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la situación descrita ayer
en la primera parte de este comentario, no es de
extrañar que los soldados que ocupan Iraq tras la
invasión del país sientan en ocasiones nostalgia
por la guerra regular, la “de siempre”, aunque
sólo la hayan conocido a través de los elementales
textos de Historia Militar que estudian. Algunos
preferirían, incluso, la terrible campaña de
Okinawa, en la que, en tres meses de combate en
1945 contra los defensores japoneses de la isla,
las tropas de EEUU sufrieron cinco veces más bajas
mortales que en tres años de ocupación en Iraq.
He aquí su argumento: “En la
guerra ordinaria, el enemigo lleva uniforme y
lucha de frente. No hay dudas respecto a quién se
puede matar y quién no tiene nada que ver con la
guerra. Es fácil decidir, pues la niebla del
combate no es tan espesa”. Digamos que, en
lenguaje militar, se entiende por niebla del
combate la confusión producida por lo difícil que
es conocer con precisión suficiente la situación
real. Unida a la conocida Ley de Murphy, que
afirma que si algo puede salir mal, saldrá mal en
algún momento, constituyen dos premisas básicas
que nunca deben olvidarse para planear cualquier
acción de guerra, si se desea evitar el fracaso.
El profesor de West Point ya
citado opinaba así: “Era más reconfortante cuando
uno podía decir: ¿Ves aquella fila de árboles?
Pues allí están las líneas alemanas. Es la
incertidumbre de la muerte lo que resulta tan
difícil de asumir en Iraq”. Hay tantas
probabilidades de recibir un disparo enemigo de
frente como por la espalda.
Esa ideal guerra ordinaria
concluyó en cuanto el ejército iraquí se
desintegró en el campo de batalla. Hay que
atribuir a un grotesco planeamiento estratégico el
no haber previsto que, tras la disolución de las
fuerzas regulares enemigas, cobraría ímpetu la
guerra irregular, el antiguo y desigual combate
entre un ejército invasor y el pueblo invadido,
descrito desde siempre en los más elementales
abecés de la Historia de la Guerra.
En esa situación se generan
respuestas automáticas, también conocidas de
antiguo. Una de ellas es la deshumanización del
adversario. Un sargento de la Guardia Nacional
manifestaba: “Respondemos a cualquier fuego
enemigo con potencia devastadora. Si nos disparan,
lo ordenado es utilizar las ametralladoras de
calibre 0.50 [12,70 mm] contra el origen del
fuego. No importa lo que haya allí. Si no
devuelves los disparos, es como si pidieras que te
sigan tirando”.
Puesto que no es posible fiarse
de nada ni de nadie, lo mejor es deshumanizar al
enemigo para no tener que graduar la intensidad de
la respuesta. Bueno es empezar aplicándole nombres
despectivos: “A todos los iraquíes les llamamos
‘hadyis’, palabra siempre precedida por un grosero
calificativo”. (Es costumbre musulmana que los que
han hecho la peregrinación a La Meca la añadan a
su nombre, pues significa “peregrino” y confiere
prestigio.) Insultar al enemigo con motes
denigrantes es práctica común en las guerras
—contra franchutes, moros, boches, japs—, ya que
permite luchar con mayor crueldad, al ocultar la
condición humana del enemigo. Los últimos
resultados de esa tendencia deshumanizadora se
observan hoy en Guantánamo, como antes en Abu
Ghraib. Y no se limitan al combatiente sobre el
terreno sino que alcanzan también los más altos
niveles de mando militar y dirección política.
Para completar un panorama tan
confuso y contradictorio hay que añadir que, al
menos en teoría, las tropas ocupantes de Iraq
deben ser a la vez soldados y policías. El
susodicho profesor comentaba: “El campo de batalla
es increíblemente complejo. Una parte de la
patrulla está combatiendo a fondo mientras otra
parte está regalando a los niños balones de
fútbol”. Si un francotirador abre fuego, los
soldados le persiguen y lo abaten, pero los
policías deben esforzarse por proteger a la
población de sus disparos. ¿Puede una misma unidad
militar desempeñar a la vez ambos papeles? Parece
que no. La contradicción entre los ejércitos de
combate y los de socorro se pone muy de relieve en
este caso. Los iraquíes esperan que los soldados
ocupantes actúen como policías, pero éstos deben
protegerse y actuar como soldados en campaña. Es
muy difícil conciliar ambas misiones.
Concluiré este repaso citando
otro aspecto de gran interés. Es regla común en la
actividad bélica que, cuando los objetivos de la
guerra se difuminan o parecen inalcanzables, la
moral se hunde y la tensión aumenta. “Los soldados
necesitan ver avances. Todo lo pueden soportar si
se progresa”. Si no es así, cada unidad acaba
preocupándose sólo de su propia supervivencia:
“Sólo me importan mis compañeros”. Los soldados
van marcando en sus calendarios el paso de los
días y contabilizando las probabilidades que
tienen de ser alcanzados por un disparo de un
francotirador o por un explosivo al paso de su
vehículo. La pérdida de motivación llega a ser
total.
Uno puede poner su vida en
peligro si cree que lo hace por una causa noble al
servicio de sus conciudadanos. Si no es así, los
ejércitos pierden el elemento cohesionador básico.
De instrumentos al servicio del Estado pasan a ser
bandas armadas de combatientes cuya principal
preocupación es regresar incólumes a casa lo antes
posible. Lo que suceda entre tanto deja de ser
asunto suyo: “Sobrevivir para volver”.
Todo parece indicar que aquellos
que con tanta ligereza lanzaron a los cuatro
vientos el nefasto ultimátum de las Azores, que
llevó al mundo a la inestable situación actual,
ignoraban del todo los aspectos más fundamentales
de la guerra y la trataron con la estúpida
frivolidad de muchos otros caudillos de salón que
les han precedido en la historia de la humanidad.
Ahora todos pagamos las consecuencias.
Nota anterior: Los protagonistas de la guerra (I)