Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
13 de marzo de 2007

Estrella Digital de España - 13 marzo de 2007

Un príncipe en Iraq

Alberto Piris *
El regimiento donde está destinado el hijo menor del heredero de la Corona británica, el príncipe Enrique (“Harry” para los medios de comunicación ingleses), de 22 años de edad, será enviado en la próxima primavera de guarnición a Iraq durante un periodo de seis meses. El anterior precedente de un miembro de la familia real participando activamente en una guerra fue el de su tío, el príncipe Andrés, que sirvió en la Marina británica, como piloto de helicóptero, durante la campaña de las islas Malvinas en 1982.

En abril del año pasado Harry terminó sus estudios en la Academia Militar de Sandhurst y fue destinado al regimiento “Blues and Royals” (es costumbre del Ejército de Tierra del Reino Unido utilizar nombres peculiares distintivos para sus regimientos, basándose en antecedentes históricos de los mismos). En este caso, se trata del más antiguo de los regimientos de Caballería de la Guardia Real, formado por la fusión de dos regimientos (el de los “azules” y el de los “reales”) organizados ambos durante el siglo XVII.

La misión del príncipe, según el Ministerio de Defensa del Reino Unido, será la de mandar un pelotón de doce soldados, repartidos en cuatro vehículos acorazados de reconocimiento de tipo “Scimitar”, del Escuadrón A del citado regimiento. Al pertenecer al arma de Caballería, su graduación será la de “cornet” (corneta), una antigua denominación, propia de ciertos regimientos de esta arma, que equivale al grado de alférez, el de menor categoría entre los oficiales profesionales del Ejército de Tierra.

Del mismo modo que el Rey de España, durante su formación para oficial en la Academia General Militar de Zaragoza era tratado como “caballero cadete Borbón y Borbón”, el príncipe Harry será el “alférez Gales”. Su misión en una unidad de caballería ligera le hará responsabilizarse de ser los “ojos y los oídos de su regimiento” cuando éste despliegue sobre el terreno.

Con un lenguaje más cuartelero que palatino, el príncipe había manifestado el año pasado: “De ningún modo voy a pasar por [la Academia Militar de] Sandhurst y luego quedarme en casa, sentado sobre mi culo, mientras mis hombres están allí, luchando por su país”.

La noticia ha tenido cierto eco en Iraq, donde la desesperación de un pueblo sometido al caos diario, le hace suspirar por la llegada de un príncipe al que se atribuye, anticipadamente, la capacidad de contribuir a alcanzar la normalidad.

En lo que puede acabar siendo una importante operación de relaciones publicas para el ejército británico, el anuncio de que el hijo menor de la princesa Diana entrará en acción en el sur de Iraq en unos meses, ha sido acogido en Basora con júbilo popular. En algunos sectores de opinión se considera muy encomiable que un miembro de la familia real británica arriesgue su vida combatiendo para pacificar el país: “Este hecho contribuirá a crear una atmósfera segura y estable”, afirman los más optimistas.

Según se informa desde Basora, la población percibe como enorme la diferencia entre Harry y los hijos de los altos dirigentes árabes, “que viven privilegiadamente, y solo ocupan puestos destacados y seguros en la alta jerarquía de sus países”. El pueblo iraquí valora muy positivamente el hecho de que el príncipe cumpla sus deberes militares, de forma voluntaria y como un ciudadano británico más.

Pero no todo es agradable en las perspectivas iraquíes del vástago de la realeza británica. Hace unos días murió el 133º soldado británico, abatido por un francotirador al norte de Basora. Muchos grupos armados insurgentes, como el llamado “ejército del Mahdi”, tienen como objetivo final la expulsión de todos los ejércitos invasores, sin importarles mucho la sangre real de sus oficiales. Y aunque pretenden no sobrevalorar esta posibilidad, los servicios de seguridad británicos no son ajenos a la conmoción que produciría el secuestro del príncipe Harry y su exhibición a través de la televisión como un rehén en manos de algún grupo insurgente.

Del mismo modo como el pueblo francés se prosternaba ante Luis XVI (quien pocos años después sería decapitado) para que mediante la imposición de sus manos —tenidas por sagradas— se viera curado de llagas y pústulas infectadas, también algunos iraquíes idealizan la presencia de un individuo de sangre real entre las tropas ocupantes, al que atribuyen influencias indemostrables y en todo punto irracionales.

Habrá que valorar, dentro de unos meses, el efecto de esta operación de imagen en el cada vez más deteriorado ambiente iraquí, para saber si tiene éxito o, como otras innovaciones tácticas y estratégicas de última hora, solo pretende salvar la cara de las fuerzas invasoras y preparar el camino para la inevitable retirada, ya oficialmente anunciada.


* General de Artillería en la Reserva
 
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