ecuérdese
cómo comenzó, hace
unas tres semanas, el último acto de la tragedia
que viene asolando las tierras de Palestina
durante varios sangrientos decenios. Miembros de
la resistencia palestina —no olvidemos que están
combatiendo la violenta y prolongada ocupación
militar de su país— mataron a dos soldados
israelíes y apresaron a un tercero. En respuesta,
Israel bombardeó y destruyó las centrales
eléctricas de Gaza, inutilizó los sistemas de
alcantarillado y agua potable, arruinó puentes y
carreteras, cerró “la franja” y aterrorizó al
pueblo mediante las explosiones y las atronadoras
pasadas sónicas, día y noche, de sus aviones de
combate. En términos de derecho internacional,
esto es un castigo colectivo infligido a la
población civil, prohibido por los convenios de
Ginebra. Hoy en Gaza se vive —y se muere— bajo el
imperio del terror y en la miseria casi total,
impuestos por Israel.
Entonces Europa miró hacia otra
parte. Apenas hubo unas vagas declaraciones
pidiendo moderación y expresando preocupación.
Sólo el diario israelí Haaretz se atrevió a
expresarse así: “No es legítimo privar de
electricidad a 750.000 personas. Expulsar de sus
casas a 20.000 y convertir sus ciudades en pueblos
fantasma. No es legítimo secuestrar a medio
Gobierno y a un cuarto del Parlamento. Un Estado
que adopta esas medidas no se distingue en nada de
una organización terrorista”. Ese terrorismo de
Estado, perpetrado por Israel y denunciado en
Haaretz, tiene hoy un objetivo claro: hacer
imposible la vida del pueblo palestino en lo que
siempre ha sido su tierra y forzar su emigración.
El Gobierno israelí se mofa de la
comunidad internacional y menosprecia a Naciones
Unidas, apoyado por EEUU, que recurrió a un
ignominioso veto (¿recuerda el lector cuán
acerbamente Washington recriminaba a la extinta
URSS cuando ésta hacía lo mismo si la votación le
era adversa?) para oponerse a una resolución del
Consejo de Seguridad que pretendía condenar los
ataques israelíes contra Gaza.
Aquella brutal, ilegal y
desproporcionada respuesta militar reprodujo días
después, como era de esperar, la habitual
escalada, cuyo fin no se percibe al escribir estas
líneas. Nuevos soldados israelíes apresados y
muertos, ahora por Hezbollah —que entró en la
lucha, también sin contemplaciones—, muchos más
muertos palestinos, y agravamiento y extensión del
conflicto al sufrido pueblo libanés, cuyo país es
bloqueado y ferozmente atacado desde tierra, mar y
aire, y que contribuye con más víctimas inocentes
a esta nueva carnicería.
Súmese a esto una muy poco velada
amenaza israelí a Siria y el recuerdo de que Irán
también puede estar en el punto de mira de su
agresividad. Como también era de esperar, el
presidente Bush —cuya peligrosidad aumenta a
medida que, en el ocaso de su mandato, puede
sentirse inclinado a hacer algo sonado que le
lleve a los libros de Historia— afirmó que Israel
tiene derecho a defenderse. ¿No tiene Líbano
también el mismo derecho? Y, sobre todo, ¿quién
defiende al pueblo palestino, invadido, humillado
y exterminado sistemáticamente durante largos años
de incumplimiento israelí de las resoluciones de
la ONU? ¿Se le deja solo el terrorismo como único
recurso para alimentar su esperanza?
Si del lado israelí se escuchan
voces valientes, como la antes citada, también se
percibe irracionalidad. Mostrando su desprecio por
el democrático triunfo electoral de Hamas, un
ministro israelí, apoyando el secuestro de
parlamentarios y miembros del Gobierno por el
Ejército israelí, declaró: “Si desaparece el
gobierno de Hamas, los palestinos tendrán que
elegir a otro”. Además de desdén por la
democracia, el ministro en cuestión mostraba poca
perspicacia: ¿sería más favorable a Israel —es
decir, más sumiso y pasivo— un Gobierno elegido
bajo la presión armada de la ocupación israelí? Es
más probable todo lo contrario. El precio que los
palestinos están pagando en sangre, víctimas y
resentimiento por las operaciones militares de
estos días será el que produzca los nuevos y más
peligrosos terroristas suicidas del futuro.
De nuevo conviene leer a
Haaretz: “Hay que afirmar y reafirmar que
Israel no tiene más opción, a largo plazo, que
retirarse de los territorios [ocupados] y poner
fin a la ocupación. Esto debería ser el propósito
de cualquier táctica a utilizar en la actual
crisis”. Nada indica que el Gobierno israelí
avance por ese camino.
Frente a esa opinión se oyen en
Israel otras voces que expresan aspiraciones muy
distintas. De entre ellas no faltan las que sueñan
con expulsar de su tierra a los palestinos, que
habrían de emigrar definitivamente y sin retorno.
Quedaría así una Palestina ideal, sin palestinos
(y sin nombre, pues para ellos se trata de las
bíblicas Judea, Samaria y Galilea), lo que
recuerda a aquel falaz engaño del sionismo
primitivo —“Una tierra sin pueblo para un pueblo
sin tierra”— del que nació el grave problema que
hoy afronta toda la humanidad. La ostensible
deriva israelí hacia la aniquilación y
desarticulación de la sociedad palestina tiene el
marchamo de las más abominables limpiezas étnicas
que ha contemplado la historia de la humanidad.
No es, pues, una aberración
hablar de terrorismo israelí, cuando de
terrorismos se trata. Difícil tesitura sería la de
Bush, en su personal guerra universal contra el
terror, si ante la contundencia de los hechos se
viera forzado a reconocer que su principal aliado
en la zona más crítica del mundo, en relación con
el terrorismo, es considerado también terrorista
por bastantes de sus propios ciudadanos. Aunque en
la política de Washington sea larga tradición la
de admitir la existencia de terroristas buenos
—cuando sirven a sus designios— es difícil que el
resto de la humanidad vaya a seguir aceptando a
ojos cerrados tanta ficción, cuando ésta le trae
guerra, muerte y desolación.