| La
Jornada de México - 10 de Julio de 2004
La verdad
sobre James Carter
James
Petras
Las dos
caras del poder imperial incluyen la intervención militar con puño
de hierro y "la persuasión sutil" de los fraudes electorales, la
diplomacia intimidatoria y el chantaje democrático. James Carter
es el amigo americano al estilo Graham Greene, que legitima los
fraudes en la votación, bendice procesos electorales corruptos,
certifica gobernantes asesinos e impulsa elecciones en países donde
a la oposición la patrocinan fundaciones estatales y semi-públicas
estadunidenses, mientras el régimen progresista sufre repetidas
perturbaciones en su economía. Carter tiene también la cara
dura de promover conflictos sangrientos a cargo de fanáticos de
derecha y de impulsar coaliciones militares dirigidas por Estados Unidos
para salvar de la revolución popular a los estados reaccionarios.
Tras su fachada sencilla y humanitaria,
tiene un método seguro para revertir regímenes progresistas
y minar a los insurgentes demócratas. Carter y el equipo
de su centro sondean y localizan las debilidades de los demócratas
inseguros, particularmente aquellos amenazados por oponentes que cuentan
con el respaldo de Estados Unidos. Son entonces vulnerables al llamado
de Carter: ser "pragmáticos" y "realistas". Es callado maestro en
mezclar una retórica democrática con la vil manipulación
de demócratas susceptibles que lo suponen afín a su visión
de la democracia. Los medios masivos internacionales difunden sus viajes
a países en conflicto, hacen el recuento de sus cruzadas en pos
de "derechos humanos" chafas y logran que parezca democrático.
En los hechos, sus frecuentes intervenciones
políticas las dedica a sostener dictadores, legitimar elecciones
fraudulentas y meter presión a los candidatos democráticos
populares para que capitulen ante sus oponentes, ellos sí con respaldo
de Estados Unidos. Por más de un cuarto de siglo, Carter ha trabajado,
deliberada y sistemáticamente, minando regímenes y candidatos
progresistas con tal de promover oponentes pro imperialistas.
Hoy, en Venezuela, ante un referendo
de dudosa validez, una vez más asume la pose de "monitor neutral".
En realidad, trabaja con la oposición a Chávez para primero
legitimar el referendo y luego abrirle espacios si resulta favorable, sin
mencionar en lo absoluto el masivo financiamiento estadunidense de la oposición.
Tales actividades serían felonía en su propio país,
Estados Unidos. Con cinismo pide que los histéricos medios masivos
contrarios a Chávez "informen con justicia", sabiendo muy bien que
con un guiño suyo darán rienda suelta sólo a la cobertura
favorable a la oposición, mientras desinforman negativamente en
lo tocante a Chávez. A cambio, logra que el presidente venezolano
prometa evitar la difusión en cadena nacional.
Carter se rehúsa a reconocer
que el campo de juego electoral no es parejo y, sin embargo, con el pretexto
de la "prensa libre", defiende el derecho de los oligarcas de los medios
de comunicación a vociferar sus venenosas mentiras, negándole
al electorado el derecho a escuchar a ambas partes. Se niega a reconocer
los efectos intimidatorios de las maniobras militares estadunidenses en
el Caribe, las beligerantes afirmaciones contra Chávez del subsecretario
de Estado para asuntos latinoamericanos, Noriega, y la hiperactividad del
embajador Shapiro en apoyo de las fuerzas opositoras. Por encima de todo,
ignora las conspiraciones, las prácticas fraudulentas y las actividades
paramilitares que conducen al referendo y lo trascienden.
Al situar el foco en que el gobierno
cumpla con los procedimientos electorales mientras se ignora tan perjudicial
contexto para una votación, Carter cumple su papel de "hombre que
fragua" la victoria electoral de la oposición o, en caso de una
derrota, el pretexto poselectoral para un golpe de Estado violento. La
historia del ex presidente estadunidense nos proporciona un contexto extremadamente
útil para sustanciar estas observaciones, estas afirmaciones.
República Dominicana, 1990:
avala una elección robada
En 1993, pasé varias horas
entrevistando a Juan Bosch, el líder político más
notoriamente democrático de República Dominicana. Me contó
que al finalizar las elecciones presidenciales de 1990, que ganó
legalmente, su contrincante, el derechista Juan Balaguer, conocido pro
estadunidense, incurrió en un masivo robo de urnas. James Carter
encabezó la misión de "monitoreo" de la elección.
Bosch le entregó una enorme cantidad de testimonios, documentación
probatoria y fotografías de los simpatizantes de Balaguer tirando
boletas al río. Reconoció la corrupción y el fraude,
pero conminó a Bosch a que aceptara los resultados "con tal de evitar
una guerra civil". Bosch lo acusó de encubrimiento en favor de un
cliente estadunidense. Encabezó una marcha de protesta de 500 mil
manifestantes. Carter certificó que el triunfo de Balaguer era producto
de "elecciones libres" y se fue. Balaguer emprendió la represión,
el pillaje y la privatización de los servicios básicos.
Haití, primera parte: el
chantajista sonriente
En 1990, Jean Bertrand Aristide,
anteriormente sacerdote, muy popular, encabezaba las encuestas con 70 por
ciento de las preferencias contra el ex funcionario del Banco Mundial Marc
Bazin, candidato favorito de Estados Unidos, quien contaba con sólo
15 por ciento de respaldo popular. Carter, con su estilo propio de monitorear
neutralmente las elecciones, se reunió con Aristide y le exigió
retirarse de la campaña para evitar un "baño de sangre".
Hizo cuanto estaba a su alcance por amedrentar a Aristide y negarle al
pueblo el derecho de elegir a su presidente. Por sus contactos con Bush
(el padre), Carter debía saber de antemano que Washington tenía
toda la intención de evitar que Haití emprendiera un camino
independiente.
Ocho meses después de que
Aristide accediera a la presidencia, ocurrió un golpe de Estado,
con respaldo estadunidense. Aristide fue derrocado y subió al poder
el candidato preferido de Carter, Marc Bazin, con apoyo de un grupo paramilitar
terrorista, que instauraron un "baño de sangre" y asesinaron a más
de 4 mil haitianos. Carter y Bush trabajaron en tándem: al fallar
el primero, actuó el segundo.
Haití, segunda parte:
el general Cedras, profesor de
escuela dominical, 1991-1994
Con Aristide fuera de combate, el
régimen que apoyaba Estados Unidos emprendió la masacre de
miles de simpatizantes del presidente electo. El miembro clave de la junta
de gobierno era el general Cedras. Miles de haitianos huían de su
régimen brutal rumbo a Florida, pero Carter habló en favor
del sanguinario diciendo: "Creo y confío en el general Cedras".
Incluso se puso emotivo: "Pienso que sería un valioso profesor de
escuela dominical". Después, cuando el desprestigiado dictador se
fue al exilio, habiendo vaciado las arcas del tesoro, Carter certificó
su respetabilidad.
El presidente Clinton convocó
una reunión con Aristide en Washington. Un funcionario auxiliar
del Congreso que acudió a la junta me contó que el asistente
de Clinton le entregó a Aristide un programa neoliberal y una lista
de miembros del gabinete, diciéndole que su retorno a Haití
dependía de que aceptara los dictados de Washington. Después
de muchas horas de presión sicológica, amenazas y discusiones,
Aristide capituló. Clinton le permitió regresar. Carter dio
la bienvenida al retorno de la "democracia".
Diez años después,
cuando Aristide se negó a cumplir el mandato de privatizar los servicios
públicos y romper relaciones con Cuba, Estados Unidos patrocinó
un ataque paramilitar, seguido de una invasión estadunidense. Aristide,
el presidente electo, fue secuestrado por las fuerzas invasoras y trasladado
virtualmente con los ojos cerrados a la República Centroafricana.
Carter no protestó por la flagrante intervención estadunidense
pero cuestionó la elección de Aristide. Las críticas
expresadas por Carter, cuando Aristide estaba preso en Africa, le dieron
el espaldarazo de legitimación al secuestro, invasión, ocupación
y establecimiento de un régimen títere y asesino. La intervención
estadunidense en Haití fue considerada en Washington como "ensayo
con vestuario" para una invasión de Venezuela.
Nicaragua 1979, primera parte:
Carter y Somoza
En junio de 1978, el presidente Carter
envió una carta privada al dictador nicaragüense Anastasio
Somoza alabando sus "iniciativas de derechos humanos", mientras en público
lo criticaba acremente. Carter había hecho de "los derechos humanos"
pieza central de su propaganda intervencionista. Esta política de
dos caras ocurría durante uno de los más sangrientos periodos
de la dictadura, mientras Somoza bombardeaba las ciudades simpatizantes
de la revolución. La retórica de Carter en favor de los derechos
humanos era para el consumo público. En privado, le daba confianza
y alas al dictador para que continuara su política de tierra arrasada.
Nicaragua, 1979, segunda parte:
en mayo, propone una intervención
En junio de 1993, el ministro de
Relaciones Exteriores en el gobierno del difunto presidente panameño
Omar Torrijos me contó la reunión regional más breve
del presidente Carter. Esta ocurrió en mayo de 1979, menos de dos
meses antes del derrocamiento de Somoza. Carter convino una junta de ministros
de Relaciones Exteriores de varios países latinoamericanos opuestos
a la dictadura de Somoza. Entró y de inmediato propuso una "fuerza
de paz interamericana", tropas estadunidenses y latinoamericanas que invadieran
Nicaragua para "dar fin al conflicto" y apoyar una coalición diversa.
El propósito, según este ministro panameño presente,
era evitar una victoria sandinista, mantener la Guardia Nacional somocista
y remplazar a Somoza con una junta civil conservadora. La propuesta de
Carter recibió el rechazo unánime de todos los presentes
que la calificaron de intervención estadunidense injustificada.
Enfadado, puso fin a la reunión de modo abrupto. Su intento de hacer
tropezar una revolución popular para preservar el Estado somocista
y la dominación estadunidense contradijo sus pretensiones de ser
un presidente en favor de "los derechos humanos".
Venezuela 2002-2004: el factor
Carter
Nunca antes ni en sitio alguno Carter
ha representado mayor amenaza para las libertades democráticas y
la independencia nacional como ahora en Venezuela. Con su firme respaldo
de una oposición propensa a la violencia, ha intervenido con frecuencia
en la política venezolana, mientras se promueve como mediador neutral.
Paso a paso, legitima una oposición inmiscuida en golpes, levantamientos,
grupos paramilitares y cierres patronales que devastan la economía.
Convenció al presidente Chávez de "reconciliarse" con los
líderes de la elite y con quienes promovieron el golpe violento
que derrocó momentáneamente al gobierno electo. Continuamente
presiona al presidente a que negocie y "comparta el poder" con la oposición
aun después de ganar seis elecciones nacionales. Carter se rehusó
a reconocer las victorias electorales y el mandato constitucional de Chávez,
y en cambio apoyó la exigencia de la oposición de que hubiera
nuevas elecciones no programadas y promovió el referendo.
Avaló los resultados de la votación tendiente a impulsar
el referendo, aunque ocurrieran burdas violaciones electorales. Luego ejerció
presión en el Consejo Nacional Electoral para acelerar el escrutinio
de los votos. Nunca reconoció las cientos de miles de instancias
de fraude en el voto ni las credenciales falsificadas. Actuó como
amigo americano. El historial es abundante y claro: no es confiable
como "observador neutral". Ha sido un promotor clandestino de los intereses
imperiales estadunidenses, y no es sólo un "observador" sino socio
activo e insidioso de los clientes de Estados Unidos. Continúa en
su defensa, y promueve cualquier régimen u oposición, cualquier
dictador o coordinador que puedan derrotar a movimientos populares
o gobiernos progresistas.
¡Carter no es un demócrata!
Es el secuaz perenne del imperio estadunidense. Es especialmente peligroso
conforme se acerca el nuevo referendo venezolano. Estados Unidos proporciona
ilegalmente millones de dólares a la oposición mediante la
National Endowment for Democracy y otras fundaciones. Y el Instituto
Carter estará ahí para legitimar el fraude y el engaño.
Sabe muy bien cómo tomar ventaja de algunos políticos oportunistas
que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar
la "legitimidad democrática" con la presencia de un enviado del
imperio. Carter embona en una estrategia más amplia de golpes de
Estado y cierres patronales de fábricas y violencia paramilitar,
con respaldo estadunidense, en apoyo de las amenazas militares de Colombia.
Nadie del régimen de Chávez que quiera un referendo honesto
puede permitir que este hipócrita mojigato juegue algún papel
en Venezuela. |