as
noticias que nos llegan desde
EEUU, producto quizá de las urgencias electorales
a corto plazo, pero más probablemente consecuencia
de una marcada y peligrosa tendencia a recortar
las libertades en aras de una utópica seguridad
absoluta, son suficientes para desalentar a
algunos posibles visitantes del gran país
norteamericano y hacerles posponer el viaje, en
espera de tiempos algo menos demenciales que los
de la era Bush.
Esto no es sólo debido a las
incomodidades y controles previos al vuelo, a
causa de las limitaciones y pejigueras impuestas
por un Gobierno desconfiado y de peligrosas
reacciones ante cualquier sospecha que pudiera
vincularle a uno con el terrorismo, sino porque
tan graves recortes en los derechos y libertades
personales pueden dar con los huesos de cualquier
pacífico viajero en algún calabozo policial, por
los motivos más insólitos.
Si ya en un viaje aéreo dentro de
Europa —menos afectada que EEUU, de momento, por
la neurosis de la seguridad— un profesor
universitario sevillano se ha visto implicado en
un molesto incidente del que se han hecho eco los
medios de comunicación, sólo porque su aspecto
hizo sospechar a algunos viajeros que pudiera ser
un terrorista musulmán, ¿qué no cabría esperar si
algo similar ocurriese en EEUU? Porque éste es el
país regido por un estado de guerra permanente
contra el terrorismo y el patrocinador de la
ignominia de Guantánamo, denominada con acierto
“agujero negro legal” por un Law Lord
(miembro del Tribunal Supremo) británico.
Se trata, por tanto, de una
cuestión que implica ciertos riesgos personales y
no conviene tomarla a broma. Vean lo que pasó en
diciembre de hace dos años, cuando un
representante del fiscal general de EEUU estaba
respondiendo en Washington a cuestiones planteadas
por una jueza federal, sobre la interpretación de
las leyes en “estado de guerra”. La jueza planteó
el hipotético caso de una anciana señora suiza que
entregase periódicamente cheques a lo que ella
creía ser una institución benéfica de ayuda a los
huérfanos, pero que en realidad era una tapadera
que servía para financiar ocultamente a Al Qaeda.
Preguntó la jueza si la citada
señora podría ser considerada combatiente enemigo
(la calificación aplicada a los detenidos en
Guantánamo). “Podría serlo —fue la respuesta— y el
Ejército podría libremente detenerla, aunque su
verdadera intención no hubiera sido la de ayudar
al terrorismo”. Se daba por supuesto, demasiado
benévolamente, que una vez detenida se reconocería
el error y la ilusoria terrorista sería liberada
con toda clase de excusas e indemnizaciones. Pero
a raíz de lo ocurrido en otros casos reales, en
circunstancias no muy distintas, es obligado dudar
de tan fácil desenlace y a ningún ciudadano le
gustaría verse en tan equívoca situación.
Para establecer mejor los
términos de aplicación de la ley, en la misma
sesión se planteó otra hipótesis más concreta: la
de un residente en Dublín que diera clases de
inglés al hijo de una persona que, según la CIA,
fuese miembro de Al Qaeda. ¿Sería también
considerado un combatiente enemigo? “Sí —respondió
el representante del fiscal general— porque,
aunque el profesor lo ignorase, el miembro de Al
Qaeda podría estar estudiando inglés como parte de
un plan para organizar un atentado”. Como se ve, a
finales del 2004 no estaba la cosa para bromas en
lo relativo a ser considerado cómplice del
terrorismo.
La nueva ley aprobada la pasada
semana por el Senado de EEUU, aunque podría
aliviar algo la alucinante perspectiva de las dos
hipótesis antes comentadas, deja, sin embargo,
suficientes resquicios para violar los más
elementales derechos de las personas en un sistema
judicial. Por un lado, deja al arbitrio del
presidente la definición de lo que constituye
tortura propiamente dicha; por otro, aún más
grave, suprime el derecho de un detenido como
sospechoso de terrorismo a ser llevado ante un
juez que determine la legalidad o ilegalidad de su
detención, lo que en la tradición legal de origen
británico se conoce como habeas corpus.
Un senador demócrata conceptuó el
abandono de esa larga tradición como “uno de los
grandes, enormes errores, que pienso quedará
registrado por la Historia”. Pero en el tenso
ambiente previo a las inmediatas elecciones
parciales al Congreso estadounidense se oyeron
voces críticas con quienes así opinan: “Algunos
ahora quieren atar las manos de nuestros
combatientes antiterroristas. Quieren quitarles
los instrumentos que usamos para combatir el
terror. Quieren esposarnos, estorbarnos en nuestro
esfuerzo para proteger a nuestras familias”,
declaró otro senador.
No están solos. También los
pasajeros que hicieron salir del avión al profesor
sevillano, por meras sospechas sin base racional,
antepusieron su miedo y su hipotética seguridad
personal a cualquier otra consideración sobre los
más elementales derechos de una persona. Lo dicho,
estimado lector: piénselo dos veces antes de tomar
el avión para EEUU mientras algunas cosas no
cambien en ese país.