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regimiento donde está destinado el hijo menor
del heredero de la Corona británica, el príncipe
Enrique (“Harry” para los medios de comunicación
ingleses), de 22 años de edad, será enviado en
la próxima primavera de guarnición a Iraq
durante un periodo de seis meses. El anterior
precedente de un miembro de la familia real
participando activamente en una guerra fue el de
su tío, el príncipe Andrés, que sirvió en la
Marina británica, como piloto de helicóptero,
durante la campaña de las islas Malvinas en 1982.
En abril del año pasado Harry
terminó sus estudios en la Academia Militar de
Sandhurst y fue destinado al regimiento “Blues
and Royals” (es costumbre del Ejército de Tierra
del Reino Unido utilizar nombres peculiares
distintivos para sus regimientos, basándose en
antecedentes históricos de los mismos). En este
caso, se trata del más antiguo de los
regimientos de Caballería de la Guardia Real,
formado por la fusión de dos regimientos (el de
los “azules” y el de los “reales”) organizados
ambos durante el siglo XVII.
La misión del príncipe, según
el Ministerio de Defensa del Reino Unido, será
la de mandar un pelotón de doce soldados,
repartidos en cuatro vehículos acorazados de
reconocimiento de tipo “Scimitar”, del Escuadrón
A del citado regimiento. Al pertenecer al arma
de Caballería, su graduación será la de “cornet”
(corneta), una antigua denominación, propia de
ciertos regimientos de esta arma, que equivale
al grado de alférez, el de menor categoría entre
los oficiales profesionales del Ejército de
Tierra.
Del mismo modo que el Rey de
España, durante su formación para oficial en la
Academia General Militar de Zaragoza era tratado
como “caballero cadete Borbón y Borbón”, el
príncipe Harry será el “alférez Gales”. Su
misión en una unidad de caballería ligera le
hará responsabilizarse de ser los “ojos y los
oídos de su regimiento” cuando éste despliegue
sobre el terreno.
Con un lenguaje más cuartelero
que palatino, el príncipe había manifestado el
año pasado: “De ningún modo voy a pasar por [la
Academia Militar de] Sandhurst y luego quedarme
en casa, sentado sobre mi culo, mientras mis
hombres están allí, luchando por su país”.
La noticia ha tenido cierto eco
en Iraq, donde la desesperación de un pueblo
sometido al caos diario, le hace suspirar por la
llegada de un príncipe al que se atribuye,
anticipadamente, la capacidad de contribuir a
alcanzar la normalidad.
En lo que puede acabar siendo
una importante operación de relaciones publicas
para el ejército británico, el anuncio de que el
hijo menor de la princesa Diana entrará en
acción en el sur de Iraq en unos meses, ha sido
acogido en Basora con júbilo popular. En algunos
sectores de opinión se considera muy encomiable
que un miembro de la familia real británica
arriesgue su vida combatiendo para pacificar el
país: “Este hecho contribuirá a crear una
atmósfera segura y estable”, afirman los más
optimistas.
Según se informa desde Basora,
la población percibe como enorme la diferencia
entre Harry y los hijos de los altos dirigentes
árabes, “que viven privilegiadamente, y solo
ocupan puestos destacados y seguros en la alta
jerarquía de sus países”. El pueblo iraquí
valora muy positivamente el hecho de que el
príncipe cumpla sus deberes militares, de forma
voluntaria y como un ciudadano británico más.
Pero no todo es agradable en
las perspectivas iraquíes del vástago de la
realeza británica. Hace unos días murió el 133º
soldado británico, abatido por un francotirador
al norte de Basora. Muchos grupos armados
insurgentes, como el llamado “ejército del
Mahdi”, tienen como objetivo final la expulsión
de todos los ejércitos invasores, sin
importarles mucho la sangre real de sus
oficiales. Y aunque pretenden no sobrevalorar
esta posibilidad, los servicios de seguridad
británicos no son ajenos a la conmoción que
produciría el secuestro del príncipe Harry y su
exhibición a través de la televisión como un
rehén en manos de algún grupo insurgente.
Del mismo modo como el pueblo
francés se prosternaba ante Luis XVI (quien
pocos años después sería decapitado) para que
mediante la imposición de sus manos —tenidas por
sagradas— se viera curado de llagas y pústulas
infectadas, también algunos iraquíes idealizan
la presencia de un individuo de sangre real
entre las tropas ocupantes, al que atribuyen
influencias indemostrables y en todo punto
irracionales.
Habrá que valorar, dentro de
unos meses, el efecto de esta operación de
imagen en el cada vez más deteriorado ambiente
iraquí, para saber si tiene éxito o, como otras
innovaciones tácticas y estratégicas de última
hora, solo pretende salvar la cara de las
fuerzas invasoras y preparar el camino para la
inevitable retirada, ya oficialmente anunciada.