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por una vieja deformación
profesional suelo revisar con frecuencia, ahora
preferentemente a través de Internet, lo
relacionado con las innovaciones tecnológicas (en
su mayoría nacidas en EEUU) que puedan suponer
cambios notables en el modo de hacer la guerra.
Esos cambios no se circunscriben al campo de
batalla, sino que a menudo tienen repercusiones
inmediatas y decisivas en muchos otros aspectos de
la vida social.
Conviene recordar, una vez más,
el invento del magnetrón, ese generador de
radiofrecuencias extremadamente elevadas, que fue
concebido como el corazón de los radares con los
que se trataba de descubrir por anticipado las
incursiones aéreas enemigas en la Segunda Guerra
Mundial y que se ha convertido en un útil elemento
culinario dentro de cada horno de microondas
doméstico.
Los anteriores inventos que
revolucionaron el arte de la guerra (no se
escandalice el pacífico lector ante esta
expresión: es el nombre que dio Sun Tzu al más
antiguo tratado conocido sobre la ciencia bélica
en el siglo IV a.C. y el que veinte siglos después
utilizó también Maquiavelo en obra similar)
consistían principalmente en productos que
podríamos llamar manufacturados, desde los
estribos, las fortificaciones, la pólvora o los
cañones hasta las armas nucleares. Actualmente, el
moderno desarrollo de sistemas informáticos de
aplicación usual en la vida diaria incide también
en las operaciones militares, donde un avión no
tripulado puede descubrir un objetivo y destruirlo
desde el aire, operaciones todas ellas controladas
a gran distancia mediante sistemas no muy
distintos a los que permiten trabajar con un
vehículo sobre la superficie de Marte.
Asomado, pues, al mundo de la
tecnología del futuro he encontrado algo que,
relacionado con la informática, no deberían
ignorar los lectores porque parece a la vez un
portento de la ciencia aplicada y una aberrante
maldición que se cierne sobre el futuro de la
humanidad: la posibilidad de conservar toda la
vida de una persona grabada en un pequeño aparato,
para poder repasarla cuando se estime oportuno. Ni
qué decir tiene que, de tener éxito, algunas
posibles aplicaciones de este invento sugieren un
futuro muy sombrío.
El hecho concreto es que la
omnipresente Microsoft está desarrollando un
proyecto denominado "My Life Bits" (los fragmentos
de mi vida), cuya finalidad es obtener un
dispositivo con ilimitada capacidad de
almacenamiento que permita conservar toda la vida
de una persona, incorporando nuevos datos a medida
que ésta transcurre.
Existe ya un estadounidense que
está actuando de conejillo de Indias, al servicio
de esa conocida empresa, pasando a la memoria de
su nuevo artilugio informático todo lo que ha
escrito (cartas, libros, apuntes), sus fotos,
dibujos, conferencias, libros leídos, cine
contemplado, música escuchada, conversaciones
sostenidas... en fin, todo lo que sus sentidos han
percibido.
En el ámbito de este proyecto se
están imaginando ya nuevos procedimientos de
captación de datos: unas gafas provistas de cámara
y micrófono, perpetuamente instaladas, que
registrarán todo lo que el sujeto vea, escuche y
hable. También se prevén futuros avances, como
sustituir las gafas por unas lentillas provistas
de microcámara, para que sea más difícil descubrir
la capacidad registradora de un interlocutor así
pertrechado.
El autor del experimento - se nos
anuncia - ya no necesita usar papeles: toda su
vida está grabada en un aparato no mucho mayor que
un reproductor de música MP3. La cuestión consiste
ahora en desarrollar un programa lógico que
facilite la recuperación rápida del fragmento que
se desee "recordar" dentro de tan ingente cúmulo
de datos, problema al que los investigadores de
Microsoft están dedicando sus esfuerzos.
No hay que ser muy imaginativo
para temer la irrupción de un nuevo y orwelliano
mundo, donde las personas lleven registrada la
totalidad de su vida en un dispositivo portátil,
del que pueden guardarse copias en un ordenador
central, naturalmente en manos del Estado. Un
ejemplo de posible aplicación: ya no harían falta
jueces ni tribunales, pues un programa juzgador
buscaría las pruebas, analizando la vida de cada
persona implicada en cualquier litigio; valoraría
las faltas o delitos y condenaría automáticamente
al culpable. Y así, en otros campos de la vida
social.
Pero digamos - entre nosotros -
que no hay que temer mucho estas apabullantes
noticias que nos llegan desde las vanguardias de
la tecnología estadounidense. La sempiterna
astucia humana enseguida encontraría el modo de
engañar al sistema; se comprarían y venderían
"vidas ejemplares"; se falsificarían datos y a la
sombra de todo ello surgirían nuevos negocios y
nuevos empleos. Como sucede a menudo, los tenidos
por listillos prosperarían y los ciudadanos serios
y responsables son los que pagarían el pato.
Muchas tecnologías modernas han producido ya este
efecto.
Para no dejarse arrastrar por el
pesimismo conviene considerar que, por ahora,
parece imposible grabar también los pensamientos.
De todo corazón hay que desear que Microsoft sea
fulminada al averno si continúa por ese camino,
pero siempre que el "Word" con el que escribo
estas líneas siga funcionando bien y el "Windows"
con el que usted las lee no le falle. ¡Qué le
vamos a hacer!