ara
entender las relaciones entre Estados Unidos y América Latina este
año y su probable trayectoria para el que entra, es obligatorio considerar
tres dimensiones: una es el contexto global de las relaciones
Washington-Latinoamérica, otra es la dinámica interna de Estados Unidos y,
por último, las reales consecuencias prácticas, político-económicas, de
las elecciones celebradas durante 2006 en América Latina.
La política imperial estadunidense continúa buscando victorias
militares en Irak y Afganistán, sigue con su respaldo incondicional a la
guerra de Israel contra el gobierno palestino electo y amenaza con atacar
directamente, o mediante un ataque israelí, a Irán. En otra palabras, las
prolongadas, costosas y nada concluyentes guerras contra Irak, Afganistán,
Líbano y Palestina durante 2006 continuarán en 2007. Una ulterior escalada
militar incluye aumentar las tropas estadunidenses y su gasto en las
guerras de Medio Oriente. Aquellos comentaristas que interpretaron las
políticas estadunidenses de acuerdo a las encuestas de opinión o a los
procesos electorales, los informes de consultoría y las proporción de
bajas en Irak para predecir una retirada "gradual", no pudieron entender
la lógica de la estrategia política de la Casa Blanca. Para el régimen de
Bush, los fracasos militares son resultado de la aplicación insuficiente
de potencia: lo que se necesita, arguyen, son más soldados y mayores
presupuestos militares.
Polarización
En Estados Unidos, en América Latina y en el mundo en general existen
profundas y lacerantes divisiones que impulsan las políticas y provocan
conflictos crecientes. Las líneas divisorias en Estados Unidos en lo que
respecta a cuestiones tan fundamentales como la confrontación o la
negociación cortan por el medio a los dos partidos principales y al
espectro liberales-conservadores. Por un lado está la Casa Blanca, con el
respaldo de la plataforma de cubanos en el exilio, el Pentágono y la
minoría de ideólogos y grupos de hombres de negocios de derecha, que
favorece una presión de fuerza y la intervención en Venezuela, Cuba y
Bolivia, y respalda al ilegítimo presidente Calderón, a los separatistas
de Santa Cruz en Bolivia y a otros extremistas autoritarios en la región.
Con variados grados de oposición se yerguen miembros del Congreso,
liberales y conservadores, con respaldo de los exportadores de las
agroempresas, las agencias de turismo, una mayor parte de la opinión
pública y sectores del Departamento de Estado encabezados por el
subsecretario para Asuntos Latinoamericanos, Shannon, quien intenta
imprimirle mayor énfasis a la diplomacia y a las negociaciones mediante un
enfoque de "dos pistas".
En América Latina emergieron en 2006 profundas divisiones similares que
se ahondarán en 2007. En México, el minoritario régimen de Calderón
enfrenta una importante oposición proveniente de la coalición encabezada
por López Obrador, las asambleas populares de Oaxaca, los sindicatos y los
movimientos sociales. Conforme proceda a profundizar la liberalización de
la economía y militarice el país para implantar su programa, se ahondará
la polarización.
En Bolivia, las elites de negocios y de las agroempresas de derecha se
reagruparon sacando ventaja de las políticas conciliadoras de Morales y de
su incapacidad para efectuar alguna política redistributiva de
importancia, y consolidaron una base de poder en Santa Cruz, lo que forzó
a Morales a retrasar aún más sus reformas, para descontento de las masas
populares. Divisiones parecidas ocurren en Ecuador, entre los
campesinos-indígenas de la región andina y los terratenientes y banqueros
de la costa. En Colombia, se han profundizado las divisiones entre las
fuerzas paramilitares aliadas al presidente Uribe y las organizaciones de
la sociedad civil (y la guerrilla). En Venezuela, la polarización entre
chavistas socialistas y liberales sociales saldrá a la superficie en 2007,
conforme Chávez instrumente cambios en el partido y el gabinete para
proseguir con su agenda socialista.
Estas divisiones internas en Estados Unidos y América Latina tienen su
peso en un contexto internacional que radicaliza las confrontaciones
nacionales y de clase.
Contexto internacional
Hay dos procesos históricos que afectan la política estadunidense hacia
América Latina: 1. Las prolongadas guerras en Medio Oriente. 2. El
dinámico crecimiento de cuatro potencias asiáticas encabezadas por China.
Las guerras de Medio Oriente y el sur de Asia han extenuado severamente
las fuerzas estadunidenses, han minado el respaldo interno a nuevas
guerras y agotado al extremo el presupuesto. Estos resultados han
debilitado la capacidad militar estadunidense de intervenir en América
Latina en respaldo de algún golpe de Estado y, menos aún, para una
invasión militar directa. Resultado de esto es que Estados Unidos confía
cada vez más en que sus clientes latinoamericanos locales defiendan sus
intereses
El dinámico crecimiento de Asia (particularmente de China e India) y la
demanda de materia prima (hierro, cobre y petróleo), alimentos y productos
agrícolas entraron en competencia con Estados Unidos y la Unión Europea
por el acceso a los exportadores y abastecedores latinoamericanos, y
aumentaron los precios y las ganancias en las arcas latinoamericanas
(excedentes importantes en el comercio y el presupuesto). Asia incrementa
la diversidad de mercados e inversionistas para exportadores
latinoamericanos. Estos cambios significan menos dependencia de
financiamientos externos (especialmente del FMI) y de los mercados
estadunidenses, lo que a su vez significa que Washington tiene menos
apalancamiento político y diplomático sobre los regímenes de América
Latina, incluidos gobiernos neoliberales como los de Lula, Bachelet,
Kirchner y Vázquez.
Ante la pérdida de capacidad militar y la decadencia en su
apalancamiento económico, Washington se mueve hacia un "arreglo" entre la
línea dura de los militaristas de la Casa Blanca y los "negociadores" del
Departamento de Estado acicateados por el comercio. La esencia de este
arreglo es proseguir la "política de dos pistas": combinar su respaldo a
la oposición subversiva en países donde es fuerte, como en Bolivia, con la
negociación en países donde es débil, como en Venezuela. Y en cuanto a los
regímenes neoliberales que tienen algún grado de autonomía, como Brasil,
Chile y Argentina, Washington enfatizará las relaciones bilaterales e
intentará maximizar las oportunidades económicas mientras desalienta
cualquier concesión hacia los movimientos de masas, en especial en lo
relacionado con revertir las privatizaciones. La política de dos pistas se
aplicará en casos como Cuba y Venezuela combinando promesas de diálogo y
acuerdos condicionados a concesiones diplomáticas importantes con un
continuo respaldo financiero para los agentes de la desestabilización.
Cambios y respuesta estadunidense
La tibia respuesta de Estados Unidos a los cambios de régimen que
resultaron de las elecciones de 2006 pueden explicarse con facilidad por
el hecho de que no produjeron cambio estructural socioeconómico alguno de
consecuencia, por lo menos en el futuro previsible. La más clara
demostración de los efectos marginales de las victorias electorales de
"centroizquierda" es el triunfo de Lula, quien clarificó, incluso a sus
simpatizantes intelectuales más ardientes (como Frei Betto, Emir Sader,
Joao Pedro Stedile), que considera "el izquierdismo como afección
infantil" (La Jornada, 14 de diciembre de 2006), comentario que
fue muy apreciado en los círculos de negocios del hemisferio. Uno de cada
cinco miembros del Congreso brasileño (muchos de la coalición de Lula) son
investigados por corrupción.
Contrario a las expectativas de la Casa Blanca, pero muy para su gusto,
el régimen de Morales emprendió austeras y ortodoxas políticas fiscales
encaminadas a tener remanentes en los presupuestos, y evadió cualquier
política redistributiva. Mientras Morales desmovilizó los movimientos
sociales y se enfocó en procedimientos legales interminables, la
oligarquía se reagrupó, expandió su base de poder en Santa Cruz y amenaza
con derrocarlo.
Mientras los clientes bolivianos, oligárquicos, de Washington avanzaban
hacia el poder (La Jornada, 16 de diciembre de 2006), Morales
continuaba sus políticas autodestructivas de hacer retórica populista
radical simbólica y más concesiones a las elites. Washington ha mantenido
un pie en ambos campos, proporcionando más de 60 millones de dólares en
ayuda externa a Morales e inconfesables millones de dólares a la oposición
de Santa Cruz que organiza manifestaciones separatistas masivas
(HoyBolivia.com, 16 de diciembre de 2006).
Los negociadores de "línea suave" como Shannon fortalecieron su
posición de cara a la política de "línea dura" hacia Venezuela al señalar
que la victoria electoral de Chávez era razón para el reacercamiento
(La Jornada, 14 de diciembre de 2006). Shannon argumenta que un
sector significativo del gobierno de Chávez estuvo abierto a un pacto
negociado para congelar el status quo, suavizar críticas a las
políticas imperiales estadunidenses, consolidar los acuerdos de petróleo y
gas y bloquear cualquier intento por socializar la economía.
Perspectivas para el próximo año
La posición internacional de Estados Unidos en 2007 continuará
deteriorándose la próxima escalada militar en Irak, la transferencia
de armas en gran escala a Israel para que amenace con atacar a Irán, Siria
y Hezbollah o Hamas (o todos al mismo tiempo) no disminuirá la
resistencia armada en Irak. Un ataque israelí a Irán, con respaldo
estadunidense, extenderá la guerra por todos los estados del golfo,
incluida Arabia Saudita. El total descarte de cualquier nueva iniciativa
es el resultado de la fuerza combinada de la poderosa plataforma israelí y
de la casa Blanca de Bush-Cheney-Rice.
Washington, extenuado militarmente en Medio Oriente, seguirá con su
política "de dos pistas" en América Latina. La Casa Blanca respaldará a
clientes que le incumben; los departamentos de Estado, del Tesoro y de
Comercio se comprometerán mediante tratados de comercio con regímenes
neoliberales más "autónomos" como los de Lula, Bachelet, Vázquez y
Kirchner, y los alentarán a mantener mayores distancias hacia Cuba y
Venezuela y relaciones diplomáticas más cercanas con Washington. En cuanto
a Bolivia, continuará presionando a Morales para que haga más concesiones
a la coalición de extrema derecha cívico-oligárquica de Santa Cruz,
permitiendo que la elite empresarial local "tenga el balón" de los
intereses imperiales estadunidenses. En Venezuela, la "política de dos
pistas" intentará ahondar las divisiones políticas en el movimiento
chavista, de modo de poder bloquear las nuevas iniciativas de Chávez que
se encaminen a una mayor socialización y buscando promover una nueva
configuración política de "opositores moderados" y chavistas
liberales.
El eslabón más débil de la proyectada estrategia de Washington para
América Latina es la remergencia de los movimientos
sociopolíticos, como los que estallaron a finales de los 90 y los primeros
años del nuevo siglo. El MST en Brasil, los movimientos indígenas,
campesinos y obreros en Bolivia y Ecuador y el levantamiento popular en
Oaxaca, junto con las protestas electorales en México, están en proceso de
reagrupamiento, y ninguno ha sufrido todavía una derrota histórica.
Todos los movimientos populares importantes mantienen sus estructuras
organizativas y han recobrado su independencia política. Pronto serán
capaces, de nuevo, de emprender levantamientos importantes y
confrontaciones políticas con las oligarquías en el poder o con las tropas
de choque en las calles. El año nuevo no promete "más de lo mismo":
comenzará con una importante escalada militar estadunidense en Medio
Oriente pero que terminará en una debacle militar aún mayor, lo que
garantizará el ahondamiento de las crisis políticas y una mayor
inestabilidad económica para Medio Oriente, Estados Unidos y América
Latina. El debilitamiento del régimen político abrirá una ventana de
oportunidades para romper decididamente con el imperio estadunidense,
siempre y cuando los movimientos político sociales puedan remontar los
obstáculos que implican las nuevas elites políticas de ex izquierdistas o
de oligarcas tradicionales.
Traducción: Ramón Vera Herrera