Alberto Piris - rodelu.net |
29 de noviembre de 2006
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Estrella
Digital de España - 28 de noviembre de 2006
El bumerán Karpinski
Alberto
Piris *
El
hecho de escribir memorias o
libros retrospectivos, o de difundir por cualquier
otro medio opiniones sobre sucesos del pasado,
acarrea siempre cierto efecto bumerán, sobre todo
cuando los autores han ejercido serias
responsabilidades; más todavía, si como
consecuencia de éstas han ocupado en su momento,
suscitando polémica, el escenario más visible de
la actualidad. Por efecto bumerán hay que
entender, en este caso, las repercusiones
negativas de esas opiniones publicadas, no en
detrimento de quien las escribe, sino en perjuicio
de quienes estuvieron relacionados con el autor,
sea como jefes o superiores directos o como
subordinados más inmediatos.
Este es el caso concreto de la ex
general de brigada Janis Karpinski, degradada a
coronel en 2005 como consecuencia de la
investigación abierta en torno al tristemente
famoso penal de Abu Ghraib, y autora de un libro
titulado One Woman’s Army: The Commanding
General of Abu Ghraib Tells Her Store (que en
su versión al castellano podría traducirse como:
“El ejército de una mujer: la general jefe de Abu
Ghraib cuenta su historia”).
El pasado 26 de octubre, la ex
general fue entrevistada por la cadena
estadounidense independiente de radio y TV
Democracy Now! (¡Democracia, ahora!) en
Berlín, donde acudió para testificar en un proceso
allí abierto por posibles crímenes de guerra en
Iraq contra varios mandos militares de EEUU,
incluido el ex Secretario de Defensa Donald
Rumsfeld.
En el curso de la larga
entrevista, tras narrar la evolución del presidio
a medida que aumentaba el número de los cautivos
allí encerrados, ella se exculpó parcialmente de
las ignominias perpetradas, atribuyéndolas a los
servicios de Inteligencia Militar —encargados de
los interrogatorios— y no a la Policía Militar
—responsable de la custodia de la prisión—, cuerpo
cuyo mando ella ejercía en Iraq. Cuenta cómo
descubrió que los interrogatorios estaban a cargo
de una empresa subcontratada, al ver en las
abominables fotografías mundialmente difundidas a
unos individuos que ella tomó por traductores:
—¿Por qué salen los traductores en esas fotos?—
preguntó. —Señora, no son traductores, son los
interrogadores contratados— fue la respuesta.
En la prisión cuya custodia
estaba a cargo de Karpinski como máxima autoridad,
tenían lugar degradantes e ilegales
interrogatorios que ella ignoraba. Sospechando que
a sus espaldas se cocía algo muy grave, al
requerir información para aclarar la situación,
encontró sujeta a una columna de la oficina una
hoja de papel con una lista de media docena de
técnicas de interrogatorio a utilizar: “posiciones
de estrés, disciplina por el ruido y la luz, uso
de música, perturbación del sueño, cosas de
esas...”, según declaró Karpinski.
Comprobó que el documento estaba
firmado por el Secretario de Defensa, Donald
Rumsfeld, con una nota manuscrita al margen:
“Asegurarse de que suceda así”. Oigámosla: “Me
acuerdo muy bien, porque mi mirada fue allí
directamente, escrita de modo que quedaba muy
claro. Parecía con estilo muy militar. Pero era la
misma letra manuscrita, parecía la misma tinta,
porque se trataba de una fotocopia del memorando,
que la de la firma, que era la de Donald
Rumsfeld”. Al preguntar al suboficial responsable
por qué estaba allí la hoja fotocopiada, éste
respondió: “No lo sé señora. Nos dijeron que había
que ponerlo allí”.
El ciego automatismo militar ha
permitido ahora, gracias a fenómenos como el del
“banco pintado”1 ,
descubrir pruebas de acusación que pueden poner en
peligro a quien fue el todopoderoso jefe del
Pentágono. Una fotocopia sujeta a una pared, y
Rumsfeld puede verse acusado ante un tribunal
alemán por crímenes de guerra.
En la prolongada entrevista
concedida a Democracy Now! Karpinski (el
único mando militar con grado de general,
sancionado por el escándalo) acusó personalmente a
otros responsables, como el Fiscal General,
Alberto González, asesor directo del Presidente
Bush; a los generales Miller, jefe de Guantánamo,
y Sánchez, jefe militar en Iraq; y a otros cargos
militares responsables de establecer las técnicas
de los interrogatorios.
Al concluir la entrevista, aceptó
su responsabilidad, por poner un ejemplo concreto,
en el caso de la soldado England, la que fue
fotografiada sujetando con una correa de perro a
un desnudo prisionero iraquí: “porque ella estaba
bajo mi mando”. Pero “England no inventó esas
técnicas, ni en su equipo militar reglamentario
había una correa o un collar para perros”. Los que
por encima de Karpinski autorizaron y sugirieron
la tortura son responsables de tales decisiones y
deberán pagar por ello, aseveró. Eludió dar su
opinión sobre la posible responsabilidad de Bush.
En una posterior y breve
entrevista publicada en El País
(25-nov-06), la ex general no se anduvo con
rodeos: “Acusar a alguien que no tiene la culpa...
eso para mí es señal de cobardía, y eso es lo que
creo que son Sánchez, Rumsfeld y todos los demás:
unos cobardes. Yo voy a seguir contando lo que sé
porque todo el mundo [...] debe enterarse de lo
que pasó para que no vuelva a ocurrir”. El bumerán
Karpinski está ahora girando velozmente en el
aire, amenaza a miembros de la jerarquía política
y militar del Pentágono, y muchas cabezas se
agachan para no ser golpeadas por él.
1. Se ordenó a un centinela impedir
que nadie se sentase en un banco, recién pintado,
del patio del cuartel. Nadie revocó la consigna, y
años después seguía estando prohibido usar dicho
banco, sin que nadie supiera la razón. Vaya esta
explicación en atención a los jóvenes que, no
haciendo ya la “mili”, puedan ignorar la anécdota.
* General de Artillería en la Reserva Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
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