Alberto Piris - rodelu.net |
3 de junio de 2007
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Estrella
Digital de España - 29 de mayo de 2007
Suenan, luego existen
Cuando la Liga de fútbol, en sus últimas jornadas, aborda
ciertos partidos decisivos que pueden dar al traste con las esperanzas de
algunas aficiones, al descender de categoría sus equipos, la palabra
“maletines” corre por las páginas deportivas de los medios de
comunicación. Primas a terceros, les llaman otros, con un vocabulario
aparentemente más técnico y profesional.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Son —se deduce de los comentarios especializados—
maletines llenos de dinero que, eficazmente distribuido, puede asegurar el
resultado de un partido y, con él, la permanencia en la categoría o el
ascenso a categoría superior. Maletines que entran y salen por las puertas
de determinados hoteles y cuyo contenido, según la tradición, iría a
engrosar el peculio de algunos jugadores —o incluso entrenadores— quienes,
en un momento dado, fallarían un disparo, errarían una parada decisiva o
de cualquier otro modo contribuirían al resultado deseado —“amañado” es la
expresión habitual— por quienes pagan la prima.
Con ese motivo, un destacado delantero de un club
levantino ha proferido una frase que ha hecho titulares en las portadas:
“¿Maletines? Cuando se habla mucho de una cosa, tiene que existir”.
Nadie va a pedir profundidades intelectuales o
filosóficas a quien a patadas —muy bien administradas y dirigidas, por
cierto— se gana la vida y lo hace, además, a un alto nivel económico con
el que muchos mortales soñarían. Pero el bueno de Morientes ha querido
extraer conclusiones generales de una afirmación concreta, y ahí ha metido
resonantemente la pata.
Una cosa es sospechar que circulen maletines llenos de
euros, para amañar los últimos partidos de la temporada, lo que aquí no se
le va a discutir, y otra cosa —mucho más indemostrable y mucho más
equivocada— es pensar que cuando se habla mucho de algo es porque ese algo
existe en la realidad.
Veamos un ejemplo reciente. Mucho se habló de la
existencia de armas de destrucción masiva en Iraq, y no por ello éstas
llegaron jamás a existir, a pesar de que quienes de ellas hablaron
—incluido nuestro entonces presidente del Gobierno, que lo hizo poniendo
en juego una enorme capacidad de persuasión y exigiendo fe en quienes le
escuchaban por televisión— fueron muchos, y de entre ellos algunos que
podían estar bien informados y que tenían en sus manos los principales
resortes del poder internacional.
Sin embargo, cabría preguntarse por qué es tan común dar
por ciertos hechos no verificados cuando “se habla mucho de ellos”, cuando
se crea esa “opinión general” que, por el simple hecho de su amplitud
parece dar verosimilitud a algo que no es más que una invención.
Goebbels, el eficaz arquitecto de la propaganda nazi del
Tercer Reich, sabía bastante al respecto. En su llamado Principio de
orquestación de la propaganda aconseja que ésta repita reiteradamente
un número limitado de ideas. Esas ideas deben estar fuera de todo
cuestionamiento; quien las ponga en duda es un enemigo. De ahí la famosa
frase “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en
verdad”.
Si a esto se une cierta incultura popular, el efecto
combinado de ambos factores no puede ser más peligroso. Y no hace falta
escarbar mucho para encontrar esa incultura. Es la misma que revelan los
resultados de una reciente encuesta realizada por una cadena de televisión
para decidir, por votación anónima, quién podría ser el “español [más
importante] de la Historia”. Saber que existen compatriotas capaces de
aplicar ese apelativo a Lola Flores, Bisbal, Fernando Alonso o Isabel
Pantoja produce escalofríos de terror, sin que ello signifique el menor
desaprecio por esas cuatro figuras de lo que viene a ser la iconografía
popular moderna, creada en programas televisivos, revistas y comentarios
de todo tipo.
Más desazón produce extrapolar esta conducta a los
procesos electorales, como el que acabamos de atravesar. ¿Habrá quien
utilice análogos criterios para elegir a nuestros representantes en los
órganos de poder? Si es así ¿qué se puede esperar de ellos? La conclusión,
sin embargo, no debería inducir al pesimismo. No es un problema de
democracia sino de cultura. La primera tiene dificultades para crecer en
ausencia de la segunda. Pero son las prácticas democráticas precisamente
las que mejor pueden contribuir a deshacer el manto de incultura en el que
algunos pueblos todavía permanecen envueltos, sin que el español sea una
excepción.
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