miles de jóvenes fueron rodeados, aprehendidos y encapuchados, y
los recluyeron en campos con el fin de interrogarlos y torturarlos. Israel
levanta "muros de apartheid" en Palestina ocupada y asesina de manera
cotidiana a niños y activistas palestinos bajo la tibia protección
de sus "hermanos" likkud del Pentágono. Se desafía a la supraestructura
del imperio, Bush, Cheney, etcétera, pero nadie cuestiona los fundamentos
(los presupuestos militares, los intereses petroleros). La crisis económica
no estalla, permanece latente. Washington continúa pidiendo prestado.
El capital asiático sigue fluyendo a Estados Unidos, lo cual permite
que consuma más allá de su capacidad de pago. Eran exageradas
las predicciones de una decadencia o una "extensión desmedida".
La Casa Blanca compra y entrena a
miles de mercenarios iraquíes, y asegura otros tantos en Europa
del este y en las compañías de seguridad privada. Los intelectuales
críticos en Estados Unidos tienen más influencia en el extranjero
que en su país. La dinámica del cambio en la política
imperial se halla claramente afuera: Irak, América Latina y tal
vez en partes de Europa.
Este 2003 nos dice que la realidad
de las relaciones entre el imperialismo y la resistencia popular es muy
compleja y contradictoria como para trazar una fórmula lineal general.
Podemos concluir que el imperio estadunidense no es omnipotente, pero sí
peligrosamente violento; que los movimientos populares pueden desafiar
con éxito el dominio colonial y derrocar regímenes clientelares;
que la economía de Estados Unidos puede recuperarse temporalmente,
aun si sus fundamentos continúan tan precarios. Este 2003 también
sugiere que la izquierda ganaría más si emprendiera un estudio
paciente de las complejas y contradictorias realidades de las luchas nacionales
y de clase, en vez de embarcarse en grandiosas profecías globales
de largo plazo, desvinculadas de los movimientos populares.
Traducción:
Ramón Vera Herrera
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