anya
Reinhart, acreditada
analista del conflicto palestino-israelí, fue
profesora de Lingüística en la universidad de Tel
Aviv. El descriptivo y demoledor título de su
último libro podría traducirse así: “La hoja de
ruta a ninguna parte”. El subtítulo aclara su
contenido: “Israel/Palestina desde 2003”.
Cuando la brutalidad con la que
actúa el gobierno de Israel contra el pueblo
palestino alcanza límites insoportables, es
alentador encontrar una pluma judía capaz de
romper con sus escritos el muro de la
desinformación y abrir grietas en el acorazado
grupo de presión proisraelí que en los más
poderosos medios internacionales de información
distorsiona la realidad cotidiana de Palestina.
Considera Reinhart que el sistema
político israelí ha entrado desde el año 2003 en
“un proceso gradual de desintegración” y no pone
reparos en recordar un informe del Banco Mundial
que en abril de 2005 calificaba a Israel como uno
de los países más corrompidos e ineficaces del
mundo occidental. Afirma que es cada vez más
evidente el hecho de que las fuerzas armadas son
el factor dominante en la política israelí y
determinan las decisiones del gobierno, incluso
las que poco o nada tienen que ver con la defensa.
Opina que se ha desarrollado al máximo la idea de
que “la guerra se puede comercializar como una
infatigable búsqueda de la paz”. Es así como
Israel coincidiría con la paranoia de Bush sobre
la guerra universal e interminable contra el
terror, que tanto contribuyó a acrecentar su
popularidad entre los votantes en EEUU.
Coincide también con los que
sospechamos que la militarización de la sociedad
judía, notable desde los orígenes del Estado de
Israel, alcanza hoy extremos que permitirían dudar
de su naturaleza democrática. No le tiembla el
pulso a la autora al describir como un “proyecto
masivo de limpieza étnica” la política de Sharon
al rodear Cisjordania con un muro que aísla a las
gentes de los campos que cultivaban y que
entorpece su vida diaria, propiciando la
emigración.
Hay que recordar que ni siquiera
Gaza, cuya ocupación militar concluyó formalmente,
es hoy otra cosa que una enorme prisión en la que
ya han muerto más de 300 palestinos desde que a
finales de junio pasado se inició la última fase
de esa guerra, espasmódicamente activa desde 1948,
y de la que han estremecido al mundo las imágenes
de las mujeres-escudo que pretendían proteger a
los luchadores de Hamás que combaten por la
independencia de su pueblo.
Un aspecto positivo del libro
citado, que alimenta la esperanza en una futura
solución de este prolongado conflicto, es que se
ha escrito basándose en informaciones libremente
publicadas en Israel y al alcance de cualquier
ciudadano, lo que no podría decirse sobre otros
conflictos, como el de Rusia en Chechenia,
fuertemente censurados y ocultados a la opinión
pública. Es curioso constatar que la autora
percibe dentro de Israel más libertad y apertura
informativa sobre esta guerra que lo que aprecia
en el mundo occidental, donde las noticias suelen
aparecer más atenuadas. En una entrevista declaró:
“Hay cosas que parecerían atrocidades en Occidente
pero que en Israel son rutina diaria”. Y aunque
aprecia obstáculos y dificultades para la libertad
de expresión (ella tuvo que abandonar la
universidad por presiones políticas a causa de sus
opiniones), nos muestra que la sociedad israelí no
ha amordazado todavía las voces críticas que
pueden hacerle meditar sobre los errores cometidos.
Su reflexión sobre la influencia
de los medios en este conflicto es clara: “Los
hechos muestran los límites de la propaganda: se
puede fabricar silencio o asentimiento, pero no se
puede construir una conciencia”. Es a lo que ella
aspira con sus escritos y declaraciones.
Oigámosla: “Como israelí, creo que este forcejeo
[para hacer oír su voz] da también esperanza a los
israelíes. La política de Israel no solo amenaza a
los palestinos sino también a los israelíes. A la
larga, esta guerra por el territorio es suicida.
Un pequeño estado judío con siete millones de
habitantes (de los que 5,5 son judíos), rodeado
por doscientos millones de árabes, se está
convirtiendo en el enemigo de todo el mundo
musulmán. No hay seguridad de que tal Estado pueda
sobrevivir. Salvar a los palestinos significa
también salvar a Israel”.
La resolución del conflicto que
hace ya varios decenios derrama sangre sobre la
tierra palestina no está en la guerra constante de
Israel contra los árabes; ni en las armas
nucleares con las que cree garantizar su
supervivencia. Tampoco está en los buenos oficios
de EEUU, cuya opinión pública ignora lo que allí
sucede y cuya clase política cultiva
desmedidamente el voto proisraelí. Ni en Europa,
incapaz de gestar una política exterior común y
eternamente acomplejada frente a Israel por la
pesadilla del holocausto. La paz solo reinará en
esa conflictiva región cuando desde dentro de
Israel cobren vigor y relevancia las voces
templadas y ecuánimes, como la de Tanya Reinhart,
y sean capaces de influir en la política de su
país, imponiéndose al discurso militarista y
violento que allí domina y que ha logrado que la
corta historia del Estado esté jalonada
predominantemente por el estruendo de las armas en
una interminable sucesión de guerras que a nada
conducen.