Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
25 de junio de 2006

Estrella Digital de España - 21 de junio de 2006

Los protagonistas de la guerra (II)

Alberto Piris *
Ante la situación descrita ayer en la primera parte de este comentario, no es de extrañar que los soldados que ocupan Iraq tras la invasión del país sientan en ocasiones nostalgia por la guerra regular, la “de siempre”, aunque sólo la hayan conocido a través de los elementales textos de Historia Militar que estudian. Algunos preferirían, incluso, la terrible campaña de Okinawa, en la que, en tres meses de combate en 1945 contra los defensores japoneses de la isla, las tropas de EEUU sufrieron cinco veces más bajas mortales que en tres años de ocupación en Iraq.

He aquí su argumento: “En la guerra ordinaria, el enemigo lleva uniforme y lucha de frente. No hay dudas respecto a quién se puede matar y quién no tiene nada que ver con la guerra. Es fácil decidir, pues la niebla del combate no es tan espesa”. Digamos que, en lenguaje militar, se entiende por niebla del combate la confusión producida por lo difícil que es conocer con precisión suficiente la situación real. Unida a la conocida Ley de Murphy, que afirma que si algo puede salir mal, saldrá mal en algún momento, constituyen dos premisas básicas que nunca deben olvidarse para planear cualquier acción de guerra, si se desea evitar el fracaso.

El profesor de West Point ya citado opinaba así: “Era más reconfortante cuando uno podía decir: ¿Ves aquella fila de árboles? Pues allí están las líneas alemanas. Es la incertidumbre de la muerte lo que resulta tan difícil de asumir en Iraq”. Hay tantas probabilidades de recibir un disparo enemigo de frente como por la espalda.

Esa ideal guerra ordinaria concluyó en cuanto el ejército iraquí se desintegró en el campo de batalla. Hay que atribuir a un grotesco planeamiento estratégico el no haber previsto que, tras la disolución de las fuerzas regulares enemigas, cobraría ímpetu la guerra irregular, el antiguo y desigual combate entre un ejército invasor y el pueblo invadido, descrito desde siempre en los más elementales abecés de la Historia de la Guerra.

En esa situación se generan respuestas automáticas, también conocidas de antiguo. Una de ellas es la deshumanización del adversario. Un sargento de la Guardia Nacional manifestaba: “Respondemos a cualquier fuego enemigo con potencia devastadora. Si nos disparan, lo ordenado es utilizar las ametralladoras de calibre 0.50 [12,70 mm] contra el origen del fuego. No importa lo que haya allí. Si no devuelves los disparos, es como si pidieras que te sigan tirando”.

Puesto que no es posible fiarse de nada ni de nadie, lo mejor es deshumanizar al enemigo para no tener que graduar la intensidad de la respuesta. Bueno es empezar aplicándole nombres despectivos: “A todos los iraquíes les llamamos ‘hadyis’, palabra siempre precedida por un grosero calificativo”. (Es costumbre musulmana que los que han hecho la peregrinación a La Meca la añadan a su nombre, pues significa “peregrino” y confiere prestigio.) Insultar al enemigo con motes denigrantes es práctica común en las guerras —contra franchutes, moros, boches, japs—, ya que permite luchar con mayor crueldad, al ocultar la condición humana del enemigo. Los últimos resultados de esa tendencia deshumanizadora se observan hoy en Guantánamo, como antes en Abu Ghraib. Y no se limitan al combatiente sobre el terreno sino que alcanzan también los más altos niveles de mando militar y dirección política.

Para completar un panorama tan confuso y contradictorio hay que añadir que, al menos en teoría, las tropas ocupantes de Iraq deben ser a la vez soldados y policías. El susodicho profesor comentaba: “El campo de batalla es increíblemente complejo. Una parte de la patrulla está combatiendo a fondo mientras otra parte está regalando a los niños balones de fútbol”. Si un francotirador abre fuego, los soldados le persiguen y lo abaten, pero los policías deben esforzarse por proteger a la población de sus disparos. ¿Puede una misma unidad militar desempeñar a la vez ambos papeles? Parece que no. La contradicción entre los ejércitos de combate y los de socorro se pone muy de relieve en este caso. Los iraquíes esperan que los soldados ocupantes actúen como policías, pero éstos deben protegerse y actuar como soldados en campaña. Es muy difícil conciliar ambas misiones.

Concluiré este repaso citando otro aspecto de gran interés. Es regla común en la actividad bélica que, cuando los objetivos de la guerra se difuminan o parecen inalcanzables, la moral se hunde y la tensión aumenta. “Los soldados necesitan ver avances. Todo lo pueden soportar si se progresa”. Si no es así, cada unidad acaba preocupándose sólo de su propia supervivencia: “Sólo me importan mis compañeros”. Los soldados van marcando en sus calendarios el paso de los días y contabilizando las probabilidades que tienen de ser alcanzados por un disparo de un francotirador o por un explosivo al paso de su vehículo. La pérdida de motivación llega a ser total.

Uno puede poner su vida en peligro si cree que lo hace por una causa noble al servicio de sus conciudadanos. Si no es así, los ejércitos pierden el elemento cohesionador básico. De instrumentos al servicio del Estado pasan a ser bandas armadas de combatientes cuya principal preocupación es regresar incólumes a casa lo antes posible. Lo que suceda entre tanto deja de ser asunto suyo: “Sobrevivir para volver”.

Todo parece indicar que aquellos que con tanta ligereza lanzaron a los cuatro vientos el nefasto ultimátum de las Azores, que llevó al mundo a la inestable situación actual, ignoraban del todo los aspectos más fundamentales de la guerra y la trataron con la estúpida frivolidad de muchos otros caudillos de salón que les han precedido en la historia de la humanidad. Ahora todos pagamos las consecuencias.

Nota anterior: Los protagonistas de la guerra (I)


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
 
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