l
multiculturalismo tiene unos límites claros que
no deberían traspasarse para no vulnerar los más
elementales derechos humanos. Uno de ellos está
en la propia fe islámica (la palabra “islam”
significa sumisión o rendición), en la que los
hombres se someten ciegamente a la voluntad de
Alá (tal como permanece registrada para siempre
en los inmutables textos sagrados, aprendidos de
memoria y repetidos de generación en generación)
y las mujeres quedan sometidas a los hombres. No
sería preciso, aunque ayuda mucho, leer el
estremecedor libro de Ayaan Hirsi Mi vida, mi
libertad para horrorizarse ante la abyecta
sumisión en la que se ven forzadas a vivir las
mujeres que desean ser fieles musulmanas.
A este respecto es interesante
hacer llegar a los lectores, extractada, la
fresca narración de una joven afgana, becaria de
periodismo, donde relata una situación vivida
por ella misma.
El relato comienza así: Fawzia
—nombre supuesto— tiene 21 años y yo 22, por lo
que es chocante que la tenga que llamar abuela.
Pero mi abuelo, de 85 años, dijo un día: “Mi
mujer ha muerto y yo vuelvo a ser joven. Podía
haberme casado con varias ancianas, pero
prefería una joven. Creo que no hay diferencia
entre viejos y jóvenes, así que decidí casarme
con una muchacha y ahora soy feliz”. Por su
parte, Fawzia lo veía de este modo: “Mi padre
murió y mi madre tenía que sostenernos a mí y a
mis dos hermanos. No teníamos dinero, así que me
casó con ese anciano. No pensó en mí, en mi
vida. Arrojó mi vida al río, por donde se
escapó”.
Cuando anunció su boda, mi
abuelo pensó que la familia se alegraría. Tiene
diez hijos con su primera mujer. Mi madre es la
mayor de las hijas. No toda la familia se
entusiasmó con el acontecimiento. Mi madre
comentó: “Para una mujer tan joven, la muerte
hubiera sido mejor que casarse con un anciano”.
Durante la boda mi abuelo no
disimulaba su gozo. Le cantaba a su esposa y le
decía: “No te preocupes, todo irá bien. Te
obedeceré en todo y te daré todo lo que desees”.
Pero Fawzia no le escuchaba; parecía ajena: “Es
la voluntad de Dios. Tengo que casarme con este
anciano. Yo me suicidaría, pero eso deshonraría
a mi familia. Después de todo, no soy la única
joven que está en tal situación”.
Fawzia tenía razón. Conozco
muchos casos parecidos. Si me ayudaran, llevaría
a juicio a todos los ancianos que se casan a la
fuerza con muchachas jóvenes. Mi abuelo es rico.
Posee muchas tierras en la provincia de Helmand,
donde cultiva verduras, y no amapolas como hacen
tantos otros.
Ahora ha transcurrido casi un
año desde que Fawzia se casó. Ya no dice lo
mismo: “Al principio fui desgraciada. Pero ahora
tengo gemelos, niño y niña, y soy feliz con
ellos. Mi marido es muy atento conmigo y me trae
todo lo que quiero. No le cambiaría por un
joven”. Creo, sin embargo, que ella intenta
poner buena cara al mal tiempo, ya que es una
deshonra quejarse del marido.
Cuando muera mi abuelo, Fawzia
no podrá volver a casarse. Entre nosotros,
cuando el marido muere, la mujer continúa
viviendo con la familia de él. Puede casarse con
un hermano o incluso con el padre del difunto.
Pero mi abuelo no tiene hermanos vivos. Fawzia
es ahora, a la vez, nuestra madre y nuestra
abuela; no podremos casarla nunca. Será siempre
una viuda.
Pero mi abuelo no piensa en
eso. Está feliz con sus nuevos hijos y bromea
con los hijos mayores: “Mirad, soy más fuerte
que vosotros. Tengo más hijos”. Dice que aún
quiere tener más y piensa en volver a casarse.
“Me casé con una veinteañera y soy feliz —me
dijo—. Ahora quiero otra”.
Así termina el relato de esta
joven afgana aprendiza de periodismo, cuyo
nombre ha sido también ocultado para evitar
represalias. El caso narrado no es
extraordinario, sino habitual entre las
atrasadas sociedades rurales de muchos países de
Oriente Medio. Proporciona más que suficiente
materia de reflexión sobre el multiculturalismo.
¿Se
puede considerar este tipo de cultura familiar
como si estuviera a la misma altura de todos los
demás? ¿Cabe alguna posibilidad de
multiculturalismo con elementos sociales de esa
naturaleza? Pues en Europa empiezan a asomar,
entre la población inmigrante de religión
musulmana, los síntomas de importación cultural
de esas costumbres familiares en los guetos
suburbanos, cada vez más poblados, donde acaban
recluidas muchas minorías musulmanas, aisladas y
refractarias a cualquier asimilación de las
formas básicas de vida de Occidente.
¿Puede
imaginarse una alianza de la cultura occidental
con ese tipo de civilización? ¿Es posible
considerar que merecen respeto y apoyo tales
prácticas familiares? Como afirma
categóricamente la escritora somalí citada al
comienzo, mientras dentro del propio mundo
islámico no surja un movimiento de
“ilustración”, una corriente de raíz humanista
que venza la aplastante tendencia de
sometimiento de la voluntad humana a los
preceptos de una religión, nacida en un pueblo
nómada y fosilizada hace varios siglos, será
imposible intentar conciliar el islam y los
derechos humanos. Casos como el que narra la
periodista afgana son una prueba evidente de
esto.