Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
4 de abril de 2006

Estrella Digital de España - 4 de abril de 2006

Ese lejano Afganistán

Alberto Piris *
Aunque a los españoles nos parezca lejano Afganistán - no sólo en distancia geográfica, sino también cultural y afectiva -, no puede sernos del todo ajeno, ahora que hay allí un contingente militar español que hasta ha sufrido bajas en acto de servicio en aquellas tierras. Muchos compatriotas no entienden qué hacen allí nuestros soldados, dada la inexistencia de intereses mutuos entre ambos países. Sólo la pertenencia de España a la OTAN motiva tan lejana intervención militar.

De ahí que las noticias recibidas desde Afganistán tengan ahora mayor interés en nuestro país que las que llegan de Pakistán o de otras repúblicas vecinas. Cultivo y tráfico de opio, desintegración y corrupción en muchos niveles del poder político, resurgir de la influencia talibán, guerra imprecisa pero interminable contra los residuos del anterior régimen... Noticias todas ellas que forman un inquietante telón de fondo a lo que allí ocurre.

La máquina militar estadounidense arrolló al pequeño país, como represalia por los atentados del 11-S, prometió instaurar una democracia y exigió - y obtuvo - colaboración al resto del mundo. Allí están, pues, nuestros soldados, contentos de poder ayudar a un pueblo tan castigado pero, a la vez, desconcertados cuando, aparte del diario esfuerzo de cooperación, perciben la imagen completa de una intervención internacional que parece llevar en sí los signos del fracaso final.

No se van a analizar aquí los pormenores de la misión, sus circunstancias ni la evolución de la situación, aspectos de los que los medios de información dan cuenta a menudo. Pero en éstos ha tenido eco un incidente de raíz religiosa sobre el que vale la pena reflexionar, para intentar comprender al pueblo al que se intenta ayudar.

Todo gira en torno a un afgano de 41 años, Abdul Rahman Yaued, que hace 16 años se convirtió al cristianismo, cuando cooperaba con una ONG en Pakistán. Residió luego nueve años en Alemania y regresó después a su país de origen. Siendo divorciado, intentó recuperar la custodia de sus dos hijas, que vivían con los abuelos. Aquí empieza lo peliagudo del asunto. Su propio padre le denunció a la policía afgana porque, a su juicio, su condición de cristiano le impedía educarlas debidamente. Fue por ello enseguida encarcelado y el asunto pronto saltó a los medios de comunicación locales.

El gobierno del presidente Karzai - impuesto y apoyado por EEUU pero presionado por las fanáticas bases locales - se encontró entre la espada y la pared. Por un lado, tenía que mostrar al mundo que Afganistán se mueve hacia la democracia y que respeta los derechos humanos, incluyendo la libertad religiosa. Por otra parte, se veía obligado a hacer cumplir la Ley de la república islámica.

La Constitución le ponía en un brete: en un artículo afirma que Afganistán apoya la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero en otro establece que la Ley Islámica tiene prioridad sobre cualquier otra legislación. ¿Cómo pudo aprobarse una constitución en sí misma tan contradictoria? ¿Qué democracia puede crecer en tan confuso ámbito normativo? ¡Pregúntese a Bush y a sus consejeros, últimos responsables del desaguisado!

El caso es que las leyes religiosas establecen que quienquiera que abandone la fe mahometana merece la muerte. En ello coinciden destacadas autoridades políticas y religiosas y el amplio sentir de la opinión pública. Según un dirigente religioso, "si un musulmán apostata, pone en peligro a 1.500 millones de fieles, que pensarán por qué alguien que estaba con ellos ha dejado de estarlo". ¡Juicioso argumento! Los que podían dudar de la culpabilidad del sujeto fueron prestamente convencidos cuando la policía aseguró que había encontrado una Biblia en su domicilio: ¡mortífera prueba acusatoria!

Las intensas presiones internacionales y la debilidad del gobierno títere de Kabul han permitido encontrar una solución temporal a este problema, basándose en el presunto desequilibrio mental del sujeto, atribuible - según fuentes locales - a su larga estancia en Europa. Y también probablemente - añadimos - a su contaminación con el laicismo europeo. Ha sido acogido en Italia como refugiado político, aunque los sectores afganos más radicales anuncian ya que recurrirán a Interpol para que sea sometido a los rigores de la justicia local.

El colofón a tan aberrante asunto lo puso un jurista afgano: "El islam tiene sus propias leyes y Afganistán es una comunidad islámica, por lo que las decisiones deben tomarse de acuerdo con ellas. Ahora tenemos una democracia y esto nos obliga a elegir entre una cosa y otra: o islam o democracia".

Me atrevo a sospechar que el problema no está en la elección entre islam y democracia, cosas sin duda incompatibles entre sí, por mucha fiebre "multiculturalista" que se padezca. La raíz del conflicto está en la propia esencia de las religiones monoteístas. Como expone con brillantez el filósofo y escritor francés Michel Onfray, en su última obra traducida al castellano ("Tratado de ateología", Anagrama), las tres tienen una especial aversión a la plena libertad del individuo, pues ésta le permitiría conocer los mitos y engaños en los que aquéllas se sustentan. Y afirma: "Una mirada a la historia basta para comprobar la miseria y los ríos de sangre vertidos en nombre del Dios único". La sangre del ya famoso converso/apóstata afgano sólo sería, en cualquier caso, una gota más en tan inmenso océano.


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
 
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