| El
Periódico de Catalunya - 27 de Junio de 2003
La 'claridad
moral' de los hombres de Bush
William
Pfaff *
• Los neoconservadores de la Administración
de EEUU desbordan la filosofía de Strauss, que reserva la verdad
a la élite de los gobernantes
Durante
la mayor parte del siglo XX, el problema del conservadurismo norteamericano
fue su falta de inteligencia. El partido republicano era y es un partido
de negocios, antiintelectual y considerablemente xenófobo. El movimiento
conservador creado en EEUU en los años 50 era mayoritariamente pedestre,
cuando no tediosamente reaccionario. Los neoconservadores radicales, que
aparecieron en los 60, son el primer movimiento seriamente inteligente
de la derecha estadounidense. Quieren rehacer el orden internacional bajo
la hegemonía efectiva de EEUU, destruir a los enemigos de Norteamérica
y eliminar a la ONU y otras instituciones bajo la reivindicación
de la jurisdicción internacional.
Tienen una filosofía política,
y la arrogancia e intolerancia de sus acciones son el reflejo de su convicción
de que poseen un realismo de los que otros carecen. Entre ellos se cuentan
Paul
Wolfowitz, secretario adjunto de Defensa y supuestamente la persona
más decisiva en la invasión de Irak; Abram Shulsky,
de la Oficina del Pentágono para Operaciones Especiales; Richard
Perle, del comité consultivo del Pentágono; Elliott
Abrams, del Consejo de Seguridad Nacional, y los escritores Robert
Kagan y William Kristol.
LA PRINCIPAL influencia intelectual
entre los neoconservadores ha sido el filósofo Leo Strauss,
que abandonó Alemania en 1938 e impartió sus enseñanzas
durante años en la Universidad de Chicago, y falleció en
1973. Varios neoconservadores fueron discípulos suyos. Wolfowitz
y Shulsky se doctoraron bajo su tutela. La figura de Strauss
fue objeto de culto durante sus últimos años en Chicago,
y él y algunos admiradores aparecen en la novela de Saul Bellow
Ravelstein. Strauss creía que las verdades esenciales
acerca de la sociedad y la historia humanas debían ser mantenidas
por una élite y no reveladas a quienes carecieran de la fortaleza
suficiente para asumir la verdad. La sociedad necesita que se le cuenten
mentiras reconfortantes. Decía también que el relativismo
de la sociedad norteamericana moderna comporta un caos moral que podría
impedirle identificar y atacar a sus enemigos reales. La claridad moral
es elemento esencial. La tolerancia que mostró la República
de Weimar con el extremismo posibilitó el ascenso al poder del partido
nazi.
Strauss realizó una
enérgica y sofisticada crítica intelectual del liberalismo
de la posilustración. Entendía EEUU como el caso más
avanzado de liberalismo y, por consiguiente, el más expuesto al
nihilismo. Su argumentación era que la filosofía clásica
griega, particularmente la de Platón, es más fiel
a la verdad de la naturaleza que cualquier otra que la hubiera reemplazado.
Asimismo argüía que es demasiado difícil que el pueblo
admita la verdad platónica. Así pues, ha sido necesario mentir
a las masas acerca de la naturaleza de la realidad política. Sin
embargo, una élite reconoce la verdad y se la reserva para sí.
Ello les proporciona una comprensión e, implícitamente, un
poder que otros no poseen. Este es obviamente un elemento importante del
atractivo de Strauss para los neoconservadores.
La verdad ostensiblemente encubierta
reside en que el interés personal funciona, que no hay Dios alguno
que castigue las malas obras y que la virtud es inasequible para la mayoría.
Maquiavelo
tenía razón. Hay una jerarquía natural de los seres
humanos y los gobernantes deben restringir la libertad de información,
y explotar la mediocridad y los vicios de la gente para preservar el orden
social. Obviamente, se trata de una filosofía gris y antiutópica
que atenta prácticamente contra todo lo que los estadounidenses
desean creer. Contradice la sensatez convencional de la sociedad democrática
moderna y las ambiciones políticas de los propios neoconservadores,
consistentes en democratizar el mundo musulmán y establecer un nuevo
orden internacional. Strauss no era amigo de la hegemonía,
ni de EEUU ni de otro país. Decía que "ningún ser
humano ni grupo de seres humanos puede gobernar a la totalidad del género
humano con justicia". Su preocupación durante la guerra fría
fue que el universalismo soviético fomentaba la pretensión
norteamericana alternativa de gobernar el mundo.
EN MI opinión, su elitismo
plantea una racionalización de principios de la viabilidad política
y de las "mentiras necesarias" que deben contarse a quienes la verdad desmoralizaría.
Obviamente, en el espacio de una columna periodística es imposible
hacer más que un somero repaso al pensamiento de Strauss,
sean cuales sean sus méritos. Sin embargo, su pensamiento es un
asunto de interés público, porque sus seguidores están
a cargo de la política exterior de EEUU. En mi opinión, él
es mejor y más interesante que ellos.
* Analista político estadounidense
© Tribune Media Services International.
Traducción de Xavier Nerín. |