James Petras - rodelu.net |
31 de mayo de 2006
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Econoticiasbolivia.com - 31 de mayo de 2006
Evo, Chávez y el imperialismo
Un análisis a fondo de la realidad boliviana en el contexto
internacional, signado por nuevas polaridades entre América Latina, la Unión
Europea y los Estados Unidos
James
Petras Especial para Econoticiasbolivia.com
Estos
últimos años, una nueva serie de polaridades sociales y nacionales
complejas ha dominado la vida política del hemisferio occidental. A comienzos
del nuevo milenio, la confrontación nacional se produjo entre Cuba y el tándem
EE UU/UE, mientras que las confrontaciones sociales oponían a los movimientos
rurales-indígenas y urbanos-desempleados contra toda una serie de regímenes
neoliberales que abarcaban todo el continente. Esta polaridad fue el resultado
del anterior cuarto de siglo (1975-2000), la Edad de oro del saqueo imperial.
Transferencias masivas de propiedades, riqueza, beneficios, intereses y pagos
por regalías fluyeron de América Latina hacia Estados Unidos y la Unión
Europea. Las más lucrativas empresas públicas, de un valor superior a los
350.000 millones de dólares, se privatizaron sin tener en cuenta sutilezas
constitucionales, y acabaron más tarde en manos de corporaciones
multinacionales y bancos estadounidenses, españoles y de otros países
europeos. Los decretos presidenciales obviaron a los respectivos parlamentos y
electores, y otorgaron un lugar privilegiado al capital extranjero. Las
protestas de los citados parlamentos, cuerpo electoral y auditores nacionales
se ignoraron totalmente. La Edad de oro del capital multinacional coincidió
con el reinado de los regímenes cleptocráticos electos, alabada en los
círculos políticos europeos y estadounidenses, y jaleada en los medios de
comunicación como "la era de la democracia y el libre mercado." El saqueo
llevado a cabo por las empresas y los bancos transnacionales entre 1975 y 2000
asciende a más de 950.000 millones de dólares. El saqueo sin desarrollo
condujo inevitablemente a una crisis socioeconómica general y puso al borde
del colapso el modelo centrado en el imperio de acumulación capitalista de
Argentina (1998-2002), Ecuador (1996-2006) Bolivia (2002-2005), y Brasil
(1998-2005). Desde comienzos de la década de 1990, se produjeron en toda
América Latina movimientos extraparlamentarios sociopolíticos masivos,
acompañados por alzamientos populares a gran escala que llevaron al
derrocamiento de diez presidentes neoliberales clientes de EE UU/UE: tres en
Ecuador y Argentina, dos en Bolivia y uno en Venezuela y Brasil.
Visto en retrospectiva, es evidente que una nueva oleada de movimientos
sociopolíticos potencialmente revolucionarios alcanzó su máxima expresión en
2002. Dotados de apoyo masivo y de legitimidad generalizada, opuestos a una
clase política corrupta, desacreditada e internamente dividida, y a economías
en crisis, los movimientos sociopolíticos estaban en situación de iniciar una
serie de cambios estructurales profundos, siempre que consiguieran transformar
el poder social en poder estatal.
Sin
embargo, los movimientos de masas titubearon y sus líderes se detuvieron ante
las puertas de los palacios presidenciales. En cambio, fueron en busca de una
nueva clase de políticos electoralistas de centro-izquierda nuevos y
reciclados, que reemplazase a los viejos partidos desacreditados y a los
líderes de la derecha neoliberal. En 2003, los movimientos sociales masivos
comenzaron a replegarse, a medida que muchos de sus líderes eran cooptados por
la nueva oleada de políticos autotitulados de centro-izquierda. Las promesas
de realizar transformaciones sociales se limitaron al patronato, las
subvenciones y las políticas macroeconómicas ortodoxas, según el mismo dogma
neoliberal. No obstante, en algunos países, las luchas populares que se
producen desde la década de 1990 hasta 2002 llevaron al poder a gobiernos
nuevos que ni eran clientes de Estados Unidos ni estaban exentos de
influencias neoliberales, como por ejemplo en Venezuela y Bolivia. En 2006
surge una nueva y compleja configuración en la que las polaridades nacionales
dejaron en segundo plano en gran medida a las divisiones por clases sociales.
La nueva divisoria internacional produjo un nuevo terreno de juego en el que
estaban colocados, a un lado, Estados Unidos y la Unión Europea, y, al otro,
Venezuela y Bolivia. Esta polaridad primaria halla su mejor expresión en
América Latina, entre, por una parte, la nueva derecha neoliberal liderada por
ex izquierdistas y pseudopopulistas en América Central y del Sur, y, por otra
parte, los gobiernos nacional-populistas de Bolivia y Venezuela. Entre ambos
grupos, hay un gran grupo de países que pueden evolucionar en cualquiera de
las dos direcciones. Entre los promotores de la nueva derecha y el libre
mercado figuran el gobierno de Luis Inázio Lula da Silva, en Brasil; el
presidente saliente de México, Vicente Fox; los cinco gobiernos
centroamericanos; el gobierno de Tabaré Vázquez, en Uruguay; el gobierno de
Álvaro Uribe, en el Estado terrorista de Colombia; y los gobiernos de Michelle
Bachelet, en Chile, y el gobierno próximamente saliente de Alejandro Toledo,
en Perú.
En un
punto intermedio se encuentra el gobierno de Néstor Kirchner, en Argentina,
que refleja un deseo de profundizar los vínculos comerciales con Venezuela,
neutralizar las presiones nacional-populistas internas y promover una alianza
capitalista nacional-extranjera con Estados Unidos, la Unión Europea y China.
Ecuador, los países del Caribe, Nicaragua y posiblemente Perú son lugares en
disputa. Debido al petróleo subvencionado que reciben, toda la cuenca del
Caribe (con excepción de la República Dominicana) ha negado su apoyo político
al tándem EE UU/UE contra Venezuela/Bolivia, aun cuando los países que la
componen hacen lo posible por promover el acceso a los mercados del Norte. Al
margen de Europa y América del Norte, el grupo de países no alineados, China,
Rusia, Irán y algunos países árabes productores de petróleo se han alineado,
abierta o discretamente, con la alianza nacionalista
cubano-boliviana-venezolana.
Entrecruzándose con las divisiones nacionalistas, están las polaridades
de clase. Los principales puntos de inflexión se hallan en Ecuador, Venezuela,
Colombia, Costa Rica, México, Bolivia, Paraguay y, más recientemente, Brasil.
En Ecuador, la CONAIE [1] ha reconstruido su base de masas (tras la debacle
producida por su apoyo a la presidencia del pseudopopulista Gutiérrez, en
2002) y su alianza con los sindicatos urbanos ha sido efectiva para la derrota
del Acuerdo de libre comercio ALCA, respaldado por EE UU, y la cancelación de
los contratos de hidrocarburos de Occidental Petroleum, una compañía petrolera
estadounidense. En Venezuela se vive una doble polaridad: por una parte, la
clase trabajadora y los pobres urbanos contra los terratenientes pro
estadounidenses, las élites de los negocios y los medios de comunicación; y,
por otra parte, dentro del amplio espectro de seguidores de Hugo Chávez, los
ricos directores de empresas estatales, burócratas de alto nivel, empresarios
nacionales y generales de la Guardia Nacional, y los sindicatos, los
agricultores sin tierras, los habitantes de los ranchos [2] urbanos y los
trabajadores informales subempleados. En Bolivia, las contradicciones de clase
siguen en gran parte latentes debido a la polaridad nacional, pero hallan su
expresión en el conflicto entre las políticas macroeconómicas ortodoxas del
régimen de Evo Morales y los modestos aumentos salariales de los trabajadores
públicos de la educación y la salud, entre otros sectores.
En los países en que la polaridad entre el nacionalismo latinoamericano y el
imperialismo EE UU/UE es más fuerte, la lucha de clases ha remitido, al menos
por ahora. En otras palabras: la lucha nacionalista toma el lugar de la lucha
de clases con la promesa de que un mayor control nacional tendrá por resultado
más recursos estatales y por consiguiente nuevas medidas
redistributivas.
En Brasil, los conflictos de clase han disminuido como resultado de la
subordinación de la confederación sindical tradicional, y en menor medida del
Movimiento de los Sin Tierra (MST), al gobierno neoliberal de Lula da Silva.
No obstante, dada la drástica reducción de las pensiones de los funcionarios y
su oposición a unos incrementos sustanciales de los salarios, incluyendo el
salario mínimo, los sindicatos representantes de los funcionarios, los
metalúrgicos y los trabajadores de la construcción fundaron, los días 5 y 7 de
mayo de este año, una nueva y dinámica confederación de sindicatos denominada
CONLUTA. Con más de 2.700 delegados de 22 estados, que representan a 1.800.000
trabajadores, CONLUTA representa un polo social alternativo a las decenas de
millones de trabajadores y brasileños pobres abandonados tras el paso de Lula
da Silva al campo de los banqueros, la agroindustria y las transnacionales. En
su estructura operativa, CONLUTA ha adoptado una organización de tipo
movimiento social, del que forman parte organizaciones de trabajadores
empleados y desempleados, movimientos de trabajadores rurales y asociaciones
de vecinos, estudiantes, mujeres, ecologistas y organizaciones de trabajadores
sin tierra. La representación en su congreso se basó en elecciones directas
realizadas en asambleas democráticas. La emergencia de una nueva confederación
de trabajadores representa la primera ruptura importante con el gobierno
neoliberal de centro-izquierda de Lula da Silva, y como tal presagia la
revitalización de las políticas de la clase obrera, a la vez que plantea una
alternativa real al poder decreciente de la confederación sindical pro
oficial.
Realidades y mitos en las tensiones internacionales
Existe un gran número de interpretaciones incorrectas y una gran
confusión, tanto en la derecha como en la izquierda, en relación con la
naturaleza de los conflictos entre los nacionalistas latinoamericanos y los
Estados y compañías transnacionales de EE UU/UE. El primer punto que merece
aclararse es la naturaleza de las medidas nacionalistas adoptadas por el
presidente Chávez, en Venezuela, y el presidente Morales, en Bolivia. Sus
respectivos gobiernos no han abolido los principales elementos de la
producción capitalista, es decir, los beneficios privados, la propiedad
extranjera, la repatriación de beneficios, el acceso al mercado de suministro
de gas, energía y otros bienes primarios, ni tampoco han vetado por ley
futuras inversiones extranjeras.
De hecho, los inmensos yacimientos petrolíferos del Orinoco, en Venezuela, que
son las mayores reservas del mundo, siguen estando en manos del capital
extranjero. La controversia en relación con las radicales medidas económicas
del presidente Chávez gira en torno a un incremento en los impuestos y las
regalías que va del 15% al 33%, porcentajes que siguen siendo inferiores a los
devengados por las compañías petroleras en Canadá, Oriente Próximo y África.
Lo que produjo una avalancha de envenenados artículos de los medios de
comunicación estadounidenses y británicos (The Wall Street Journal, Financial
Times, etc.) no fue un análisis comparativo de los tipos de interés y de
regalías utilizados en la actualidad, sino una comparación retrospectiva con
un pasado virtualmente libre de impuestos. De hecho, tanto Hugo Chávez como
Evo Morales están simplemente modernizando y poniendo al día las relaciones en
sus países productores de hidrocarburos con los estándares mundiales actuales.
En cierto sentido, están normalizando las relaciones contractuales ante unos
beneficios inesperados excepcionales por parte de las empresas, que son
posibles gracias a acuerdos fraudulentos conseguidos por mediación de altos
funcionarios corruptos. La brutal reacción de los gobiernos de EE UU y la UE,
y de sus transnacionales de la energía, es el resultado de un hábito de
pensamiento que concibe sus excepcionales privilegios como una norma del
desarrollo capitalista y no el resultado de sus tratos con funcionarios
venales. Por consiguiente, se resistieron a la normalización de las relaciones
capitalistas en Venezuela y Bolivia, en las que empresas conjuntas comparten
sus beneficios entre el sector público y los inversores privados, práctica
común en la mayor parte de los países. No ha causado sorpresa que el
presidente de Royal Dutch Shell, Jeroen van der Veer, aconsejase a sus colegas
petroleros que la posición nacionalista de los países productores de petróleo
y la renegociación de los contratos constituye una nueva realidad que las
compañías internacionales de la energía deben aceptar. Van der Veer, el
realista, pone en contexto las reformas nacionalistas: "En Venezuela, fuimos
una de las primeras compañías en renegociar y, dadas las actuales
circunstancias, estamos muy satisfechos de nuestras perspectivas operativas en
ese país. Mantenemos relaciones armoniosas con el gobierno, lo que es muy
importante. Y en Bolivia espero que lleguemos a una solución." (Financial
Times, 13.5.2006, p. 9). Del mismo modo, Pan Andean Resources (PAR), una
compañía irlandesa de gas y energía ha realizado declaraciones públicas
afirmando su intención de seguir operando en Bolivia, tras las declaraciones
nacionalizadoras de Morales. David Horgan, presidente de la citada PAR, al
explicar la creación de una empresa mixta dedicada al gas boliviano afirmó:
"No nos importa realmente los precedentes que nuestro acuerdo con el gobierno
boliviano pueda crear. Donde las grandes compañías petroleras ven un problema,
nosotros vemos una oportunidad." (Ibíd.)
De hecho, el 29 de mayo de 2006, el gobierno boliviano anunciará la oferta
ganadora, de entre las presentadas por principales compañías mineras del
mundo, en el concurso de adjudicación de la explotación del yacimiento del
Mutún, de propiedad estatal, con 40.000 millones de toneladas mineral de
hierro. Las nuevas condiciones establecidas por el gobierno boliviano, tal
como las expuso su principal ideólogo, el vicepresidente Álvaro García Linera,
ofrecen garantías judiciales estables para todas las inversiones, a cambio de
un reparto de los beneficios y de programas de gestión conjunta. Es evidente
que las grandes corporaciones mineras forman parte de la escuela realista que
opta por conseguir altos beneficios de las materias primas estratégicas que
actualmente se cotizan a precios elevados, a cambio de pagar más impuestos y
de incluir a los tecnócratas del gobierno boliviano en sus equipos de
gestión.
Los principales puntos de conflicto no son la aversión capitalista al socialismo,
ni tampoco la oposición entre propiedad privada y propiedad nacionalizada, y
mucho menos la revolución social conducente a una sociedad igualitaria. Los
principales conflictos se concentran en 1) los incrementos de los impuestos,
los precios y los pagos por regalías, 2) la conversión de las empresas en
empresas conjuntas, 3) la representación en las juntas directivas, 4) la
distribución accionarial entre los ejecutivos nombrados por las empresas
extranjeras y los nombrados por el Estado boliviano, 5) el derecho legal a
revisar los contratos, 6) los pagos compensatorios por supuestos activos, y 7)
la gestión de la distribución y la exportación.
Las normativas y las reformas propuestas pueden incrementar las reservas y la
influencia del Estado, pero en ningún caso implican la transformación
revolucionaria de la propiedad o de las relaciones sociales de producción. Los
cambios propuestos son reformas que traen ecos de las políticas desarrolladas
por los partidos socialdemócratas europeos entre 1946 y 1960, en la década de
1970, por los países productores de petróleo, entre otros las monarquías
árabes y las repúblicas islámicas o seculares. De hecho, los anteriores
gobiernos tanto de Venezuela, en 1976, como de Bolivia, en 1952 y 1968,
adoptaron medidas mucho más radicales con la nacionalización del petróleo y de
algunos sectores mineros.
Venezuela ha aumentado las regalías y los impuestos que devengan las
compañías petroleras internacionales porque antes estaban por debajo de los
niveles mundiales. Excepto algunas explotaciones de pequeño tamaño que
rechazaron las nuevas reglas del juego y fueron expropiadas, ninguna de las
grandes firmas sufrió expropiación, ni tampoco se modificaron las relaciones
laborales entre empresarios y trabajadores en la empresa estatal Petróleos de
Venezuela (PVDSA) o en ninguna de las empresas extranjeras. Las estructuras
verticales convencionales siguen intactas, lo que motiva las quejas de muchos
sindicalistas de a pie. En estos últimos tres años, todas las empresas
estadounidenses o europeas que operan en Venezuela han obtenido cifras récord
de beneficio que superan en miles de millones de dólares, o de euros, sus
anteriores beneficios máximos. A pesar del discurso revolucionario
bolivariano, ninguna de las principales empresas petroleras ha manifestado el
menor interés en abandonar sus lucrativos acuerdos con el Estado de Venezuela,
a pesar de las inflamadas invectivas provenientes de Washington o de
Bruselas.
El conflicto entre el tándem EE UU/UE y Venezuela tiene que ver con la política y
la ideología, tanto como con el poder y los beneficios de sus compañías
petroleras. La preocupación proviene del modelo de economía mixta y mayores
impuestos que sustituye al modelo desregulado, de bajos impuesto, privatizado
y desnacionalizado preponderante en América Latina desde la década de 1970, y
que se está intentando promover en otros lugares, como Libia, Irak, Indonesia,
Brasil y México. El problema central reside en que el presidente Chávez, a
partir de una base económica y política nacional fuerte derivada de los
recursos provenientes del petróleo, propone una mayor integración regional,
libre de la dominación de Estados Unidos y Europa. Esto ha provocado las iras
de Washington y Bruselas, por cuanto temen que una mayor integración
latinoamericana puede limitar la futura penetración de mercados e inversiones.
En el marco de las políticas mundiales, la adopción y la defensa de la
autodeterminación de todas las naciones que propone Chávez lo ha colocado en
situación de oposición a la intervención militar de EE UU en Irak, la
ocupación EE UU/UE en Afganistán, y sus amenazas conjuntas de guerra contra
Irán. La posición de Chávez se debe, en parte, a la participación
estadounidense en el frustrado golpe militar que sufrió su país en
2002.
En resumen, el conflicto se produce entre, por una parte, líderes nacionalistas
democráticamente elegidos que defienden una economía mixta que les permita
financiar los servicios sociales, y, por otra parte, la construcción imperial
de EE UU y la UE y sus políticas intervencionistas destinadas a prolongar la
Edad de oro del saqueo de economías privatizadas y no reguladas, y sus
privilegios consistentes en un bajo nivel fiscal en la explotación de los
recursos energéticos.
Los conflictos nacientes entre Bolivia y Brasil, España y Argentina, y sus
defensores en EE UU/UE siguen un patrón similar al conflicto de Venezuela con
Estados Unidos. En primer lugar, los propagandistas de las grandes
corporaciones petroleras transnacionales intentan presentar al presidente
Morales como un discípulo seguidor de Hugo Chávez, y presentan sus políticas
nacionalistas como una simple subordinación a las proyecciones de poder del
presidente venezolano. Pero estas acusaciones de maquinaciones externas
carecen de base. Hubo huelgas promovidas por la oposición y huelgas generales
en Bolivia durante el proceso de privatización de 1996, dos años antes de la
elección de Chávez. La oposición a los acuerdos de privatización del gas se
intensificó en 2003 mediante un alzamiento popular que derrocó al presidente
Sánchez de Losada y exigió la nacionalización del gas y el petróleo. En 2004,
el 80% del electorado aprobó un referéndum en el que se pedía el aumento de
los impuestos y las regalías y el control estatal de los recursos energéticos.
A diferencia de Venezuela, Evo Morales se halla ante una fuerte presión
interna por parte de sindicatos y organizaciones de masas para que lleve a
cabo sus promesas electorales. Los programas de reforma socioeconómica, la
estabilidad política y la legitimidad del gobierno de Evo Morales dependen de
la posibilidad de conseguir ingresos fiscales adicionales de las compañías
transnacionales. Teniendo en cuenta que heredó un déficit presupuestario muy
importante y una deuda exterior sustancial (que se considera obligado a pagar)
y que esta sujeto a un programa de austeridad del estilo de los del FMI, su
única solución consiste en conseguir más ingresos por el petróleo y el gas.
Pero el aspecto más importante, teniendo en cuenta que Evo Morales fue elegido
para "traer dignidad al pueblo indio", no puede ignorar la arrogancia con la
que las compañías petroleras y de gas recibieron sus propuestas iniciales de
negociar nuevos tipos de impuestos y nuevas empresas mixtas. Con el respaldo
financiero y político de Venezuela, Morales decretó la nacionalización como
táctica de presión para forzar a las compañías a negociar. Del mismo modo que
el presidente Chávez radicalizó sus políticas socioeconómicas a raíz del golpe
militar apoyado por EE UU y del lockout de los altos ejecutivos de la
industria petrolera, Evo Morales ha radicalizado sus tácticas para conseguir
concesiones económicas y llegar en situación de fuerza a las negociaciones con
las transnacionales de la energía. El objetivo del presidente Morales es
negociar de buena fe y garantizar algún tipo de reparto de beneficios y de
incremento fiscal. La intransigencia continuada de las compañías de la energía
y una política de "todo o nada" podría radicalizar la base electoral de su
gobierno. "Los que hacen imposibles las reformas, hacen inevitables las
revoluciones." Por supuesto, Bolivia bajo Morales está muy lejos de adoptar un
programa revolucionario anticapitalista. Incluso el incremento fiscal de hasta
el 82% es una medida transitoria que habrá de negociarse. Sin embargo, ha
demostrado su buena disposición a movilizar el Estado y ampliar su influencia
sobre las operaciones de las grandes empresas, a la vez que ha dejado claro
que los actuales contratos de hidrocarburos son inconstitucionales. A mediados
de mayo, las principales compañías de gas y petróleo seguían sin caer en la
cuenta de que tienen más que ganar de la negociación con el gobierno de Evo
Morales que de la excitación de los movimientos sociales. Como máximo, las
negociaciones probablemente desembocarán en un incremento de impuestos y
regalías de en torno al 50%. El precio de venta del gas se incrementará
modestamente, y se firmará algún tipo de acuerdos de gestión conjunta
Estado-sector privado, a la vez que los líderes políticos de Brasil y la UE
podrían pasar de una etapa de enfrentamiento a una de negociaciones y
cooptación. En cambio, la propuesta de Morales de favorecer la creación de
empresas mixtas y establecer una economía también mixta debe hacer frente a
presiones del FMI, de Pedro Solbes, ministro español de Hacienda, y de Celso
Amorin, ministro brasileño de Asuntos Exteriores, de pagar las acciones al
precio de mercado, lo que podría llevar a la bancarrota del Estado. Las
amenazas judiciales y de ruptura diplomática siguen utilizándose a fin de
limitar un controlo estatal efectivo de las empresas de gas. Entretanto,
Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, y Lula da Silva,
presidente de Brasil, tienen el papel de policía bueno y confían en las
negociaciones, las presiones interiores y las ayudas estatales para rebajar
aún más las reformas de Morales.
Sea cual sea el acuerdo general, la clave estará en los detalles. Más
concretamente en los procedimientos operativos específicos, el control de la
información, la producción y los procesos de comercialización, donde cabe
esperar que los ejecutivos titulares hagan todo lo que esté en su mano para
socavar un control efectivo por parte del Estado boliviano. Al tiempo que las
polaridades políticas y económicas a escala internacional se intensifican, en
el interior de Estados Unidos se está larvando una crisis. La debacle militar
en Irak ha dejado sólo dos opciones: por una parte, una retirada que permita
reconstituir el poder imperial y, por otra parte, planes para una guerra aérea
contra Irán, a fin de reivindicar el poder imperial. Existe una coalición
liderada por las principales organizaciones pro Israel, los militaristas
civiles del Pentágono, la mayor parte de los medios de comunicación y una
minoría de la opinión pública, que apoya un ataque militar. Se oponen a esta
opción un gran porcentaje de altos oficiales retirados, los líderes de la
industria petrolera, la mayor parte de las organizaciones cristianas y
musulmanas y una mayoría del pueblo estadounidense.
Las múltiples guerras de Oriente Próximo y Asia Septentrional y el creciente
descontento interno por los costes de la guerra han debilitado sustancialmente
la capacidad de Estados Unidos de meterse de lleno en una intervención a gran
escala en América Latina. En cambio, está obligado a confiar en sus regímenes
clientes latinoamericanos y sus aliados europeos para aislar y debilitar a los
presidentes nacionalistas Chávez y Morales, y para contener la creciente
oposición popular y electoral en México, Nicaragua, Ecuador, Colombia, Perú y
Brasil. El problema de Washington es que, actualmente, sus
presidentes-clientes latinoamericanos están en posición de debilidad o bien a
punto de dejar la presidencia. A finales de 2006, casi todos los más serviles
presidentes-clientes de Washington habrán abandonado su cargo. En algunos
casos, serán reemplazados por clones políticos, pero en otros los nuevos
líderes electos pueden resultar menos dados a provocar conflictos con sus
vecinos nacionalistas.
Contrariamente a la euforia de la izquierda estadounidense y europea
occidental, los nuevos gobiernos nacionalistas y Cuba se hallan ante graves
retos internos provenientes de sus propias poblaciones. Aunque han conseguido
enfrentar con éxito las presiones imperialistas e incrementar sus ingresos
fiscales provenientes de los capitales extranjeros, han descuidado llevar a
cabo reformas sociales de máxima urgencia para sus seguidores. Tanto Venezuela
como Cuba, a pesar de las promesas gubernamentales, se retrasan en cubrir los
enormes déficit de alojamiento y transporte, y sus esfuerzos por diversificar
sus economías son muy insuficientes, en particular en la agroindustria
(transformación del azúcar en etano, y producción de alimentos en Cuba; carne,
aves, pescado y cereales en Venezuela), la manufactura (en particular armas,
bienes duraderos, tecnología de la información y electrónica) y el procesado
de minerales. Además, en Venezuela hay importantes sectores, quizás el 50% de
la fuerza de trabajo, que tienen un acceso mejorado a los servicios sociales
gratuitos, pero que están empleados en el sector informal, de salarios muy
bajos. En Bolivia, Morales ha anunciado un programa de reforma agraria basado
en la expropiación de tierras subutilizadas, que excluirá las grandes
propiedades agroindustriales, productivas y provechosas, de los fértiles
llanos de Santa Cruz. En cambio, se propone distribuir tierras estatales menos
fértiles y alejadas de los mercados y las carreteras. La clave del éxito de
esta reforma agraria dependerá del método de llevar a la práctica y de
adjudicación, así como de la disponibilidad de crédito y asistencia técnica.
Además, las políticas salariales y de ingresos de Morales son sólo
marginalmente mejores que las de sus predecesores liberales: los incrementos
salariales de los maestros y otros trabajadores del sector público están por
debajo del 5% de crecimiento real por encima de la inflación. Su promesa de
doblar el salario mínimo de 50 a 100 dólares al mes ha sido reemplazada por un
incremento de sólo 6 dólares. En otras palabras, si la polaridad internacional
no cuenta con el respaldo de políticas internas redistributivas que afecten a
la riqueza y las propiedades de los más ricos, tanto en Venezuela como en
Bolivia, sectores populares estratégicamente importantes, necesarios para dar
sostén en caso de confrontación internacional, podrían desvincularse. Algunos
gestos internacionales grandilocuentes, la solidaridad humanitaria y las
políticas antiimperialistas no pueden sustituir la profundización de los
cambios estructurales internos y satisfacer las demandas interiores esenciales
en materia de alojamiento, empleo y mejores salarios.
Polaridad y crisis social y regional en Bolivia
Si, como venimos afirmando, la polaridad emergente en América Latina se produce
entre los regímenes neoliberales centrados en el imperio y los regímenes
populistas, nacionalistas y reformistas, se sigue que la resolución exitosa de
este conflicto depende en parte de las premisas de los estrategas reformistas
y su creencia de que las reformas socioeconómicas son compatibles con el
desarrollo capitalista nacional. En el caso del presidente Morales, puede
decirse que su estrategia política electoral y programática dictaba su
análisis político y socioeconómico. Las políticas reformistas de Morales se
basan en algunas premisas dudosas: en primer lugar, la creencia de que el
capital productivo puede separarse del capital improductivo, y por
consiguiente que una reforma agraria limitada a las tierras no explotadas o a
las "tierras sin una función socioeconómica" no va a generar la oposición de
las élites y va a ser compatible con una coalición electoral interclasista.
Esta premisa ha demostrado ser incorrecta: los grandes terratenientes
productivos se oponen con toda firmeza a la reforma agraria y cuentan con el
apoyo de las élites de negocios y bancarias, especialmente en Santa Cruz,
porque tienen diversos holdings de inversión transectoriales, que incluyen
bancos, industria, tierra productiva destinada a la exportación y tierra
improductiva mantenida con fines de especulación.
La segunda falsa premisa de su estrategia consiste en un diagnóstico erróneo de
la dicotomía entre capital extranjero y capital nacional. El presidente
Morales que mediante la nacionalización, o más concretamente la conversión de
las compañías extranjeras de la energía en empresas de propiedad conjunta
pública y privada, podrá financiar el desarrollo capitalista nacional y con
ello ganar su apoyo. Este análisis subestima radicalmente los vínculos
económicos y políticos entre las grandes y medianas empresas y las empresas de
propiedad extranjera. Muchas firmas bolivianas son suministradoras,
subcontratistas e importadoras que dependen de los mercados, el crédito y la
financiación extranjeros provenientes de las empresas transnacionales y de los
gobiernos extranjeros. No es sorprendente que tanto la oposición política en
el Congreso como los principales grupos de negocios bolivianos se hayan
opuesto a las reformas de Morales, aun cuando sean sus futuros
beneficiarios.
La tercera falsa premisa de la estrategia reformista-nacionalista de Morales es
la idea de que los gobiernos considerados de centro-izquierda de Brasil,
Argentina y España van a estar dispuestos a negociar y aceptar modificaciones
de los contratos de explotación de sus multinacionales y aceptarán unos
aumentos modestos de los precios de compra del gas. Morales sobrestima la
efectividad de su diplomacia personal y su afinidad ideológica con Lula da
Silva, Kirchner y Rodríguez Zapatero, y subestima completamente sus poderosos
y duraderos vínculos con sus respectivas empresas transnacionales. Como
resultado, el gobierno de Lula ha rechazado todas las propuestas de Morales,
entre otras su oferta de negociar un incremento de dos dólares en el precio
del gas, y más aún su propuesta de crear una empresa mixta con Petrobras. Del
mismo modo, el gobierno de Kirchner ha pospuesto varias reuniones en las que
se debía discutir un aumento similar del precio del gas, y su representante no
ha fijado una nueva fecha, ni siquiera para discutir la propuesta. Rodríguez
Zapatero, con el apoyo del FMI, ha insistido en que se compense total y
rápidamente a las empresas españolas (REPSOL y BBVA), tarea imposible teniendo
en cuenta las limitaciones presupuestarias bolivianas.
Es realmente irónico que mientras que los presidentes de centro-izquierda
(Kirchner, Lula da Silva y Rodríguez Zapatero) rechazan la propuesta de
Morales de incrementar los ingresos fiscales a costa de sus transnacionales,
el reaccionario Congreso de Estados Unidos aprobó una ley para aumentar la
parte del gobierno de EE UU en los beneficios petroleros hasta 20.000 millones
de dólares (Financial Times, 20-21.5.2006, p. 3). Además, mientras que EE UU
paga seis dólares por mil metros cúbicos de gas, Lula y Kirchner han puesto
objeciones al aumento del precio hasta cinco dólares por mil metros cúbicos.
Con amigos del pueblo boliviano como éstos, ¿quién necesita imperialistas
explotadores del país más pobre de América del Sur?
En resumen, todos los supuestos políticos de Morales se basan en datos
imaginarios que no corresponden a las realidades económicas y políticas en las
que se proyectan. La falta de análisis empíricos serios de las realidades
estructurales ha dado como resultado la imposición de una estrategia electoral
basada en alianzas interclasistas, en un mundo polarizado por el imperio y los
conflictos de clase. La ideología reformista de Morales ha creado una visión
ilusoria del mundo político, en el que se ve capaz de unir a capitalistas
productivos, gobiernos amigos de centro-izquierda, trabajadores y campesinos
frente a terratenientes improductivos y transnacionales corruptas, en busca de
una economía mixta, un presupuesto equilibrado y mayores reformas
sociales.
El actual impasse en que se halla Morales, impuesto por sus involuntarios socios,
plantea un serio dilema a su gobierno y a sus aliados internacionales
Venezuela y Cuba: si el programa reformista no es viable, ¿debería diluir aún
más su programa nacionalista y mantener el aspecto de un gobierno de progreso,
o bien debería radicalizar su programa y recabar el apoyo de sus aliados
internacionales en una confrontación continental más acentuada?
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