Alberto Piris - rodelu.net |
29 de junio de 2007
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Morir por la paz
Toda actividad militar implica el riesgo de perder la
vida, lo que obviamente es asumido por quienes abrazan la profesión de las
armas. Es cierto que otras actividades también llevan consigo un cierto
peligro de muerte, como muestran las estadísticas de los accidentes
laborales, en la construcción y en la minería, sin ir más lejos. También
es cierto que las víctimas laborales pueden superar numéricamente a las de
la profesión militar en tiempo de paz. Incluso cabría recordar que, en
España, los accidentes del tráfico rodado se cobran más vidas humanas que
cualquier otra actividad.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Pero lo que singulariza a la muerte en acto de servicio
militar es precisamente esta misma circunstancia: se pierde la vida en el
ejercicio específico de las actividades militares, y no como consecuencia
de un accidente que obedece a causas extrañas. El riesgo de la vida es
inherente a la profesión militar. La formación del combatiente tiene en
cuenta esta peculiaridad desde sus más básicas etapas. El combate, todo
tipo de combate, es cosa de dos que buscan recíprocamente aniquilarse, y
la técnica militar se centra en minimizar el riesgo propio a la vez que se
aumenta el del enemigo. Como decía el legendario general Patton: “Yo no
quiero que mis soldados mueran por la patria; quiero que logren que el
máximo número de enemigos mueran por la suya”.
Esto conduce a la peliaguda cuestión de los motivos por
los que puede llegarse a ofrendar la vida propia. Se muere por la patria,
por la comunidad, por la nación o la libertad, etc. Pero también, a lo
largo de la Historia, han sido muchos los que empuñando las armas han
muerto tratando de imponer la tiranía, de esclavizar a los pueblos, de
expoliar recursos ajenos, apoderarse de territorios u obtener por la
fuerza una injusta posición de dominio o hegemonía sobre los demás
pueblos.
Naturalmente, los gobiernos que recurren a la guerra
hacen uso de la indispensable retórica para ocultar los motivos reales de
la lucha. Los ejércitos de Napoleón se tenían por instrumentos liberadores
de los pueblos, vencedores de la incultura y la superstición y
propagadores del espíritu de la Ilustración, cuando invadían los países
europeos.
Pero los combatientes mueren también al servicio de la
paz, como lo hicieron el pasado domingo en el Líbano los soldados del
Ejército español víctimas de un atentado con explosivos. Morir por la paz
es probablemente la forma más altruista y desinteresada de ofrecer la vida
por los demás. Tanto más cuanto que esa paz ni siquiera concierne al país
propio sino que se busca en tierras ajenas, en conflictos en los que no se
ha sido parte interesada y entre pueblos con los que no existen estrechas
relaciones humanas.
Los soldados muertos bajo las banderas española y de la
ONU han dado sus vidas en acto de servicio, cumpliendo con su deber,
frente a un enemigo que lucha desde las sombras, como es el terrorismo
islamista. No hay que tenerlos por héroes, exceso retórico tan habitual
cuando se vierte la sangre y que desvaloriza el verdadero heroísmo. Pero
sí hay que tenerlos muy presentes, rendirles los honores que merecen,
atender debidamente a las necesidades de sus familias y cuidar y enaltecer
su memoria como combatientes muertos al servicio de la paz.
Después, cuando el dolor por su pérdida no sea tan
atenazante, será necesario analizar con detenimiento todos los detalles
del ataque sufrido, para encontrar, si los hay, los fallos que pudieron
facilitarlo. La eficacia militar es siempre el equilibrio entre dos
aspectos contrapuestos: la eficaz ejecución de la misión impuesta y la
necesaria protección y seguridad de los que la ejecutan. Ambos aspectos
son siempre la preocupación esencial de todo mando militar y dan la medida
exacta de su valía profesional.
Publicado en Estrella
Digital de España el 26 de junio de 2007
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