Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
26 de julio de 2006

Estrella Digital de España - 25 de julio de 2006

La OTAN en Afganistán

Alberto Piris *
La ofensiva militar de Israel contra el Líbano atrae hoy la atención preferente de los medios de comunicación, y nos distrae de algo que afecta muy directamente a España, como he venido comentando en anteriores columnas. El hecho es que Afganistán sigue presente en nuestras preocupaciones de un modo desproporcionado con los escasos intereses y las pocas vinculaciones que relacionaban a España con ese lejano país centroasiático, antes de que la OTAN decidiera intervenir militarmente en él.

Pero ahora allí están nuestros soldados; sufrieron ya bajas en el pasado (un accidente de helicóptero en agosto del 2005 tuvo especial relevancia) y la última de ellas se produjo hace poco tiempo, en una acción agresiva de la insurgencia afgana. Una patrulla española fue objeto de una emboscada selectiva, en la que uno de sus vehículos pisó una mina contracarro instalada ex profeso contra aquélla.

Con motivo del accidente de helicóptero del año pasado, escribí: “...convendría exponer al pueblo español, con la máxima claridad, qué es lo que España obtiene desplegando sus fuerzas en Afganistán y poniendo en riesgo a sus soldados”. La explicación todavía no se ha producido en los deseables términos de claridad y detalle, y los ciudadanos tienen derecho a conocerla.

Es cierto que los soldados de España están en Afganistán respaldados por tres sólidas razones: la decisión mayoritaria del Congreso, las resoluciones de la ONU y los acuerdos alcanzados en la OTAN por los países miembros de la Alianza. En lo que a legitimidad se refiere, no hay ningún paralelismo, por tanto, entre el caso de Iraq y el de Afganistán.

Pero la diferencia termina justo ahí. Por más que el Ministerio de Defensa, en su página web, incluya la participación española en ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad en Afganistán, en sigla inglesa) en el apartado “Operaciones de Paz”, el problema reside en que un número creciente de afganos —que no leen esa página ni las de la OTAN— empieza a considerar a todas las tropas extranjeras desplegadas en su país como un ejército más de ocupación, de los muchos que ha conocido la dilatada historia bélica de este país. Es en ese punto donde empieza a manifestarse un peligroso paralelismo entre Afganistán e Iraq.

En estos momentos, España dirige la base de apoyo avanzada de Herat, ciudad a la que regresaba la patrulla atacada, tras cumplir una misión. Esa antiquísima ciudad, considerada hasta hace poco bastante segura, ha visto un renacer del terrorismo insurgente. El portavoz de la Policía declaraba a finales de mayo: “En los últimos tres meses hemos tenido tres ataques suicidas y 25 bombas. El ataque más terrible ocurrió en abril, cuando un coche bomba voló las oficinas del equipo provincial de reconstrucción, dependiente de la OTAN”. Añadía: “Es imposible predecir los ataques suicidas, pero la Policía hace todo lo que puede”.

Pocos ciudadanos se fían de sus palabras. Los que habitan cerca de las instalaciones de la OTAN empiezan a mudarse de casa. Uno de ellos advertía, refiriéndose a las tropas de ISAF: “Vinieron a nuestra tierra para garantizar nuestra seguridad. Ahora somos nosotros los que tenemos que protegerles a ellos”. Y concretaba: “Es una desgracia que los ‘americanos’ no puedan eliminar a los terroristas”. Nótese que, para muchos afganos, todas las tropas extranjeras son calificadas en principio como ‘americanas’.

Un analista político afgano opinaba que ni siquiera “el despliegue de numerosísimas tropas de la OTAN y de la coalición [dirigida por EEUU, que hasta ahora ha venido combatiendo a las guerrillas talibanas en el sur] podrá alcanzar nunca una solución militar”. Añadía: “Los problemas de Afganistán no se arreglan con medios económicos ni militares. A medida que los ‘americanos’ incrementan sus operaciones militares, crece la animosidad de la gente contra ellos”. Animosidad en la que, mal que nos pese, acabarán siendo englobadas las tropas españolas si se prolonga su permanencia en condiciones de crisis.

Anticipando el importante cambio de estructura del mando militar que se producirá el 1 de agosto, para asignar a la OTAN todas las operaciones (de guerra y “humanitarias”) en territorio afgano, la reciente visita del secretario general de la OTAN a Madrid no sirvió para aclarar los nubarrones que se ciernen sobre esta operación, a la que calificó como “la misión más compleja de la historia de la Alianza”, probablemente para curarse en salud.

Sorprendía leer, en una entrevista por él concedida, que la OTAN no contempla “de ninguna manera” la posibilidad de que la misión en Afganistán acabe en fracaso. Aparte de que una buena planificación estratégica de cualquier misión debe tener prevista la actuación ante distintos modos de fracaso, lo peor de este caso es la razón aducida: “...por la sencilla razón de que los afganos nunca deberían padecer un fracaso”. En quien coordina la más poderosa organización militar mundial, tan evidente carencia de argumentos sólidos es harto preocupante.

Por qué razón los afganos no habrían de sufrir un fracaso y los somalíes sí lo sufrieron y todavía padecen sus consecuencias? Cuando está en juego la vida de los soldados, le convendría recordar algunos de los resonantes fiascos en anteriores operaciones similares. Y no copiar el personal estilo de Bush, supremo conductor de la Alianza Atlántica, pero incapaz de reconocer sus propios y notorios errores y, por tanto, incapaz de corregirlos por no haber aprendido nada de ellos.


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
 
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