| La
Jornada de México - 22 de enero de 2005
El secuestro
de un revolucionario
James
Petras
El 13 de
diciembre de 2004, Rodrigo Granda, el vocero internacional más importante
del más poderoso grupo guerrillero armado en América Latina,
las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fue secuestrado
a plena luz del día (a las 16 horas) en el centro de Caracas. Sus
secuestradores lo entregaron a las autoridades colombianas que alegaron,
falsamente, que fue capturado en Colombia. Durante casi dos semanas, las
autoridades venezolanas, incluidos los ministerios de Defensa, del Interior
y de Relaciones Exteriores, permanecieron mudas, aun cuando importantes
periodistas colombianos y activistas venezolanos protestaron por el plagio
del destacado revolucionario. Después de que escritores, periodistas,
intelectuales y activistas (muchos de ellos asistieron a las mismas conferencias
internacionales en Venezuela a las que asistió Granda) publicaran
cartas de protesta a escala local e internacional, el ministro del Interior,
Jesse Chacón, convocó a una conferencia de prensa y anunció
una investigación para esclarecer el presunto secuestro de Granda.
Dos semanas es mucho tiempo, bajo cualquier criterio, para una investigación
de uno de los líderes revolucionarios más importantes de
América Latina, especialmente en un país que proclama buscar
un camino revolucionario.
El secuestro de Granda y la respuesta
a tal acción hacen surgir muchas cuestiones fundamentales para los
revolucionarios, los progresistas y los demócratas de todo el mundo.
La más importante es quién es el responsable, material e
intelectual, de un crimen así; cuál guerra es su propósito.
Es igualmente importante dilucidar con qué derechos cuentan los
voceros revolucionarios en el mundo contemporáneo. Cuál fue
la respuesta que dio la izquierda ante el secuestro, los autodenominados
simpatizantes de la revolución chavista, especialmente los intelectuales
europeos, estadunidenses y latinoamericanos. Cómo deberían
los intelectuales expresar su solidaridad con los movimientos y los regímenes
revolucionarios y progresistas. ¿Deben cubrir todas las fallas internas
e incluso los errores crasos ocurridos en el seno de tales movimientos
y regímenes o deben expresar una crítica constructiva, pero
aguda, que ayude a que el proceso revolucionario continúe?
Qué propósito persigue
el secuestro y encarcelamiento del líder de las FARC. En cuanto
a quiénes perpetraron el crimen, el régimen de Alvaro Uribe
en Colombia lleva mucho tiempo afirmando que su objetivo central es capturar,
matar o encarcelar a los dirigentes y militantes de las FARC y destruir
su ejército guerrillero de base rural popular. Esta es la prioridad
política y económica más importante del régimen,
y es también prioridad vital para Estados Unidos en su estrategia
latinoamericana. El propósito de secuestrar a Granda es debilitar
la capacidad de diálogo de las FARC con gobiernos, movimientos y
partidos políticos, e impedirle presentar sus puntos de vista en
torno a un arreglo negociado de la guerra civil que lleva ya 40 años.
Al capturar a Granda, el régimen de Uribe confió en que presionando,
torturando e interrogando al revolucionario podría obtener información
relativa a la localización de los líderes de las FARC y sus
movimientos internos.
Alegar, como han hecho muchos escritores
que firmaron una carta dirigida a la opinión pública internacional,
que "el secuestro de Granda tiene la pretensión de crear dificultades
entre ambos países (Venezuela y Colombia) y debilitar el movimiento
bolivariano... disminuir el prestigio internacional del presidente Hugo
Chávez creando dudas de un posible involucramiento venezolano en
el secuestro..." es algo que no se sustancia y va en sentido contrario
a los hechos más elementales relativos al secuestro.
El gobierno de Uribe no tenía
como finalidad crear dificultades a Chávez, sino destruir las FARC.
Los firmantes de dicha carta no hacen mención alguna del propósito
y los esfuerzos, claros y directos, de quienes pagaron y condujeron la
operación. Días después del secuestro los ministros
de Defensa, colombiano y venezolano, firmaron un importante acuerdo bilateral
de cooperación, mediante el cual deben compartirse operaciones de
inteligencia y efectuar maniobras conjuntas de entrenamiento. Es claro
que los ministerios de Defensa venezolano y colombiano no se vieron afectados
por el secuestro. Es más, poco antes del secuestro, los ministerios
de Relaciones Exteriores de Colombia y Venezuela firmaron una serie de
acuerdos económicos, de comercio y relativos a un oleoducto, que
el vicepresidente venezolano, José Rangel, dice que no serán
afectados por el secuestro. Investigaciones subsecuentes del Ministerio
del Interior venezolano afirman que cinco oficiales, mandos medios de la
Guardia Nacional venezolana, y tres oficiales de la división de
investigaciones criminales fueron arrestados por su participación
en el plagio de Granda.
Los ministerios venezolanos que realizan
la investigación han demostrado que es equivocado el intento de
los firmantes por salvar (¿?) el prestigio de Chávez negando
cualquier complicidad de Venezuela. La falta de voluntad o la ceguera de
estos "amigos de Venezuela" en todo el mundo, que no los deja ver que el
Estado venezolano contiene funcionarios que están deseosos de colaborar
con el régimen colombiano, es parte de un problema más profundo
y permanente de la izquierda: su tendencia a extender un cheque en blanco
a cualquier régimen progresista y a pasar por alto las divisiones
al interior de cualquier sistema, les impide entender que entre funcionarios
civiles y militares hay algunos que valoran su estrecha colaboración
con el régimen de Uribe una y otra vez, pasando por encima del derecho
de un revolucionario a no ser deportado (o secuestrado) a un Estado paramilitar
sanguinario donde no existe protección jurídica.
En la fase inicial de la investigación
oficial venezolana, los ministro del Interior y de Defensa enfatizaron
que Granda se hallaba "ilegalmente" en el país, que portaba "documentos
falsos" y que "no había sido invitado oficialmente a las conferencias
internacionales". En vez de considerar al revolucionario colombiano como
víctima de un crimen infame (una víctima de la guerra de
clase internacional, como habríamos dicho en los viejos tiempos),
se le criminalizó sobre la base de tecnicismos migratorios, que
cualquier funcionario de aduana de bajo nivel habría detectado.
Cuál es el propósito de distraer la atención de un
crimen político mayor -el secuestro- con el asunto trivial de una
visa caduca. Cuál es la intención de decir que deberían
haberlo expulsado a Colombia y que los secuestradores colombianos simplemente
lo hicieron de mala manera. ¿No queda más manchado el prestigio
de Venezuela con su investigación demorada, con el subsecuente cuestionamiento
del derecho de Granda a participar en una conferencia internacional en
defensa de la humanidad, y por la complicidad de algunos oficiales militares
y policiacos, que con una denuncia del régimen de Uribe por violar
la soberanía venezolana? Y peor, ¿qué los firmantes
de una carta, que exonera a los cómplices venezolanos, no debilitan
la seguridad del régimen de Chávez? ¿Acaso se defiende
una revolución negando sus debilidades y enemigos internos? Después
de lo ocurrido en el pasado, especialmente en los antiguos regímenes
socialistas, ¿tenemos que repetir los mismos errores acusando a
los críticos de ciertos sectores del régimen de Chávez,
para poder silenciarlos, de preparar "el terreno para una intervención
armada estadunidense"?
Una intervención armada estadunidense
es una posibilidad real en cualquier lugar del mundo, pero no habrá
de ocurrir porque unos cuantos oficiales de la Guardia Nacional o de la
policía venezolanas queden al descubierto como secuestradores pagados
por el Estado colombiano. Ahora el público sabe, por los principales
medios informativos colombianos, que los oficiales venezolanos recibieron
un millón 500 mil dólares por secuestrar y entregar a Granda.
No se sabe si los secuestradores estaban también en la nómina
de la CIA, pero los interrogatorios a los que se les ha sometido y sus
confesiones no revelan dicha conexión. Tenían signos de dólar
en los ojos, no barras y estrellas. La real amenaza a la seguridad venezolana
y al régimen de Chávez proviene de los nuevos acuerdos en
materia de defensa con Colombia, donde, podemos estar absolutamente seguros,
las fuerzas especiales estadunidenses, la CIA y la DEA que trabajan con
el ejército colombiano harán todo su esfuerzo por reclutar
oficiales, conseguir información de inteligencia y fomentar sentimientos
antichavistas entre los militares menos comprometidos.
Por más de 40 años
he asistido a cientos de reuniones internacionales y me he involucrado
en varios movimientos de izquierda en los cinco continentes. Los revolucionarios
-perseguidos por los dictadores y los regímenes represivos- han
participado, entrando a los países huéspedes sin visas, con
pasaportes falsos y ocasionalmente con sus papeles en regla. Los revolucionarios
colombianos, específicamente las FARC y más directamente
Rodrigo Granda, han hablado en foros públicos por toda Europa y
América Latina. A Granda se le impidió hablar en el Foro
Social Mundial de 2001, pero a los socialistas franceses implicados en
guerras coloniales por más de cien años se les dio la bienvenida;
ese es un sesgo que podemos esperar de las ONG. El asunto concreto es que
aun en regímenes burgueses neoliberales de Europa y América
Latina los funcionarios reconocen tácita o abiertamente la presencia
de revolucionarios, incluidas las FARC. No hubo nada de que los organizadores
de las conferencias internacionales revisaran las listas de invitados y
descalificaran o se disociaran de algún líder revolucionario.
Esa no es, ciertamente, una expresión de solidaridad internacional.
Es mejor para la salud y el futuro de la revolución venezolana,
expresar directa y abiertamente lo obvio, que Granda estaba ahí
y tenía el derecho de estar donde podríamos discutir y debatir
nuestros principios, nuestras diferencias, justo como otros líderes
y regímenes burgueses han hecho en otros tiempos y otros países.
El presidente Chávez ha decidido
tomar el asunto en sus manos. Uribe ha declarado que financió el
secuestro de Granda en Venezuela. Chávez siempre dijo que la soberanía
nacional de Venezuela sería defendida sin que importaran los costos
en términos diplomáticos, económicos y militares.
El affair Granda no es simplemente
una provocación de Estados Unidos y Colombia que podría minar
las relaciones bilaterales, sino el reflejo de una división interna
entre millones que buscan profundizar las transformaciones sociales y aquellos
oficiales que intentan reconciliarse con Estados Unidos, Colombia y las
elites locales.
Y un pensamiento último a
este respecto. Aunque Chávez declaró una reforma agraria
radical hace tres años, no se ha expropiado ningún latifundio
privado: los 100 mil beneficiarios de la reforma agraria recibieron tierra
pública y no cuentan con créditos ni con la asistencia técnica
adecuada debido a la incompetencia burocrática o al sabotaje político.
En diciembre de 2004, Chávez renovó su llamado a los gobernadores
y a los campesinos sin tierra a radicalizar el proceso de reforma agraria.
Los gobernadores respondieron entrevistándose con muchos terratenientes
para estudiar si su tierra era productiva o no. Entre tanto, miles de desposeídos
le tomaron la palabra a Chávez e improvisan su propio programa de
distribución de tierras pese a la violencia de las impunes milicias
privadas que defienden a los latifundistas. Los intelectuales occidentales,
todos aquellos que tengan dudas de que la revolución nacional se
vuelve social, deberían prestar más atención a las
emergentes luchas de clase internas en vez de andar firmando peticiones
mal informadas.
Llamo a la gente de buena voluntad
a unirse a la condena del régimen de Uribe por el secuestro de Rodrigo
Granda y a nuestra solidaridad con este prisionero político de conciencia.
Traducción: Ramón Vera
Herrera |