e
observa en el panorama internacional una
lamentable carencia de dirigentes competentes y
a la vez imaginativos, capaces de aportar
soluciones nuevas —y por tanto no gastadas y que
lleven consigo un rayo de esperanza— a los
viejos problemas no resueltos al paso de los
años. Sufre el mundo una peligrosa falta de
auténticos estadistas con visión de futuro, no
obsesionados sólo por la inmediatez de algún
proceso electoral que les pueda apartar del
poder que ejercen. La fórmula “más de lo mismo”
es repetida, fracaso tras fracaso, con una ciega
obstinación que muestra la penuria de
perspectivas originales que aqueja a los que se
empeñan en aplicarla.
Así está ocurriendo en EEUU
respecto a Iraq. En la OTAN, con Afganistán. Y
en España, con el ex presidente Aznar y su
peculiar visión del pasado. Más de lo mismo.
Bush cree que con más soldados se solucionará la
larga cadena de errores y percepciones
equivocadas que ha conducido al caos diario
iraquí. Análoga fórmula pretende aplicar la OTAN
en Afganistán, donde se encuentra implicada a
regañadientes y a instancias del aliado más
poderoso, que no supo salir del embrollo que
creó. Y más de lo mismo repite Aznar cuando,
acumulando mentiras, intenta justificar sus
errores del pasado afirmando que todo el mundo
estaba convencido de que en Iraq había armas de
destrucción masiva. Consideremos por separado
estos tres casos.
La llamada “nueva estrategia”
de EEUU en Iraq apenas tiene nada de nuevo: más
soldados en las calles y más presencia militar
en zonas críticas, empezando por la capital.
Pero eso apenas contribuirá a desactivar la
guerra civil que ya ha estallado entre los
iraquíes. Sólo éstos, por sí mismos, podrán
pensar en salir de la situación en que se
hallan, cuando puedan resolver sus problemas sin
injerencias militares foráneas.
Por otro lado, la OTAN en
Afganistán está intentando reparar el error más
garrafal de la política estadounidense en los
últimos tiempos: el de haber iniciado la
invasión de Iraq sin haber resuelto la cuestión
afgana. En julio del 2004 reproduje en esta
columna los comentarios extraídos de un libro
publicado por un anterior alto funcionario de la
seguridad nacional de EEUU. Era inocultable el
asombro de los responsables antiterroristas
estadounidenses cuando se enteraron de que Bush
pretendía atacar Iraq: “En vez de ir a por todas
contra Al Qaeda [en Afganistán] y eliminar los
puntos vulnerables de nuestro país, quieren
invadir Iraq otra vez… —comentaba un directivo
de la inteligencia estadounidense en el 2002—.
¿Sabes hasta qué punto se fortalecerán Al Qaeda
y otros grupos similares si ocupamos Iraq? Ahora
no tenemos ninguna amenaza iraquí, pero el 70%
de los estadounidenses creen que Iraq atacó el
Pentágono y el World Trade Center” (Richard A.
Clarke, “Contra todos los enemigos”, Taurus,
2004).
Los que estaban realmente bien
informados sabían de sobra que en el 2002 no
había “ninguna amenaza iraquí” que pusiera en
peligro la seguridad de EEUU ni la del mundo. De
ahí que se opusieran a la obsesión de Bush por
probar su fuerza militar frente a un país
agotado por un prolongado embargo económico y al
borde de la ruina, fácil presa del ejército más
potente del mundo. Forzó la invasión de Iraq y
desdeñó prever lo que habría de venir después.
Miente, pues, Aznar al hablar
sobre la inexistencia de armas de destrucción
masiva en Iraq y afirmar que cuando él no lo
sabía “nadie lo sabía”. No es cierto. Muchos lo
sabían y lucharon por evitar la contagiosa
ceguera del tándem Bush-Blair, al que se unió
Aznar para desencadenar, sobre una tupida red de
mentiras y falsedades, la guerra que se abatió
sobre Oriente Próximo con las funestas
consecuencias por todos sabidas.
Bush se equivocó respecto a
Iraq y arrastró a Aznar en su confusión. (Asunto
aparte es analizar por qué uno engañó y el otro
se dejó engañar: perseguían ciertos objetivos
políticos y el tiro les salió a ambos por la
culata.) Por otro lado, la OTAN está pagando las
consecuencias de intentar reparar el error de
EEUU, que dejó a medio terminar su lucha
antiterrorista en Afganistán. Y Aznar también se
confundió al aceptar, sin el menor espíritu
crítico —y desdeñando el asesoramiento de los
propios servicios españoles de inteligencia—,
las patrañas embaucadoras de los otros dos
miembros del nefasto trío de las Azores.
“Todo
el mundo pensaba que en Iraq había armas de
destrucción masiva y no [las] había. Eso lo sabe
todo el mundo, y yo también lo sé… ahora”, ha
dicho Aznar entre los aplausos de sus
correligionarios. Falso. Más de lo mismo.
Mentira sobre mentira. No lo sabía todo el
mundo. Muchos percibieron el engaño. Aznar fue
el más crédulo en la reunión de las Azores, a la
que asistió sin poseer la información esencial
para poder discutir la cuestión, y tragó el
anzuelo lanzado por Bush y Blair. No todos se
habían creído las mentiras de Colin Powell ante
el Consejo de Seguridad, algunos días antes. El
mismo Powell se mostró después humillado por
haber sido utilizado de modo tan vergonzoso.
Más de lo mismo es la fórmula
garantizada para alcanzar a la larga un repetido
fracaso. Un peligroso círculo que sólo la
imaginación bien informada puede llegar a
romper.