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5 de eptiembre de 2006
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el
Periódico de Catalunya - 3 de eptiembre de 2006
Efectos de la globalización
Pobres subvencionan a ricos
William Pfaff
Analista político estadounidense
El presidente de
la Reserva Federal de EEUU, Ben Bernanke, afirmó este
fin de semana ante la asamblea anual de cargos del organismo,
que la globalización une explosivas fuerzas destructoras a su
dinámica de producción y comercio integrado a nivel
internacional. He aquí una pincelada de realismo. Dijo,
además, que no se puede garantizar que el consenso
internacional actual sobre medidas de desregularización y de
integración comercial pueda durar. Hasta ahora, los grandes
poderes económicos no han hecho más que hablar de boquilla
sobre las víctimas de tanto recorte, de tanta externalización,
de la destrucción de industrias locales, de oficios, de la
agricultura de subsistencia y de escala familiar. Su desgracia
suele ser despachada como un subproducto transicional del
progreso, algo inherente a la globalización, y Bernanke
advirtió que la situación puede empeorar. Bernanke
brindó poca ayuda objetiva para las víctimas del progreso.
Afirmó que "el reto para los pensadores políticos es asegurar
que los beneficios de la integración económica global queden
suficiente y ampliamente compartidos para apoyar un consenso
hacia un cambio que mejore la asistencia social", pero su
aportación fue pedir que se diera a los trabajadores
desplazados una mejor formación "para aprovechar nuevas
oportunidades".
EN ESTA ASAMBLEA, también se expuso la
preocupación por que países pobres de Asia, América Latina y
Oriente Medio estén invirtiendo grandes volúmenes de capital
en EEUU, para ventaja americana. Bernanke explicó que
esto se debía, fundamentalmente, a una falta de otras
oportunidades de inversión. Sin embargo, Kenneth
Rogoff, académico de Harvard, advirtió que esta
dependencia efectiva norteamericana de los países en vías de
desarrollo es un punto de vulnerabilidad, ya que la tendencia
es, evidentemente, reversible. Igual que la compra sistemática
de deuda pública norteamericana por parte de China, que
permite que la administración de Bush gaste y gaste sin
tener que poner más y más impuestos a su clientela de
industrias, industriales y demás partidarios
privilegiados. Al panorama en el que países pobres
subvencionan a los ricos, hay que añadir la noticia de que los
pobres en EEUU están igual. Las pagas y salarios del
trabajador norteamericano son la porción más pequeña del
producto interior bruto americano, desde que las cifras
empezaron a registrarse hace 60 años. Al mismo tiempo, la
porción de ganancias empresariales es la más alta en 40
años. El aumento de la productividad de la industria
norteamericana en los últimos años es el doble de lo que ha
aumentado la compensación para el trabajador medio (un aumento
en productividad del 16,6% entre el 2000 y el 2005, frente a
un aumento en salarios del 7,2%).
MÁS HORAS trabajadas
y más despidos de personal tienen mucho que ver con el aumento
de productividad global. En un informe de la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se afirma que
las horas realizadas por el trabajador norteamericano
aumentaron en un 20% entre el 1970 y el 2002. Durante el mismo
periodo, las horas trabajadas en la Gran Bretaña bajaron en un
7,2%, en Alemania en un 17,1% y en Japón en un 16,6%. El
poder adquisitivo del salario mínimo norteamericano es el más
bajo en 50 años. Los costes sanitarios han subido. Y las
empresas norteamericanas están empeñadas en prescindir de sus
contribuciones a los seguros sanitarios y pensiones de
empresa, algo que ya no pueden pagar por culpa de la
competencia globalizada y de las exigencias de Wall Street
para obtener mayores ingresos. El principal motivo del aumento
relativo de las horas trabajadas y el relativo declive en los
salarios en los EEUU es la pérdida del poder de negociación
del trabajador por culpa de unos debilitados sindicatos y la
amenaza de la deslocalización Además, los norteamericanos
ya no salen de vacaciones. El Conference Board, un grupo de
negocios privado, informa que en un estudio de consumo
realizado a principios del verano, solo el 40% de los
encuestados aseguró haber hecho algún plan para irse de
vacaciones en los próximos seis meses, el porcentaje más bajo
en 28 años. Una encuesta Gallup hecha en mayo confirmaba ese
extremo. Los grupos empresariales dicen que es porque la
gente está demasiado ocupada como para irse de vacaciones, o
porque la multiplicación de medios de comunicación electrónica
y la necesidad de mantener el contacto con clientes y
competencia han hecho que el ritmo de trabajo sea ya tan
agitado que la gente no pueda abandonar la oficina. Otros
apuntan a que la gente tiene miedo de que si se va otros
ocupen sus puestos y descubran que han perdido su
trabajo. Pero a otros, sencillamente, no se les concede
ningún día libre. Una cuarta parte de la mano de obra
norteamericana en el sector privado no tiene ningún tipo de
vacaciones, según la Oficina de Estadística de Empleo (Bureau
of Labor Statistics). Otro 33%, simplemente tiene una semana
libre al año. Las antiguas vacaciones familiares de dos
semanas, antes, más o menos, la costumbre americana, parecen
haberse esfumado para siempre.
EL CONCEPTO de las seis
semanas de descanso anuales (además de las festividades
civiles y religiosas), como las que tienen los trabajadores
franceses y alemanes, a los americanos les parece sacado de un
cuento de hadas. No pueden entender cómo los europeos
consiguen tener una economía que compita con la de EEUU cuando
sus trabajadores disponen de todo ese tiempo libre. Y
consiguen competir. Este lunes, 4 de septiembre, EEUU y
Canadá celebrarán el Día del Trabajo. Los sindicatos lo
declararon en 1882 y el Congreso norteamericano lo convirtió
en una fiesta nacional en 1894. La idea es honrar y
recompensar al trabajador, por lo menos al que pueda tomarse
el día libre...
Traducción
de Toni Tobella.
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