Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
7 de marzo de 2007

Estrella Digital de España - 6 marzo de 2007

Imperio o democracia

Alberto Piris *
El último libro de una trilogía escrita por el historiador y politólogo estadounidense Chalmer A. Johnson se titula Némesis, los últimos días de la República Americana. Recuérdese que Némesis, llamada también “la hija de la noche”, representaba, en la mitología griega, la justicia divina y la venganza de los dioses. Personificaba su ira frente a la soberbia y la altivez de los transgresores de la ley.

La elección por el autor de este nombre mitológico para dar título a su obra responde a la idea de que el castigo se cierne sobre la soberbia y la altivez de EEUU en su actual evolución como una potencia imperial con intereses en todo el planeta. El tema básico desarrollado consiste en mostrar la actual validez del principio histórico-político de que la más inestable situación que pueda imaginarse, para una gran potencia, es la de intentar ser una democracia de puertas adentro y un imperio invencible de puertas afuera. En esa situación se encuentra hoy EEUU. El fracaso es inevitable, según Johnson. Ambas tendencias son incompatibles y una necesariamente dominará sobre la otra.

Aunque la derrota del partido republicano en las últimas elecciones, el fracaso de las armas imperiales en Iraq (y la necesidad de recurrir a la OTAN para salir del apuro en Afganistán) y el desapego creciente de gran parte de la opinión pública estadounidense hacia los sueños imperiales de Bush y sus fanáticos “neocons” hayan frenado algo la deriva imperialista de la gran superpotencia, el peligro se cierne sobre EEUU y aumenta día a día, según Johnson.

Se advierte una crítica combinación de factores: (1) unos enormes y poderosos ejércitos desplegados en todo el planeta, donde Johnson contabiliza una red de 737 bases militares en más de 130 países, según datos del Pentágono del 2005; (2) la tendencia a entablar guerras sin fin, como la declarada por Bush contra el terrorismo; (3) la dependencia económica de EEUU del complejo militar-industrial; (4) los ruinosos gastos militares incluidos en un gigantesco presupuesto de defensa; y (5) la creación de un segundo Departamento de Defensa —llamado de la Seguridad Interior—, que agrava la militarización de la política. Todo ello, afirma Johnson, está destruyendo la tradicional estructura republicana de gobierno, acercándola a lo que podría considerarse una presidencia imperial, inédita en EEUU pero ya conocida en algunos antiguos imperios que se deshicieron sin remedio.

Peligra la supervivencia de aquella estructura política basada en una rigurosa separación de poderes y en los frenos y contrapesos que los fundadores de EEUU incluyeron en la Constitución que libremente redactaron al independizarse de la Corona británica, a modo de inexpugnables baluartes contra la dictadura y la tiranía que tanto temían y habían sufrido en la Europa de su época.

Así plantea Johnson el núcleo de la cuestión: “Estamos a punto de perder nuestra democracia para no perder nuestro imperio. En cuanto una nación se desliza por esa pendiente, entra en juego la dinámica común a todos los imperios: el aislamiento, la dilatación y sobreexpansión, y la cohesión de todas las fuerzas locales y globales opuestas al imperialismo, que conducen, al final, a la bancarrota”.

El ejemplo de la decadencia y caída del Imperio Romano salta a la vista, aunque no sea el único. Roma decidió mantener el imperio y abandonar la democracia, con el resultado por todos conocido. Por el contrario, se puede elegir la democracia y perder el imperio, como hizo Inglaterra tras la 2ª Guerra Mundial, aunque ese declive imperial tuviera algunas sucias manchas, como la invasión de Egipto en 1956, en alianza con Francia e Israel. En líneas generales, Inglaterra prefirió democracia a imperio, aunque al resultado final contribuyó también —no debe olvidarse— la política de EEUU y el enfrentamiento entre los bloques.

Como forma de gobierno, el imperialismo no necesita el consentimiento de los gobernados, pues es una tiranía pura. Intentar combinar una democracia interna con el control tiránico de los pueblos sometidos es una contradicción irresoluble. “Un país puede ser democrático o puede ser imperialista, pero no las dos cosas a la vez”, afirma el autor.

El mundo se halla hoy ante este dilema: o continúa la trayectoria imperial de EEUU, en detrimento de su democracia, o las voces críticas que nacen en el seno de ese país —como la expresada en el libro aquí comentado— se dejan oír con fuerza y son capaces de frenar tan peligrosa tendencia. El problema reside en que en el actual panorama internacional no es EEUU la única gran potencia donde democracia e imperio forcejean por hacerse con el futuro. China y la Federación Rusa no le andan a la zaga, y en ninguna de ambas posee la democracia la fuerza que aún conserva en EEUU.


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
 
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