n
un mes en que el Congreso de Estados Unidos votó por
legalizar la tortura, hacer a un lado la Constitución al abolir el
habeas corpus e incrementar el presupuesto militar para prolongar
la cotidiana carnicería de cientos de iraquíes y afganos, la gran
controversia entre los medios masivos y los funcionarios electos gira en
torno a las insinuaciones sexuales de un legislador republicano a
muchachos empleados en el Congreso.
Millones de cristianos fundamentalistas, que apoyaron a ciegas la letal
"guerra al terror" de los legisladores republicanos, se rebelan contra su
partido por su tolerancia hacia un solo pervertido, pasando por alto las
torturas en Abu Ghraib, el bombardeo masivo de Líbano por Israel y el
abandono criminal de cientos de miles de ciudadanos (sobre todo negros) de
Nueva Orleáns por el gobierno de Bush luego del huracán
Katrina.
¿Por qué los legisladores y los medios masivos entran en frenesí
político por transgresiones sexuales personales como los desagradables
flirteos por e-mail del congresista Foley con adolescentes, o las
aventuras de oficina del ex presidente Clinton con una becaria de la Casa
Blanca, y no por temas de gran importancia como paz o guerra, democracia o
autoritarismo, tortura o derechos humanos?
Comentaristas superficiales destacan nuestra "herencia puritana"
angloestadunidense, seudoexplicación que pasa por alto la herencia
democrática y constitucional del país, nuestra historia reciente de
oposición a la guerra de Vietnam y nuestra adhesión a la Carta de Derechos
Humanos de la ONU. Puesto que hay numerosos pasados históricos, no existe
una sola "herencia" que domine a otras, en especial cuando el supuesto
pasado "puritano" se sobrepone en los pasados 50 años a una cultura de
masas altamente sexualizada.
Debemos hacer a un lado dudosos argumentos seudosicológicos porque no
explican la conducta política. Aun si la "moralidad puritana" fuese un
aspecto tan dominante en la vida política del país, no puede explicar por
qué uno debe enfocarse en los extravíos sexuales de políticos individuales
y no en la inmoralidad de la práctica difundida y sistemática de la
tortura por los interrogadores estadounidenses en Irak, Afganistán y el
campo de prisioneros de Guantánamo, aprobadas expresamente por el gobierno
de Bush.
Para entender la perversidad de la política del país, donde el Congreso
y el presidente aprueban grandes crímenes mientras pequeñas faltas
sexuales se vuelven una obsesión, hay que alejarse de la amorfa noción del
"público estadunidense" y examinar lo que los medios masivos y los líderes
de opinión encuentran aceptable como base de la competencia electoral.
La elite política de ambos partidos y los líderes de la mayoría y la
minoría en el Congreso no difieren en cuestiones sustantivas de guerra y
paz: ambos apoyaron la invasión y ocupación de Irak en 2003 y acaban de
aprobar más de 400 mil millones en gasto de guerra para 2006-2007. Ambos
partidos, el Congreso y el presidente apoyaron la invasión israelí de
Líbano, su deliberada destrucción de infraestructura civil y que se
dejaran caer un millón de bombas de racimo, así como el bloqueo y
secuestro de Gaza. Ambos partidos apoyaron la extensión de la Ley
Patriótica, que suspende las garantías democráticas y libertades
personales protegidas por las garantías individuales y la Constitución. Ni
el Congreso ni la Casa Blanca difieren en oponerse a una política nacional
de salud, pues ambos partidos reciben millones de dólares en
financiamiento de campañas de las grandes compañías farmacéuticas y
aseguradoras, y de sus grupos de cabildeo. Como existe consenso entre los
dos partidos oficiales en los temas de guerra, autoritarismo y grandes
consorcios, los partidos políticos pueden competir sólo en "personalidad"
y asuntos de moralidad privada. Los partidos justifican su existencia
separada y compiten por cargos públicos evitando tocar temas molestos para
las elites económicas, los militaristas civiles y los poderosos cabildos
pro israelíes, y se concentran en "antagonizar"... a otros políticos, lo
cual se considera "caza permitida" en el sumamente restringido sistema
político de la nación.
En la primera semana de octubre, 30 soldados estadounidenses perecieron
en Irak y decenas resultaron heridos, 580 civiles iraquíes fueron
asesinados, 20 civiles libaneses murieron o fueron lesionados por bombas
de racimo que no habían estallado, decenas de miles de teléfonos, faxes y
correos electrónicos fueron interceptados sin orden judicial en Estados
Unidos, miles de derechistas argentinos marcharon en Buenos Aires en
defensa de ex dictadores militares, miles de maestros huelguistas de
Oaxaca fueron amenazados con la represión militar, 13 mineros y campesinos
indígenas bolivianos fueron asesinados por el gobierno y sus partidarios
en lo que podría desencadenar una guerra civil, y un obispo muy querido en
Filipinas fue asesinado por escuadrones de la muerte a causa de su labor
en derechos humanos, uniéndose a cientos de activistas muertos o
desaparecidos en ese país... y sin embargo ninguno de estos asuntos
aparece en los principales programas de radio y televisión de Estados
Unidos, y rara vez los mencionan los periódicos importantes. En cambio
escuchamos y leemos reportes diarios y a veces hora por hora respecto de
los salaces mensajes electrónicos del congresista republicano Foley, y la
dirigencia del Partido Demócrata emite comunicados de prensa, denuncias y
llamados a investigaciones y dimisiones.
"La corrupción, la depravación y la perversión son inaceptables en
quienes ocupan altos cargos", chillan los demócratas. Y los republicanos,
tan arrojados al defender la tortura y los secuestros encubiertos, y al
aprobar ayuda militar adicional a Israel por cientos de millones de
dólares... se achican, se acobardan, tartamudean y musitan que han
"limpiado la casa" con la renuncia del legislador pervertido: necesitan
quitar estorbos para seguir presionando con la "guerra al terror doméstico
e internacional".
Para sostener la charada de un sistema de "un solo partido" básico,
dedicado a defender las guerras imperiales en el extranjero y supervisar
la decadencia y el autoritarismo en lo interno, es esencial perpetuar la
ilusión de "competencia partidista". Para mantener esta ilusión a la vista
del amplio consenso en la elite se necesita un show acompañante,
de preferencia uno en el que los encumbrados moralistas de un partido
puedan exhibir y denunciar a los pequeños pervertidos del otro. Sin este
espectáculo de indignación moral y una dosis de destellos picarescos, la
abstención de los votantes podría rebasar el acostumbrado 65 por ciento de
las elecciones legislativas estadounidenses.
Traducción: Jorge Anaya