an
tenido mucho eco las
declaraciones que el viernes pasado hizo el Jefe
del Ejército británico, general Richard Dannatt, a
un diario conservador londinense, sobre la
participación del Reino Unido en la ocupación
militar de Iraq y la necesidad de prever una
próxima retirada. Sin embargo, nada sorprendente
hay en su contenido.
Tras recordar que las tropas de
ocupación invadieron violentamente Iraq “sin haber
pedido permiso”, el general Dannatt dijo: “Al
principio fuimos aceptados, luego solo tolerados y
ahora la tolerancia se ha convertido en
intolerancia”. Habría que estar ciego —como Bush y
sus asesores— para no percibirlo. La respuesta de
Blair a su general, recordando que los soldados
ingleses están allí “por expreso deseo del
gobierno iraquí, democráticamente elegido, y bajo
un mandato de la ONU” solo es una débil excusa
frente a la inoperante realidad del gobierno
títere de Bagdad, designado e instalado por EEUU,
que se tambalea sobre un país sumido en una
sangrienta guerra civil, fruto de los innumerables
errores de la coalición invasora.
A nadie que haya observado la
realidad de la ocupación militar de Iraq le puede
sorprender que el general califique a la
estrategia del Pentágono después de la invasión
como “muy pobre, basada más probablemente en el
optimismo que en un planeamiento sensato”. Tanto
Blair como Bush repiten a diario: “Permaneceremos
allí hasta concluir nuestra misión”, sin
especificar cuál es esa misión ni en qué grado ha
de ser concluida. Es sabido que Bush no desea que
las elecciones parciales de noviembre se vean
empañadas por una vergonzosa exhibición del
fracaso de EEUU en Iraq y no son pocos los
británicos frustrados que piensan que la retirada
solo se producirá cuando llegue la orden desde
Washington.
A la sorpresa causada por las
insólitas declaraciones del general de un ejército
poco propenso a intervenir en las decisiones de su
gobierno, como es el británico, siguió una
atemperada reacción del primer ministro, que se ha
visto forzado a aceptar que la crítica de Dannatt
es “absolutamente cierta” cuando dice que la
presencia militar extranjera agrava los problemas
de Iraq. Blair tuvo que mostrar flexibilidad,
forzado por el amplio apoyo dado al general por
muchos parlamentarios, miembros de las fuerzas
armadas y familiares de los soldados muertos en
Iraq, aparte de lo irrefutable de gran parte de lo
manifestado por éste.
Pero este asunto debería suscitar
otro tipo de reflexiones, más allá de la situación
coyuntural en Iraq. Un columnista de The
Guardian sentenció: “En la guerra moderna, la
política es otra arma del arsenal de un general”,
apoyando la tesis de que lo que debería interesar
no es saber si se rozan o no los límites
constitucionales, ni qué grado ostenta o qué
destino ocupa el militar que públicamente muestra
su opinión. Lo verdaderamente interesante en esta
cuestión, según los que así razonan, sería saber
si las opiniones así expresadas se ajustan a la
realidad; si lo que sugiere el mando militar es
más acertado y eficaz que lo que propone la
dirección política.
En este caso convendría también
averiguar si quien disiente de su gobierno no está
expresando lo que otros miembros de ese mismo
gobierno no se atreven a decir en voz alta. La
lealtad política a un líder —por muy carismático
que se considere— o a un partido que se esfuerza
por mantenerse en el poder puede cegar la
capacidad crítica de quienes están, en último
término, al servicio de su país y de sus
ciudadanos. Otros exculpan al general arguyendo
que, tras la larga sucesión de mentiras que
facilitó la invasión de Iraq, el pueblo británico
necesita tomar contacto con la realidad y escuchar
verdades irrefutables. Bien está que el general
pronuncie lo que cree ser “su verdad”, para
deshacer posibles engaños y abrir los ojos de la
población. Pero estaría mejor que esas
recomendaciones se hubieran hecho directamente al
gobierno y no a la prensa. Si aquél las hubiese
rechazado, cabría un mejor “servicio a la Patria”
haciendo públicos los errores del gobierno y
presentando a continuación la renuncia a un cargo
que moralmente no podría seguir ejerciendo.
Lo inaceptable no es lo que ha
dicho el general Dannatt, sino el modo de
expresarlo. Porque de consentirse tales
intromisiones de lo militar en lo político, ¿que
pasaría si otro general estimase necesario invadir
algún país, en contra del criterio de su gobierno?
No; dígase con claridad: la política no es un
instrumento al servicio de los generales; son
éstos los que han de estar al servicio de aquélla
para no trastocar el delicado orden democrático.
Quizá lo más positivo que este
conflicto ha puesto de relieve, tras hacer temblar
aparentemente los cimientos de una de las menos
imperfectas democracias del planeta, es la
exigencia planteada en algunos círculos británicos
de opinión, pidiendo a Blair que explique pronto
ante el Parlamento cómo piensa conciliar su
aceptación de las críticas de Dannatt con la
política exterior desarrollada por su gobierno. No
se sabe aún si tal debate tendrá lugar, pero sí
puede sospecharse que algo parecido sería hoy
inimaginable en España, donde la democracia tiene
todavía bastante camino por andar.