Alberto Piris - rodelu.net |
6 de mayo de 2007
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Estrella
Digital de España - 1 de mayo de 2007
Ciencia o fe
La enseñanza de la religión a cargo del Estado ha
sido y sigue siendo en España asunto abierto a
una amplia polémica. Pero no es nuestro país un
ejemplo único de esta cuestión. Según datos
recientes, más de dos millones y medio de
jóvenes ciudadanos estadounidenses son educados
en el seno de sus propias familias por el temor
que tienen sus padres a que sean expuestos a la
teoría de la evolución, que contradice el
fundamentalismo bíblico sobre la creación del
mundo y la aparición del ser humano. En
consecuencia, en sus libros de texto estudian
que el mundo fue creado hacia el año 6000 a.C. y
que el relato bíblico de la aparición de la vida
sobre la Tierra es una descripción exacta de
cómo transcurrió el pasado de la humanidad.
Alberto
Piris *
Hay otros países —como ocurre
en el Reino Unido, donde más de sesenta colegios
han adoptado esta postura— en los que se ha
decidido que en los programas escolares la
teoría de la evolución no debe ser considerada
como única e indiscutible, sino que debería ser
contrastada con otras teorías, tales como la del
“diseño inteligente”, que no es sino un nuevo
creacionismo vestido con un precario ropaje
científico, que no resiste el más elemental
análisis racional a la luz de los avances de la
ciencia.
De cualquier modo como se
analice esta cuestión, hay un aspecto que salta
a la vista: la enseñanza de la religión no puede
dejar espacios abiertos a la duda; necesita ser
dogmática e inflexible para evitar disidencias y
herejías. Por el contrario, la esencia del
conocimiento científico se basa en la duda
sistemática, en la generación de hipótesis que
puedan resolverla y en la adopción de la que
mejor satisfaga el contraste con la realidad.
No es solo la retórica
religiosa la que produce rechazo en quienes no
comparten la misma fe: es la ausencia de dudas,
la seguridad en sus dogmas, en sus libros
religiosos y en sus prácticas de vida. La
adúltera ha de ser lapidada lentamente hasta
morir, porque así lo prescribe la ley sagrada
que no admite objeciones pues ha sido dictada
por la divinidad. Ningún razonamiento, por
irreprochablemente que se plantee, podrá hacer
dudar a quien rige su vida por un libro santo,
inalterable al paso de los siglos.
Por el contrario, ningún método
científico rehuye la duda, sino que la suscita y
la lleva al primer plano del debate. Cualquier
razonamiento científico admite la duda; es más,
la necesita y sobrevive gracias a ella. Hasta
hoy, por ejemplo, se tiene por cierto que la
velocidad de la luz es un límite máximo
insuperable; pero ningún científico sincero
negaría la posibilidad de que en ciertas
circunstancias pudiera ser rebasada. Que de
momento no se hayan estudiado hipótesis en las
que esto suceda, no significa su imposibilidad
absoluta.
Así pues, ciencia y fe difieren
en un aspecto radical: la necesidad de la duda o
su rechazo total. Lo que nos conduce a una
primera conclusión: mientras la ciencia es capaz
de evolucionar al paso del tiempo, la religión
basada en la fe no puede hacerlo, so pena de
correr el riesgo de desvirtuarse y perder
capacidad de persuasión ante sus adeptos. Ante
las inevitables incertidumbres que toda religión
produce en quienes la abrazan pero desean seguir
ejerciendo libremente su propio juicio, la
respuesta venía ya dictada con claridad en el
viejo catecismo católico: “[Eso] no me lo
preguntéis a mí que soy ignorante. Doctores
tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán
responder”. La ignorancia de los creyentes es la
defensa de la fe frente a la ciencia.
Sucede, pues, que desde que se
escribieron los textos dispersos que
constituyeron el Génesis bíblico, la ciencia ha
evolucionado a pasos de gigante mientras que los
fundamentalistas evangélicos, que dan por cierta
la descripción bíblica de la creación,
permanecen anclados en un remotísimo pasado,
solo apoyados en su fe y en abierta
contradicción con la más evidente realidad.
Hay quienes teorizan sobre el
choque entre las civilizaciones, sobre todo a
causa de su base religiosa. Pero lo que de
verdad está aflorando, dentro de esas mismas
civilizaciones, es el choque entre la fe ciega
que salta sobre la razón y la ignora, y las
realidades objetivas que la ciencia va
descubriendo en su incesante progreso.
Si el terrorista suicida
islámico no tuviera la certeza de hallar el
paraíso como recompensa a su acto criminal —como
tan a menudo viene sucediendo—, o si el
fundamentalista bíblico no creyera que Dios le
habla y le aconseja invadir Iraq —como declaró
Bush—, la humanidad se habría ahorrado mucho
dolor y mucha sangre.
* General de Artillería en la Reserva
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