| el
Periódico de Catalunya - 15 de Noviembre de 2004
Cuando
el cerdo silbe
• No hay
indicios de que la nueva Administración de Bush vaya a modificar
la política exterior
William
Pfaff *
Tony Blair dijo tras las elecciones
estadounidenses que ahora los europeos deben enfrentarse con la "nueva
realidad" de EEUU. Acusó a algunos de los gobiernos de la UE de
seguir negando la confirmación otorgada por el electorado estadounidense
a las políticas de George Bush. Obviamente estaba pensando
en la Vieja Europa que se opuso a Bush en la cuestión de
Irak, pero en realidad la acusación encaja con los atlantistas europeos
que hasta la semana pasada seguían creyendo que la primera Administración
de Bush era meramente un accidente en la gran autopista de la unión
(¿y fusión?) atlántica.
Un profesor universitario de los
Países Bajos me comentó en el 2002 que la clase política
de su país estaba convencida de que Donald Rumsfeld había
secuestrado y encerrado bajo llave a los atlantistas de Washington con
los que habían negociado durante años. Se decían a
sí mismos que dichos estadounidenses estaban esperando a ser liberados
de sus mazmorras por unas nuevas elecciones para restablecer, exultantes,
las íntimas relaciones euro-norteamericanas rotas cuando Bush
hijo empezó a anular tratados.
LA CANTINELA de los últimos
días en los círculos de la política exterior europea
versaba sobre la reconciliación y un nuevo comienzo. Incluso el
ministro de Exteriores francés, Michel Barnier, rendía
un florido tributo en The Wall Street Journal a la devoción
que la gran nación norteamericana siente por la paz y la libertad,
a la ayuda prestada a Francia como aliado y liberador, y a los "destinos
entrelazados" de ambas naciones, antes de tratar las cuestiones importantes.
Éstas eran que deben acabar los "ataques a Francia" en Washington,
que la UE debe ser consultada como socio principal y que las políticas
estadounidenses en Irak, Israel-Palestina, Irán, etcétera,
tienen que cambiar.
Incluso Blair dijo que espera
que se restablezcan las consultas entre aliados sobre las crisis (hecho
que en la actualidad suele describirse despectivamente en Washington como
"transferencia de la seguridad de EEUU a la ONU"). Desea que la política
de EEUU en relación con Palestina e Israel cambie de rumbo. El antiguo
líder soviético Nikita Jruschev tenía una frase
rusa para tales improbabilidades: se producirán "cuando el cerdo
silbe".
Por parte estadounidense, los atlantistas
que todavía quedan en Washington dicen que hay que acabar con las
hostilidades euro-norteamericanas debido a la interdependencia económica
de ambas partes.
En ninguno de los dos lados las
empresas pueden permitirse más problemas o un divorcio. Pero durante
la campaña, la Administración de Bush relanzó
el conflicto sobre los préstamos bonificados a Airbus, y parece
ser que todavía continúa. Se suponía que las concesiones
comerciales a Europa antes de las elecciones complacerían a los
fabricantes estadounidenses y detendrían las sanciones autorizadas
por la victoria de Europa en una reclamación de la Organización
Mundial del Comercio sobre las concesiones fiscales a los exportadores
de EEUU.
En el nuevo Washington, los neoconservadores
se preguntan porqué tiene que existir una OMC. Lo cierto es que
no hay indicio alguno que sugiera que la nueva Administración de
Bush vaya a modificar la política exterior en ningún
aspecto básico para contentar las sensibilidades europeas o admitir
sus prioridades.
Blair dice que su prioridad
para reavivar la alianza transatlántica es desempolvar la abandonada
Hoja de ruta para Oriente Próximo, con una actuación
conjunta del Cuarteto (ONU, UE, Rusia y EEUU) por una Palestina independiente
y la retirada israelí de los territorios palestinos y Gaza. Está
claro que el primer ministro Blair está esperando noticias
del cerdo de Jruschev.
SOBRE EL segundo mandato de Bush
se puede decir lo mismo que algunos decíamos antes de las elecciones
sobre una posible Administración de John Kerry. Nada va a
cambiar demasiado; a menos (o hasta) que las realidades externas fuercen
un cambio en un Washington renuente. Se mantendrán los puntos fundamentales
de la política exterior del primer mandato de Bush. Éstos
son: la identificación de terroristas y estados vándalos
que estén en posesión de armas de destrucción masiva
como principal amenaza para EEUU; presiones militares o intervención
para desarmar a los que actúen al margen de la ley y pacificar el
"gran Oriente Próximo"; y ampliación de la actual red mundial
de bases militares y de las alianzas de seguridad bajo el liderazgo incuestionable
de EEUU. Estos son los supuestos consensuados por la comunidad de la política
exterior norteamericana. El mundo necesita a EEUU para su seguridad. Se
espera que los aliados lo comprendan.
Esta política dividirá
a Europa y, con toda seguridad, a Asia. Muchos gobiernos europeos, probablemente
la mayoría, la aceptarán. Algunos presentarán objeciones
e intentarán desarrollar un sistema internacional de contrapoder
frente a la actual dominación estadounidense. Pero dicho sistema
no será de carácter militar. Irak sigue demostrando, según
la mayoría de observadores, las limitaciones de la potencia militar
en el mundo en que vivimos. China será el país más
interesado en el equilibrio militar, pues se trata de la principal potencia
que percibe a Washington como una posible amenaza militar. Con Europa occidental,
la rivalidad atañerá principalmente a los poderes diplomático,
financiero y económico, y a la influencia política que éstos
proporcionen.
Nadie espera "derrotar" a EEUU,
aunque fuera posible definir la derrota en el mundo actual. Sencillamente,
se realizará un esfuerzo internacional para consolidar un sistema
internacional con más de un centro de poder e influencia, y para
incrementar las restricciones sobre la libertad de acción de EEUU.
Este esfuerzo se inició hace dos años en Europa tras la división
que produjo la invasión de Irak. Es muy probable que China y posiblemente
Japón, así como los alineamientos de poder en otras partes
de Asia y Latinoamérica, busquen estímulos y beneficios en
ello. Pero cuatro años no son muchos, y puede que el "momento unilateralista"
de EEUU no se prolongue mucho más allá del segundo mandato
de Bush. La ambición de dominio produce invariablemente contrafuerzas
para contenerla.
Tribune Media Services International
Traducción de Xavier Nerín.
* Analista
político estadounidense |