En una reunión con algunos
pilotos de la RAF, recientemente graduados como
oficiales, el general David Walker les planteó
la siguiente pregunta: “¿Piensan ustedes que
sería irracional que yo les ordenase estrellar
su avión contra el suelo, para destruir un
vehículo donde viajase un jefe talibán o de Al
Qaeda?”.
Según informes de la prensa
británica, el general les había recordado que,
cuando se alistaron en la RAF, sabían
perfectamente que arriesgar sus vidas en acto de
servicio es parte de la profesión militar.
La opinión pública reaccionó
negativamente al conocer esta información: “Es
abominable la idea de que un jefe pueda ordenar
a sus subordinados cometer suicidio”, señaló un
oficial. Otro declaró: “La idea que [el general
Walker] tiene del mando es que entra dentro de
sus atribuciones ordenar el primer ataque
kamikaze de la RAF en sus 89 años de historia.
Sugiere sutilmente que podría ordenar a
cualquiera de sus subordinados el sacrificio de
su vida”.
El Ministerio de Defensa salió
pronto al quite. Tras afirmar que se trataba de
obligar a pensar a los jóvenes oficiales sobre
algunas situaciones extremas que pudieran tener
que abordar en acto de servicio, emitió un
comunicado oficial: “El general no dijo que
podría ordenar misiones suicidas. Como parte de
un ejercicio de instrucción les quiso hacer
reflexionar, a ellos y a sus jefes, sobre cómo
reaccionarían si hubieran de enfrentarse a una
decisión de vida o muerte. Por ejemplo, si unos
terroristas fueran a estrellar un avión contra
un edificio y el avión de la RAF que tuviera
como misión impedirlo sufriera un fallo en su
armamento [y no pudiera derribarlo con sus
disparos]”.
Obsérvese que las hipótesis
citadas no se refieren a casos de guerra formal,
sino a situaciones supuestas en el ámbito de la
lucha antiterrorista. Esta lucha que ha
destrozado tantos esquemas morales habitualmente
aceptados desde que fue declarada por la Casa
Blanca. La que ha permitido crear y desarrollar
la abominación de Guantánamo, la vergüenza
criminal de Abu Ghraib o el menosprecio general
por las normas internacionales del derecho
humanitario en la guerra.
La contaminación moral con que
la guerra universal contra el terror está
impregnando a la humanidad, parece haber llegado
ya a la Royal Air Force, aunque quizá solo se
haya tratado de un globo sonda, lanzado por un
alto mando, a fin de valorar la reacción de sus
subordinados ante la posibilidad de tener que
convertirse en kamikazes, al enfrentarse al
peligro terrorista.
Este asunto conduce a la no
menos crítica cuestión del “héroe forzoso”: el
que se convierte en suicida por orden de su
superior. No se trata de casos como el de Eloy
Gonzalo, quien en 1886 decidió por sí solo
arriesgar su vida en ayuda de sus compañeros,
para quemar con petróleo el edificio desde donde
el enemigo hacía imposible la resistencia en la
posición ocupada por su unidad. Tuvo éxito en su
abnegado empeño y regresó a su trinchera
convertido ya para siempre en el héroe de
Cascorro. Lo de ahora es muy distinto.
La cuestión en general suscita
serias dudas deontológicas. No solo a los
pilotos que habrían de oponerse a una acción
terrorista, como los ataques del 11S, sino
también a los responsables de la seguridad
nacional. ¿Sería lícito derribar un avión
secuestrado, del que se sospecha que va a
convertirse en arma agresiva, sacrificando para
ello a los pasajeros inocentes que en él viajan?
¿Habría que ordenar la muerte de estos para
salvar a las personas del edificio que se cree
va a ser atacado?
Del mismo modo, cabe sospechar
mucho de la licitud de ordenar el suicidio a un
soldado profesional para destruir a un posible
enemigo. Causar una muerte real para evitar
otras muertes hipotéticas es siempre una opción
muy discutible. Los kamikazes japoneses que se
inmolaban en defensa de su patria no fueron
considerados nunca como paradigmas de lo que
debe ser el heroísmo en los ejércitos, sino más
bien como productos de un fanatismo inhumano,
impropio de los valores civilizados más
estimados, parecido al irracional delirio
religioso que impulsa hoy a los terroristas
suicidas del islamismo radical.
El militar puede y debe
arriesgar su vida en el ejercicio de su
profesión, pero ninguna orden superior debería
jamás obligarle a convertirse en un suicida, ni
siquiera bajo la presión creada por el actual
temor al terrorismo.