Alberto Piris - rodelu.net |
10 de abril de 2007
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Estrella
Digital de España - 10 de abril de 2007
La Constitución en Semana Santa
Es durante las celebraciones de Semana Santa cuando
más se puede llegar a poner en duda la plena
vigencia del artículo 16-3 de la Constitución
española, que afirma sin rodeos: “Ninguna
confesión religiosa tendrá carácter estatal”.
Alberto
Piris *
Pues bien, a pesar de lo
dispuesto en nuestra Carta Magna, es fácil
observar que en los cuarteles de las Fuerzas
Armadas la bandera se iza a media asta durante
algunos de estos días, es decir, a la mitad de
la altura del mástil, lo que en la simbología
militar es una evidente señal de luto. ¿Luto por
quién o por qué? Sólo hay una respuesta. Guardan
luto los militares, todos los militares, en sus
cuarteles, porque lo impone el rito de una
confesión religiosa específica. Cosa que apenas
parece extrañar a nadie, en un país acostumbrado
durante largos años a una deforme simbiosis
entre lo militar y lo religioso. “Mitad monjes,
mitad soldados”, fue la aspiración de ciertos
españoles cuya huella aún parece perdurar, por
lo que se puede apreciar.
Se advierte también durante
esos días de luto religioso cristiano, en
numerosas ciudades y pueblos de España, cómo son
unidades militares y de la Guardia Civil las que
dan escolta a los pasos procesionales, portando
sus armas reglamentarias “a la funerala”, esto
es, con sus bocas hacia el suelo en señal de
duelo y desfilando a paso lento. Contribuyen con
su presencia a mostrar, una vez más, lo borroso
e impreciso de la separación entre la religión
católica y el Estado.
Porque son, evidentemente, esos
instrumentos de la defensa del Estado los que
con su participación en tales prácticas
religiosas están dando un marcado carácter
estatal a ciertas ceremonias de la Iglesia
Romana, contraviniendo lo dispuesto en la
Constitución. No se trata de individuos que a
título personal —sean o no militares— participan
libremente con su presencia en las ceremonias
religiosas, sino que lo hacen como miembros de
las Fuerzas Armadas o de los Cuerpos de
Seguridad del Estado, vestidos con uniforme de
gala, encuadrados en unidades regularmente
organizadas y exhibiendo en ocasiones su
armamento. Es el propio Estado el que, a través
de ellos, participa en las procesiones, en
contra de lo que establece la Constitución.
Por otro lado, cuesta
comprender por qué la Iglesia acepta, o incluso
solicita en ocasiones, una simbólica protección
armada para sus imágenes procesionales, aunque
las armas de sus escoltas estén a la funerala y
no se encuentren cargadas o en disposición de
hacer fuego. ¿De quién hay que proteger a las
estatuas y a los cofrades? Si, por el contrario,
se afirma que se trata de una vieja práctica que
debería respetarse, en defensa de la tradición,
el problema se plantea aún con mayor crudeza:
¿es que deben seguir estando los ejércitos al
servicio de la religión católica, como lo han
estado en largas épocas anteriores? Porque ése
es exactamente el simbolismo de las escoltas
militares armadas en los pasos procesionales.
Pero el asunto no concluye ahí.
Es en todo punto inconcebible, a la luz de la no
estatalidad de ninguna religión, como impone la
Constitución, que una unidad de las prestigiosas
fuerzas de choque del Ejército de Tierra —la
Legión— desembarque solemnemente todos los años
en Málaga desde un buque de la Armada española,
portando una estatua del crucificado, y de esa
guisa participe en las procesiones del Viernes
Santo de la capital andaluza.
Banderas a media asta, escoltas
armadas en los pasos procesionales, estatuas
portadas por unidades militares… es verdad que
la tradicional Semana Santa española saca a la
luz un trasfondo de la vieja España confesional,
en la que hasta los sangrientos “picaos” de la
Sonsierra riojana parecen un fiel trasunto de
las aberrantes ceremonias propias de los chiíes
musulmanes, que se flagelan periódicamente en
recuerdo de sus profetas y califas. ¿Es ésta la
España que cabe esperar en el siglo XXI?
Pero es todavía mayor el temor
por lo que pueda venirnos encima. Si la
enseñanza religiosa a cargo del Estado,
actualmente en su mayoría católica, se extiende
a la enseñanza de otras religiones, como parece
ser peligrosa tendencia del presente apoyada en
una lógica razón de imparcialidad religiosa,
¿qué podría ocurrir si esa idea se extiende a
los actos de otras religiones? ¿Habrían de
escoltar soldados españoles los actos públicos
del nuevo año budista o portar imágenes de otros
cultos en sus particulares celebraciones
religiosas, si ése fuera su deseo?
Si ninguna confesión debe tener
carácter estatal, como sabiamente establece la
Constitución española, hora es de cumplir lo
establecido y dejar a Dios lo que es de Dios y
dar al César lo que es del César.
* General de Artillería en la Reserva
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