unque
a los españoles nos
parezca lejano Afganistán - no sólo en distancia
geográfica, sino también cultural y afectiva -, no
puede sernos del todo ajeno, ahora que hay allí un
contingente militar español que hasta ha sufrido
bajas en acto de servicio en aquellas tierras.
Muchos compatriotas no entienden qué hacen allí
nuestros soldados, dada la inexistencia de
intereses mutuos entre ambos países. Sólo la
pertenencia de España a la OTAN motiva tan lejana
intervención militar.
De ahí que las noticias recibidas
desde Afganistán tengan ahora mayor interés en
nuestro país que las que llegan de Pakistán o de
otras repúblicas vecinas. Cultivo y tráfico de
opio, desintegración y corrupción en muchos
niveles del poder político, resurgir de la
influencia talibán, guerra imprecisa pero
interminable contra los residuos del anterior
régimen... Noticias todas ellas que forman un
inquietante telón de fondo a lo que allí ocurre.
La máquina militar estadounidense
arrolló al pequeño país, como represalia por los
atentados del 11-S, prometió instaurar una
democracia y exigió - y obtuvo - colaboración al
resto del mundo. Allí están, pues, nuestros
soldados, contentos de poder ayudar a un pueblo
tan castigado pero, a la vez, desconcertados
cuando, aparte del diario esfuerzo de cooperación,
perciben la imagen completa de una intervención
internacional que parece llevar en sí los signos
del fracaso final.
No se van a analizar aquí los
pormenores de la misión, sus circunstancias ni la
evolución de la situación, aspectos de los que los
medios de información dan cuenta a menudo. Pero en
éstos ha tenido eco un incidente de raíz religiosa
sobre el que vale la pena reflexionar, para
intentar comprender al pueblo al que se intenta
ayudar.
Todo gira en torno a un afgano de
41 años, Abdul Rahman Yaued, que hace 16 años se
convirtió al cristianismo, cuando cooperaba con
una ONG en Pakistán. Residió luego nueve años en
Alemania y regresó después a su país de origen.
Siendo divorciado, intentó recuperar la custodia
de sus dos hijas, que vivían con los abuelos. Aquí
empieza lo peliagudo del asunto. Su propio padre
le denunció a la policía afgana porque, a su
juicio, su condición de cristiano le impedía
educarlas debidamente. Fue por ello enseguida
encarcelado y el asunto pronto saltó a los medios
de comunicación locales.
El gobierno del presidente Karzai
- impuesto y apoyado por EEUU pero presionado por
las fanáticas bases locales - se encontró entre la
espada y la pared. Por un lado, tenía que mostrar
al mundo que Afganistán se mueve hacia la
democracia y que respeta los derechos humanos,
incluyendo la libertad religiosa. Por otra parte,
se veía obligado a hacer cumplir la Ley de la
república islámica.
La Constitución le ponía en un
brete: en un artículo afirma que Afganistán apoya
la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
pero en otro establece que la Ley Islámica tiene
prioridad sobre cualquier otra legislación. ¿Cómo
pudo aprobarse una constitución en sí misma tan
contradictoria? ¿Qué democracia puede crecer en
tan confuso ámbito normativo? ¡Pregúntese a Bush y
a sus consejeros, últimos responsables del
desaguisado!
El caso es que las leyes
religiosas establecen que quienquiera que abandone
la fe mahometana merece la muerte. En ello
coinciden destacadas autoridades políticas y
religiosas y el amplio sentir de la opinión
pública. Según un dirigente religioso, "si un
musulmán apostata, pone en peligro a 1.500
millones de fieles, que pensarán por qué alguien
que estaba con ellos ha dejado de estarlo".
¡Juicioso argumento! Los que podían dudar de la
culpabilidad del sujeto fueron prestamente
convencidos cuando la policía aseguró que había
encontrado una Biblia en su domicilio: ¡mortífera
prueba acusatoria!
Las intensas presiones
internacionales y la debilidad del gobierno títere
de Kabul han permitido encontrar una solución
temporal a este problema, basándose en el presunto
desequilibrio mental del sujeto, atribuible -
según fuentes locales - a su larga estancia en
Europa. Y también probablemente - añadimos - a su
contaminación con el laicismo europeo. Ha sido
acogido en Italia como refugiado político, aunque
los sectores afganos más radicales anuncian ya que
recurrirán a Interpol para que sea sometido a los
rigores de la justicia local.
El colofón a tan aberrante asunto
lo puso un jurista afgano: "El islam tiene sus
propias leyes y Afganistán es una comunidad
islámica, por lo que las decisiones deben tomarse
de acuerdo con ellas. Ahora tenemos una democracia
y esto nos obliga a elegir entre una cosa y otra:
o islam o democracia".
Me atrevo a sospechar que el
problema no está en la elección entre islam y
democracia, cosas sin duda incompatibles entre sí,
por mucha fiebre "multiculturalista" que se
padezca. La raíz del conflicto está en la propia
esencia de las religiones monoteístas. Como expone
con brillantez el filósofo y escritor francés
Michel Onfray, en su última obra traducida al
castellano ("Tratado de ateología", Anagrama), las
tres tienen una especial aversión a la plena
libertad del individuo, pues ésta le permitiría
conocer los mitos y engaños en los que aquéllas se
sustentan. Y afirma: "Una mirada a la historia
basta para comprobar la miseria y los ríos de
sangre vertidos en nombre del Dios único". La
sangre del ya famoso converso/apóstata afgano sólo
sería, en cualquier caso, una gota más en tan
inmenso océano.