unque
la experiencia acumulada
al paso de los años le hace a uno propenso a
escudriñar con creciente desconfianza las noticias
publicadas cada día, algo hay en torno a la actual
crisis del petróleo - por llamar de alguna manera
a un fenómeno que parece ya asentado entre
nosotros - que obliga a acrecentar el habitual
escepticismo y a esforzarse por leer entre líneas.
En días anteriores se ha sabido
que los buques petroleros de algunas empresas,
repletos del neciamente llamado oro negro, vendían
su cargamento en alta mar mientras navegaban hacia
el país que inicialmente lo había adquirido y,
tras un sustancial aumento de sus beneficios,
ponían proa hacia el puerto del nuevo comprador
que, naturalmente, pagaba bastante más por lo
mismo. ¿Por qué este proceder? ¿Es que la empresa
exportadora era regida por audaces ejecutivos y la
importadora estaba gobernada por individuos
propensos a caer en el timo de la estampita? ¿No
será más cierto que unos y otros obtenían así
mayores beneficios sin aumentar el riesgo ni la
inversión? ¿De dónde salen esos beneficios?
Para los que no nos hemos
especializado en economía, una práctica de esa
naturaleza parece tener un nombre claro:
especulación. Así se llama la obtención de
beneficios basándose en las artificiales
inestabilidades de los precios de cualquier
materia prima, sin añadir valor alguno a ésta, sin
arriesgar nada, sin crear bienes ni puestos de
trabajo.
Los legos en esta materia nos
sentiríamos menos inseguros al opinar sobre
cuestiones económicas si recordamos una ingeniosa
frase del famoso economista John Kenneth
Galbraith, recientemente fallecido y estos días
ampliamente elogiado en los medios de
comunicación: "Los economistas son muy económicos
[en el sentido de 'ahorrativos'], entre otras
cosas, también en ideas. La mayoría de ellos hacen
que les duren toda la vida las que sabían al
terminar la carrera". Permítasenos, pues, opinar
libremente sobre algo que influye muy directamente
en nuestras vidas.
Son muy bajas - matemáticamente
hablando - las probabilidades personales de sufrir
un atentado terrorista, de experimentar los
efectos del ántrax o del gas sarín utilizados por
algún fanático, o de sufrir las consecuencias de
la próxima guerra que EEUU desencadene para
democratizar algún país. Pero, por el contrario,
nuestros bolsillos y nuestras economías domésticas
sufren a diario los efectos de la especulación
económica.
Es evidente que cuando escribo
"nuestros" no me estoy refiriendo a los incluidos
en la lista de fortunas mundiales del "Forbes",
"Fortune" o algún otro "Gotha" del dinero. Aludo a
la inmensa mayoría de ciudadanos, en España y en
todo el mundo, que viven de su trabajo - a menudo
muy precariamente, cuando lo tienen - y que sufren
a diario los efectos deletéreos de la especulación
de cualquier tipo. Especulaciones que generan
inestabilidad, depauperando a veces países
enteros; que hacen subir los precios de productos
esenciales, incrementan los índices de pobreza y
de malestar y generan tensiones internacionales
capaces de conducir a la violencia del terrorismo
o a la guerra.
Es en este punto donde no se
entiende por qué el terrorismo recibe una condena
generalizada y unánime en todo el mundo (aunque
con las limitaciones e hipocresías a las que en
esta columna he aludido a menudo) y, por el
contrario, la especulación es aceptada y bendecida
por los gurús políticos y, no digamos,
financieros. Parece como si Naciones Unidas no
advirtiera que tanto aquél como ésta generan
efectos nocivos que ponen en riesgo la paz y la
seguridad internacionales, cuya preservación
constituye la misión esencial de la organización.
Se me dirá - y no tengo
argumentos para rebatirlo - que nada hay parecido
entre un pacífico inversor en bolsa y un exaltado
terrorista que vuela un tren de cercanías.
Objetaré que no veo por qué quien especula con las
subidas y bajadas bursátiles y gana dinero
abundante sin producir bien alguno, ni crear
empleo, ni mejorar la situación social del país
donde se dice que invierte, deba ser llamado
inversor y no especulador. Y si se me admite este
matiz, tendré que incluirle como un miembro más de
la actividad especuladora que, como queda dicho,
puede llegar a causar a la humanidad tantos o más
males que el terrorismo.
Es hoy evidente que así como se
desarrollan esfuerzos para definir con claridad el
terrorismo y poder hacerle frente debidamente,
sería también preciso delimitar de forma clara,
con validez de ámbito internacional, dónde acaba
la ganancia lícita y dónde empieza la pura
especulación.
En la página web de ATTAC (siglas
de la "Asociación por la Tasación de las
Transacciones especulativas y la Acción
Ciudadana") se lee: "¿Sabía usted que su futuro y
el de los suyos se decide en foros internacionales
a los que sólo pueden asistir los grupos de
interés de los opulentos y especuladores?".
Este movimiento internacional de
ciudadanos para lograr el control democrático de
los mercados y sus instituciones nació en 1997 y
lucha hoy por lo que aquí se comenta. Pero es
largo y difícil el proceso que permita vencer
algún día las inercias y los usos que la hegemonía
del capitalismo ha ido generando y asentando al
paso de los años. No está mal, de momento, sugerir
que entre especuladores y terroristas quizá haya
más similitudes de las que resultan aparentes. Es
un modo de ir aclarando algunos conceptos básicos.