a
ofensiva militar de Israel
contra el Líbano atrae hoy la atención preferente
de los medios de comunicación, y nos distrae de
algo que afecta muy directamente a España, como he
venido comentando en anteriores columnas. El hecho
es que Afganistán sigue presente en nuestras
preocupaciones de un modo desproporcionado con los
escasos intereses y las pocas vinculaciones que
relacionaban a España con ese lejano país
centroasiático, antes de que la OTAN decidiera
intervenir militarmente en él.
Pero ahora allí están nuestros
soldados; sufrieron ya bajas en el pasado (un
accidente de helicóptero en agosto del 2005 tuvo
especial relevancia) y la última de ellas se
produjo hace poco tiempo, en una acción agresiva
de la insurgencia afgana. Una patrulla española
fue objeto de una emboscada selectiva, en la que
uno de sus vehículos pisó una mina contracarro
instalada ex profeso contra aquélla.
Con motivo del accidente de
helicóptero del año pasado, escribí:
“...convendría exponer al pueblo español, con la
máxima claridad, qué es lo que España obtiene
desplegando sus fuerzas en Afganistán y poniendo
en riesgo a sus soldados”. La explicación todavía
no se ha producido en los deseables términos de
claridad y detalle, y los ciudadanos tienen
derecho a conocerla.
Es cierto que los soldados de
España están en Afganistán respaldados por tres
sólidas razones: la decisión mayoritaria del
Congreso, las resoluciones de la ONU y los
acuerdos alcanzados en la OTAN por los países
miembros de la Alianza. En lo que a legitimidad se
refiere, no hay ningún paralelismo, por tanto,
entre el caso de Iraq y el de Afganistán.
Pero la diferencia termina justo
ahí. Por más que el Ministerio de Defensa, en su
página web, incluya la participación española en
ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la
Seguridad en Afganistán, en sigla inglesa) en el
apartado “Operaciones de Paz”, el problema reside
en que un número creciente de afganos —que no leen
esa página ni las de la OTAN— empieza a considerar
a todas las tropas extranjeras desplegadas en su
país como un ejército más de ocupación, de los
muchos que ha conocido la dilatada historia bélica
de este país. Es en ese punto donde empieza a
manifestarse un peligroso paralelismo entre
Afganistán e Iraq.
En estos momentos, España dirige
la base de apoyo avanzada de Herat, ciudad a la
que regresaba la patrulla atacada, tras cumplir
una misión. Esa antiquísima ciudad, considerada
hasta hace poco bastante segura, ha visto un
renacer del terrorismo insurgente. El portavoz de
la Policía declaraba a finales de mayo: “En los
últimos tres meses hemos tenido tres ataques
suicidas y 25 bombas. El ataque más terrible
ocurrió en abril, cuando un coche bomba voló las
oficinas del equipo provincial de reconstrucción,
dependiente de la OTAN”. Añadía: “Es imposible
predecir los ataques suicidas, pero la Policía
hace todo lo que puede”.
Pocos ciudadanos se fían de sus
palabras. Los que habitan cerca de las
instalaciones de la OTAN empiezan a mudarse de
casa. Uno de ellos advertía, refiriéndose a las
tropas de ISAF: “Vinieron a nuestra tierra para
garantizar nuestra seguridad. Ahora somos nosotros
los que tenemos que protegerles a ellos”. Y
concretaba: “Es una desgracia que los ‘americanos’
no puedan eliminar a los terroristas”. Nótese que,
para muchos afganos, todas las tropas extranjeras
son calificadas en principio como ‘americanas’.
Un analista político afgano
opinaba que ni siquiera “el despliegue de
numerosísimas tropas de la OTAN y de la coalición
[dirigida por EEUU, que hasta ahora ha venido
combatiendo a las guerrillas talibanas en el sur]
podrá alcanzar nunca una solución militar”.
Añadía: “Los problemas de Afganistán no se
arreglan con medios económicos ni militares. A
medida que los ‘americanos’ incrementan sus
operaciones militares, crece la animosidad de la
gente contra ellos”. Animosidad en la que, mal que
nos pese, acabarán siendo englobadas las tropas
españolas si se prolonga su permanencia en
condiciones de crisis.
Anticipando el importante cambio
de estructura del mando militar que se producirá
el 1 de agosto, para asignar a la OTAN todas las
operaciones (de guerra y “humanitarias”) en
territorio afgano, la reciente visita del
secretario general de la OTAN a Madrid no sirvió
para aclarar los nubarrones que se ciernen sobre
esta operación, a la que calificó como “la misión
más compleja de la historia de la Alianza”,
probablemente para curarse en salud.
Sorprendía leer, en una
entrevista por él concedida, que la OTAN no
contempla “de ninguna manera” la posibilidad de
que la misión en Afganistán acabe en fracaso.
Aparte de que una buena planificación estratégica
de cualquier misión debe tener prevista la
actuación ante distintos modos de fracaso, lo peor
de este caso es la razón aducida: “...por la
sencilla razón de que los afganos nunca deberían
padecer un fracaso”. En quien coordina la más
poderosa organización militar mundial, tan
evidente carencia de argumentos sólidos es harto
preocupante.
Por qué razón los afganos no
habrían de sufrir un fracaso y los somalíes sí lo
sufrieron y todavía padecen sus consecuencias?
Cuando está en juego la vida de los soldados, le
convendría recordar algunos de los resonantes
fiascos en anteriores operaciones similares. Y no
copiar el personal estilo de Bush, supremo
conductor de la Alianza Atlántica, pero incapaz de
reconocer sus propios y notorios errores y, por
tanto, incapaz de corregirlos por no haber
aprendido nada de ellos.