uando
en mi comentario de la
pasada semana aludí al “Gobierno títere de Bagdad,
designado e instalado por EEUU”, a algún lector
pudo parecerle exagerada la calificación dada al
actual Gobierno iraquí presidido por Nuri Al
Maliki.
Para comprobar dónde está el
poder real en Iraq merece la pena trasladarse al
Centro de Conferencias de la Casa Blanca, para
escuchar algo de lo que allí dijo hace unos días
el portavoz oficial. En este caso, la rueda de
prensa trataba sobre el contenido de una
conversación telefónica mantenida entre el
presidente de EEUU y el primer ministro iraquí.
Pregunta del periodista: —…
usted dice que Maliki está preocupado sobre lo
que se habla respecto a un programa de retirada…
sobre la retirada de las tropas.
Respuesta del portavoz: —No, él
cree en la retirada de las tropas y manifiesta
su confianza en que a medida que los iraquíes
mejoren sus capacidades…
P:
—Bien, pero usted ha dicho que está preocupado
por un programa.
R: —Se habló de
que se le iban a dar sólo dos meses. Y tuvimos
noticias de que esto le preocupaba.
P: —Usted acaba de decir que está
preocupado porque cree que los programas [de
retirada de tropas] fomentan el terrorismo.
R: —Dijo que estaba preocupado
sobre un informe que decía que le íbamos a dar
dos meses…
P: —Así que él
[Maliki] está preocupado sobre lo que se habla
respecto a un programa de retirada o…
R: —No, no es un programa de
retirada. La forma en que se ha presentado es
que les vamos a dar dos meses o buscaremos a
otra persona. Es un programa para su gobierno,
no para la retirada.
El hábil acoso del periodista al
portavoz dejó las cosas claras: “Les vamos a dar
dos meses o buscaremos a otra persona”. Cuando el
primer ministro iraquí tiene dudas sobre su
permanencia en el poder, en vez de plantear una
cuestión de confianza en el Parlamento de Bagdad
se la plantea a Bush. Le dan dos meses de plazo
para apaciguar el caos iraquí y, si fracasa, le
amenazan nada veladamente con su inmediata
sustitución: ¿es esa la democracia que se pretende
instaurar por la fuerza de las armas en Iraq y,
por extensión, en Oriente Medio?
El brillante objetivo inicial de
implantar la democracia en Iraq se desvanece ahora
entre brumas y engaños, igual que otros falsos
objetivos anteriores. Veamos algunos indicios. Un
experto diplomático iraquí del anterior régimen ha
declarado hace poco: “El creciente número de
muertos en Iraq está favoreciendo la aceptación
por el pueblo de un golpe militar. Yo diría que un
80% de ciudadanos aceptaría cualquier cosa que
aplastase las bandas ‘iraníes’ [alude a las
milicias chiíes]”. Ni qué decir tiene que el
opinante pertenece a la elite suní, pero el
contenido golpista de sus palabras es inocultable.
En el londinense Sunday
Times se ha publicado: “La frágil democracia
iraquí, debilitada por el creciente caos y una
mortandad que aumenta aceleradamente, se ve
asediada por voces que piden la formación de un
‘gobierno de salvación nacional’ de línea dura”.
Aparte del optimismo que implica hablar de
democracia iraquí, por frágil que se considere,
estamos ante la vieja llamada al “cirujano de
hierro” o al “espadón” que salve a la nación. Nada
nuevo, desde una perspectiva histórica más amplia
en la que los españoles tenemos ya suficiente
experiencia.
Es ingenuo creer que EEUU busca
la democracia en Iraq; lo que en verdad busca
allí, como en otros lugares, es afianzar sus
intereses. Una larga tradición histórica
—confirmada en el mismo continente americano— nos
muestra que si esos intereses son bien atendidos
por inmorales dictadores o por golpistas asesinos,
Washington sabe cerrar los ojos cuando es
necesario. Recuérdese al presidente Roosevelt —hoy
casi un referente ético, en comparación con los
que gobiernan EEUU— aludiendo al dictador
nicaragüense Somoza: “Es un hijo de puta, pero es
nuestro hijo de puta”.
Se vislumbra, pues, un golpe de
estado dado por un militar nacionalista, para
intentar poner fin al desbarajuste que reina en un
país destrozado por la invasión y posterior
ocupación militar. Se supone que contaría con el
apoyo militar de EEUU (pues no hay un ejército
nacional en Iraq que se pueda alzar en armas,
según la fórmula usual), de la CIA y la
benevolencia de los regímenes árabes moderados
(léase, feudales). Sería muy probable que quien
encabezase el golpe estuviese ideológicamente más
cerca del hoy procesado Sadam Husein que del
actual gobierno. Pero la situación en Iraq ha
cambiado mucho y los chiíes no parecen dispuestos
—con Irán observando desde la retaguardia— a
aceptar, como en el pasado, la dominación política
suní.
Las consecuencias son
imprevisibles: ¿Guerra civil extendida?
¿Desmembramiento del país? ¿Ascenso de Irán a la
hegemonía regional? ¿Agravamiento general de la
inestabilidad desde Egipto a Pakistán? Como es ya
sabido, no hay ninguna situación tan mala que no
pueda empeorar. En algunos ámbitos del poder
ocupante en Bagdad, dentro de la zona verde, no
hay que aguzar mucho el oído para escuchar el
“¡Sálvese quien pueda! y comience la huida”, que
no la retirada, dejando detrás un nuevo polvorín
con la mecha encendida. Habrá quien recuerde las
colas de atemorizados fugitivos abordando los
helicópteros en la azotea de la embajada de EEUU
en Saigón (hoy, ciudad Ho Chi Minh) en abril de
1975, concluida felizmente la democratización de
Vietnam por las armas estadounidenses, frente al
peligro comunista. ¡Misión cumplida! que diría
Bush.