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22 de eptiembre de 2006
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Periódico de Catalunya - 22 de eptiembre de 2006
Tensa situación internacional
El desastre de la guerra intransigente
• Bush y los suyos han preferido ignorar lo que sabían de los terroristas y lanzarse a un conflicto global
William Pfaff
Analista político estadounidense
El 11 de septiembre del 2003, como también hice después, escribí una
serie de artículos que preten- dían examinar quién era esa gente que había
atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y por qué estaba dispuesta a
batallar contra el poder y la influencia de EEUU en Oriente Próximo, y de una
forma particular en Arabia Saudí, patria de Osama bin Laden y cuna de los
santos lugares islámicos. Se trataba de gente utópica y de gran radicalismo
religioso, sin ninguna posibilidad de éxito en su intento de recrear en nuestros
días su visión del mundo árabe durante aquellos años en que los seguidores de
Mahoma salieron de Arabia hacia Irak, arrebataron Siria y Jerusalén al
Imperio Romano de oriente, conquistaron Egipto y Persia, y crearon un imperio
mediterráneo que con el tiempo se extendió hasta los Pirineos y Viena. Unos
hombres, armados con cúteres y bombas, que no iban a reconstruir ese imperio,
como tampoco lo iban a hacer los militantes de Bin Laden desde sus grutas
afganas, aunque a juzgar por los discursos del presidente George W. Bush
de los últimos días sobre el "islamofascismo", él sí piensa que podrían hacerlo
si este noviembre no saliera reelegido el Congreso Republicano. A estos
nuevos islamistas no les preocupaba Israel, sino el islam (su integridad, su
pureza, su futuro... y sus enemigos). Sus creencias hallan su origen en el
movimiento de reforma musulmana wahabí del siglo XVIII, que postulaba que todo
cambio o añadidura al islamismo efectuado desde el tercer siglo islámico (el
siglo IX de nuestra era) era ilegítimo y debía ser eliminado. Uno de mis
lectores del Chicago Tribune me mandó un furioso correo electrónico en
septiembre del 2001 en el que me preguntaba por qué seguía dando la vara con el
trasfondo histórico y cultural del tema. "¿Está intentando racionalizar el
asesinato de 6.000 inocentes?", preguntaba (aún no estaba claro el número exacto
de víctimas). Dijo que a él no le importaba quiénes eran los terroristas ni por
qué hacían esto. Que él clamaba venganza. Y si yo me empeñaba en explicar
quiénes eran, entonces yo debía de estar de su lado...
HE AQUÍ una
reacción comprensible, aunque destructiva, porque fue también la de la Casa
Blanca, que lanzó al Gobierno hacia una carrera que, cinco años después, ha
generado guerras que EEUU está perdiendo en Irak y Afganistán, y pronto,
posiblemente, en Irán o incluso Siria. Mi lector de Chicago no tenía ningún
interés por saber quién era esa gente, como tampoco lo tuvo la Casa Blanca. Y,
en cambio, el Gobierno de EEUU sabía muchas cosas de Al Qaeda --en definitiva,
un resultado de una iniciativa de la CIA en Afganistán durante la ocupación
soviética--. La CIA y el Departamento de Estado lo sabían todo del auge y la
influencia de las corrientes fundamentalistas islámicas en Oriente Próximo y en
otros sitios, como lo sabían la policía y los servicios de seguridad de varios
países europeos, así como algunos especialistas académicos en EEUU y
Europa. Estos conocimientos, al parecer, no tenían ningún interés para la
Casa Blanca. Richard Cheney y Donald Rumsfeld, por su parte, ya
tenían claro que querían invadir Irak, por motivos aún no reconocidos. Una
evaluación realista de la amenaza del terrorismo, que nada tenía que ver con
Irak (como Bush y Cheney han admitido cinco años más tarde),
habría mostrado esa amenaza como modesta y potencialmente controlable, como ha
demostrado ser. El presidente Bush y Karl Rove, su gestor de
propaganda, prefirieron el modelo de la guerra fría global --la "larga guerra"--
susceptible de ser presentado al público americano como una "lucha por el
mundo", al estilo de lo que pretendió el comunismo, para así movilizar a los
americanos alrededor de un Bush tocado con su cazadora de
piloto. Parece inevitable que Irak, como Estado, quede roto, sumergido en la
violencia sectaria y en el terrorismo, en condiciones peores que las que tenía
bajo la dictadura secular de Sadam Husein (un régimen que habría acabado
al morir él, o cuando hubiera sido derrocado por un golpe de Estado, o una
revuelta, como ha pasado con todos los líderes anteriores del Irak
moderno). Afganistán vuelve a ser el principal productor mundial de opio, un
país dominado por señores de la guerra, con los talibanes reinstalados y
controlando una gran parte del país más allá de Kabul; su Gobierno es débil, y
las fuerzas americanas y de la OTAN luchan por reforzar la autoridad de
Kabul. Los que sienten una especial debilidad por las teorías conspirativas,
en las que los protagonistas son el petróleo e Israel, deberían considerar que
ahora Irak producirá poco o ningún petróleo para EEUU, o para cualquier país,
durante unos cuantos años, y que la monarquía saudí y los gobiernos productores
de crudo en el Golfo han sido nuevamente amenazados por militantes
fundamentalistas.
SADAM ha sido eliminado como amenaza lejana de Israel,
y aquel círculo que formaban una serie de estados y movimientos violentos de
persuasión chií ha sido reemplazado. Hoy Hizbulá ha puesto a Israel bajo el
fuego de sus misiles, y ha humillado al Ejército hebreo. Esto, en parte, es
culpa de los geopolíticos amateurs de la iniciativa neoconservadora New American
Century (el nuevo siglo americano) y sus aliados en Washington. A Israel no le
convienen amigos de este estilo, ni Bush, quien, gracias a su ayuda, el
día del quinto aniversario de los ataques del 11-S daba la impresión, más que
nunca, de que acabará su mandato como el presidente más desastroso de la
historia de EEUU.
®Traducción de Toni Tobella.
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