| elPeriódico
de Catalunya - 23 de Octubre de 2004
Bush
aprueba el test
• Los debates
no son para convencer, sino para crear una imagen. Y la de Kerry es más
distante
William
Pfaff *
El espectáculo --o acaso debería
decir el combate de gladiadores-- de los debates presidenciales de EEUU
ha finalizado. Pero es el electorado quien debe dictaminar, dentro de menos
de dos semanas, quién es el vencedor y quién debe sucumbir.
Digo que es un espectáculo por el peculiar carácter que han
adquirido estos desafíos. Nunca han sido verdaderos debates sobre
los temas importantes para el país. Las discusiones se desarrollan
en términos tortuosos y demagógicos. Generalmente, los argumentos
son vagos, partidistas y, en el mejor de los casos, confusos.
No obstante, incluso estos argumentos
contribuyen al verdadero propósito de los debates, que es clarificar
lo que, en el mejor de los casos, puede denominarse el carácter
y, en la peor de las circunstancias, la imagen, de los candidatos.
Esto es relevante porque, en su
abrumadora mayoría, el público nunca habrá tenido
realmente contacto directo con los candidatos. Ni éstos con los
ciudadanos. La distancia entre el presidente y la opinión pública
se ha multiplicado en sólo unos pocos años, pese a los modernos
sistemas de comunicación, o quizá a causa de ellos.
Antes de la televisión, la
radio conseguía una intimidad mucho mayor, porque se tenía
que escuchar de verdad. Era esencial cierto nivel de concentración
del oyente, y aquellas políticos con atributos de orador, que conseguían
transmitir un discurso político con energía y autoridad,
podían establecer un intenso vínculo con el radioyente. Roosevelt
fue un gran político de la radio; sus íntimas fireside
chats (charlas al calor del hogar) durante la Depresión parecían
sencillas conversaciones con el pueblo norteamericano. El público
tuvo una relación más personal con Roosevelt que con
cualquier otro dirigente posterior.
CUANDO SE iniciaron los debates presidenciales
en EEUU, con Nixon y Kennedy en la campaña de 1960,
éstos pretendían ser una confrontación tradicional
de razonamientos sobre cuestiones políticas. En realidad, Kennedy
no ganó los debates de ese año gracias a sus argumentos,
sino debido a su aspecto físico y a su magnetismo personal, que
tan favorablemente contrastaban con la personalidad y apariencia de Nixon,
que se negó a someterse al maquillaje televisivo y apareció
con un semblante oscuro y siniestro.
La lección no se le escapó
a nadie en Washington. Desde entonces, cada debate ha sido más un
combate de imagen que de argumentos. Éstos han suscitado cada vez
menos y menos atención, al ser deliberadamente simplificados y esterilizados,
cuajados de eslóganes y manipulados para dar impresiones artificiosas
sobre la personalidad del candidato.
Los debates Bush-Kerry han
sido probablemente los más pobres hasta el día de hoy. El
equipo del presidente intentó prepararle para que transmitiera la
imagen de un Kerry políticamente indeciso y poco fiable,
dispuesto a subordinar los intereses nacionales de EEUU a la aprobación
de otros países y de la ONU, con valores elitistas, políticamente
correctos pero que no coinciden con los de la mayoría de estadounidenses.
A Kerry le entrenaron para
que reiterara acusaciones concretas contra el presidente: que Bush
emprendió "una guerra equivocada" de manera irresponsable, utilizando
pruebas poco sólidas, mientras olvidaba perseguir a Al Qaeda y a
los verdaderos responsables del 11-S, y que ha favorecido mucho más
a los ricos que a los pobres. Una línea de ataque clásica
contra una Administración conservadora.
A pesar de los sondeos que deciden
quién ha ganado, el efecto de los cara a cara dependerá
de los juicios que se formen los observadores sobre los respectivos caracteres.
Tras más de cuatro horas
y media de debate, no obstante, los mensajes subyacentes en las palabras
de los candidatos acabaron por aflorar progresivamente a través
de sus artificiosas representaciones. El resultado de los tres debates
fue que Kerry pudo desplegar su inteligencia y dominio de la información,
y que fue evidente la debilidad del presidente en ambos aspectos. Bush
utilizó fórmulas estereotipadas y eslóganes superficiales
cuando carecía de argumentos. Exhibió una forma de razonar
desganada y convulsa pero, eso sí, en ocasiones, ingeniosa.
SIN EMBARGO, puesto que los debates
se han convertido en un test de personalidad, puede que el presidente lo
haya hecho mejor. No importan sus orígenes adinerados, en una familia
poderosa, ni tampoco hasta qué punto sea artificial su personalidad
política (un privilegiado defensor de los ricos presentándose
como un hombre de la calle); posee un estilo popular, o un simulacro convincente.
El pesado de Kerry carece
de este magnetismo personal: tiene cerebro pero Bush, quizá,
el temperamento que el público pide. Si esto se confirma, nos esperan
cuatro años muy difíciles.
Tribune Media Services International
Traducción de Xavier Nerín.
* Analista
político estadounidense |