| el
Periódico de Catalunya - 11 de diciembre de 2004
El peligro
del "crash" chino
• La crisis
que un día u otro sufrirá el gigante asiático puede
desestabilizar la economía mundial
William
Pfaff *
Aunque puede que el aleteo de una mariposa
no sea suficiente para desestabilizar la economía internacional,
bastan unos cuantos revuelos para asustar a comerciantes, banqueros y gobiernos
con crisis financieras interrelacionadas. La vulnerabilidad de las economías
avanzadas frente a la inestabilidad internacional ya quedó demostrada
en 1914 y en 1929. El caso de la China actual, o de un futuro próximo,
podría proporcionarnos una nueva demostración de ello.
Antes de 1914, imperaba la idea
de que la interdependencia económica internacional imposibilitaba
que se desencadenara una guerra a gran escala. Pero se demostró
que esto era falso. Se comprobó que las economías internacionalizadas
--globalizadas-- no impiden la guerra. Generalmente, llegado el momento,
propagan el caos, no la paz.
Tomemos en consideración
a China. En la actualidad, la economía mundial está más
integrada que nunca. La promoción de la liberalización financiera
internacional se inició en los años 90 como estrategia estadounidense
para expansionar la inversión y los beneficios de Wall Street. Ello
acabó globalizando el riesgo internacional. La idea procedía
de Wall Street y la Administración de Clinton la asumió.
Se trataba simplemente de abrir las economías nacionales a los bancos
y las sociedades de inversión de EEUU. Pocos pensaron en las consecuencias
que la globalización podía comportar para las economías
y los sistemas financieros poco sofisticados. Pero ha conllevado mucha
destrucción social y política, y también el despliegue
de nuevas energías para el crecimiento en muchas naciones.
Al principio se ignoraron los peligros
de la interdependencia. Fue un error. Pero puede que todavía no
hayamos visto nada. En la actualidad, China es un gigantesco e inexperto
actor en el teatro globalizado. La mera escala del país le proporciona
una inmensa, complicada y en gran medida no regulada, o al menos no controlada,
implicación e influencia sobre la economía mundial.
Los elementos de una posible crisis
múltiple son bien conocidos. El primero es la dependencia estadounidense
de la adquisición de su deuda pública y privada por parte
de Asia. Un frenazo a esta inversión en deuda podría ser
devastador para la economía norteamericana. Recientemente, Alan
Greenspan conmocionó a los mercados al reconocer esta posibilidad.
El frenazo parece improbable, pues los inversores asiáticos están
atrapados en un dilema. La retirada de las inversiones en dólares
aceleraría la caída del dólar, devaluando sus inversiones.
EN SEGUNDO lugar, la economía
de China depende de que Occidente, y especialmente Estados Unidos, siga
recurriendo a fuentes externas de producción y a la importación
de productos manufacturados procedentes de China, aunque en este sentido
probablemente es el menos vulnerable de los nuevos países industriales
asiáticos. Su inversión extranjera procede en su mayor parte
de los chinos del exterior, que no cambiarán aunque estén
fuera de China. Los fabricantes chinos son extremadamente flexibles, su
mano de obra es inmensa, diversa y, en esencia, carece de poder. Esto significa
que China tiene una capacidad incomparable para ofertar más a la
baja que sus rivales en la fabricación de productos.
La tercera fuente potencial de inestabilidad
internacional es la globalización de las compras y fuentes de materias
primas de China. Las recientes misiones comerciales chinas de gran envergadura
a Latinoamérica y África, y la virtual toma de control china
de las exportaciones de materias primas industriales de ciertos países,
como por ejemplo Australia, significan que, en el futuro, la inestabilidad
de la economía china podría desestabilizar un vasto segmento
de la economía mundial.
¿Es probable que se desencadene
una crisis? Existen indicios de que en la actitud del mundo exterior hacia
China hay cierta mentalidad de burbuja. Su economía y su importancia
comercial al alza inspiran admiración y elogios a los analistas,
a pesar del hecho notorio de que gran parte del crecimiento estadístico
de China es debido al desarrollo inmobiliario especulativo. Las nuevas
ciudades chinas podrían parecerse algún día a Florida
en los años 20, o a la Costa del Sol española en los 70:
hoteles inacabados y edificios de oficinas abiertos a los cuatro vientos,
esqueletos de desarrollo opulento, campos de golf a medio construir esperando
sus inexistentes pelotas de golf...
SIN EMBARGO, la posibilidad de ruina
política es la más significativa. Desde las manifestaciones
de Tiananmen, China se ha mantenido políticamente estable, y bajo
estrecha vigilancia policial, durante 18 años. Desde la muerte de
Mao Zedong, la derrota de la Banda de los Cuatro y el ascenso de
los reformistas encabezados por Deng Xiaoping, China se ha mantenido
estable durante casi 30 años. Es el periodo más largo de
estabilidad china en los tiempos modernos. Por consiguiente, para aquellos
analistas económicos, agentes de cambio y bolsa, banqueros comerciales
y expertos gubernamentales que no saben historia, China es un país
estable.
Sin embargo, desde la apertura forzada
de China al comercio exterior en 1834 hasta la muerte de Mao, la
China moderna no conoció prácticamente más que inestabilidad
y problemas durante un siglo y medio, así como el declive y la caída
de dos dinastías, la manchú y la maoísta.
Este régimen espera su crisis
política. El Partido Comunista carece de toda legitimidad ideológica
y sobrevive gracias a la presencia burocrática, el poder y el crecimiento
económico. La agitación política y económica
están en todas partes. Uno de estos días sucederá
algo. El mundo, y su economía, deberán prestar atención.
Tribune Media Services International
Traducción de Xavier Nerín.
* Analista
político estadounidense |