l aspecto más sorprendente del conflicto de Estados Unidos (y Europa) con
China en materia de comercio es el rechazo sistemático de Washington al libre
mercado y su recurrencia a la intervención estatal. Igual de asombroso es que
algunos economistas del libre mercado, supuestamente ortodoxos, se hayan unido
al coro de políticos proteccionistas (como Robert Zoellick, subsecretario de
Estado) para cuestionar la política china de libre mercado y exigir que la
nación asiática se sujete a las normas estadunidenses en vez del libre juego de
las fuerzas del mercado (Financial Times, 7/10/05, p. 5). Peor aún,
algunos expertos, como Fred Bergesten, director del estadunidense Instituto de
Economía Internacional, demandan mayores concesiones de China bajo la amenaza de
una confrontación económica (FT, 25/8/05, p. 11).
Mitos políticos y realidades económicas
El déficit comercial anual de Estados Unidos con China (186 mil millones de
dólares hasta julio de 2005) es en gran medida resultado de ineficiencias
estadunidenses, no de restricciones comerciales chinas. Entre los grandes países
en desarrollo, China tiene las barreras más bajas a las importaciones. En zonas
donde Estados Unidos ha invertido, innovado y mostrado eficiencia -agricultura,
aeronáutica y alta tecnología-, presenta superávit comercial. El déficit se da
sobre todo en electrodomésticos, electrónica, ropa, juguetes, textiles y
calzado, rubros en los cuales muchas corporaciones estadunidenses han invertido
en subsidiarias en China que exportan productos terminados hacia Estados Unidos.
Más de 50 por ciento de las exportaciones chinas a éste son de empresas
trasnacionales estadunidenses, así que el déficit comercial es en gran medida
entre éstas y su propio Estado.
Las exportaciones chinas se basan en su mayor parte en importaciones de otros
países, que luego se ensamblan y venden al exterior. Según el Financial
Times, "China es meramente la última parada de muchos artículos que Asia
exporta a Estados Unidos, importando componentes de otros lugares de la región,
Japón inclusive. El valor local agregado a las exportaciones es tan bajo como 15
por ciento (FT, 15/10)". En otras palabras, China es gran importador de
otros países con los cuales tiene déficit comercial, sobre todo fabricantes
asiáticos, países exportadores de petróleo y productores de materias primas del
tercer mundo. Su superávit comercial se basa en gran medida en su comercio con
Estados Unidos, por lo que las cuotas que éste imponga a los artículos chinos
perjudicarán al comercio mundial.
Contra lo que sostienen ideólogos políticos y académicos estadunidenses,
China es una de las economías más liberales de Asia. En 2003 la proporción que
representaba la inversión foránea en su producto interno bruto (PIB) era de 35
por ciento, contra 8 de Corea del Sur, 5 de India y apenas 2 por ciento de Japón
(FT, 15/10/05). Además, es la tercera nación en volumen de comercio en el
planeta: en 2004 el comercio representaba 70 por ciento de su PIB, mucho más que
Japón y Estados Unidos, en los que está debajo de 25 por ciento.
Los economistas ortodoxos y los legisladores alegan que la divisa china
(renmimbi) está subvaluada y que una mayor revaluación reduciría el déficit
comercial estadunidense. En varios años pasados el dólar se ha revaluado frente
a varias divisas, entre ellas el euro, la libra y el franco, y sin embargo el
déficit comercial se ha elevado. Enfocarse en la reforma monetaria china es
extraviar el punto: el problema clave es que los capitalistas estadunidenses no
invierten en sectores productivos nacionales, no mejoran sus centros de
producción ni introducen innovaciones tecnológicas para reducir costos. Lo que
hacen es invertir en el extranjero y en sectores no productivos del país,
especulando con bienes raíces (como antes con la tecnología de la información) e
incrementando utilidades mediante el recorte de costos laborales, método no muy
sensato que, digamos, para competir con productores de mano de obra barata.
La falta de apoyo de las trasnacionales estadunidenses a un plan de salud de
cobertura universal en su país y su apoyo a la medicina privada incrementan el
costo de producción en 10 por ciento y contribuyen a la pérdida de
competitividad de las empresas nacionales y a un aumento en el déficit
comercial.
La política económica china respecto de la inversión extranjera es mucho más
liberal que la estadunidense. En 2004, las empresas con capital extranjero
representaron 57 por ciento de las exportaciones chinas. En contraste, el Comité
de Inversiones Extranjeras de Estados Unidos (CFIUS, por sus siglas en inglés)
recurre constantemente a definiciones "flexibles" del "interés público" y los
intereses "nacionales" o "estratégicos" para evitar que extranjeros inviertan o
adquieran firmas estadunidenses. La muy publicitada y exitosa intervención
política contra el intento de la compañía petrolera china CNOC por adquirir
Unocal es el ejemplo más reciente.
Además, los esfuerzos del senador Schumer y sus aliados por aplicar una
tarifa de 27.5 por ciento a las importaciones chinas no reducirá el déficit
comercial estadunidense, pues los importadores se volverían hacia otros
productores asiáticos eficientes y los fabricantes chinos podrían reubicarse en
países adyacentes. El resultado serían mayores costos al consumidor, que
afectarían el comercio interno en Estados Unidoos sin crear nuevos empleos para
trabajadores locales.
Entre las "industrias protegidas" en Estados Unidos están varios de los
peores talleres explotadores del ramo textil, que pagan salarios inferiores al
mínimo, algunos de los cuales pueden encontrarse cerca de las oficinas del
senador Schumer en Nueva York. El problema no es la competencia externa -la cual
debe darse en una economía de libre mercado-, sino lograr eficiencia, lo cual
significa invertir en alta tecnología y producción automatizada, capacitación,
pagar buenos salarios a obreros, ingenieros y diseñadores calificados y brindar
empleo estable para que los trabajadores puedan acumular la experiencia y
conocimiento que contribuyan a lograr mayor productividad.
La Ronda de Uruguay sobre textiles y vestido de 1995 (que Estados Unidos
firmó) se propuso eliminar aranceles para el primero de enero de 2005. Los
textileros estadunidenses tuvieron 10 años para mejorar, modernizarse y
restructurarse antes del advenimiento del libre comercio, pero prefirieron
basarse en la mano de obra barata, subcontratando maquiladoras explotadoras y
dando prebendas a cabilderos, políticos y líderes sindicales para imponer nuevas
restricciones a las exportaciones chinas. Estados Unidos renegó de su acuerdo de
poner fin a los aranceles, y presionó a China a limitar sus exportaciones en
todo 2005 y más allá (FT, 1/9/05, p. 1).
Las actuales "cuotas" a las exportaciones chinas, que afectan ya textiles,
vestidos, televisores de color, semiconductores, muebles de madera, camarón y
acero, no han hecho sino incrementar el costo a vendedores y consumidores
nacionales y aumentar las ganancias de los productores monopólicos
estadunidenses de esos sectores, volviéndolos aún menos competitivos. Los
productores locales que pagan precios monopólicos a fabricantes protegidos
difícilmente están en posición de exportar y mejorar la balanza comercial del
país.
El argumento de "competencia desleal" basada en mano de obra barata no es
convincente. El costo de la mano de obra no es el factor decisivo que afecta al
mercado o a las balanzas comerciales. Muchos países de mano de obra barata no
son competitivos. Los Países Bajos y los escandinavos, por ejemplo, que pagan
altos salarios y prestaciones, compiten con éxito en el mercado con apoyo en
productos especializados de calidad, habiendo abandonado la producción de bienes
de consumo de mano de obra intensiva. Los argumentos moralizantes sobre términos
mercantiles, en especial si provienen de empleadores contrarios a los
sindicatos, que evaden los pagos de pensiones y de atención a la salud y
conceden los menores periodos vacacionales y de maternidad en el mundo
occidental, no son más que pura hipocresía. El hecho es que sectores
sustanciales de la economía estadunidense no son competitivos por las líneas de
productos que trabajan, la calidad inferior de sus artículos, la falta de
inversiones de largo plazo y en gran escala para mejorar la tecnología y la
organización productiva, y el desvío de recursos hacia sectores especulativos o
subsidiarias en el extranjero.
Esconderse detrás de barreras arancelarias, cuotas y ataques demagógicos a
China es sencillamente una excusa para evitar la dura disciplina del libre
mercado. Enfrentar al mercado obligaría a empresas y elite política
estadunidenses a darse cuenta de que tenemos, en muchos sectores, un capitalismo
de segunda dirigido por un Estado de tercera.
Los dirigentes chinos no pueden capitular ante las demandas de Estados Unidos
sin desestabilizar su propio gobierno y el modelo económico que aplican. Los
fuertes flujos de capital especulativo estadunidense, europeo y asiático
apuestan a una revaluación del renminbi que cree las condiciones de una crisis
financiera si el régimen chino adopta sin precaución una política monetaria
desregulada. En segundo lugar, la clase gobernante china, partidaria del libre
mercado, ha extirpado el Estado de bienestar en favor de la privatización, lo
cual ha obligado a los trabajadores y dueños de establecimientos a ahorrar para
sufragar el costo de educación, salud y jubilación, y por tanto tienen menos
dinero para el consumo doméstico. Por ello el régimen se ve obligado a obtener
ganancias mediante las exportaciones.
Aceptar los dictados de Estados Unidos de reducir exportaciones
desestabilizaría todo el modelo chino de libre mercado. La base elitista del
poder en China, en la cual 5 por ciento de la población controla 50 por ciento
de todos los bienes privados, encuentra cada vez mayor oposición de los
trabajadores desempleados, los campesinos explotados y los pobladores
desplazados de la ciudad y el campo. Entre 2001 y 2004, las protestas masivas
pasaron de 4 mil a más de 70 mil. China necesita crear 15 millones de empleos al
año, para lo cual se requiere que el PIB crezca por lo menos 8 por ciento anual.
La clase gobernante cree que el crecimiento económico estabilizará su dominio.
Puesto que las crecientes desigualdades sociales están fincadas en la
concentración del poder político en la cima, sólo pueden cambiar mediante
movimientos socialistas desde abajo.
El programa de los gobernantes chinos es "agrandar la rebanada del pastel",
con la esperanza de que la derrama de beneficios incremente el consumo y
estabilice su dominio y privilegios. La presión de Washington sobre ellos para
que incrementen el consumo interno y disminuyan las exportaciones amenaza con
socavar las relaciones de clases dentro de la nación asiática y las tasas de
crecimiento y utilidad. Al igual que su contraparte imperial estadunidense, la
clase gobernante china, orientada al libre mercado y las exportaciones, no está
dispuesta a sacrificar su poder y privilegios para complacer a sus competidores
económicos.
Traducción: Jorge Anaya