Alberto Piris - rodelu.net |
24 de junio de 2007
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Las otras mujeres suicidas
Sorprende saber que en el Kurdistán iraquí —un territorio
al que no alcanza de pleno el caos reinante en el resto del país— está
aumentando considerablemente el número de mujeres que recurren a la
cirugía plástica. En Sulaimaniya, ciudad que supera por poco el medio
millón de habitantes, durante el pasado año se hicieron más de 600
operaciones de ese tipo en mujeres de la localidad.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Pero todavía sorprenderá más al lector saber que durante
el 2006, y según datos del Hospital de Emergencias de dicha ciudad, unas
1.500 mujeres de la región intentaron poner fin a sus vidas mediante el
fuego; cerca de una tercera parte lo lograron y las restantes quedaron
desfiguradas, señaladas con terribles cicatrices.
Nada tiene esto que ver con la guerra civil que asola
Iraq ni es atribuible a las secuelas de ningún conflicto internacional.
Las mujeres que se queman vivas lo hacen porque creen que es el único
recurso que les queda para poner fin a la violencia doméstica que las
lleva a una desesperación casi absoluta.
El origen de estos suicidios podría considerarse
básicamente cultural. La inexistencia de cualquier tipo de asesoramiento
psicológico, marital o familiar, y la vigencia de un código social muy
rígido, que prohíbe tratar asuntos íntimos fuera del estricto ámbito de la
familia, hacen que muchas mujeres se sientan aisladas, acosadas, sin saber
qué hacer ni a dónde dirigirse en petición de auxilio, lo que les encamina
forzosamente al suicidio.
La opresión y los malos tratos causados por los hombres
de la familia (padres, tíos, hermanos o maridos) es el origen principal de
este lamentable fenómeno social. En el límite de la desesperación, una
mujer se provee de una lata de petróleo, se encierra en el cuarto de baño
y, tras rociarse con el líquido inflamable, se convierte en una antorcha
humana. A veces, el horror que sobreviene entre las llamas le impulsa a
una reacción de huida, y la intervención de familiares o vecinos evita el
trágico final inmediato.
El hospital suele tener éxito en bastante ocasiones,
mediante atención urgente y transplantes de piel, pero la víctima de las
quemaduras que llega a sobrevivir queda desfigurada, a veces de forma
horrible, lo que le produce un trauma psicológico de muy difícil
superación.
Al intentar rehacer su vida, la mujer que ha superado el
intento de suicidio recurre a la cirugía plástica. El mayor nivel de vida
de que goza el Kurdistán iraquí, en relación con el resto del país, hace
que no sea difícil encontrar los 500 dólares que cuesta corregir una
quemadura de mediana extensión, a pesar de que esta cifra es el doble del
sueldo medio mensual en la zona. Nuevas técnicas quirúrgicas permiten
lograr resultados aceptables, hasta el punto de que los médicos del
hospital de Sulaimaniya han adquirido una amplia experiencia en el
tratamiento de quemaduras corporales y faciales.
Un sociólogo local se explicaba así: “Las mujeres
recurren a la cirugía plástica porque temen los comentarios negativos de
la gente sobre su aspecto exterior, y porque no desean que su marido se
case con otra mujer”. De ese modo, si el intento de suicidio no ha
afectado al marido ni le ha hecho arrepentirse del pasado, el ciclo se
repite y la mujer —imposibilitada de abrirse camino personal en otras
direcciones— regresará al mismo ámbito familiar que la llevó a la
desesperación. La familia propia suele repudiar habitualmente a la que
intenta suicidarse, por lo que ésta no tiene donde acudir en busca de
ayuda.
A veces la causa del suicidio está en un matrimonio
forzado, impuesto por el padre, que la mujer rechaza. “Quería que mi padre
oyera mis razones y me dejara actuar en libertad”, afirmaba una joven que
sobrevivió a las quemaduras. Para poder casarse en el futuro con quien
desee, la cirugía plástica es la única solución viable. “No quiero que mi
cuerpo tenga ninguna marca de lo que ocurrió. El día de mi boda quiero ser
la novia más bonita y feliz, y empezar una nueva vida a partir de cero”,
declaraba a un periodista local.
No es, pues, sólo el fanatismo religioso del terrorismo
lo que impulsa a algunas mujeres a inmolarse. Son mucho más numerosas las
que lo hacen impulsadas por un código social, de base inequívocamente
religiosa, que convierte a la mujer en un objeto doméstico, subordinado a
la voluntad arbitraria de los hombres de la familia. En la escala
abominable de la llamada modernamente “violencia doméstica”, si aberrante
es el asesinato de la mujer a manos del hombre, más atroz resulta todavía
la situación que impulsa a una mujer a poner fin a su propia vida. ¿Cuánto
tardará la humanidad en cobrar conciencia de este gravísimo y abominable
fenómeno social?
Publicado en Estrella
Digital de España el 19 de junio de 2007
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