Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
19 de abril de 2007

Estrella Digital de España - 17 de abril de 2007

¿Kamikazes británicos?

Unos comentarios proferidos por un general de Aviación del Reino Unido, con motivo de unas maniobras aéreas, han levantado cierta polvareda en ese país. Merece la pena recordar lo ocurrido, porque puede suscitar una polémica de alto nivel.
Alberto Piris *

En una reunión con algunos pilotos de la RAF, recientemente graduados como oficiales, el general David Walker les planteó la siguiente pregunta: “¿Piensan ustedes que sería irracional que yo les ordenase estrellar su avión contra el suelo, para destruir un vehículo donde viajase un jefe talibán o de Al Qaeda?”.

Según informes de la prensa británica, el general les había recordado que, cuando se alistaron en la RAF, sabían perfectamente que arriesgar sus vidas en acto de servicio es parte de la profesión militar.

La opinión pública reaccionó negativamente al conocer esta información: “Es abominable la idea de que un jefe pueda ordenar a sus subordinados cometer suicidio”, señaló un oficial. Otro declaró: “La idea que [el general Walker] tiene del mando es que entra dentro de sus atribuciones ordenar el primer ataque kamikaze de la RAF en sus 89 años de historia. Sugiere sutilmente que podría ordenar a cualquiera de sus subordinados el sacrificio de su vida”.

El Ministerio de Defensa salió pronto al quite. Tras afirmar que se trataba de obligar a pensar a los jóvenes oficiales sobre algunas situaciones extremas que pudieran tener que abordar en acto de servicio, emitió un comunicado oficial: “El general no dijo que podría ordenar misiones suicidas. Como parte de un ejercicio de instrucción les quiso hacer reflexionar, a ellos y a sus jefes, sobre cómo reaccionarían si hubieran de enfrentarse a una decisión de vida o muerte. Por ejemplo, si unos terroristas fueran a estrellar un avión contra un edificio y el avión de la RAF que tuviera como misión impedirlo sufriera un fallo en su armamento [y no pudiera derribarlo con sus disparos]”.

Obsérvese que las hipótesis citadas no se refieren a casos de guerra formal, sino a situaciones supuestas en el ámbito de la lucha antiterrorista. Esta lucha que ha destrozado tantos esquemas morales habitualmente aceptados desde que fue declarada por la Casa Blanca. La que ha permitido crear y desarrollar la abominación de Guantánamo, la vergüenza criminal de Abu Ghraib o el menosprecio general por las normas internacionales del derecho humanitario en la guerra.

La contaminación moral con que la guerra universal contra el terror está impregnando a la humanidad, parece haber llegado ya a la Royal Air Force, aunque quizá solo se haya tratado de un globo sonda, lanzado por un alto mando, a fin de valorar la reacción de sus subordinados ante la posibilidad de tener que convertirse en kamikazes, al enfrentarse al peligro terrorista.

Este asunto conduce a la no menos crítica cuestión del “héroe forzoso”: el que se convierte en suicida por orden de su superior. No se trata de casos como el de Eloy Gonzalo, quien en 1886 decidió por sí solo arriesgar su vida en ayuda de sus compañeros, para quemar con petróleo el edificio desde donde el enemigo hacía imposible la resistencia en la posición ocupada por su unidad. Tuvo éxito en su abnegado empeño y regresó a su trinchera convertido ya para siempre en el héroe de Cascorro. Lo de ahora es muy distinto.

La cuestión en general suscita serias dudas deontológicas. No solo a los pilotos que habrían de oponerse a una acción terrorista, como los ataques del 11S, sino también a los responsables de la seguridad nacional. ¿Sería lícito derribar un avión secuestrado, del que se sospecha que va a convertirse en arma agresiva, sacrificando para ello a los pasajeros inocentes que en él viajan? ¿Habría que ordenar la muerte de estos para salvar a las personas del edificio que se cree va a ser atacado?

Del mismo modo, cabe sospechar mucho de la licitud de ordenar el suicidio a un soldado profesional para destruir a un posible enemigo. Causar una muerte real para evitar otras muertes hipotéticas es siempre una opción muy discutible. Los kamikazes japoneses que se inmolaban en defensa de su patria no fueron considerados nunca como paradigmas de lo que debe ser el heroísmo en los ejércitos, sino más bien como productos de un fanatismo inhumano, impropio de los valores civilizados más estimados, parecido al irracional delirio religioso que impulsa hoy a los terroristas suicidas del islamismo radical.

El militar puede y debe arriesgar su vida en el ejercicio de su profesión, pero ninguna orden superior debería jamás obligarle a convertirse en un suicida, ni siquiera bajo la presión creada por el actual temor al terrorismo.


* General de Artillería en la Reserva
 
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