Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
2 de marzo de 2007

Estrella Digital de España - 27 febrero de 2007

Un relato afgano

Alberto Piris *
El multiculturalismo tiene unos límites claros que no deberían traspasarse para no vulnerar los más elementales derechos humanos. Uno de ellos está en la propia fe islámica (la palabra “islam” significa sumisión o rendición), en la que los hombres se someten ciegamente a la voluntad de Alá (tal como permanece registrada para siempre en los inmutables textos sagrados, aprendidos de memoria y repetidos de generación en generación) y las mujeres quedan sometidas a los hombres. No sería preciso, aunque ayuda mucho, leer el estremecedor libro de Ayaan Hirsi Mi vida, mi libertad para horrorizarse ante la abyecta sumisión en la que se ven forzadas a vivir las mujeres que desean ser fieles musulmanas.

A este respecto es interesante hacer llegar a los lectores, extractada, la fresca narración de una joven afgana, becaria de periodismo, donde relata una situación vivida por ella misma.

El relato comienza así: Fawzia —nombre supuesto— tiene 21 años y yo 22, por lo que es chocante que la tenga que llamar abuela. Pero mi abuelo, de 85 años, dijo un día: “Mi mujer ha muerto y yo vuelvo a ser joven. Podía haberme casado con varias ancianas, pero prefería una joven. Creo que no hay diferencia entre viejos y jóvenes, así que decidí casarme con una muchacha y ahora soy feliz”. Por su parte, Fawzia lo veía de este modo: “Mi padre murió y mi madre tenía que sostenernos a mí y a mis dos hermanos. No teníamos dinero, así que me casó con ese anciano. No pensó en mí, en mi vida. Arrojó mi vida al río, por donde se escapó”.

Cuando anunció su boda, mi abuelo pensó que la familia se alegraría. Tiene diez hijos con su primera mujer. Mi madre es la mayor de las hijas. No toda la familia se entusiasmó con el acontecimiento. Mi madre comentó: “Para una mujer tan joven, la muerte hubiera sido mejor que casarse con un anciano”.

Durante la boda mi abuelo no disimulaba su gozo. Le cantaba a su esposa y le decía: “No te preocupes, todo irá bien. Te obedeceré en todo y te daré todo lo que desees”. Pero Fawzia no le escuchaba; parecía ajena: “Es la voluntad de Dios. Tengo que casarme con este anciano. Yo me suicidaría, pero eso deshonraría a mi familia. Después de todo, no soy la única joven que está en tal situación”.

Fawzia tenía razón. Conozco muchos casos parecidos. Si me ayudaran, llevaría a juicio a todos los ancianos que se casan a la fuerza con muchachas jóvenes. Mi abuelo es rico. Posee muchas tierras en la provincia de Helmand, donde cultiva verduras, y no amapolas como hacen tantos otros.

Ahora ha transcurrido casi un año desde que Fawzia se casó. Ya no dice lo mismo: “Al principio fui desgraciada. Pero ahora tengo gemelos, niño y niña, y soy feliz con ellos. Mi marido es muy atento conmigo y me trae todo lo que quiero. No le cambiaría por un joven”. Creo, sin embargo, que ella intenta poner buena cara al mal tiempo, ya que es una deshonra quejarse del marido.

Cuando muera mi abuelo, Fawzia no podrá volver a casarse. Entre nosotros, cuando el marido muere, la mujer continúa viviendo con la familia de él. Puede casarse con un hermano o incluso con el padre del difunto. Pero mi abuelo no tiene hermanos vivos. Fawzia es ahora, a la vez, nuestra madre y nuestra abuela; no podremos casarla nunca. Será siempre una viuda.

Pero mi abuelo no piensa en eso. Está feliz con sus nuevos hijos y bromea con los hijos mayores: “Mirad, soy más fuerte que vosotros. Tengo más hijos”. Dice que aún quiere tener más y piensa en volver a casarse. “Me casé con una veinteañera y soy feliz —me dijo—. Ahora quiero otra”.

Así termina el relato de esta joven afgana aprendiza de periodismo, cuyo nombre ha sido también ocultado para evitar represalias. El caso narrado no es extraordinario, sino habitual entre las atrasadas sociedades rurales de muchos países de Oriente Medio. Proporciona más que suficiente materia de reflexión sobre el multiculturalismo.

¿Se puede considerar este tipo de cultura familiar como si estuviera a la misma altura de todos los demás? ¿Cabe alguna posibilidad de multiculturalismo con elementos sociales de esa naturaleza? Pues en Europa empiezan a asomar, entre la población inmigrante de religión musulmana, los síntomas de importación cultural de esas costumbres familiares en los guetos suburbanos, cada vez más poblados, donde acaban recluidas muchas minorías musulmanas, aisladas y refractarias a cualquier asimilación de las formas básicas de vida de Occidente.

¿Puede imaginarse una alianza de la cultura occidental con ese tipo de civilización? ¿Es posible considerar que merecen respeto y apoyo tales prácticas familiares? Como afirma categóricamente la escritora somalí citada al comienzo, mientras dentro del propio mundo islámico no surja un movimiento de “ilustración”, una corriente de raíz humanista que venza la aplastante tendencia de sometimiento de la voluntad humana a los preceptos de una religión, nacida en un pueblo nómada y fosilizada hace varios siglos, será imposible intentar conciliar el islam y los derechos humanos. Casos como el que narra la periodista afgana son una prueba evidente de esto.


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
 
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