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último libro de una trilogía escrita por el
historiador y politólogo estadounidense Chalmer
A. Johnson se titula Némesis, los últimos
días de la República Americana. Recuérdese
que Némesis, llamada también “la hija de la
noche”, representaba, en la mitología griega, la
justicia divina y la venganza de los dioses.
Personificaba su ira frente a la soberbia y la
altivez de los transgresores de la ley.
La elección por el autor de
este nombre mitológico para dar título a su obra
responde a la idea de que el castigo se cierne
sobre la soberbia y la altivez de EEUU en su
actual evolución como una potencia imperial con
intereses en todo el planeta. El tema básico
desarrollado consiste en mostrar la actual
validez del principio histórico-político de que
la más inestable situación que pueda imaginarse,
para una gran potencia, es la de intentar ser
una democracia de puertas adentro y un imperio
invencible de puertas afuera. En esa situación
se encuentra hoy EEUU. El fracaso es inevitable,
según Johnson. Ambas tendencias son
incompatibles y una necesariamente dominará
sobre la otra.
Aunque la derrota del partido
republicano en las últimas elecciones, el
fracaso de las armas imperiales en Iraq (y la
necesidad de recurrir a la OTAN para salir del
apuro en Afganistán) y el desapego creciente de
gran parte de la opinión pública estadounidense
hacia los sueños imperiales de Bush y sus
fanáticos “neocons” hayan frenado algo la deriva
imperialista de la gran superpotencia, el
peligro se cierne sobre EEUU y aumenta día a
día, según Johnson.
Se advierte una crítica
combinación de factores: (1) unos enormes y
poderosos ejércitos desplegados en todo el
planeta, donde Johnson contabiliza una red de
737 bases militares en más de 130 países, según
datos del Pentágono del 2005; (2) la tendencia a
entablar guerras sin fin, como la declarada por
Bush contra el terrorismo; (3) la dependencia
económica de EEUU del complejo
militar-industrial; (4) los ruinosos gastos
militares incluidos en un gigantesco presupuesto
de defensa; y (5) la creación de un segundo
Departamento de Defensa —llamado de la Seguridad
Interior—, que agrava la militarización de la
política. Todo ello, afirma Johnson, está
destruyendo la tradicional estructura
republicana de gobierno, acercándola a lo que
podría considerarse una presidencia imperial,
inédita en EEUU pero ya conocida en algunos
antiguos imperios que se deshicieron sin
remedio.
Peligra la supervivencia de
aquella estructura política basada en una
rigurosa separación de poderes y en los frenos y
contrapesos que los fundadores de EEUU
incluyeron en la Constitución que libremente
redactaron al independizarse de la Corona
británica, a modo de inexpugnables baluartes
contra la dictadura y la tiranía que tanto
temían y habían sufrido en la Europa de su
época.
Así plantea Johnson el núcleo
de la cuestión: “Estamos a punto de perder
nuestra democracia para no perder nuestro
imperio. En cuanto una nación se desliza por esa
pendiente, entra en juego la dinámica común a
todos los imperios: el aislamiento, la
dilatación y sobreexpansión, y la cohesión de
todas las fuerzas locales y globales opuestas al
imperialismo, que conducen, al final, a la
bancarrota”.
El ejemplo de la decadencia y
caída del Imperio Romano salta a la vista,
aunque no sea el único. Roma decidió mantener el
imperio y abandonar la democracia, con el
resultado por todos conocido. Por el contrario,
se puede elegir la democracia y perder el
imperio, como hizo Inglaterra tras la 2ª Guerra
Mundial, aunque ese declive imperial tuviera
algunas sucias manchas, como la invasión de
Egipto en 1956, en alianza con Francia e Israel.
En líneas generales, Inglaterra prefirió
democracia a imperio, aunque al resultado final
contribuyó también —no debe olvidarse— la
política de EEUU y el enfrentamiento entre los
bloques.
Como forma de gobierno, el
imperialismo no necesita el consentimiento de
los gobernados, pues es una tiranía pura.
Intentar combinar una democracia interna con el
control tiránico de los pueblos sometidos es una
contradicción irresoluble. “Un país puede ser
democrático o puede ser imperialista, pero no
las dos cosas a la vez”, afirma el autor.
El mundo se halla hoy ante este
dilema: o continúa la trayectoria imperial de
EEUU, en detrimento de su democracia, o las
voces críticas que nacen en el seno de ese país
—como la expresada en el libro aquí comentado—
se dejan oír con fuerza y son capaces de frenar
tan peligrosa tendencia. El problema reside en
que en el actual panorama internacional no es
EEUU la única gran potencia donde democracia e
imperio forcejean por hacerse con el futuro.
China y la Federación Rusa no le andan a la
zaga, y en ninguna de ambas posee la democracia
la fuerza que aún conserva en EEUU.