as
acusaciones de los regímenes británico, estadunidense y paquistaní de
haber descubierto un complot contra aerolíneas estadunidenses se basan en las
evidencias más endebles, que rechazaría cualquier tribunal digno de ese nombre.
Un análisis del estado actual de la investigación plantea una serie de preguntas
referentes a la presunta conjura orquestada por 24 británicos de origen
paquistaní.
Tras los arrestos vino la búsqueda de pruebas, según reseña el Financial
Times: "La policía emprendió la ingente tarea de reunir evidencia del
presunto complot terrorista (12-13/8/06)". En otras palabras, los arrestos y
acusaciones se realizaron sin pruebas suficientes. ¿Con qué fundamento se
llevaron a cabo? La búsqueda de registros financieros y transferencias no arrojó
resultado pese al congelamiento de cuentas. La pesquisa reveló limitadas
cantidades de ahorros, como sería de esperarse en jóvenes trabajadores y
estudiantes de familias inmigrantes de bajos ingresos.
Con apoyo de Washington, el gobierno británico sostuvo que la detención de
dos británicos paquistaníes por las autoridades de Islamabad proporcionó
"evidencia crucial" para revelar la conjura e identificar a presuntos
terroristas. Ninguna audiencia judicial occidental aceptaría evidencia aportada
por los servicios de inteligencia paquistaníes, notorios por el uso de la
tortura para arrancar "confesiones". Dicha evidencia se basa en un supuesto
encuentro de un pariente de los sospechosos con un operativo de Al Qaeda
en la frontera afgana. Según la policía, el agente de la red proporcionó al
pariente, y por ese conducto al sospechoso, información para fabricar la bomba e
instrucciones de operación. Para transmitir tal información no se necesita
recorrer la mitad del mundo, y menos hacia una frontera bajo sitio militar por
fuerzas dirigidas por Estados Unidos de un lado y por las fuerzas paquistaníes
del otro. Además, es sumamente dudoso que agentes de Al Qaeda en las montañas
afganas conozcan en detalle procedimientos de seguridad o condiciones de
operación de la aviación británica.
La inteligencia paquistaní afirmó y Londres repitió que se habían enviado
sumas de dinero desde Pakistán para que los conjurados compraran boletos de
avión, pero sólo se hallaron boletos en una vivienda (y la policía no logró
determinar la aerolínea ni el itinerario). Ninguno de los otros sospechosos
tenía boletos y algunos ni siquiera pasaporte. En otras palabras, no habían
realizado ni los movimientos previos más elementales.
En un principio las autoridades británicas y estadunidenses sostuvieron que
el artefacto explosivo era una "bomba líquida"; sin embargo no se halló ninguna
ni de ese tipo ni de ningún otro en la vivienda o en la persona de los acusados.
Tampoco se ha encontrado prueba alguna de la capacidad de los sospechosos de
preparar, trasladar o detonar la "bomba líquida", la cual sería una solución
sumamente volátil si la manejaran operativos no adiestrados. No se ha
mostrado prueba alguna de la naturaleza de la bomba, ni ninguna conversación
grabada o documento que incrimine a alguno de los sospechosos. No ha aparecido
ninguna botella, líquido o fórmula química ni uno solo de los ingredientes
necesarios para preparar el explosivo. Tampoco se han encontrado indicios de la
procedencia del líquido ni se sabe si fue comprado en el país o el extranjero.
Cuando la versión de la bomba líquida causó tal ridículo que se hizo a un
lado, el subcomisionado asistente británico, Meter Clark, aseguró que "se ha
encontrado equipo para construir bombas, incluso componentes químicos y
electrónicos (BBC News, 21/8/06). Una vez más, no se precisó qué elementos eran
ésos, ni en qué casa u oficina aparecieron, si pertenecían a una persona o grupo
específicos y si en tal caso eran conocidos por los presuntos implicados en el
complot. ¿Qué evidencia documental o de conversaciones grabadas existe para
vincular estos detonadores electrónicos y químicos con el complot para "volar
nueve aviones con destino a Estados Unidos"?
En vez de aportar datos relevantes para despejar dudas básicas de nombres,
fechas, armas y fecha de vuelos, Clark entregó a la prensa una lista de
lavandería de artículos que se pueden encontrar en millones de hogares y del
número total de edificios inspeccionados (69 hasta esa fecha). Si subir
escaleras gana ascensos, Clark debería ser nombrado caballero. Según él la
policía descubrió más de 400 computadoras, 200 teléfonos celulares, 8 mil
accesorios de cómputo (artículos tan catastróficos como memorias portátiles, CD
y DVD); retiró 6 mil gigabytes de datos de las computadoras capturadas
(150 de cada una) y algunas grabaciones de video. Uno supone, en ausencia de
cualquier dato cualitativo que demuestre que los sospechosos en verdad
fabricaban bombas para destruir nueve aviones comerciales estadunidenses, que
Clark busca granjearse la simpatía pública hacia la enorme capacidad de sus
subordinados de levantar y llevar equipo electrónico de un sitio a otro en 69
edificios, logro notable si hablamos de una compañía de mudanzas y no de una
investigación policial de alto poder sobre un evento de "consecuencias
catastróficas".
Algunos de los sospechosos fueron arrestados porque habían viajado a Pakistán
al principio de las vacaciones escolares. Las autoridades estadunidenses y
británicas olvidaron mencionar que decenas de miles de estudiantes paquistaníes
van a su país a visitar a sus parientes en esa época del año.
Los chicos listos de Wall Street y de la City de Londres jamás se tomaron en
serio el complot de las bombas líquidas: en ningún momento el mercado reaccionó
con un desplome o pánico. Los precios del petróleo bajaron apenas un poco. En
contraste con el 11/S y los bombazos en Madrid y Londres (con los que se compara
esta conjura), el mercado no se impresionó con las afirmaciones de los gobiernos
sobre una "catástrofe". George Bush o Tony Blair, a quienes se informó del
"complot" con varios días de anticipación, no interrumpieron un solo día sus
vacaciones en respuesta a la "amenaza".
Al expirar el periodo legal para retener a los sospechosos sin presentar
cargos, las autoridades británicas soltaron a dos, presentaron acusaciones
contra 11 y otros 11 siguen detenidos sin cargos, probablemente porque no hay
base para formularlos. A medida que el número de conjurados se reduce en Gran
Bretaña, Clark y compañía han desviado la atención hacia una complot mundial con
vínculos en España, Italia, Medio Oriente y otros lugares. Al parecer la lógica
es que una red más amplia compensa los grandes hoyos. De los 11 sujetos a
proceso, sólo a ocho se les acusa de conspirar para preparar actos de
terrorismo; a los otros tres se les imputa "no revelar información" y "poseer
artículos útiles para una persona que prepare actos terroristas" (BBC News,
21/8/06). Como no se han hallado bombas ni se han revelado planes de acción, nos
dejan con la vaga acusación de "conspiración", que puede significar una charla
privada hostil hacia sujetos estadunidenses o británicos por varios individuos
de ideas similares. La razón de que parezca que se persiguen ideas y no acciones
es que la policía no ha encontrado armas o medidas específicas para entrar al
lugar del ataque (boletos de avión, pasaportes y demás). Que la policía diluya
los cargos contra otros tres conjurados indica la endeble base de sus arrestos y
de las afirmaciones públicas. Acusar a un muchacho de 17 años de "poseer
artículos útiles para una persona que prepare actos terroristas" es tan
impreciso que resulta risible: ¿el artículo tiene otros usos para el muchacho o
su familia (un cortador de cajas, por ejemplo)? ¿Posee el acusado artículos
escritos porque son informativos o fascinantes para un joven? Puesto que aún
poseía el artículo, no lo había entregado a una persona para preparar bombas. La
acusación podría implicar a cualquiera que posea o lea una buena novela de
espías o de ciencia ficción en la que se describa la preparación de una bomba.
Los 11 acusados se han declarado inocentes; aunque el juicio empezará a su
debido tiempo, gobierno y medios ya los han condenado. Se ha sembrado pánico; el
miedo y la rabia histérica están presentes en las largas filas de seguridad en
aeropuertos y estaciones del ferrocarril. De los aviones sacan a asiáticos que
murmuran oraciones, se desalojan aeropuertos y desvían vuelos.
El fiasco de las bombas líquidas ha causado pérdidas enormes (cientos de
millones de dólares) a aerolíneas, empresarios, compañías petroleras, tiendas
libres de impuestos, agencias de viajes y hoteles, sin mencionar las tremendas
molestias y daños a la salud de millones de pasajeros varados y estresados. A
los "costos" del viaje se han añadido restricciones sobre laptops,
maletas de mano, accesorios, alimentos especiales y medicamentos líquidos.
Sin duda la decisión de cocinar el falso complot no obedeció a intereses
económicos, sino de política interna. El gobierno de Blair, ya sumamente
impopular por apoyar a Bush en Irán y Afganistán, estaba sujeto a ataque por el
apoyo incondicional a la invasión israelí de Líbano, su rechazo a llamar a un
cese del fuego inmediato y su apoyo indeclinable al servilismo de Bush a los
cabildos sionistas estadunidenses. Aun en el Partido Laborista más de 100
parlamentarios hablaban contra sus políticas, mientras inclusive miembros
menores del gabinete, como Prescott, afirmaban que la política exterior de Bush
apestaba a establo. Este no ha sido aún arrinconado por sus colegas como Blair,
pero su impopularidad amenaza con llevar al Partido Republicano a la derrota
electoral y la posible pérdida de su mayoría en el Congreso.
Según los más altos oficiales de la seguridad británica, Bush y Blair estaban
"enterados" de la investigación de la posible conjura de las bombas líquidas.
Sabemos que Blair dio luz verde a los arrestos, aunque sin duda las autoridades
le dijeron que carecían de pruebas y que en el mejor de los casos serían
prematuros. En la policía británica corren versiones de que el gobierno de Bush
presionó a Blair para que realizara las aprehensiones y anunciara el complot.
Entonces las autoridades lanzaron una campaña masiva para captar la atención y
el apoyo del público, con respaldo total de los medios masivos. La campaña
sirvió a su objetivo: la popularidad de Bush aumentó, Blair evitó la censura y
ambos siguieron de vacaciones.
El fiasco de las bombas líquidas encaja en la pauta previa de sacrificar
intereses económicos capitalistas en aras de posturas políticas e ideológicas.
Los fracasos de política exterior conducen a crímenes políticos internos, al
igual que las crisis políticas internas conducen a agresiva expansión militar.
La trampa criminal tendida a jóvenes ciudadanos británicos sudasiáticos
musulmanes por oficiales británicos se diseñó específicamente para cubrir el
fracaso de la invasión a Irak y el respaldo angloestadunidense a la fracasada
pero destructiva invasión israelí de Líbano. El supuesto complot sacrificó
múltiples intereses capitalistas británicos para retener cargos políticos y
evitar una salida temprana del poder. Los costos del fracaso militar son pagados
por ciudadanos y empresas.
En forma análoga, Bush, sus conservadores sionistas y otros militaristas
explotaron los sucesos del 11/S para aplicar una estrategia multibélica en el
sudeste de Asia y en Medio Oriente. Con el tiempo e investigación específica, la
versión oficial de los sucesos del 11/S se ha sometido a serio cuestionamiento,
en lo referente tanto al colapso de una de las torres de Nueva York como a las
explosiones en el Pentágono. Los sucesos del 11/S y las guerras en Afganistán e
Irak sacrificaron importantes intereses económicos estadunidenses: pérdidas en
Nueva York, turismo, industria aeronáutica y masiva destrucción física; gran
incremento de precios petroleros e inestabilidad, aumentos de costos para
consumidores e industrias de Estados Unidos, Europa y Asia.
Igualmente, las invasiones israelíes de Gaza y Líbano, apoyadas por
estadunidenses y británicos, fueron costosas en lo económico y destruyeron
propiedades, inversiones y mercados, a la vez que elevaron el nivel de la
oposición masiva antimperialista. En otras palabras, la política militarista de
Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel (y por extensión del sionismo mundial) se
ha llevado a cabo a expensas de sectores estratégicos de la economía civil.
Estas pérdidas de sectores económicos clave requieren que los militaristas
civiles recurran a crímenes políticos domésticos (conjuras ficticias y juicios
amañados) para distraer al público de sus costosas políticas fracasadas y para
endurecer el control político. En ambos casos, militaristas civiles y
conservadores sionistas pierden terreno. El fiasco de las bombas líquidas se
viene por tierra, Israel está en turbulencia, los conservadores sionistas
predican a los conversos y Estados Unidos es el mismo de siempre: ahora los
militaristas civiles demócratas capitalizan los fracasos de sus colegas
republicanos que hoy ocupan los cargos públicos.
Traducción: Jorge Anaya