uando
alguien que ha mostrado
ser inteligente, que posee amplia experiencia
diplomática y está bien preparado en cuestiones
internacionales, como es el embajador Máximo
Cajal, se ve obligado a precisar que ciertas
declaraciones suyas sólo expresan opiniones
personales y no comprometen al Gobierno de España
—y, más en concreto, a su ministro de Asuntos
Exteriores—, el lector puede sospechar que tales
declaraciones contienen afirmaciones bien
fundadas, sobre las que habitualmente pasan de
puntillas muchos dirigentes políticos y los medios
de comunicación que fielmente les apoyan y que,
por tanto, contradicen en buena medida las
versiones oficiales al respecto.
Veamos de qué declaraciones se
trata. Ante los micrófonos de Radio Nacional de
España, con motivo de su participación en una
universidad de verano y en relación con el
conflicto internacional creado por la voluntad del
Gobierno iraní de disponer de los medios
necesarios para el enriquecimiento de uranio, el
diplomático citado dijo: “No hay que perder de
vista que a Irán, como a cualquier país de la
zona... ¿por qué se le va a negar el derecho a
tener, incluso me atrevería a decir (sic),
armamento nuclear, cuando está rodeado de países
que lo tienen?”. En ABC.es (24/08/06) se
leía que esa opinión, según el propio Cajal,
“quizás no guste desde el punto de vista de la
geopolítica occidental”, y que la presión
internacional aplicada contra Irán “choca con la
realidad de la India, de Pakistán, de Israel...”,
países del mismo círculo geopolítico que sí poseen
armas nucleares. Pero donde Cajal puso el dedo en
la llaga fue al afirmar que la invasión y
ocupación de Iraq “ha provocado un vacío en la
zona que ha ocupado, sin mayor problema, Irán, con
la presencia chií en la región”. ¡Ahí es nada:
atribuir públicamente a un error estratégico de
EEUU el creciente y preocupante peso político de
Irán junto a la mayor reserva de hidrocarburos del
mundo!
Pero no es sólo Cajal quien con
claridad y sin contemplaciones analiza la cuestión
que ahora complica más la política exterior de
EEUU y sus países satélites. Desde Nueva Delhi, un
profesor de estudios estratégicos del Center
for Policy Research escribió el miércoles
pasado: “Nada muestra mejor cómo los esfuerzos
mundiales para frenar la proliferación nuclear
están a expensas de la política internacional,
como las distintas reacciones del Consejo de
Seguridad de la ONU ante los dos últimos casos.
Irán ha sufrido un ‘diktat’ excesivamente severo
mientras Pakistán ha sido tratado con excepcional
indulgencia, a pesar del descubrimiento de un gran
mercado negro nuclear, a cargo de científicos y
funcionarios civiles y militares de este país”.
El frecuente y nefasto uso por la
ONU de dos pesos y dos medidas se percibe al saber
que el Consejo de Seguridad, al aprobar la
resolución contra Irán que ha entrado en vigor el
1 de septiembre, carecía de pruebas concretas y se
basaba sólo en conjeturas y sospechas —por
razonables que fuesen—, mientras que el Gobierno
de Pakistán ha admitido que la mafia nuclear allí
descubierta había estado transfiriendo durante 16
años información secreta (equipos de
enriquecimiento de uranio y proyectos para
construir armas) a Irán, Libia y Corea del Norte.
Se da así la paradoja de que el país exportador
—Pakistán, socio y aliado de Bush en su neurótica
guerra universal contra el terrorismo— evita la
condena internacional, mientras que el importador
—Irán— sufre de pleno sus efectos.
Nada de esto pretende quitar
importancia al hecho de que Irán aspire a poseer
armas nucleares, agravado porque su programa se
descubrió por la delación de un disidente en el
2002. Pero nadie puede reprochar a Irán el
secretismo de sus planes, cuando esto ha sido
práctica común, no sólo en Israel, sino también en
otras potencias occidentales, como Francia. A
fuerza de escucharlo hasta la saciedad, empieza a
parecer como si las armas nucleares de unos —los
buenos— no son dañinas y las de otros —los malos—
sí lo son. Convendría recordar la opinión de los
ciudadanos japoneses que sufrieron sus efectos en
guerra.
La peor consecuencia de la escasa
imparcialidad de la ONU, al poner en la picota a
Irán, es la de reforzar el apoyo interno al
régimen de Teherán y, en el peor de los casos,
provocar su salida del Tratado de no proliferación
nuclear. Bueno es recordar, en nuestra reciente
historia, cómo la condena por la ONU del régimen
de Franco en 1946 aumentó el apoyo —aunque sólo
fuera propagandístico— de la población a la
anterior dictadura.
Poco le costaría a Ahmadineyad
adaptar a sus actuales circunstancias políticas el
discurso que pronunció Franco en tal ocasión, uno
de cuyos fragmentos recogía así la prensa española
del 9 de diciembre de dicho año: “La situación del
mundo y sus vergüenzas llenan una vez más de
contenido a nuestra gloriosa Cruzada. Hay que
pensar lo que hubiera sido sin ella en estos
tiempos calamitosos de Europa. Unamos a la gran
fuerza de nuestra razón la fortaleza de nuestra
unidad. Con ellas y la protección de Dios
(ensordecedora ovación interrumpe a S.E. y
gritos impresionantes de ¡Franco! ¡Franco!
¡Franco!), nada ni nadie podrá malograr
nuestra victoria (nueva y clamorosa salva de
aplausos)…”. ¿Nada saben de esto en la ONU? ¿Están
tan ocupados con los errores y las dudas del
presente que olvidan los del pasado?