| Política
Exterior - Núm 96 Noviembre / Diciembre 2003
Los límites
del poder americano
William
Pfaff *
La administración Bush no
ha entendido la actitud de la “vieja Europa” frente a la guerra de Irak.
Acusa a alemanes y franceses de antiamericanismo y pacifismo irresponsable,
sin darse cuenta de que su política lo ha cambiado todo para Europa.
Existen razones
fundamentales para las tensiones transatlánticas de los últimos
seis meses. Esto tiene que ver con la natural rivalidad entre un poderoso
y dogmático Estados Unidos y una igualmente poderosa Unión
Europea, pero que aún debe determinar su papel y carácter
políticos. Para abordar esas razones y su origen, podría
ser útil recapitular la actual situación entre EE UU y Europa
tal como se ha desarrollado desde la confrontación en las Naciones
Unidas en torno a la intervención en Irak, y con mayor perspectiva
desde que la administración de George W. Bush replanteó su
política exterior y de seguridad tras los ataques terroristas de
2001 en Nueva York y Washington.
El secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, trazó a comienzos de este año
una plausible –aunque polémica– distinción cuando se refirió
a una “vieja” y una “nueva” Europa, dado que la historia de Europa central
no es más “nueva” que la occidental. Los países de Europa
central y oriental son nuevos en cuanto a su independencia post-soviética,
y sus relaciones con la UE y EE UU están aún por definir,
en tanto son nuevos miembros de una Alianza Atlántica en sí
misma en crisis, o candidatos simultáneamente para la integración
en la OTAN y la ampliación de la UE. Su principal prioridad en este
periodo post-soviético es la seguridad, por lo que no sorprende
que hayan percibido que su seguridad radica ante todo en sus relaciones
con un todopoderoso EE UU a través de la OTAN, el instrumento tradicional
del poder americano en Europa. De ahí que en el debate surgido sobre
la invasión de Irak, de intrínseca reducida relevancia para
la “nueva” Europa, era razonable –“normal”– que los gobiernos de Europa
central y oriental (y los bálticos) hicieran lo que Washington quería.
Es importante
señalar, sin embargo, que la opinión pública de la
región fue poco comprensiva con la política estadounidense
en Oriente Próximo. Los nuevos gobiernos europeos defendían
sus intereses nacionales en una situación difícil. Su posición,
como mostraron las encuestas, tuvo poco que ver con el apoyo a la política
de EE UU en Oriente Próximo, que casi no les concernía o
interesaba, y mucho con sus percepciones sobre la vulnerabilidad de su
seguridad en Europa.
Por otra parte,
la denominada por Rumsfeld “vieja” Europa, los Estados más antiguos
de la UE y sobre todo aquéllos que la crearon (Francia, Alemania,
Benelux e Italia) tienen la confianza y el poder necesarios para diferir
de EE UU en asuntos de política exterior y, de ser necesario, incluso
para desafiarlo. Así, con la decisión adoptada respecto a
Irak, sus gobiernos no sólo reflejaron la opinión popular
reinante en sus países sino la predominante en toda Europa occidental.
La opinión pública de España e Italia, dos países
de la vieja Europa, además de la de Reino Unido, cuyos gobiernos
dieron un apoyo incondicional a EE UU en Irak, fue más hostil a
la política de EE UU que la de Alemania y Francia. Incluso en Reino
Unido, tradicional aliado de EE UU, la opinión de la mayoría
se opuso a la intervención en Irak hasta el momento mismo en que
las tropas británicas se vieron envueltas en la lucha, y desde entonces
el primer ministro, Tony Blair, ha estado pagando un alto precio político
por una decisión adoptada en contra de la opinión de sus
ciudadanos.
Europa:
‘nuevos’ y ‘viejos’
Las divisiones
en Europa son por ello mucho más complejas que las planteadas por
Rumsfeld. Lo “nuevo” (integrado sobre todo por los Estados del antiguo
Pacto de Varsovia) se enfrentó a lo “viejo”. En el interior de Europa
occidental hubo división entre los gobiernos opuestos a la política
de EE UU (tal como se adoptó; una política exterior norteamericana
más hábil y menos brutal podría haberse ganado el
respaldo limitado de Francia y Alemania para la intervención), Reino
Unido, España, Italia y en menor grado Dinamarca y Holanda, que
apoyaron a Washington (aunque sólo España e Italia aportaron
tropas y policía militar). En cada uno de estos casos, sin embargo,
la opinión pública se mostró firmemente contraria
a la guerra.
El hecho de
que fuera así, y la reacción de la administración
Bush a la oposición de Alemania, Francia y Bélgica a sus
iniciativas en el Consejo de Seguridad y la OTAN, deben apreciarse como
la última expresión de ciertas desavenencias transatlánticas
desarrolladas en los últimos años, a medida que la fortaleza
económica de la UE y sus intereses comerciales han comenzado a percibirse
en Washington como amenazas potenciales a la preeminencia global de EE
UU y, a la vez, a la creciente disposición que ha mostrado la UE
a
desafiar, en los tribunales europeos y en la Organización Mundial
de Comercio, las prácticas comerciales y financieras de Washington.
Los conflictos de interés y la rivalidad comercial son aspectos
“normales” de las relaciones económicas y comerciales entre dos
grandes potencias del comercio mundial, pero cada vez más se ha
hecho evidente un cierto resentimiento entre EE UU y la UE.
También
ha habido una crisis persistente en la OTAN, a pesar de su ampliación,
lo que ha tenido mucho que ver con la búsqueda de un nuevo papel
para la Alianza en la era post-soviética. ¿Es la OTAN hoy
una alianza de iguales? ¿O es una “caja de herramientas” de recursos
y unidades militares especializadas cuya única función verdadera
es servir como auxiliar a las fuerzas de EE UU? Las tensiones provocadas
por el uso que ha hecho EE UU de la Alianza han impulsado los esfuerzos
europeos para crear una fuerza de reacción rápida bajo mando
europeo. EE UU –sin duda correctamente– ha visto en ello la semilla de
un ejército europeo o de una alianza independiente de Washington.
El resultado ha situado a la alianza transatlántica en lo que algunos
consideran el camino hacia una posible tensión terminal, al menos
como alianza militar operativa.
La OTAN podría
sobrevivir a esta crisis, pero es probable que lo haga sólo como
una estructura que provea de nuevas bases a EE UU en la Europa ex comunista,
y como una asociación esencialmente política que integre
a los ejércitos del Pacto de Varsovia en la comunidad militar occidental
(a través de la Asociación para la Paz). EE UU ha optado
por un camino, y los países de la UE miembros de la OTAN por una
dirección opuesta.
Esto refleja
cambios fundamentales en la percepción estadounidense de Europa
y en la de ésta respecto a EE UU. Washington –al menos el Washington
neoconservador– ve a la UE como una creciente amenaza a la preeminencia
global de EE UU. A su vez, éste es visto en Europa como una amenaza
significativa a su soberanía e independencia.
El gobierno
y la clase política norteamericana parecen no entenderlo. Durante
el pasado verano asistí a una media docena de conferencias y seminarios
que reunieron a especialistas y analistas políticos, además
de funcionarios –retirados o en ejercicio– de ambos lados del Atlántico,
para discutir sobre el futuro y asuntos de actualidad. Los puntos abordados
diferían: relaciones italo-norteamericanas, seguridad europea, asuntos
económicos y financieros globales, cuestiones relativas al orden
mundial. En cada una de ellas, dondequiera que empezaran las discusiones,
rápidamente derivaban al debate entre los europeos sobre cómo
hacer frente al nuevo EE UU de la administración Bush, visto por
un número cada vez mayor de europeos como un factor perturbador
de la paz mundial y un riesgo potencial para la seguridad, incluida la
de sus propios aliados.
En todas esas
reuniones, la política exterior de EE UU encontró pocos defensores
europeos. Algunos de los participantes británicos expresaron su
simpatía, pero no todos. Ningún alemán, italiano,
holandés o escandinavo defendió la política de EE
UU en las reuniones a las que asistí. Incluso los británicos
dijeron que las relaciones euro-norteamericanas habían cambiado
en aspectos importantes, y que los intentos de Europa por buscar una política
autónoma y sus propios recursos de seguridad estaban justificados.
Todo ello dicho con poco entusiasmo. A nadie le gusta la situación.
Los “viejos”
europeos, como muchos de los “nuevos”, simplemente ya no están de
acuerdo con EE UU. Discrepan sobre el alcance o la naturaleza de la amenaza
terrorista. No creen que Osama bin Laden sea una amenaza global. No asumen
la percepción que tiene Washington de los llamados “Estados delincuentes”.
No están de acuerdo con la guerra preventiva o el choque de civilizaciones,
la política de EE UU en relación al conflicto entre Israel
y Palestina, la demonización del islam o el control por parte del
Pentágono de la política exterior de EE UU.
Esas opiniones
son interpretadas en EE UU como “antiamericanismo”. La verdad, como dijo
una importante figura (conservadora) de la “nueva Europa”, ex comunista,
en una de las reuniones del verano, es que la política de la administración
Bush y el trato que da a sus aliados ha convertido en antiamericanos a
los amigos de EE UU. Esta persona dijo que a lo largo de su vida política
había sido un admirador y defensor de EE UU contra sus críticos
izquierdistas europeos, pero que en la actualidad él mismo se había
convertido en lo que denominó un “nuevo antiamericano”, que definió
como “ex anti antiamericanos, ahora forzados a convertirse en antiamericanos
ellos mismos”. Añadió que, en su propio país, el embajador
estadounidense se había comportado recientemente como lo hacían
los embajadores de la Unión Soviética antes de 1989 y eso
era inaceptable.
Washington
y la clase política norteamericana no parecen haber entendido en
absoluto lo que ha ocurrido. Culpan a franceses, alemanes y belgas de recurrir
al antiamericanismo por razones electorales, de alentar un pacifismo irresponsable
o de expresar “nostalgia” por su pasado de poder y gloria (la habitual
crítica norteamericana a Francia). O dicen que la sociedad europea
ha sido siempre antiamericana (o antisemita, acusación que circula
cada vez más entre los neoconservadores estadounidenses e israelíes).
Creen que esas “explicaciones” resuelven el problema. Les gusta decir que
Europa no entiende que el 11-S “cambió todo” en EE UU. Pero no comprenden,
por su parte, que las consecuencias del 11-S también han cambiado
todo en Europa occidental.
Los neoconservadores
de Washington con los que coincidí en Europa en las primeras semanas
tras la victoria en Irak, hicieron alarde del poder norteamericano y exigieron
disculpas a los europeos por no haber apoyado a EE UU. Todavía decían
que si no se estaba de acuerdo con EE UU uno quedaba condenado a la “irrelevancia”.
(Desde que la resistencia violenta a la ocupación norteamericana
en Irak alcanzó los niveles de agosto y septiembre, su posición
ha evolucionado hacia una mezcla de negarse a admitir que existe una crisis
y atacar a los europeos por no acudir en rescate de EE UU). Hasta mediados
de septiembre, siguieron diciendo que también la ONU era irrelevante
en un mundo de poder hegemónico de EE UU. Pero, por supuesto, ahora
han regresado al Consejo de Seguridad y a los grandes Estados de la vieja
Europa para pedirles su ayuda, aunque sin resultados satisfactorios.
Hasta entonces,
los analistas de las universidades y los think tanks americanos se mantuvieron
condescendientes con sus audiencias europeas, diciendo que Europa necesitaba
“madurar” y enfrentarse a la amenaza terrorista (aparentemente indiferente
–o ignorante– a la historia del IRA irlandés, de las Brigadas Rojas
italianas y alemanas, de ETA y a las operaciones terroristas en Europa
de organizaciones palestinas y argelinas). Hablaron sobre Venus y Marte:
la teoría de moda en Washington sobre unos supuestos europeos pasivos,
obsesionados con la paz, pero necesitados del liderazgo realista de los
duros norteamericanos. Pero durante la pasada primavera, los europeos ya
habían escuchado todo eso.
Sin embargo,
se tomaron muy en serio las implicaciones. Cada una de las discusiones
a las que asistí terminaron con los europeos debatiendo entre ellos
sobre qué es lo que se debería hacer para lograr que la política
exterior y de seguridad común europea tuviera éxito. Hasta
ahora, éste ha sido un debate débil; incluso los ciudadanos
de los Estados aliados más atlantistas, los más cercanos
a EE UU, se encogen de hombros y dicen: “No hay elección”. Las apelaciones
bienintencionadas de los atlantistas estadounidenses para fomentar una
reconciliación euro-norteamericana, como la impulsada bajo los auspicios
del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington,
después de la crisis en torno a la frustrada búsqueda por
Washington y Londres en febrero y marzo de una segunda resolución
del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizara la intervención
militar en Irak, simplemente demostraron cuánto se han alejado ambas
partes.
En esa declaración
se aconsejaba a los europeos sobre lo que podrían hacer para volver
a ganarse la confianza de EE UU y que “éste se sintiera bienvenido
en Europa”. Incluso entonces, antes de que hubiese comenzado la invasión
de Irak, la situación ya era exactamente la contraria. Eran los
estadounidenses los que habían perdido la confianza en Europa. Y
no la han recuperado.
Nuevos intelectuales
americanos
Debemos preguntarnos
qué hay detrás de todo esto. Bajo los efectos traumáticos
del 11-S, la administración Bush fortaleció una nueva elite
y se embarcó en una nueva versión de un rumbo político
que, a pesar de su reformulación y estilo neoconservadores, en sus
presunciones esenciales se ha mantenido inalterable desde los esfuerzos
de Woodrow Wilson para “hacer al mundo seguro para la democracia” tras
la Primera Guerra mundial.
Un pequeño
grupo de intelectuales radicales norteamericanos, intoxicados por la perspectiva
del poder, explotó los ataques del 11-S para convencer a Bush de
la necesidad de abandonar la política exterior “humilde”, prometida
durante su campaña electoral e ir a la guerra contra el “terror,
el terrorismo y el mal”–-todos ellos objetivos intangibles para una guerra
y, como tales, fácilmente manipulables para propósitos indefinidos
o inconfesables. Los neoconservadores dieron una versión cruda y
arrogante a la concepción “excepcionalista wilsoniana” del papel
global de la nación estadounidense y de su destino histórico.
Mientras algunos de los nuevos intelectuales se identifican como “hegemonistas
benévolos” o “neoimperialistas”, otros simplemente dicen que son
“neowilsonianos”.
Wilson es
una figura crucial en la historia de la política exterior americana.
Ha influido considerablemente también en el modo en que otras sociedades,
sobre todo en Europa, han formado su visión de un EE UU moderno.
En 1917 Wilson apeló por una “guerra sin victoria”. Sin embargo,
cuando Alemania amplió su campaña submarina contra barcos
neutrales, mostró la otra cara de su pacifismo sentimental: una
determinación férrea para librar una guerra total en pos
de su utópico objetivo. Redefinió la guerra mundial como
“la guerra para terminar con todas las guerras”, con lo que implícitamente
dejó entrever que, después de la victoria total, EE UU conduciría
a la sociedad internacional hacia un nuevo orden mundial que aboliera la
guerra misma.
Cuando llegó
la victoria en 1918, y con ella la aparente oportunidad para lograr su
visión, dijo que el papel de EE UU en el mundo había sobrevenido
como consecuencia de una intervención divina; que Dios había
concedido a EE UU la misión de crear una nueva sociedad humana,
y que él mismo había sido puesto en la Tierra para cumplir
esa tarea providencial. En este punto actuaba de acuerdo al mito fundacional
de la sociedad norteamericana. La secta puritana (calvinista) que pobló
Nueva Inglaterra en el siglo XVII, los “peregrinos”, creían (como
posteriormente repitió Ronald Reagan) que estaban creando una bíblica
“ciudad sobre la colina”. Su noción de estar cumpliendo una misión
divina ha impregnado desde entonces, de una manera u otra, a la sociedad
estadounidense y a su política exterior.
Esa convicción
pertenece tanto a la derecha como a la izquierda. El Partido Demócrata
podría ser reelegido en 2004 o 2008, retirando a Bush, pero fue
durante la administración de Bill Clinton cuando la secretaria de
Estado, Madeleine Albright, proclamó que los norteamericanos ven
“más lejos” que ningún otro país porque “su altura
es mayor”. La globalización fue un producto de esa misma administración.
La desregulación de las finanzas internacionales fue propuesta por
los primeros partidarios de Clinton en Wall Street como un método
para abrir los mercados mundiales a las inversiones norteamericanas. Fue
luego articulada por la administración Clinton como parte de la
marcha de la sociedad mundial hacia su unificación (y el fin de
la historia) en la democracia y el capitalismo de mercado, esto es, una
concepción esencialmente utópica. La hipocresía implícita
de esa visión no fue evidente para los líderes de la administración.
También
fue bajo mandato de Clinton cuando se estableció un sistema sin
precedentes en el Pentágono basado en mandos militares regionales,
que hoy cubren el mundo entero, con cada comandante como responsable de
vigilar el desarrollo de los acontecimientos en su región, de establecer
o intensificar las relaciones militares bilaterales con cada país
que les recibe, de preparar planes para las intervenciones regionales,
bajo los supuestos de una amplia variedad de escenarios que impliquen posibles
desafíos, no sólo a los intereses de EE UU sino también
a su percepción del orden mundial.
Aun sin intención
pero inevitablemente produjo un radical cambio en la distribución
del poder sobre la política exterior de EE UU, desde un mal financiado
departamento de Estado y una CIA civil, hacia el departamento de Defensa,
que ya poseía sus propios servicios políticos y de inteligencia.
La prohibición de la Constitución de EE UU de los “ejércitos
permanentes” como una amenaza a la democracia ha sido desde la Segunda
Guerra mundial desestimada por el Congreso, el ejecutivo y el electorado
norteamericanos como si hubiese sido declarada obsoleta por la historia.
La creación de esos mandos regionales fue un paso más hacia
la militarización de su política exterior, en detrimento
de la diplomacia.
Militarizada
o no, la política norteamericana permanece bajo la influencia del
utopismo que he descrito, y que constituye el trasfondo en buena parte
sin analizar para el trabajo de todas las agencias de la política
exterior de Washington. Esto impregna la retórica y el pensamiento
tanto de republicanos como de demócratas. Es la razón por
la cual los estadounidenses pueden creer que la historia tiene la solución
definitiva y que su misión es proporcionarla.
El sentimiento
tradicional de EE UU según el cual encarna un “nuevo designio político”
(como sucesión del autocrático y dinástico siglo XVIII
europeo), y como tal en desafío del sistema internacional existente,
ha adoptado bajo la administración Bush la forma de un repudio implícito
al llamado “principio westfaliano” de la soberanía absoluta de los
Estados, el sistema internacional que reconoce poderes múltiples
y plurales existente desde el fin de las guerras europeas de religión
en 1648.
Imperfecto
como es, el sistema westfaliano ha sido desde entonces aceptado por las
grandes potencias como parte integral del Derecho internacional y la base
de las relaciones diplomáticas. Cuán serio demostrará
ser el nuevo desafío norteamericano es algo que está por
ver. En principio, es un reto radical, según ha sido articulado
en la nueva doctrina estratégica de la administración Bush
(anunciada en septiembre de 2002) de ataques preventivos a países
considerados unilateralmente como amenazas a la seguridad de EE UU.
El sistema
westfaliano ha sostenido que el orden del poder político, militar
y económico es plural y que la sociedad internacional está
configurada por múltiples intereses, por el poder y por los recursos
intelectuales de los gobiernos nacionales soberanos. Hasta la formación
de los imperios europeos, este ordenamiento concernía a las potencias
europeas. En el pasado fue desafiado sólo por conquistadores mundiales
en ciernes (o, en principio, por reformadores mundiales), todos los cuales
fracasaron.
El Estado
más reciente en hacer una reivindicación ideológica
del dominio mundial, basándose en los pronósticos históricos
utópicos del marxismo-leninismo, fue la Unión Soviética.
Sin embargo, si bien Lenin y Stalin ocuparon todos los territorios adyacentes
que las circunstancias les permitieron, e hicieron un inmenso esfuerzo
para ganar conversos a escala planetaria, el poder soviético nunca
se extendió mucho más allá de las fronteras del antiguo
imperio zarista, más los territorios de Europa central y del Este
que la Unión Soviética ocupó en la Segunda Guerra
mundial. China, cuyo ambicioso mensaje ideológico fue dirigido a
la humanidad entera, nunca prevaleció ni siquiera en el propio país:
Formosa, Hong Kong y Macao permanecieron fuera de su control.
Los enemigos
de esos dos movimientos fueron los más convencidos por ese supuesto
poder y sus pretensiones de conquista mundial. Éstas fueron tomadas
muy en serio, sobre todo en Washington.
Unilateralismo
y ejercicio del poder
El nuevo desafío
de la administración Bush implica que la diplomacia ya no es más
que un método para regular o conciliar las relaciones entre los
Estados, los cuales han sido reconocidos hasta ahora –en principio y legalmente–
como iguales, aunque nunca lo fueron, pero el convencimiento de que lo
eran prevenía que la diplomacia se convirtiera en una mera expresión
del ejercicio del poder, que es la implicación lógica de
la nueva doctrina estratégica estadounidense, en la que se dice
que EE UU, como única superpotencia, tiene la obligación
pública de mantener el orden internacional y el derecho a atacar
de forma preventiva a los Estados que considere unilateralmente como amenazas
potenciales.
La preeminencia
internacional de EE UU desde 1989 y la concepción del actual gobierno
sobre cómo debería reformarse el orden mundial han tendido
a promover una cierta exageración de su poder real. El dominio militar
de Washington no se traduce en un poder político relevante ni siquiera
en un poder militar relevante. La capacidad para infligir una destrucción
total en otra sociedad, como la habilidad para paralizar un país
y sus infraestructuras nacionales con bombardeos “inteligentes” y un mínimo
de daño “colateral”, no son ninguna de ellas importantes para resolver
los problemas reales de las relaciones internacionales. Por el contrario,
a menudo se muestran como un obstáculo para las soluciones, debido
a que ofrecen seductoras ilusiones sobre el modo en que podrían
resolverse los problemas. La fuerza no siempre resuelve las cosas (aunque
a veces sí lo haga). La utilidad del poder militar en circunstancias
ajenas a la guerra es escasa, y los medios militares son con frecuencia
más eficaces cuando realmente no se utilizan que cuando se hace
uso de ellos. La amenaza es a menudo más intimidatoria que la ejecución
en sí misma, incluso en los casos en que ésta sea un éxito.
EE UU fue
una potencia militar más intimidatoria antes de que la ocupación
de Irak revelara la confusión de sus tropas al verse enfrentadas
al desorden civil, la resistencia popular o la no cooperación de
los iraquíes, los dilemas políticos, las inhibiciones y los
costes impuestos a una fuerza ocupante y –de nuevo– a su vulnerabilidad
ante los ataques guerrilleros.
Cualquier
forma de poder tiende a degradarse cuando se utiliza porque la realidad
revela sus límites y defectos, y con frecuencia provoca inesperadas
y eficaces formas de resistencia. Existen modos de poder e influencia –el
“poder blando”– de las que EE UU carece, o que ha derrochado a través
de la diplomacia intimidatoria de la administración Bush. En conjunto,
la crisis de Irak ha dejado a EE UU en una debilitada posición internacional.
Una de las
principales características de la concepción de los asuntos
internacionales de la administración Bush ha sido su hostilidad
hacia la diplomacia. Ha estado reconstruyendo sus relaciones con otros
países como ejercicio de poder, en lugar de utilizarlas como medios
de negociación para mediar, arbitrar, acomodar o llegar a compromisos
entre diferentes puntos de vista e intereses. Para esta administración,
tratar con los demás, tanto aliados como rivales, significa imponer
su voluntad y forzar al otro a la sumisión. Incluso dentro de sus
más antiguas alianzas europeas, se ha negado a aceptar el principio
de iguales que buscan soluciones comunes, y ha tendido a tratar con otros
en términos de desigualdad y subordinación.
La reacción
a esa transformación de los mecanismos diplomáticos tradicionales
en relaciones de poder será casi con toda probabilidad provocar
a los interlocutores de Washington a que recurran también al poder.
¿Cómo podrían hacerlo de otro modo? Aquéllos
que se sienten militarmente vulnerables harán todo lo posible para
proveerse con algún tipo de instrumento que pueda disuadir a las
presiones militares estadounidenses, o en los casos de Rusia y China, se
verán presionados a fortalecer los medios disuasorios que ya poseen.
Se podría decir que Corea del Norte sufre un tipo de psicopatología
política, pero su deseo de poseer armas nucleares no es irracional,
como tampoco lo es el de Irán. Obtenerlas puede empeorar su situación,
pero su impulso es lógico.
Las naciones
que no se sienten sometidas a una amenaza militar buscarán, sin
embargo, defensas económicas y políticas contra EE UU en
un esfuerzo por “contener” la amenaza potencial que perciben de su parte.
Europa, y también un Japón movilizado, así como otros
Estados, tienen los medios para hacerlo. No obstante, ésa es una
perspectiva poco halagüeña en la cual, a su manera, EE UU se
convierte en la amenaza contra la que el mundo del siglo XXI tiene que
luchar.
Ante las
elecciones de 2004
Lo que no sabemos
es si este cambio durará en la concepción americana de la
situación global y de su propio papel nacional. Tiene graves y potenciales
implicaciones permanentes para la naturaleza del Estado americano, y para
sus prácticas y valores internos, así como para las relaciones
internacionales. Es posible que las elecciones presidenciales de noviembre
de 2004 traigan un final abrupto a este nuevo rumbo de la política
global, y relegen las actitudes militaristas y unilateralistas que la acompañan
a la oposición. Las elecciones presidenciales están a un
año de distancia. Sería absurdo decir en este momento que
George W. Bush será derrotado, pero el cotidiano acoso al que se
ven sometidas las tropas en Irak, el número de bajas, la alienación
de los aliados y del apoyo internacional y la enemistad de la opinión
pública internacional que revelan las encuestas podrían culminar
en un repudio electoral de Bush y sus asesores neoconservadores, que han
dominado la política exterior de la administración desde
el 11-S. La posibilidad de un grave deterioro de la economía en
2004 se suma a los riesgos políticos que corre la administración
Bush.
Sin embargo,
incluso si las elecciones infligen a Bush la misma derrota que sufrió
su padre en 1992 al buscar la reelección, después de otra
guerra contra Irak, el periodo en el poder del Bush más joven habrá
marcado una significativa transición norteamericana. Esta política
de empleo agresivo y unilateralista del poder para rehacer los asuntos
mundiales ha sido justificada por los neoconservadores según los
términos de una antigua convicción americana sobre la excepcionalidad
nacional y la creencia de que el modelo de sociedad estadounidense está
destinado a dominar el mundo, por unos u otros medios.
Si la situación
de EE UU en Irak se deteriorara gravemente, ese fracaso podría recrear
entre su electorado el tipo de ansiedad y las actitudes aislacionistas
que experimentó por última vez tras la guerra de Vietnam.
Si esto puede provocar una retirada de EE UU de sus compromisos internacionales
es imprevisible. Como fuere, los instintos esenciales de la nación
siguen siendo los de una sociedad aislada geográfica y, sobre todo,
moralmente.
Es posible
que Bush y sus neoconservadores demuestren ser nada más que un episodio
excéntrico pero aleccionador, que termina mal, de la historia de
la moderna política exterior de EE UU. Por otra parte, podría
presagiar otros ejemplos de las vanidades y corrupciones del poder. La
historia no suele ser amable con los poderosos.
* William Pfaff
es columnista del International Herald Tribune y miembro del consejo
asesor de Política Exterior. |