a
invasión de Iraq en 2003 y su
posterior ocupación militar pasarán seguramente a
los anales de la Historia como uno de los errores
estratégicos más resonantes jamás cometido por un
gobierno de EEUU. Entre otras razones, porque han
sido el elemento iniciador de una cadena
incontrolada de consecuencias que los que
planearon la venganza por los atentados del 11 de
septiembre de 2001 jamás llegaron a imaginar, a
causa de su jactancia y torpeza. Para poder llevar
a cabo sus propósitos, además, hubieron de
confeccionar el más vergonzoso catálogo de
mentiras y falsedades que ha conocido la moderna
historia de las relaciones internacionales, con el
consiguiente desprestigio universal, incluso ante
una opinión pública bastante hecha a las mentiras
de sus gobernantes.
Es así como nos encontramos este
verano frente a un vasto repertorio de crisis
agravadas que, a todas luces, sobrepasan con mucho
la capacidad de los mediocres políticos que, desde
Washington, se empeñan en gobernar hoy el mundo.
En otras capitales, que en el pasado irradiaron
prestigio mundial, otros políticos, tanto o más
mediocres, se limitan a asentir tímidamente a lo
que en EEUU se decide. Porque fuera de ese país
tampoco se perciben figuras políticas con
capacidad de liderazgo, que pudieran contribuir a
apaciguar la violencia creciente y a colaborar en
la concertación de arreglos y compromisos que
permitirían albergar esperanzas de paz, salvo en
ese inoperante plano de la retórica y de los
cambalaches diplomáticos cuyo principal objetivo
suele ser salvar la cara y justificar cargos,
sueldos y prebendas.
Violencia que, en una espiral sin
fin, viene induciendo a más violencia, sin que
pueda verse el final de tan funesto ciclo. Triste
y pasajero consuelo es que en Líbano se hayan
silenciado las armas en lo que, sin duda alguna,
es una tregua tan solo pasajera —que Israel ya ha
quebrantado y lo seguirá haciendo cuando convenga
a sus propósitos—, ya que nada se ha avanzado para
resolver el conflicto básico: el enquistado
contencioso israelo-palestino, que está en el
origen de la inestabilidad que impera en Oriente
Medio y cuyas repercusiones alcanzan a todo el
mundo.
Todas las complicaciones que hoy
nos acosan, a modo de oscuras nubes tormentosas
del verano, están relacionadas entre sí, más o
menos estrechamente. La destrucción de Líbano por
las armas israelíes, suministradas por EEUU —que
contempló impávido la muerte y la ruina que
durante más de un mes se abatió sobre ese
desgraciado país—, influirá por fuerza en la
política de Siria y de Irán, y no en el sentido
deseado por las potencias occidentales. Ningún
gobernante del mundo, y menos los de los países
marcados por Washington como posibles receptores
de su ira, aceptaría el reproche de sus ciudadanos
por no haberse armado lo suficiente para impedir
que éstos padezcan los efectos de un aventura como
la que ha sufrido Líbano.
Por otra parte, el diario
derramamiento de sangre en Iraq y la caótica
situación de ese país, en el que solo los más
ciegos no ven una guerra civil en plena eclosión,
son un peligroso incitante, a la vez, para
políticos y para terroristas. Para aquéllos,
porque, como ocurre en Corea del Norte y en Irán,
no desean dejarse sorprender por una invasión
similar y saben de sobra que la posesión de armas
nucleares sigue siendo un importante elemento
disuasorio. Por su parte, los terroristas han
encontrado un valioso campo de prácticas en un
Iraq regido por el caos, prácticas que les
capacitarán para comprobar en el resto del mundo
su criminal peligrosidad.
Afganistán e Iraq son un modelo
de cómo no debe plantearse una posguerra.
Recuérdese que ni Irán se opuso, en su momento, a
la invasión de Afganistán; y que Siria colaboró
con EEUU en la lucha inicial contra el terrorismo.
Pero ha sido tal el conjunto de errores
posteriores, cometidos por una Casa Blanca
dirigida de hecho desde el Pentágono, que hasta
Hezbolá ha alcanzado hoy un inusitado prestigio
entre las masas árabes y musulmanas de fuera de
Líbano, del que hasta ahora carecía.
A pesar de tan sombrío panorama,
rodeados de oscuros cumulonimbos donde centellean
los relámpagos, no se deje el lector influir por
quienes nos anuncian una nueva guerra mundial, sea
la tercera o la cuarta. Nada hay más falso que esa
afirmación. Ni se deje amedrentar en exceso por
las alarmas antiterroristas, más o menos fundadas.
No siempre tienen por objeto proteger al
ciudadano; muchas veces se declaran para proteger
a los gobernantes del efecto de sus errores. ¿Por
qué hace unos días, al embarcar en un avión en
Londres, estaba prohibido llevar líquidos en el
equipaje de mano, pero sí se podían transportar en
el Metro? ¿No fue en éste donde los londinenses
sufrieron los más salvajes atentados?
No hay que olvidar que unos
ciudadanos asustados son más manejables y menos
críticos con sus gobernantes. A pesar del repetido
discurso democrático sobre las libertades y los
derechos humanos, todo indicaría que quienes rigen
los destinos de gran parte de la humanidad
—incluidos los países más avanzados—, más que
esforzarse por preservarlos se preocupan por
gobernar a su antojo, libres de trabas
democráticas, a una multitud aborregada de
individuos debidamente atemorizados y ansiosos por
disfrutar una seguridad absoluta que nada ni nadie
les puede garantizar.